43 Kiera Skytree 10 días para el solsticio de verano #2
—En nuestro Imperio existen mujeres con ciertos dones capaces de invocar espíritus, curar lo incurable u obrar milagros.
También las hay quienes, como yo, tienen una conexión espiritual fuerte con los kami .
Y todas hemos encontrado nuestro poder de la misma manera: hemos estado al borde de la muerte.
Aún noto las pulsaciones con violencia, como cuando estás a punto de desvanecerte. Akane me mira con sus ojos negros y almendrados, pintados de un azul que sobre su piel oscura es intenso, y me doy cuenta de que aguarda.
No sé a qué.
Intento dar otro trago de agua y esta vez pasa mejor.
—Cuando caí enferma era una niña. A todas nos ha pasado lo mismo en algún punto de nuestras vidas.
Un espíritu maligno roba nuestra alma y se la lleva al plano espiritual.
Es entonces cuando nuestra conciencia debe emprender un viaje para recuperarla.
Cuando lo conseguimos y volvemos, no lo hacemos solas.
—Sus ojos oscuros se deslizan hacia Mikan, que nos observa como si escuchara—.
Cuando regresamos a nuestro cuerpo lo hacemos acompañadas por un espíritu.
Se convierte en una… ¿cómo lo diría? Posesión permanente, pactada, donde la mujer recibe la fuerza espiritual de la energía que ocupa su cuerpo.
Para cada una es diferente; lo que coincide en todos los casos es la convivencia pacífica con el espíritu, que es quien nos otorga los dones.
Esta vez soy yo quien mira al zorro de pelaje oscuro.
Un estremecimiento me baja por la espalda. Unos dedos fríos se deslizan por mi columna, vértebra a vértebra, y yo vuelvo a sentir el corazón en la garganta.
—Yo no tengo un don, Akane. —La voz me sale raspada—. Hice un mal trato cuando era pequeña e ingenua y alteraron mi cuerpo.
—A mí me parece que sobrevivir allí donde todos perecen es un don bastante impresionante —responde.
Y entonces reparo en sus ojeras. Bajo el cuidado maquillaje, veo las arrugas alrededor de los ojos, las suaves bolsas que no ha podido disimular…
y la veo muy cansada, y también sincera—.
Quizá sea un don diferente a los que conocemos.
Quizá, a simple vista, parezca difícil ponerlo al servicio del pueblo como lo hacemos las sacerdotisas, las chamanas o las brujas…
pero hoy has salvado a gente, y lo has hecho gracias a aquello que, al borde de la muerte, te ayudó a recuperar tu alma y regresó contigo.
Contengo el aliento mientras sus palabras calan lentamente en mí, como una lluvia fina pero persistente.
Abro la boca y la vuelvo a cerrar y entonces, cuando intento incorporarme, me tambaleo. Neal vuelve a agarrarme por los hombros y yo me dejo caer contra él. El calor de su cuerpo me ancla un poco a la realidad, pero no es suficiente.
En medio del silencio es Kai quien rompe un instante extraño y denso, y lo hace con una carcajada.
—Akane se trajo un zorro, ¿y qué te traes tú? Unas putas anomalías.
Lo miro con espanto, incapaz de disimular el horror y el miedo que eso me provoca, pero le veo la cara, la forma en la que se le curva la comisura izquierda de la boca, el brillo canalla de los ojos azules… y extrañamente el terror se disipa un poco.
Vuelvo a mirar a Akane.
—Es una explicación muy amable —susurro.
—No pretendía serlo, Amell-san. Tal vez Kohana Harewood crea saber lo que te hizo y crea poder explicarlo con ciencia. La realidad es que lo que te ha ocurrido es algo que llevamos siglos viendo.
Me gustaría creerla. Una parte de mí, pequeña y asustada, la mira desde un rincón de un cuarto de paredes blancas sin ventanas y quiere aferrarse a esa explicación.
Un don.
Una bendición.
Un regalo de los kami.
Suena mejor que «experimento», «anomalía» o «arma biológica».
Algo se retuerce en mis entrañas y se rebela ante la idea de regresar a ese vórtice oscuro en el que todo es incierto y yo… yo soy…
—Has mencionado una convivencia pacífica —interviene entonces Markel, que escuchaba con atención.
Akane se gira hacia él y asiente levemente.
—Es importante, para la armonía de la mente y el desarrollo de los dones, que la convivencia con el espíritu sea cómoda y respetuosa.
—Las anomalías dejaron de atacarte cuando también tú dejaste de hacerles daño —opina Kai—. Y está claro que ahora te protegen… con todas las consecuencias.
La consecuencia es un gran yokai al que los misiles antitanque no hieren convertido en polvo en el cementerio de Aoyama.
—Me encantaría explorar los límites —dice entonces Markel. De nuevo, le brillan los ojos castaños y la diversión arrastra las cenizas del recuerdo del yokai.
—Nada de experimentos —sentencia Neal, que dedica una mirada a Kai.
Debe de estar pensando en el disparo.
—Simplemente quería que lo supieras —declara entonces Akane, que apoya las manos en las rodillas y se pone en pie con una elegancia que no puede aprenderse—.
Sigo pensando lo mismo que te dije cuando acudiste a mí por primera vez: los kami te han hecho un regalo.
No lo desperdicies intentando comprenderlo.
Akane se marcha y, tras ella, Mikan abandona la estancia.
—Sabía que el maldito zorro no era normal —murmura Kai.
Me quedo mirándolo. Contemplo también a Markel, que sigue en su sitio; él completamente vestido, con una camiseta de manga corta y un chándal, y tan empapado en sudor como el resto.
También me aparto un poco de Neal para poder mirarlo a los ojos.
—¿No tenéis miedo?
—Tengo miedo de muchas cosas, Kiera. Ya te lo dije: tú no eres, ni serás nunca, una de ellas.
Quiero responder, pero me doy cuenta de que no sé hacerlo sin romperme.
—Kiera. —La voz de Kai es un susurro sin diversión. Tampoco encuentro provocación en sus ojos azules—. Sé que no te gusta hablar de esto, pero… lo siento, tengo que preguntártelo.
La punzada de decepción que me asalta me deja sin aire.
Sin embargo, me obligo a responder:
—Dispara.
—La oscuridad te cura… parece curarlo todo —empieza, y al principio no entiendo de dónde procede ese tono sombrío—. ¿Podrías… pasárselo a Hikari?
Oh.
Si Hikari gozara de la misma condición que yo, su enfermedad desaparecería. No harían falta más viales. Se acabaría la lucha constante por sobrevivir.
—No sé cómo lo hicieron —respondo, con sinceridad—. Si lo supiera te lo diría para que Aya lo intentase, pero… Lo siento mucho. No tengo ni idea.
Cuando cierra los ojos parece dolerle físicamente. Inspira con fuerza.
—¿Eso es… todo? —vacilo.
—Sí, Amell. Eso es todo. —Me dedica una sonrisa que solo podría esbozar Kai Inoue, amplia y desenfadada, una sonrisa que no encaja mucho con el fin del mundo—. ¿La oscuridad te protege y las anomalías matan a grandes yokai por ti? De puta madre, me alegra estar en tu bando.
Se me escapa una risa estrangulada que llega sin avisar.
—De acuerdo. —Alzo el mentón y le señalo la pierna—. Pásate por mi cuarto después de bañarte. Te curaré eso otra vez.
Kai asiente e intenta ponerse solo en pie.
Algo debe de resonar dentro de Neal, que se apresura a ayudarlo, para sorpresa de Markel… y mía, y creo que del propio Kai.
Vaya.
Markel los mira marchar sin decir nada, con el pelo revuelto y expresión consternada.
Voy a preguntar, pero resulta que no tengo que hacerlo.
—¿Se pondrá bien?
Sigo la dirección preocupada de su mirada.
—Son heridas superficiales, dolorosas pero leves. Se ha recuperado de cosas peores —respondo—. Pero puedes preguntarle cómo está.
Se gira hacia mí como si le hubiera sugerido dar un paseo a la luz de la luna.
—No. No puedo.
—¿Por qué?
Markel traga saliva. Lo veo en la nuez de su garganta.
—Es Kai.
—Sí, sí que lo es y creo que siempre lo será, pero no es el Kai de antes.
Aprieta los labios en una línea delgada.
—Es el Kai que casi mata a Anna.
Esta vez, soy yo la que ha de tragar saliva y guardar silencio.