48 Kai Skytree 48 horas para el solsticio de verano
E l mundo entero arde.
Aquí dentro, sin embargo, todo permanece sumido en una extraña calma artificial.
El comandante ha reforzado la seguridad. Se dedica a coordinar a sus equipos y a los militares de Ryosuke a lo largo del Imperio, mientras atiende a las llamadas incendiarias de Moe Standen, que hace tiempo que ha perdido la paciencia.
No puede amenazarlo, no de verdad. Aunque la Agencia Hawk le pertenezca, el ejército es de Neal, y él lo sabe. Por eso solo se dedica a hostigarlo con llamadas, a exigir respuestas cuando el comandante le asegura que Andrews cederá…
Pero solo quedan dos días para la noche del solsticio, y Andrews no ha claudicado.
La han llevado a juicio. Han acelerado procesos que duran años para hacerla comparecer, pero se ha mantenido fiel a su versión: esas bombas no le pertenecen y no sabe cómo desactivarlas.
Dice que duda mucho que haya alguien que sí lo sepa, además de nosotros mismos, a quienes nos acusa de haber orquestado todo esto para perpetuar un genocidio a escala mundial.
Le dan igual las pruebas, es una maestra de la narrativa, e inventa sin límites le den la premisa que le den.
Japón está más sitiado que nunca. Todo un ejército, de diferentes fuerzas, navega las aguas que quedan fuera de las Cinco Puertas del Infierno y los aviones cruzan el cielo día sí y día también.
Los dirigentes de la Cumbre se han reunido varias veces con Ryosuke.
También han pedido audiencias con Neal, que se niega a concederlas.
No ha vuelto a comparecer tras el anuncio y la amenaza, pero su rostro es conocido en todo el mundo.
Puede que ahora mismo sea la persona más famosa del planeta, y la más temida.
No saben que Comandante Buenazo se arrancaría el corazón del pecho con sus propias manos antes que herir a un inocente.
Por eso, algunos países han lanzado ya misiles contra Japón. Están dispuestos a liberar a las anomalías si así nos hacen reventar con las bombas, pero ninguno de ellos ha causado daño alguno a las Cinco Puertas del Infierno.
Kiera dice que la bala que me alcanzó no ha causado daños irreversibles, aunque me ha asegurado que tendré que hacer rehabilitación.
Le da la risa cada vez que lo dice, igual que ahora.
Se ha sentado en el borde de mi cama del Skytree y me hace las curas de todos los días mientras ahí fuera anochece y las luces de neón se encienden en la ciudad.
—Estaré encantado de hacer rehabilitación en el infierno si quedan plazas.
Ella me da un golpecito en el brazo ileso.
—Lo vamos a conseguir. Lo sabes, ¿no?
Me quedo mirándola.
—Sí. Claro que lo sé —respondo, porque no hay lugar a una afirmación diferente.
Eso es lo que me ha dado esta loca poseída por las anomalías: esperanza.
También los demás, pero, ella… Ella me puso una katana bajo la garganta y me arrastró fuera de ese pozo oscuro de amai doku .
No lo hizo por mí, pero, igualmente, después de que todo ocurriera se quedó…
y nadie tendría por qué haberse quedado conmigo, ni siquiera yo mismo.
No todo el mundo tiene la suerte de tener a una amiga así; alguien dispuesta a quedarse incluso cuando tú sientes que no merece la pena.
Dos golpes en la puerta me hacen romper el contacto.
Bien, porque estaba a punto de decir alguna chorrada sensiblera. Y todavía no está claro que vayamos a palmarla.
No pienso decir tonterías que luego me echará en cara toda la vida.
Kiera alza la mirada por encima de mi hombro y sonríe como si conociera un secreto que yo no.
—Os dejo solos.
El corazón se me calienta cuando ato cabos e imagino de quién se trata. No ha venido a visitarme, pero sé que ha estado pendiente de mí, porque Kiera me lo ha contado. Sin embargo, no acierto… aunque no hay lugar a la decepción. No cuando mi hermano está delante.
—Hikari —murmuro, casi sin voz.
Qué mayor me parece cuando solo han pasado unas semanas. Me da la impresión de que los últimos meses lo han cambiado de forma drástica e irreversible, igual que me cambió a mí que nuestra madre muriera y que yo tuviera que cuidar de los dos.
Ya no es un niño.
Y eso me mata.
Alguien ha debido de cortarle el pelo, porque lo lleva al ras, como un recluta, y eso le despeja el rostro y hace que sus ojos parezcan más grandes y más negros.
—Bonito peinado —lo saludo.
La voz me sale estrangulada.
Hikari se pasa la mano por el pelo rapado.
—Me ha ayudado Anna —explica, sin mirarme a los ojos—. Necesitaba un cambio.
—Te queda bien. —Le dedico una sonrisa y agarro la camiseta que descansa a un lado de la cama.
Me la pongo con más torpeza de la que querría delante de mi hermano, que deja los ojos clavados en la venda que me cubre el brazo derecho.
—¿Te pondrás bien? Kiera dice que sí, pero… Te dispararon.
Hay dolor en esa última palabra, una incomprensión profunda que nace de un lugar mucho más distante que ese balazo: su hermano no es quien él creía. No se dedica a repartir pedidos. Mata oni , y personas, hombres malos y buenos; siega cualquier vida que le pidan si el pago merece la pena.
—Me pondré bien —contesto—. Tranquilo.
Nos quedamos mirándonos, en silencio. Va a decir algo, pero cierra la boca y aparta la cabeza enseguida, como si se obligara a permanecer callado.
No hablo, aunque solo quiero pedirle perdón. Necesito jurarle que a partir de ahora todo irá bien, pero he aprendido que no quiero mentir a mi hermano nunca más… con todas sus consecuencias.
Así que le doy tiempo, dejo que se arme de valor, que retuerza los dedos frente al regazo y, en voz muy baja, pregunte:
—¿Estás enfadado conmigo?
Me quedo de piedra.
—¿Qué? ¡No! —Me pongo en pie, lo agarro por los hombros y, Dios… cómo necesito abrazarlo, pero no sé si eso es lo que él necesita, y me contento con ese apretón suave—. ¿Por qué preguntas eso? Soy yo el que ha hecho cosas malas, Hikari, no tú.
—Te marchaste —responde, sin mirarme a los ojos—.
Primero de Palacio y después de casa de Akane…
De hecho, no creo que te llegaras a quedar en ningún momento.
Sé que me porté mal contigo cuando nos rescataste a Ryosuke, a Anna, a Riku y a mí, pero…
Ya no me hablas. No me dices nada… El mundo se acaba y tú… te largas —añade, con rabia.
El corazón me pesa demasiado dentro del pecho. Lo estrecho más fuerte, obligándolo a mirarme, pero no lo abrazo todavía.
—Porque no sabía qué decir.
Me mira desde abajo. Aprieta la mandíbula.
—No quería que me dijeras nada.
Se le llenan los ojos de lágrimas.
Oh, mierda… Sin el amai doku ver llorar a mi hermano duele más que el puto disparo.
—Lo siento. Lo siento muchísimo. Tienes derecho a estar cabreado: por las mentiras que te he contado, por el silencio de estos días… por tener a un hermano de mierda.
Y entonces lo abrazo. Me preparo para que me aparte. Eso es lo que me merezco. Hikari, sin embargo, rodea mi cintura con sus brazos delgados.
—Markel me contó por qué lo hiciste. Las mentiras, lo de Anna… Ojalá me lo hubieras dicho. Nunca te habría dejado.
Le pongo una mano en esa nuca rapada y lo abrazo contra mi cuerpo sin abrir los ojos.
—Ya lo sé… por eso precisamente no te lo dije. Eres un chico valiente, el más valiente que conozco, y sabía que habrías preferido morir a dejar que otros sufrieran por ti.
Siento sus manos en mis brazos. No me toca la herida, pero el roce es molesto. No me quejo.
Hace un poco de presión y yo me aparto sin rechistar.
—Pero ya no tienes que hacerlo, ¿no?
No sé si lo dice por el fin inminente o porque contamos con los recursos del Skytree y la ayuda de Aya…
—No, ya no —respondo.
Hikari asiente con rotundidad.
—Prométeme que no volverás a mentirme.
Trago saliva, un poco sorprendido.
—Te lo prometo —murmuro, sin comprender del todo qué es esto.
Y Hikari vuelve a abrazarme, me estrecha tan fuerte que me hace daño en el brazo, pero me da absolutamente igual. Lo envuelvo, dejando que su calor llene este vacío pesado con el que cargo desde que soy consciente de mis emociones y comprendo que esto es perdón.
Ceno con Kiera, Hikari y el comandante en el mirador cubierto del Skytree; un pedacito iluminado en medio de la oscuridad de la noche.
No hablamos de las bombas, pero no apartamos la vista de la Mori Tower, donde aún se ven los destrozos del yokai .
Hay plantas donde no se ha recuperado la luz, y ya no hay tiempo para preocuparse por ello.
Neal nos habla de las playas de Noosa, de lo mucho que le gusta nadar en mar abierto. Yo les hablo del maestro Arashiro, de los entrenamientos demenciales y las pruebas mortales, pero también de las veces que preparaba takoyaki solo porque me a mí gustaba.
Kiera se limita a escuchar en silencio con una sonrisa tímida en los labios.
No es capaz de contar nada; no encuentra espacios comunes en los recuerdos que ofrecemos, nada que la vincule a su vida pasada…
y me pregunto si será así de verdad, si haber tenido que esconderse los últimos años la hizo tan desdichada, tan solitaria… me alegra que ya no sea así.
Yo aún me quedo aquí unos minutos más cuando Hikari se marcha a descansar y los otros dos me dicen que van a reunirse con Markel en la sala de control para asegurarse de que todo está listo. Al parecer, pasa muchas horas ahí dentro.
Contemplo los rascacielos de Shinjuku, el río Sumida con sus puentes y, al otro lado, la enorme pagoda del templo Asakusa, la Torre de Tokio entre los edificios… y hacia el sur, la bahía y el mar.
Bajo las escaleras hasta los ascensores y ya en esa planta descubro que la puerta de la sala de control, custodiada ahora por una numerosa patrulla, sigue abierta.
El acceso a los pisos superiores les está vetado a los soldados, y solo unos pocos, hombres de confianza de Neal, guardan la puerta.
Todos me miran cuando me acerco, pero saben de sobra quién soy, y se limitan a dejar que avance.
Me asomo con la intención de molestar a Neal, pero en cuanto veo quién está dentro, solo, doy media vuelta en silencio.