Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 42 Neal Cementerio de Aoyama 11 días para el solsticio de verano
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42 Neal Cementerio de Aoyama 11 días para el solsticio de verano

U n dragón.

El gran yokai es un maldito dragón, y está en la Mori Tower… hasta que decide bajar.

La bestia abandona la torre sin que el miedo por que haga estallar las bombas a su paso se manifieste. El terror de verlo moverse tan rápido y de forma tan violenta hacia un objetivo que intuyo no le deja aparecer.

Durante un segundo lo perdemos de vista, hasta que su cresta roja reaparece varias manzanas más allá, en movimiento.

Corre. El gran yokai está corriendo a través de la ciudad nocturna.

—¿Está…? —pregunta Kai.

Pierdo las escamas azules del monstruo entre dos edificios y un segundo después el sonido de un motor me hace girar la cabeza.

Por la ventanilla veo a una motorista huyendo a toda velocidad del yokai.

—Está persiguiendo a Kiera —murmuro, sin aliento.

Un instante más tarde, el dragón emerge de entre dos edificios, reventando a su paso las paredes.

Se choca contra ellas, tambaleante, pero no se detiene en su violento avanzar.

Sigue a Kiera a través de la ciudad sin importarle las calles estrechas, por las que pasa destruyendo edificios o levantando la calzada con las garras o los árboles con la cola.

Arranco el motor y, sin saber muy bien qué hago, giro para seguir a la criatura.

No me acerco demasiado, no puedo.

El yokai lo destroza todo a su paso y si no alcanza a Kiera es solo porque esta toma desvíos y gira por calles estrechas en el último momento. Si corriese en línea recta, ya habría llegado a ella.

A unos metros de nosotros, Kiera atraviesa un callejón intransitable para el yokai y entonces, cuando creo que va a volver a desviarse y me preparo para seguirlo, la bestia cambia de idea.

Freno en seco.

El yokai atraviesa el edificio de lado a lado.

Me quedo lívido.

Revienta los cristales de un escaparate y es tan grande que, al pasar, destruye por completo también el primer piso.

Las luces se apagan de golpe en varias de las ventanas, los escombros caen a su paso y la serpiente se pierde en la oscuridad.

Me quedo mirando el agujero reemplazado rápidamente por escombros, el vacío que deja el primer piso, la estructura que cruje, resentida, y las personas que, en los pisos superiores, se asoman por las ventanas con horror.

—Arranca —me pide Kai, sin apartar la mirada—. Rápido.

Me trago una maldición.

Si la estructura cede, todos los que viven en el edificio morirán. Incluso si no los mata el derrumbe, si se quedan sin luz no tendrán oportunidad alguna frente a las anomalías.

Y no podemos hacer nada.

—Si la luz se va, morirán todos. Decenas de personas, familias enteras…

—A ellos no podemos salvarnos; a Kiera, sí. Arranca —insiste, con una templanza que no habría creído en él.

Aprieto los nudillos, pero obedezco, porque sé que tiene razón.

Incluso si nos quedáramos, no tenemos medios para ayudarlos. Y ahora mismo tengo una misión:

No voy a abandonarla.

Kiera continúa girando, intentando despistar a la criatura, hasta que enfila una carretera larga que desemboca en un parque.

No, un parque no.

Por la zona, debe ser el cementerio de Aoyama.

—Estupendo —canturrea Kai—. Así no tienen que trasladar nuestros cuerpos.

Kiera no se desvía. Atraviesa una de las entradas sin detenerse y el yokai la sigue, rompiendo el hierro de la verja de entrada, cada vez más cerca.

Avanzamos tras ellos por una de las calles del cementerio, pasando junto a tumbas, esculturas de animales guardianes, cruces cristianas, planchas de madera budistas, torii que delimitan entradas a tumbas más grandes…

La lluvia cae con furia y los truenos se confunden con los bramidos del yokai.

Kiera se adentra más y más en el cementerio y el dragón la persigue, incansable. Al girar por una de las calles su cola alcanza una linterna de piedra que sale despedida y destruye parte del complejo.

El yokai revienta un monolito de piedra y aplasta los setos que delimitan un camino más estrecho. Arrasa tumbas y piedras, esculturas y planchas.

—¡Por la izquierda! —me dice Kai, y aunque yo aún no lo vea, inspira tanta confianza que el instinto me hace obedecer.

De pronto, me doy cuenta de que circulamos por una calle paralela. Acelero y me pongo a su altura.

La imagen, entre las tumbas, es brutal.

Me falta el aliento.

—No sé qué hacer —le confieso a Kai—. No sé cómo ayudarla.

Él guarda silencio mientras mira con una expresión que debe ser parecida a la mía.

—¿Tienes misiles antitanque?

—No.

Chasquea la lengua, y ni siquiera sé si habla o no en serio.

El dragón le pisa los talones. Kiera acelera, pero ya va demasiado rápido para los giros que hace y el suelo está empapado.

—Tampoco yo sé qué hacer, comandante —reconoce, en tono lúgubre.

Le echo un vistazo y la mirada que me dedica el matademonios hace que me derrumbe un poco.

No lo permito. No dejo que el miedo me domine y continúo conduciendo. Si es lo único que puedo hacer, la seguiré.

De pronto, Kiera hace un giro imposible, tan brusco que el yokai se pasa la entrada. Por cómo se mueve, me doy cuenta de que se ha metido por unas escaleras de piedra.

Un segundo después, entre las tumbas, detiene la moto y desmonta prácticamente a la carrera.

—¿Qué hace? —se me escapa, sin aliento.

Piso el freno y observo a Kiera, que es apenas una sombra, correr a través del cementerio.

El yokai se da la vuelta y abre sus enormes fauces. La luz del Humvee lo alcanza y sus ojos dorados brillan con intensidad.

Nunca había visto una criatura así.

Entonces, Kai se gira hacia mí con ansiedad.

—Apaga los focos.

—¿Qué?

—¡Apaga los putos focos! —grita, y se arroja sobre los controles.

Pero yo soy más rápido y obedezco, dejando solo las luces de seguridad que nos mantienen vivos.

Todo queda en penumbra ahí fuera y he de esforzarme, mientras el corazón me late tan fuerte que me duele el pecho, para encontrarla de nuevo.

Ahí está: Kiera atraviesa las tumbas y rodea una linterna de piedra que el dragón destruye sin miramientos.

De pronto, se detiene, se gira, se lleva la mano al tant ō consagrado y a mí se me congela la sangre en las venas.

No.

No. No. No…

Ni siquiera me doy cuenta de lo que estaba haciendo hasta que Kai, inclinado sobre mí, me impide abrir la puerta.

—Eso sería un suicidio muy tonto, comandante —me advierte, casi sin voz.

Pero a mí me da absolutamente igual.

—¡Aparta! —ordeno.

Y cuando trato de volver a abrir la puerta, el puto Kai Inoue intenta una llave conmigo. Me rodea el cuello con fuerza, tira para apartarme de la salida y en un arranque de ira y violencia le doy un codazo en la cara.

Pero él no me suelta. Es más fuerte de lo que creía.

—¡Te destrozarán en cuanto pongas un pie fuera! —me grita, con la respiración entrecortada por el esfuerzo, y se recoloca detrás de mí para hacer más presión. Me aplasta la garganta.

El dragón se cierne sobre Kiera, que da un paso atrás con el pequeño tant ō en la mano.

—¡No puedo abandonarla! —exclamo y me revuelvo—. ¡Suéltame! ¡Suéltame ahora o…!

No llego a terminar.

En una imagen diluida por la lluvia y desdibujada por la niebla, descubro las mandíbulas del yokai abriéndose de par en par.

Y yo dejo de intentar escapar de los brazos de Kai.

Es una sombra monstruosa en la oscuridad frente a la minúscula silueta de Kiera. El yokai ruge y a pesar de la negrura distingo las filas de dientes y colmillos y ese brillo dorado en unos ojos furibundos.

Todo ocurre en un parpadeo.

De pronto, la imagen difusa se aclara en un estallido de color: un relámpago violáceo, otro de un azul eléctrico… Fogonazos estridentes que iluminan la forma en la que el dragón inclina las fauces sobre Kiera para devorarla y, un segundo después, nada.

La negrura es tan abrupta que no soy capaz de ver nada mientras mis ojos se acostumbran.

Kai reacciona antes. Libera mi cuello, se inclina de nuevo sobre los controles y prende los focos.

El cementerio de Aoyama vuelve a iluminarse: las tumbas arrancadas, las esculturas rotas… Y en medio de la piedra y los guardianes quebrados, Kiera se encuentra de pie en una nube de cenizas.

Las sombras oscuras que la rodeaban se descuelgan de brazos y piernas y vuelven reptando a la oscuridad.

Cuando se gira y nos mira tiene una expresión tan espantada como la nuestra.

Kai es el primero en romper el silencio:

—No es un escudo frente a las anomalías. Es un arma frente a todo lo demás.

La lluvia cesa. Los fuertes vientos que azotaban el Humvee se detienen también.

Tiene razón.

Por eso Kohana Harewood, y los militares, estaban tan interesados en ella.

No es inmunidad, es un arma.

Ya ocurrió con el Amanojaku, pero esto es…

Kiera está empapada de la cabeza a los pies. La coleta cobriza, oscurecida por el agua, se le pega al cuello mientras jadea y vuelve a guardarse el tant ō que no iba a tener la más mínima oportunidad de usar.

¿En qué estaba pensando?

Como si un hechizo se rompiera, echa a andar hacia el vehículo, abre la puerta y se sube al asiento trasero.

Los tres nos quedamos mirándonos un buen rato hasta que es ella la que abre la boca.

—Iba camino del Skytree, pero el yokai …

Kai la interrumpe con una carcajada.

—No te molestes —le dice, y se limpia la sangre que le chorrea de la nariz con la manga; he debido de provocársela con el codazo—. Hemos visto los putos misiles, preciosa.

—Ah. —Cierra la boca y me dedica una mirada con la que parece tantearme—. Ha sido arriesgado —añade, simplemente.

Eso es todo: ha sido arriesgado.

Me duelen las costillas, o tal vez sean los pulmones. Cada bocanada de aire es dolorosa, como si mi cuerpo se negara a volver a respirar con normalidad. Los dedos me tiemblan sobre el volante, pero lo aferro más fuerte y pongo el Humvee en marcha para salir de aquí.

—Os llevo al Skytree —anuncio.

Podríamos volver a casa de Akane, pero tal y como están las cosas: con Ryosuke, los barcos de Andrews, Echo Akiyama fugada y Alexa… Pobre Alexa.

Prefiero tener a mano recursos si debemos intervenir.

—¿Cómo está la pierna? ¿Y la espalda? —pregunta Kiera, inclinándose sobre el asiento de Kai.