44 Markel A las afueras de Tokio 10 días para el solsticio de verano
M is ingenieros me envían reportes a cada hora.
Recibo noticias de todos los rincones de Japón, de las labores de búsqueda, de los equipos que adaptan las bombas para integrarlas en misiles intercontinentales o de quienes acondicionan plataformas capaces de lanzarlos.
Nuestra capacidad de coordinación es… brutal. Miles de personas trabajan a lo largo de todo el Imperio, cada cual con una labor: desde la más sencilla hasta la más relevante, y todos saben que cada uno de ellos es imprescindible para que esto funcione, así que cumplen con suma diligencia.
Llegados a este punto mi cometido pasa solo por ofrecer alternativas cuando algo falla, idear planes de actuación donde otros encuentran dificultades y supervisar que todo avance como debe.
Los militares trabajan en la protección y la seguridad en paralelo. Algunos misiles saldrán desde lugares apartados y de difícil acceso, pero la logística no es fácil y en algunos casos hemos decidido ganar tiempo armando plataformas en los propios lugares donde aparecieron las bombas.
Me llegan imágenes de equipos trabajando en plena calle, en las propias ciudades; civiles alrededor del perímetro, observando cómo arman una plataforma para misiles junto a su cafetería favorita. Es, cuanto menos, inquietante; pero no hay mucho margen para la ocultación o la seguridad.
He tratado de dormir unas pocas horas antes del amanecer, pero he sido incapaz. En lugar de eso he esperado a que amanezca leyendo reportes y asistiendo a los ingenieros.
Quedarme a solas y en silencio implicaba pensar en Alexa, la pobre Alexa… que ha sido asesinada por la mujer que amaba, por querer salvarla, y por querer ayudarnos a nosotros.
La culpa me retuerce las tripas y prefiero no enfrentarme a ello todavía.
El sol apenas ha salido cuando oigo voces fuera y retiro los paneles que dan al jardín. Allí, descubro la figura menuda de Anna, que está despidiéndose de Akram.
La hierba está mojada por el rocío y las consecuencias de la última tormenta aún se advierten en las ramas arrancadas y las hojas desperdigadas.
Cuando Akram le da la espalda, Anna no se marcha aún. Espera hasta que él se sube a la moto y se larga.
Solo entonces, vuelve a la casa. Le hago un gesto para que me vea y cambia el rumbo hasta que llega a mi lado y se deja caer en el porche junto a mí.
—¿A dónde va?
—Lejos de mí —contesta, con un pesado suspiro.
Arqueo una ceja.
«He cortado con él… o algo así», se pasa a la lengua de signos.
«¿Qué ha pasado?».
Anna esboza una sonrisa de disculpa.
«Que estaba enamorado».
«Creo que eso te lo podríamos haber dicho cualquiera», respondo.
Anna suspira y echa la cabeza hacia atrás antes de cerrar los ojos.
Espero hasta que vuelve a mirarme para decir:
«Y además tú ya lo sabías. ¿Qué ha cambiado?».
Se muerde el labio inferior.
«Que ahora me importa un poco más hacerle daño». Hace una pausa. «Ayer nos acostamos», confiesa.
—¡Anna…!
«Ya lo sé. Ya lo sé… A mí me apetecía y parecía que a él también… pero después estuvo claro que no significó lo mismo para los dos y los remordimientos han podido conmigo».
Suelta un pesado suspiro y se pasa a la voz para apoyar las manos en el porche y dejarse caer un poco hacia atrás:
—Ya sabía lo que sentía por mí antes de meterme en su cama. Eso me convierte en una persona horrible. —Guarda silencio y el rostro dulce se le contrae un poco—. Debe de odiarme.
Le apoyo una mano en el hombro.
—No soy quién para juzgar a nadie, pero al final has hecho lo correcto, ¿no? Todos metemos la pata a veces. No seas tan dura contigo.
Anna deja escapar un resoplido.
El sonido de unos fusuma al abrirse me alerta y Anna sigue también el movimiento de mi cabeza cuando me giro para contemplar cómo dos figuras salen al jardín un poco más allá.
Kai y Kiera.
Ambos nos dedican una mirada, pero solo Kiera alza la mano y nos saluda, vacilante.
La baja enseguida para apresurarse a llegar a la altura de Kai y tenderle el brazo.
Parece que van a pasear.
Ver cómo se apoya en ella, advertir la fragilidad de su pisada y el dolor que seguro ha de sentir remueve algo en mí.
Anna me da un codazo para que la mire.
Me dedica una sonrisa que ensancha esos labios rojos.
«Tú tampoco tienes que ser tan duro contigo».
No lo entiendo. No lo entiendo hasta que alza la cabeza y veo que señala a Kai.
Sigue caminando lentamente acompañado de Kiera, que parece decirle algo.
—Está bien si él y tú… —dice, en voz alta, para llamar mi atención.
Aprieto la mandíbula y sacudo la cabeza.
—No significa nada —susurro—. No para él.
«Creo que te equivocas», responde.
Y yo estoy a punto de contestar, de contarle lo que se me pasa por la cabeza, los remordimientos y la culpa y hablarle de ese hilo rojo que me mantiene irremediablemente unido a él.
Pero me detengo a tiempo.
Es tan buena que está dispuesta a aceptar que su mejor amigo, que yo, sienta algo por una persona que le ha hecho tantísimo daño…
No. Ni hablar.
Quizá nunca sea capaz de odiar a Kai, pero no pienso dejar que ella me consuele de ninguna forma, no cuando se trata de él.
—Hace un poco de frío —miento—. ¿Vamos dentro? Tengo hambre.
Anna se piensa si replicar.
Se muerde el labio inferior, echa un último vistazo al jardín, por el que Kiera y Kai se alejan y, finalmente, decide callar.
«Aún no me creo lo de Alexa», dice entonces, de camino a la cocina.
—Tampoco yo. — La culpa vuelve a arañarme desde dentro—. Tuvimos que haberla sacado cuando aún podíamos. Tuvimos que haber hecho más…
Anna se detiene y me da un golpecito en el hombro para que la mire.
«Pudo haberse marchado con Kiera y Kai, pudo haberse negado al plan. Pero estaba enamorada y decidida a salvar tanto la vida como el alma de Echo».
—Eso lo hace aún peor —reconozco.
Esta vez, Anna no me lleva la contraria.
Mientras tomamos un té los dos nos preguntamos cómo vamos a contárselo a Hikari.