Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 46 Markel Skytree 7 días para el solsticio de verano #2
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46 Markel Skytree 7 días para el solsticio de verano #2

—Necesito que seas muy claro —susurra y algo denso se desliza por mis venas ante el tono ronco y oscuro—. ¿Quieres follarte a la persona que casi se carga a tu mejor amiga?

Eso debería enfriarme. La mera mención me oprime la garganta y me pone las tripas del revés, pero hoy no quiero pensar.

Lo necesito.

Alargo el brazo, lo tomo del cuello y tiro de él ante una mirada de completa turbación.

Me besa, pero se aparta enseguida y me contempla con el ceño fruncido.

—No sabes las cosas que he hecho, pero las imaginas, ¿no?

—Kai, por favor, no quiero hablar… —suplico.

—Oh, ¿no quieres hablar? —me provoca, con tono duro—. Entonces, escúchame. He torturado hasta la muerte a hombres con las mismas manos que quieres sobre tu cuerpo. Les he arrebatado la vida a personas inocentes, desarmadas e inofensivas mientras suplicaban y lo he hecho sin parpadear.

—Kai —protesto, impaciente—. Basta ya. Ya sé quién eres, ya sé las cosas que has hecho, pero quiero esto… lo necesito.

Él me contempla como si no diera crédito, con un brillo acerado y peligroso en los ojos azules. Ladea la cabeza.

—Follé contigo para tenerte entretenido mientras me acercaba a Anna.

Las palabras se me clavan en el pecho. Es lo que había imaginado, lo que tanto temía.

Kai Inoue, mi sueño adolescente, regresando cinco años después para volverse loco por mí. Era demasiado bueno para ser verdad.

Puede que no le guste, que no le haya gustado nunca; pero también me confesó que hizo encantado algunas cosas… y el cuerpo no miente. Piense lo que piense sobre mí, le pongo.

—No me importa —declaro, con seguridad, y procuro apartar a un lado esos sentimientos retorcidos que despierta la declaración.

Kai se inclina sobre mí hasta que nuestros rostros quedan a un palmo de distancia.

—Me habría follado a cualquiera. Solo resultó que tú estabas ahí.

Reconozco que eso sí me duele.

—¿Por qué estás siendo tan gilipollas?

Kai se incorpora y, por fin, la sorpresa desaparece de su rostro para dar paso a una expresión satisfecha, como si hubiera buscado tocarme las narices desde el principio.

—¿Lo soy? —pregunta, y sonríe de lado, pero el calor no llega a la comisura de la boca—. Será mejor que te largues.

—No pienso marcharme —replico.

De nuevo, la ira le surca el rostro. Se pone en pie, da un paso atrás y me hace un gesto brusco.

—Entonces, de rodillas.

No sé qué le pasa, ni a qué viene este cambio de actitud desde la última vez; pero no me importa.

¿Quiere ser un imbécil? Bien. No necesito amabilidad. ¿Quiere hacerlo duro? Genial. Que no quede margen para pensar.

Me incorporo, me levanto hasta que estamos a unos centímetros de distancia y le sostengo la mirada desafiante mientras doblo una rodilla y…

—¡Mierda, no! —exclama y me agarra del brazo—. ¿A ti qué te pasa? ¿Vas a dejar que te trate así?

Me incorpora con brusquedad y yo parpadeo, confuso, sin entender nada de nada.

—Quiero echar un polvo —le digo, por toda respuesta.

Kai gruñe, se lleva las manos a la cabeza y se da la vuelta mientras resopla de pura frustración.

—No es un buen motivo —me recrimina—. Porque después te odiarás y me odiarás a mí, y no serás capaz de mirarme a la cara, como después de la última vez.

—¿Y qué te importa eso a ti?

—Me importa mucho —replica, sin pensar.

No hay ni rastro de ira en los rasgos hermosos de su rostro. Es otra cosa, más complicada y difícil de ubicar, lo que centellea en esos ojos expresivos.

—Aunque para ti sea solo un cuerpo que está a mano, sé que te gusta hacerlo conmigo —suelto, con un valor que no creo tener—. Así que, ¿qué más da? El mundo se acaba. En siete días probablemente estemos muertos.

Se me queda mirando con la boca abierta y sacude lentamente la cabeza antes de soltar una carcajada áspera. Se pasa la mano por el cabello, y en ese movimiento nervioso acaba soltando la cinta de cuero con la que se lo ata para arrojarla al suelo.

—Es mentira, Markel —gruñe, de nuevo furioso.

Esta vez, soy yo quien frunce el ceño.

—¿A qué te refieres?

—¡A todo! ¡Todo es mentira! No quiero echarte un puto polvo. No puedo ni mirarme en el espejo sin recordar lo que le hice a Anna y las pesadillas no me dejan dormir.

Me quedo contemplándolo, a la espera de que detenga su caminar nervioso frente a mí.

—Ahora tienes… ¿remordimientos?

—Claro que los tengo. Los he tenido siempre, pero el amai doku los mitigaba.

Ahora, sin él… apenas es tolerable. Me duele todo el cuerpo por el mono, los brazos, las piernas, la cabeza…

Me duele respirar; pero lo más doloroso son los recuerdos.

—Se lleva la mano al pecho—. Pensar en Hikari, en lo que le he hecho con mis decisiones.

En lo que te he hecho a ti… No quiero seguir interpretando este papel. Ya no. No puedo.

Me quedo helado y él parece tan sumamente agotado…

—¿Qué papel? —murmuro.

Kai resopla y se aparta el pelo negro de la cara.

—El de esa persona que es tan fácil despreciar. No lo soporto, porque ahora ni siquiera eso te mantiene lejos. Y no quiero echarte un puto polvo —repite, despacio, marcando cada palabra.

No lo comprendo.

—De acuerdo. Me queda claro. —Se me hace un nudo en el estómago, pero procuro no derrumbarme, no delante de él—. ¿Tan mal ha estado?

Kai me mira como si me hubiera salido una segunda cabeza.

No responde, así que me siento obligado a aclarar:

—¿Tan poco te ha gustado hacerlo conmigo?

Abre la boca y me pregunto si no habría sido mejor quedarme callado. Que el mundo se acabe no significa que estas cosas no me duelan.

—¿Pero tú te oyes? —replica, sin embargo—.

Que no quiera meterme en esa cama contigo no tiene que ver con las ganas que tengo de hacerlo…

que son muchas, por cierto. No quiero follar contigo porque la última vez, cuando te largaste después incapaz de mirarme a la cara, me sentí el hombre más miserable del mundo.

Trago saliva.

¿Qué puedo decirle? ¿Debería pedirle perdón? No me parece honesto por mi parte, porque es probable que hoy hubiese vuelto a hacerlo.

Aun así, esa mirada, la forma en la que me contempla… me parte el alma por la mitad y decido darle una verdad que sí puedo compartir:

—No me gusta verte sufrir —reconozco y todo eso que he estado reprimiendo, las voces, el miedo a la muerte y al dolor, la culpa por traicionar a Anna… regresan en tropel a mi pecho—. No pretendo hacerte daño, pero no te he perdonado por lo que hiciste.

Se me queda mirando en silencio, con esos ojos claros y profundos que, de pronto, adquieren otro matiz.

Dos gotas ruedan por sus mejillas y tardo un rato en comprender que son lágrimas.

—No creo merecer tu perdón —susurra, pero no le tiembla la voz—. No me atrevo a soñar con algo así, pero estoy cansado de fingir que puedo soportar que me mires de esa manera, que creas que soy tan hijo de puta como para no sentir nada por ti.

El corazón se me quiebra y se me detiene al mismo tiempo al ver sus lágrimas.

El alma tira de mí en dos direcciones. El miedo me arrastra a la puerta que tengo a mi espalda y sé, en lo más hondo de mi ser, que Kai me dejaría cruzarla sin hacer preguntas ni pedirme nada nunca más.

Pero lo que necesito es quedarme, alzar la mano, deslizar el pulgar por su mejilla húmeda.

Y ese gesto parece romperlo a él, que aprieta la mandíbula, da un paso atrás y se seca él mismo unas lágrimas que ahora parecen incontrolables.

—¿Sientes… algo por mí? —inquiero, aprovechando este repentino impulso de sinceridad—. Entonces, lo que hicimos… ¿te gustó?

Me mira como si fuera tontísimo.

Se seca las lágrimas con el antebrazo en un gesto brusco y torpe que no encaja bien con Kai Inoue.

—Markel… Mierda… Estoy jodidamente enamorado de ti y eso me destroza porque sé que nunca voy a merecerte.

Dejo de respirar.

Se me detiene el pulso.

—¿Desde cuándo? —me atrevo a preguntar.

Él no se lo espera. Seguro que de todas las respuestas posibles no imaginaba esta. Sin embargo, sacude la cabeza, vuelve a secarse unas lágrimas que se me clavan entre las costillas y cierra un segundo los ojos.

—Desde el principio. Yo qué sé. Esa mierda del amai doku no me dejaba pensar con claridad.

Y entonces, contra todo pronóstico, también yo soy sincero antes de poder detenerme.

—Yo también te quiero.

Sus ojos se ablandan de forma lenta y visible. Algo cálido los embarga y los ensancha, y lo deja sin palabras.

—Markel…

Sacudo la cabeza para detenerlo.

—Estoy cansado de castigarme por quererte. He intentado parar, pero no puedo controlarlo. Sé que has hecho cosas terribles, pero cuando te miro… solo veo lo mucho que quieres a tu hermano, la lealtad que inspiras, lo fuerte y valiente que eres…

Me obligo a detenerme.

Kai lo entiende, porque inspira con fuerza y con voz queda, dice:

—Y eso te hace sentir terriblemente mal.

No quiero mentirle, así que guardo silencio y él comprende que no se equivoca.

—Ya te lo he dicho, no busco que me perdones. No se me ocurre pensar que lo merezca… Pero no soporto que me mires así. —Le tiembla la voz. A Kai Inoue le tiembla la voz al hablar y a mí me cuesta respirar—. Creía que podría, pero… Lo siento. Soy incapaz.

Kai me da la espalda, pero esta vez no se detiene frente al ventanal.

—¡Kai! —lo llamo, pero él sigue avanzando—. ¡Kai!

Atraviesa el vestíbulo y abandona su propio cuarto.

Me dejo caer en la cama, me tumbo, y me doy cuenta de que ya no sé si tendré fuerza de voluntad suficiente para levantarme. Me pesa demasiado el alma.