45 Neal Skytree 8 días para el solsticio de verano
A ya y Mitsuki se reúnen hoy con nosotros en el Skytree.
Votamos y, al final, decidimos contarles la verdad. Ni Kai ni yo estamos de acuerdo, pero la mayoría piensa que deben saberlo. Mitsuki ha sido la líder rebelde todos estos años, y sé que Anna, Riku y Markel le guardan una lealtad reservada solo a los buenos dirigentes.
Así que no hay nada que hacer.
Kiera vota en blanco.
Tanto la médica como la rebelde aguardan en silencio mientras Markel les pone al día del plan.
Debía ser hoy, porque mañana pondremos en jaque a Raine Andrews frente a todo el mundo.
Mitsuki, que lleva el pelo negro y largo recogido en un moño, observa las simulaciones con estoicidad mientras Aya, en cambio, se hunde cada vez más en su asiento.
Cuando termina de hablar, es la médica la que interviene:
—No podéis hacer eso. Es una barbaridad. Poner al mundo bajo esa presión, una amenaza de ese calibre… No sabéis cómo reaccionará la gente, los gobiernos…
—Es la única forma de asegurarnos de que Andrews acepta detener la cuenta atrás —digo yo.
Aya apoya las palmas de las manos sobre la mesa y sacude la cabeza. El pelo rubio, que hoy lleva suelto y largo, le cae sobre el rostro cuando se inclina un poco adelante.
—¿Y si no cede?
—Si no cede enviaremos las bombas al mar.
—Pero liberaréis a las anomalías —susurra, con voz ronca—. Quizá no matéis a esas personas directamente, pero miles morirán. El mundo no está preparado.
Me mantengo firme, pero no puedo evitar que los remordimientos arañen las paredes de mi mente.
—No es cosa nuestra —dice entonces Mitsuki.
Se ha mantenido callada durante todo el tiempo, con esa expresión impasible que hace imposible adivinar qué piensa—.
Raine Andrews amenaza a millones en Japón.
El mundo lo sabe y no hace nada. ¡Nos ha dado la espalda!
Este plan… solo es un aliciente para obligarlos a hacer lo correcto.
No han sido capaces cuando sus vidas no corrían peligro, pero tal vez ahora sí quieran escucharnos.
Aya sacude la cabeza con fuerza, como si no diera crédito.
—Las personas que morirían por las anomalías no tienen la culpa de que sus líderes nos hayan dado la espalda. Me apuesto lo que queráis a que ninguno de los muertos pertenecerá a la Cumbre, ni al gabinete de Andrews… Pagarán los inocentes.
—Solo si Andrews no colabora. El arma no es nuestra —responde Mitsuki, con aplomo—. Nos han apuntado y nosotros hemos desviado el cañón. Si ella no recula, la bala que se dispare no será responsabilidad nuestra.
Veo cómo Kiera se yergue un poco en su asiento.
También a mí me impresionan sus palabras, pero envidio la seguridad que transmiten y me pregunto si yo también podré fingirla cuando mañana dé el comunicado.
Todos guardamos silencio y es Aya quien vuelve a romperlo.
—Tengo gente ahí fuera. Gente querida.
—Y estarán bien —le asegura Anna, con voz cándida—. Diles que se protejan hasta que pase el caos, que refuercen las medidas frente a las anomalías por si acaso…
—Andrews cederá —insiste Markel, con inquietud—. Tiene que hacerlo.
No hay más que hablar.
Decido hacer una última pregunta antes de que se marchen.
—¿Alguna sabe qué ha sido de Echo?
Ambas sacuden la cabeza.
La mención de la Emperatriz trae consigo otro recuerdo, el de Alexa, que tiene un efecto parecido en todos nosotros. Markel se muerde los labios, Riku aparta la mirada y se encoge un poco sobre sí mismo.
—Debe estar viva —sugiere Mitsuki—. Si hubiera muerto Ryosuke se habría asegurado de que todo el Imperio lo supiera.
—Debería pagar por lo que le hizo a Alexa —dice entonces el pirata, con una voz llena de rabia y dolor.
Ninguno dice nada. Ninguno se atreve a prometer justicia en un mundo como este.
Aya vuelve a intentar disuadirnos antes de marcharse, pero sabe que no tiene nada que hacer. Acepta mi oferta para hacer un par de llamadas y después abandona el Skytree. Mitsuki no. Mitsuki se queda por si necesitamos su ayuda.
Esta noche, cuando Kiera cae rendida por el sueño, observo su silueta de medio lado, las curvas delicadas bajo las sábanas, la suave respiración que mueve con lentitud su cuerpo…
Me quedo mirando sus largas pestañas, los labios hermosos entreabiertos y ese cuello que tanto amo besar reposando con suavidad sobre la almohada.
Y cuando la calma que me confiere mirarla no es suficiente me pongo en pie y me refresco en el lavabo.
Me quedo aquí un rato, contemplando mi reflejo; el pelo rubio oscuro un poco despeinado, el calor que enciende mis mejillas y sobre la clavícula la marca de un beso que a Kiera se le ha ido de las manos…
Y me digo que estos rasgos que son tan familiares para mí mañana serán conocidos en cada rincón de la Tierra.
Serán los rasgos de la persona más aterradora del mundo.