Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 47 Kiera Skytree 5 días para el solsticio de verano #2
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47 Kiera Skytree 5 días para el solsticio de verano #2

—¡Comandante! —Una voz que reconozco interrumpe mis pensamientos y hace que los tres nos detengamos en medio del pasillo para ver cómo Travis Lavois, mi antiguo sargento, llega a la carrera—. Comandante… ¿Podemos hablar?

Neal frunce el ceño ante el tono formal.

—Habla —le dice, sin embargo.

Travis nos dedica un vistazo a Kai y a mí, pero se detiene en mi presencia cuando aprieta los labios.

—Es un asunto militar. Preferiría si pudiera…

—No tengo todo el día, Travis. ¿Qué pasa?

Va a protestar, pero se lo piensa mejor. Cuadra un poco los hombros y levanta el mentón.

—¿Es cierto? —pregunta—. Lo de las bombas… ¿Vais a hacerlo?

Le dedico una mirada a Neal, que cumple su papel de comandante a la perfección.

—Nosotros no vamos a hacer nada. Es Raine Andrews la que tiene que desactivar las bombas —contesta, con entereza.

Ha habido otras conversaciones similares, detractores, partidarios… soldados que simplemente temen convertirse en terroristas.

Hemos encerrado a algunos en los calabozos del Skytree, pero a pesar de la tensión palpable, la situación se ha contenido mejor de lo que creíamos.

Resulta que a muchos les parece mal, pero casi todos quieren salvarse.

—¿Y si Andrews no claudica?

—Entonces, salvaremos a Japón —miente.

Travis aprieta la mandíbula, sacude la cabeza y sus ojos marrones aterrizan en mí.

—¿Vais a hacerle caso? —pregunta, un poco más alto, y el dolor traspasa cada palabra.

Contengo el aliento.

Piensa que he sido yo, que este es mi plan…

No tiene motivos para pensarlo y, sin embargo, no parece albergar dudas.

—Travis… —empiezo. Querría decirle que no tiene que sufrir por su familia, que confíe en nosotros, pero me detengo.

Nada de lo que le diga servirá, porque ya no confía en mí.

Y yo tampoco debería fiarme de él, así que guardo silencio. Una sola persona que descubra el farol sería suficiente para destruir nuestras esperanzas.

—La idea ha sido mía —interviene entonces Neal—. Porque soy el comandante de todas las unidades del Skytree y es mi responsabilidad proteger a los habitantes de esta isla. Eso es lo que hago. Si necesitas hablar con alguien de fuera, las líneas están abiertas. Pon tus asuntos en orden.

Travis se muerde el labio inferior. Le veo apretar los puños y su impotencia se me clava en el alma, pero me recuerdo que no podemos flaquear ahora.

Se da la vuelta sin responder y se aleja a toda velocidad por el pasillo.

—A mí ya no va a escucharme —le digo entonces a Neal, con un nudo en la garganta—. Pero vosotros siempre habéis sido amigos, ¿no? A lo mejor puedes tantearlo, puedes explicárselo de alguna manera y tranquilizarlo para que…

—Travis no importa ahora —me interrumpe Neal—. También vosotros dos erais amigos. ¿Qué ha sido de eso?

Sé que no lo dice para hacerme daño. Está resentido con él porque Neal Kellum es la persona más leal que conozco y sabe que Travis me ha dado la espalda.

Sin embargo, el recuerdo de lo que he perdido se me clava en algún lugar entre las costillas.

Se queda atorado como una espina que me impide llenar por completo los pulmones y cada bocanada que doy la hunde un poquito más adentro, hasta que el dolor me llena los ojos de lágrimas.

Travis Lavois fue el primer amigo que hice aquí. Me apoyó cuando Neal me lo puso difícil en la unidad, cuidó de mí cuando aquellas anomalías casi acaban conmigo en los túneles y fue el mejor compañero que podría haber deseado.

Y todo eso se ha esfumado… porque me tiene miedo.

Me seco una lágrima traicionera y echo a andar.

—Eh. —Neal me pasa un brazo por los hombros sin dejar de andar—. Si todo sale como planeamos Travis no perderá a nadie ahí fuera.

Kai me da un codazo amistoso. No dice nada, pero es más que suficiente para que yo lo entienda:

Estoy aquí.

Para cuando llegamos, yo ya me he propuesto quitármelo de la cabeza. Neal tiene razón: por mucho que me duela la situación, Travis no es ahora lo más importante y nosotros tenemos que estar concentrados.

Anna, Riku y Markel ya nos esperan dentro de la sala.

Nos encontramos en una de las plantas superiores, muy cerca del mirador, pero en un cuarto mucho más pequeño y estrecho, donde una de las paredes curvas da a la ciudad y nos ofrece unas vistas espectaculares.

La otra pared está llena de pantallas.

Markel las ha conectado para ofrecernos un vistazo del resto del mundo. Las imágenes van cambiando y muestran calles abarrotadas de manifestantes con pancartas que le piden a Andrews reconocer la culpa y otros que exigen que nos frían a misiles antes del solsticio.

Yo estoy segura de que si no fuera por las Cinco Puertas del Infierno lo habrían hecho ya, pero con la cúpula activa ningún misil nos alcanzará.

Tiene su gracia que lo mismo que ha mantenido a Japón aislado sea lo que ahora amenace la supervivencia del exterior.

También vemos saqueos, hurtos, vandalismo… Y avenidas desiertas, casas abandonadas, fronteras colapsadas…

Una de las pantallas va mostrando vistazos de las bombas localizadas, lugares custodiados por los soldados del Skytree o los militares de Ryosuke que trabajan sin descanso en las plataformas de lanzamiento: cientos de personas coordinadas a la perfección, cada una con un papel concreto, funcionando sin margen para el error en un engranaje que no se detiene.

—Todo está ya listo —declara Markel. Tiene las gafas medio caídas sobre el puente de la nariz y el pelo castaño alborotado en una suerte de ondas que puede que ya estén demasiado largas para llevar el pelo así—.

Todavía esperamos que Raine Andrews desactive las bombas, pero si no lo hace tendremos que poner en marcha el plan B: reventar las Cinco Puertas del Infierno, cambiar las coordenadas y lanzar los misiles al mar.

Saca del bolsillo un pequeño dispositivo circular atado a una cadena y nos lo muestra. Es plano y liso por fuera y se abre como un camafeo revelando un interior en el que hay encajada una especie de llave.

—Puedo cambiar las coordenadas de forma remota desde cualquier sitio, pero he programado los misiles para que su lanzamiento solo se pueda activar de forma manual desde aquí.

Todos los sistemas de esta clase deben tener un accionador físico, por seguridad —añade.

Extrae la llave, pequeña, metálica, y se gira sobre los paneles, esperando que lo imitemos—.

Yo cambiaré las coordenadas. He hecho las pruebas decenas de veces.

Necesito 47 minutos. Ese es el tiempo que nos queda antes del solsticio para recular con el farol.

Luego, una vez que haya cambiado la trayectoria, se debe dar la orden de destruir las bases de las Cinco Puertas del Infierno.

No puede ser antes, porque el exterior no debe tener tiempo de bombardearnos.

Cuando la cúpula haya caído… alguien debe introducir la llave para poner en marcha los misiles.

Deja la llave metálica junto a una cerradura incrustada en la mesa de mando.

Y todos nos quedamos en silencio contemplando el pequeño dispositivo.

Que pueda ser contenido en la palma de la mano marea un poco.

Markel vuelve a guardar la llave, la encaja dentro del camafeo y lo desliza sobre la mesa hacia Neal, que lo mira de hito en hito.

—Creo que es mejor que lo lleves tú.

—¿Por si a alguno se nos va la olla? —pregunta Kai, reclinado en su asiento—. Me parece bien. Si alguien debe tener la responsabilidad de volar el mundo por los aires, debería ser Comandante Buenazo.

—No se le va a ir la olla a nadie —respondo yo, pero también estoy de acuerdo: debe ser Neal.

Agarro el dispositivo que él aún no ha tocado. Tomo la cadena, rodeo a Neal y se la pongo al cuello.

En cuanto lo siente sobre el pecho, inspira con fuerza, como si pesara muchísimo más.

—Chicos —murmura Anna, cuando la miramos—. Si ya no tenemos que hacer nada más, si no os importa… querría pasar estos cinco días en casa.

Casa.

La palabra reverbera en mi caja torácica.

Markel le responde en lengua de signos. Debe de apoyar la decisión, porque Anna le dedica una cálida sonrisa y asiente.

—Buscaré a Akram para decirle que se ponga a salvo; al menos le debo eso. Luego volveré a casa. —Se lleva la mano a la garganta—. Hace mucho que no los veo… así que voy a tener que llevar cuello alto por unos días. Si Japón no salta por los aires, ya tendré esa conversación con mi familia después.

Kai abandona la sala sin decir nada y me pregunto si estará barajando la posibilidad de volver a casa de Akane, donde continúa Hikari… No, conociéndolo no lo hará.

—¿Has tenido noticias de Akram? —quiere saber Riku.

Anna sacude la cabeza y aprieta los labios en una mueca de disculpa.

—No ha contestado a mis mensajes, pero sé dónde buscarlo… así que iré a por él y lo convenceré de que se suba a un barco cuando llegue el momento.

—Si no me necesitáis… —empieza Riku, que se frota la nuca con aire dubitativo—, creo que yo también voy a pasar estos días con mi familia.

Markel asiente. Le tiende la mano y le da un suave apretón que Riku convierte enseguida en un abrazo.

—También tú puedes irte —le digo a él, llamando su atención—. Sé que aún estás armando algunos de los misiles, pero si puedes seguir gestionándolo desde cualquier lugar… Quizá también quieras marcharte.

Despídete, por si acaso.

Markel se pasa la mano por el pelo.

—En realidad, prefiero quedarme.

Neal le dedica una mirada.

—Vete —le ordena, con su voz de comandante—. Lárgate. Nos las apañaremos sin ti.

Markel sacude la cabeza y se lleva una mano a la nuca.

—No me llevo muy bien con mi padre —responde—. Hace años que no lo veo y… mi madre murió. Así que estoy solo.

—¿Quieres que te deje en casa de Akane? Todo esto es muy militar —añado, con una sonrisa—. Esa casa parece un lugar mucho más tranquilo para esperar el fin del mundo.

Echa un vistazo a un lado.

—Prefiero quedarme aquí.

Sigo la dirección de su mirada hacia la puerta que ha quedado abierta y lo entiendo.

Ah .