46 Markel Skytree 7 días para el solsticio de verano
N os reunimos en el Skytree.
Neal Kellum parece el comandante que es.
Viste el traje de los aniquiladores con el emblema de Byakko, aunque ahora comanda las cuatro unidades. Tiene el pelo rubio peinado hacia atrás y una expresión entre furiosa y decidida que no me gustaría que dirigiera hacia mí.
El equipo está preparado. Moe Standen lo ha arreglado para que el discurso de hoy se retransmita a todos los lugares del mundo. Algunos gobiernos intentarán restringirlo cuando se enteren de lo que hacemos, pero las redes se encargarán de que el mensaje llegue a cada persona del planeta.
Todos van a escuchar a Neal Kellum.
Hubo conversaciones para decidir quién haría el anuncio.
Se barajó la posibilidad de que lo hiciera Ryosuke, pero si esto sale bien, cuando pase el peligro, necesitaremos un líder que todo el mundo exterior no quiera ver muerto; alguien en quien el pueblo, y el resto de dirigentes, confíe, y este mensaje enturbiaría su imagen. Así que no podía ser él.
Kiera se ofreció también.
Al fin y al cabo, su imagen está bastante manchada desde que pilotó mi Scorpion V y cree que los soldados que la han visto luchar en la oscuridad ya la temen lo suficiente como para que no importe si estropea o no su reputación.
También yo me ofrecí, aunque me da pánico hablar en público y pensar que millones de personas me estarán escuchando. Pero Kiera dijo que tengo cara de bueno y, por suerte, no me dejaron hacerlo.
Neal se negó a permitir que nadie tomara ese rol además de él.
Ahora se encuentra de pie frente a la cristalera del mirador del Skytree, que muestra una vista perfecta de la ciudad.
La luz, que caerá en cualquier momento, es anaranjada a su espalda.
Se mantiene recto, con la mirada clavada al frente, en las cámaras que los técnicos ponen a punto mientras Kiera, a su lado, repasa el discurso que hemos preparado entre todos.
—Un minuto —anuncia uno de los técnicos.
Kai, que aguardaba en una esquina, se aparta de la pared con aire indolente y andar seguro. Ya no cojea.
—Eh, todavía estás a tiempo de permitir que el asesino de mierda dé el mensaje por ti —sugiere.
Neal lo observa con una ceja arqueada. También Kiera parece sorprendida de su ofrecimiento.
—No —responde, con rotundidad, aunque no hay crudeza en su tono—. Tengo que ser yo; tiene que ser alguien con poder, relevancia y credibilidad. Si das tú el mensaje perderemos mucho tiempo mientras intentan averiguar si las amenazas se sostienen.
Kai alza las manos y se encoge de hombros antes de dar un paso atrás.
—Como quieras.
Todos debemos salir de pantalla. Kiera es la última en abandonar el plano. Antes se pone de puntillas, le dice algo rápido al oído y le da un beso en los labios que ablanda ligeramente esa imagen feroz de comandante.
Ya solo frente a las cámaras, un técnico alza el dedo para iniciar la cuenta atrás y Neal se prepara. Se cuadra, cruza las manos tras la espalda y alza el mentón.
Estamos en el aire.
—Soy el comandante de todos los ejércitos del Skytree, Neal Kellum —empieza, directo—.
Muchos me conocéis ya porque la campaña de desprestigio de Raine Andrews me ha señalado en los medios exteriores como rebelde, traidor y terrorista.
Hoy vengo a complacer a la señora Andrews para demostrarle que puedo ser todas esas cosas para defender el Imperio en el que vivo junto a millones de personas.
Todos habéis visto las bombas que se niega a reconocer.
Como bien sabéis, hemos contado con expertos de todo el mundo para intentar desactivarlas, pero todos han llegado a la misma conclusión: solo la persona que las ha puesto ahí alberga ese poder, y si Raine Andrews se niega a reconocerlo, durante el solsticio de verano, dentro de una semana exactamente, la carga de esas explosiones será suficiente para exterminar a toda la isla.
—Neal hace una pausa y permite que la gravedad del tono cale lentamente en quienes lo oyen—.
Por eso, nos hemos visto obligados a tomar una decisión imposible pero necesaria.
Washington D.C., Chicago, Los Ángeles, Berlín, París, Londres, Pekín, Moscú…
Las bases de submarinos nucleares en Bangor, Kings Bay y Hainan.
Las bases aéreas de Ramstein, Alemania; Aviano, Italia; Lakenheath, Reino Unido.
Las bases navales de Brest, Francia; Rota, España; Portsmouth, Reino Unido.
Las bases militares en Dakota del Norte, Wyoming, Siberia, los Urales, el desierto del Néguev, Xinjiang y Gansu.
—El comandante Kellum hace una pausa deliberada, pero no da demasiado tiempo para sacar conclusiones; quiere ser él quien transmita la devastadora noticia—.
Son solo algunos de los objetivos hacia los que hemos dirigido los misiles en los que hemos integrado las bombas de Raine Andrews.
Si no las desactiva y las destruye, no solo liberaremos a las anomalías, también arrasaremos el mundo entero.
Estamos seguros de que no hemos encontrado todas las bombas y es probable que millones mueran en esta isla igualmente, pero morirán muchos más en el resto del planeta si Andrews no lo detiene. Eso es todo.
La retransmisión se corta. Los técnicos, que no estaban enterados de qué tipo de mensaje iban a grabar, salen lentamente de detrás de las cámaras sin dejar de mirar a Neal.
Su comunicador rompe el silencio en el que nos habíamos sumido.
—Es Standen —declara, sin descolgar—. Seguro que le han encantado mis declaraciones.
Kiera les hace un gesto a los técnicos, que abandonan la sala sin murmurar palabra.
—No puedes decirle la verdad —le advierte—. Nadie puede saber que se trata de un farol.
—Pero tampoco nos conviene cabreado —apunta Kai—. Piensa cómo le dices «eh, tranquilo, destruiremos el mundo si Andrews no cede, pero no hay de qué preocuparse».
—Algo pensaré —gruñe Neal y se gira hacia la puesta de sol sobre Tokio.
Kiera se le acerca por la espalda. Le rodea los hombros y apoya en él la cabeza en un gesto que me parece tan íntimo que he darme la vuelta.
Cuando lo hago, Kai ya ha desaparecido también.
Esta noche nos quedaremos aquí.
Me duele la cabeza de pensar. No he dormido mucho los últimos días o directamente las últimas semanas. La conciencia no me deja descansar. Sé que lo que hacemos es un farol necesario, pero jugar con algo así me quita el sueño por las noches y me hace sentir terriblemente miserable.
Las redes deben de haber estallado, también los noticieros y las redacciones de todos los periódicos del mundo, que mañana amanecerán con una preciosa foto del guapísimo comandante Neal Kellum recortado contra la puesta de sol mientras amenaza con destruir el mundo.
Antes de darme cuenta, he llegado a una puerta frente a la que no debería estar.
Paso sin llamar al interior de un cuarto amplio de enorme cristalera por la que entra la luz anaranjada del crepúsculo.
Kai se encuentra en la cama, sentado en el borde con la pierna estirada, lo que me hace pensar que quizás estuviera a punto de hacerse alguna cura.
—¿Aún te duele? —pregunto.
Mira por encima de mi hombro y arquea lentamente una ceja oscura.
—Creo recordar haber dejado ya claro qué espero de un hombre que se presenta solo y al anochecer en mi cuarto.
Trago saliva y, como cada vez que me provoca, el deseo se entrelaza con la sensación de estar haciendo algo prohibido.
Me armo de valor y mando callar a esa vocecita que grita desde el fondo de mi pecho que esto es una terrible idea, igual que lo fue aquella otra noche.
Camino hasta rodear la cama y dejo que me observe con el descaro que lo caracteriza.
—¿Te duele o no? —insisto, y yo mismo me sorprendo con lo firme que suena mi voz.
—No —contesta, con seguridad, y apoya las manos a ambos lados de su regazo.
—Bien.
Doy otro paso al frente bajo su atenta mirada y frunce aún más el ceño cuando subo una rodilla a la cama, le rodeo la nuca con la mano y voy a sentarme sobre él cuando, con voz ronca, me advierte:
—Markel, no.
Siento el calor de su cuerpo bajo el mío, pero también la barrera que ha trazado con una sola palabra.
Me sostiene la mirada con esos ojos azules y tan fríos. Las dos serpientes de su cuello asoman bajo mis dedos.
—¿Por qué? —inquiero.
Su expresión permanece intacta; no muda ni un poquito. El deseo solo consigue abrirse paso hasta su mirada. Se le dilatan las pupilas y algo denso flota entre los dos, pero él lo contiene.
—Porque no voy a portarme bien.
Ni siquiera me ha tocado, pero todo mi cuerpo se retuerce ante la expectativa.
—Me alegra saber eso —me atrevo a responder—. No quiero que te portes bien.
Y me subo a su regazo.
Siento, en un solo roce, lo mal que quiere portarse y me inclino sobre él para besarlo sin soltar su nuca. No me corresponde al principio. Sus labios son una línea inamovible hasta que un gemido ronco escapa de su garganta y ceden a la invasión.
No se mueve un centímetro, pero se tensa. Lo siento bajo mi cuerpo, en los dedos que clava en el colchón.
Y yo me propongo cambiar eso.
Deslizo la mano por su pecho, se la bajo por el estómago y el abdomen y cuando llego a la cinturilla de los pantalones me detiene de nuevo.
Me agarra con fuerza por la muñeca y se aparta de mí con los labios enrojecidos y la mirada ardiendo.
—No —gruñe.
Pero lo ignoro.
Me inclino sobre él y le robo otro beso que, esta vez, hace suyo enseguida en movimientos amplios y profundos que le quitan toda autoridad a sus palabras. Cuando bajo la mano hasta sus pantalones y se la deslizo sobre la polla, reacciona.
Esta vez, no me agarra por la muñeca. Sus manos me apresan por la cintura y un segundo después estoy sobre la cama y debajo de él.
El corazón se me desboca y la piel me arde por la anticipación, pero Kai se detiene ahí.
El pelo oscuro se le escapa del moño que lleva en la nuca y los mechones le caen a ambos lados del rostro, enmarcando una mirada entre furiosa y anhelante.