47 Kiera Skytree 5 días para el solsticio de verano #3
Riku y Anna se despiden de todos nosotros con un abrazo que sabe a poco.
Ella queda con Markel en que si Andrews no recula antes, el último día recogerá a Hikari y se marchará con Akane y con él en uno de los barcos; lejos de la ciudad en la que todavía quedarán bombas que no sabemos dónde explotarán y lejos de los misiles que caerán al mar.
Kai solo vuelve a entrar cuando Anna y Riku ya se han marchado. Los demás no. Nosotros aún no podemos abandonar la sala, aunque no tengamos nada más que decir. Seguimos aquí dentro mirando las imágenes que muestran las pantallas.
El mundo ha perdido la cabeza; algo que era de esperar con una amenaza semejante pendiendo sobre todos ellos.
Me doy cuenta de que Markel mira fijamente a Kai sin que este se dé cuenta, y yo le hago un gesto a Neal, al otro lado de la habitación, para dejarlos a solas cuando, de pronto, fuera suenan tres disparos consecutivos.
El instinto se activa y todo mi cuerpo se pone en marcha. Me llevo la mano a la culata de mi arma, desenfundo, apunto a la puerta y por el rabillo del ojo compruebo que Neal ha reaccionado igual de rápido.
Contengo el aliento y, un segundo después, el atacante se asoma.
No hay ni rastro de los dos guardias que vigilaban la entrada, y enseguida comprendo por qué:
Este hombre pertenece al Skytree, a la unidad de Genbu, concretamente. La tortuga y la serpiente en el pecho lo demuestran.
Nos apunta con un arma que a mí no me herirá; pues tiene selector. Y decido que ese va a ser el plan: conseguir que se centre en mí.
—Eh, ¿por qué no bajas eso y nos dices quién eres?
El soldado, que debe tener unos treinta y sujeta el arma como un maldito civil de manos temblorosas, se gira hacia mí con brusquedad.
—¡Eh! Deja de apuntarla con eso o te meto cuatro balas en la caja torácica —ladra Neal, que ha debido de olvidar que soy inmune a las armas con selector.
Torpe.
El soldado gira el arma hacia él, y lo hace tan rápido que tropieza consigo mismo.
—¡No podéis hacerlo! —balbucea—. ¡No podéis destruir el mundo!
Así que se trata de eso.
—¿Tienes a alguien fuera que te importe? —pregunto, con prudencia.
Por el rabillo del ojo veo un brazo en el suelo.
Al otro lado de la puerta, el cuerpo de uno de los guardias yace en un charco de sangre que cada vez se expande más.
—No todos en este ejército somos monstruos, ¿sabes? —contesta. Tiene los ojos enrojecidos y dos bolsas oscuras se le forman debajo.
—¿Y prefieres morir tú? —le dice Kai.
Su haori negro y azul se mueve como el oleaje cuando avanza un paso y provoca que ahora el arma lo apunte a él.
Me doy cuenta de que no solo se acerca al atacante, y a Neal, también se sitúa estratégicamente delante de Markel.
—No quiero morir —declara el hombre, que echa una rápida mirada a su espalda. No le queda mucho tiempo si quiere evitar que esto se llene de soldados—. Pero tampoco quiero ver morir a mi familia.
La mayoría de los miembros del Skytree son soldados que han sido condenados por crímenes menores; no todos son asesinos como Linus Edwards. Y era de esperar que la idea de destruir el mundo no les encantara a todos, en especial a aquellos que tienen gente fuera.
—No puedes hacer nada —declara Neal, con voz grave—. Míralo así: no está en tus manos.
—Si te mato no habrá bombas —escupe y un espumarajo de saliva sale despedido por sus labios crispados.
Echa otro vistazo por encima de su hombro.
—Claro que habrá bombas —lo contradigo, llamando su atención con un paso adelante—. Ya está hecho. La única que puede frenar esto es Raine Andrews. No servirá de nada que lo mates, que nos mates a ninguno…
Doy otro paso adelante y el hombre grita:
—¡Quieta! ¡Quieta ahora mismo!
Por el rabillo del ojo veo a Kai avanzar. Levanta un brazo protector con el que obliga a Markel a moverse para ponerlo tras él.
Neal y yo seguimos apuntándolo con nuestras armas; ninguno se atreve a disparar.
Debemos hacerlo cuando me apunte a mí, pero aun así será peligroso. La sala es pequeña, los demás no tienen ningún lugar en el que protegerse… y un hombre no cae automáticamente en cuanto recibe un disparo. Podría acabar con los tres antes de que lo desarmase.
Aprieto más fuerte mi arma.
—Esta es tu última oportunidad para replantearte tus decisiones vitales —gruñe Neal—. Deja el arma y saldrás vivo de esta sala.
—No. —Sacude la cabeza—. No quiero vivir, no me interesa si todos los demás tienen que morir para eso.
Tiene los ojos desorbitados anegados en tristeza.
Qué doloroso debe ser. Qué impotente debe sentirse.
Lo entiendo tanto… ¿Cómo no lo voy a hacer? También yo estaría desesperada. Haría lo que fuera, incluso si no tuviera garantías de nada, incluso si perdiera mi vida en el camino.
—Baja el arma —le digo con suavidad, porque de verdad no quiero herirlo—. Hablemos de esto tranquilamente. Nadie tiene por qué morir hoy.
—¡Hoy! —brama—. ¡Pero sí dentro de cinco días! ¡Si esa psicópata no desactiva las bombas, medio planeta estallará por los aires! ¡No puedo permitirlo! ¡No dejaré que lo hagáis!
En ese instante unos pasos resuenan en el pasillo y, un segundo después, el sonido de un disparo empuja al atacante a dar un paso dentro y a Neal a aprovechar la distracción para disparar también.
No apunta al pecho, me doy cuenta, porque Neal tiene una puntería excelente, se encuentra apenas a unos metros y de haberlo hecho lo habría alcanzado. En su lugar, decide dirigir esa bala al brazo con el que sostiene la pistola.
Ese es el error.
El hombre se mueve y se libra del disparo, que le pasa demasiado cerca, siente de dónde procede la amenaza, se gira y…
—¡No!
Yo no dudo.
Preveo la trayectoria de ese disparo antes de que suceda y no hay lugar para la pena o la misericordia.
La humanidad deja de importar cuando apunto al pecho y disparo.
Mi bala lo alcanza justo en el centro, pero eso no impide que también él dispare.
Y no me apunta a mí.
Con el corazón en un puño me giro hacia Neal. Me vuelvo, contengo el aliento y un grito muere en mi garganta.
El miedo es denso mientras me arrojo hacia él sabiendo que no servirá de nada.
Y, entonces, cuando creo que sé dónde acabará esa bala, una sombra oscura salva la distancia que lo separa de Neal.
Kai da un paso adelante, lo agarra del brazo y tira de él.
Es instantáneo.
La bala alcanza un objetivo. El sonido de la carne al desgarrarse es inconfundible.
Pero el mundo ha cambiado. Ha girado tan deprisa que no soy capaz de verlo al principio.
Luego me fijo en Neal, que sigue en pie, y en Kai, un paso por delante de él, sin arma de fuego alguna, sosteniendo simplemente a Onimaru… que cae al suelo.
El tintineo metálico rompe este vórtice oscuro y extraño y el vacío silencioso vuelve a llenarse de sonido.
Los soldados irrumpen en la sala, desarman al cadáver del suelo, de cuyo pecho brota un reguero de rubíes perfecto.
Y Markel grita.
—¡Kai!
Inoue se tambalea un poco, pero no se desploma.
Y solo eso me devuelve el aliento.
Corro hasta él y busco con desesperación hasta que lo encuentro.
El balazo en el brazo, la tela desgarrada del haori y la sangre que empapa la tela oscura y los motivos ondulantes de las olas azules, salpicadas de rojo.
Le ha dado en el brazo derecho, por eso ha soltado la katana .
Pero él sigue en pie. El muy bestia sigue en pie después de un puto disparo.
Lo agarro por los hombros.
—Siéntate —le ordeno—. Siéntate ahora mismo.
Kai se deja hacer sin rechistar y me pregunto si no será la adrenalina de la conmoción lo que lo mantiene en pie.
Le bajo la manga del haori para ver mejor la herida y una mueca de dolor lo atraviesa cuando lo muevo.
La bala lo ha alcanzado de lleno, pero la hemorragia no parece incontrolable.
—Markel, dame tu camiseta —le pido, con voz calmada.
Yo no estoy para nada calmada.
También él me hace caso sin cuestionarlo y un segundo después tengo la camiseta blanca en las manos y presiono con ella la herida.
La tela se vuelve de un rojo intenso al instante. Hago más fuerza, tanta que Kai protesta.
—Avisad en el ala médica. Que envíen una camilla. ¡Vamos a bajarlo a quirófano ya!
—Puedo andar, Amell —replica Kai, con una entereza que me hace enmudecer.
—¿Por qué has hecho eso? —La voz de Neal resuena en la sala. Ha enfundado la pistola y nos mira desde arriba con absoluta serenidad.
Ahora mismo odio la tranquilidad de estos dos.
Markel, en cambio, parece mucho más cercano a mi estado: al borde del colapso.
Kai lo contempla desde abajo y enarca las cejas.
—¿Por qué te has interpuesto entre esa bala y yo? —pregunta Neal, y en su voz solo hallo una curiosidad casi académica.
—Porque te iba a alcanzar —contesta, y me dedica una mirada de advertencia cuando hago más presión en la hemorragia.
—Podrías haber permitido que lo hiciera.
—¿Y dejarte morir, Kellum? —inquiere, con tonito canalla—. Después de ti, yo soy la persona más honorable de esta sala, por lo que me habría tocado a mí cargar con eso que llevas al cuello, y paso de esa mierda. Ese marrón es para ti.
Sabe que eso es mentira, pero ninguno le decimos nada.
Ha salvado a Neal. Ha recibido una bala por él.
Markel se arrodilla a su lado y lo contempla con una mirada nerviosa. Alza las manos y las vuelve a bajar y acaba cerrando los puños sobre el regazo sin saber qué hacer.
Kai lo mira, pero ninguno de los dos acierta a decir nada.
Los sanitarios irrumpen en ese instante con la camilla y yo les hago gestos para que me alcancen las gasas. Se las pongo por encima de la tela empapada mientras preparan el equipo.
—Eh, no te acerques con eso —le ladra Kai al sanitario que saca una jeringuilla—. No necesito que me pongan nada. No me duele.
—Todavía —respondo yo, sin dar crédito—. Pero te dolerá. Te va a doler que te cagas.
Se le escapa una risa estrangulada y a juzgar por la forma en la que se encoge sí que le duele.
No debe querer que le pongan calmantes.
—Súbete a la camilla —le ordeno—. Tenemos que evitar el movimiento o te desangrarás antes. Venga. Yo te sostengo.
Kai obedece a duras penas. Neal da un paso atrás para dejarnos espacio y Markel… Markel sigue en silencio y sin apartarse de la camilla. Cuando la levantamos y él ha de tumbarse, sin embargo, alarga la mano.
Durante un segundo se queda así, sin que ninguno pueda hacer nada y, entonces, cuando se da cuenta de lo que quiere, Kai estira también el brazo, el brazo herido, porque con el otro no lo alcanza, y entrelaza los dedos ensangrentados con los de él.
—Kai —lo amonesto, y le obligo a soltarlo.
Parece más impresionado por el gesto de Markel que por el balazo y aunque sea tremendamente tierno podría matarlo ahora mismo.
—Se recuperará —le digo al chico, con mi voz más templada—. Voy a bajar con él y me aseguraré de que esté bien, ¿de acuerdo? Os mantendré informados.
Neal asiente. Markel no. Él se queda mudo, sin apartar los ojos de Kai, que lo sigue mirando con esa expresión pasmada.
Así que el comandante se acerca a Markel, le apoya las fuertes manos en los hombros y lo obliga a retroceder y a mantenerse quieto mientras yo bajo con Kai y los sanitarios.
Se tumba completamente cuando ya estamos lejos y yo camino a su lado sin dejar de hacer presión. Se lleva el brazo ileso al rostro y se tapa los ojos sin ocultar del todo una mueca de dolor.
—Sí que duele que te cagas.
Me entra la risa, una que surge nerviosa y estridente y con la mano libre le estrecho la suya.
—Gracias —murmuro.
—Ya le he dicho a tu comandante que no lo he hecho por él, ni tampoco por ti.
—Ya.
Sonrío.
También él lo hace.