Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 42 Neal Cementerio de Aoyama 11 días para el solsticio de verano #2
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42 Neal Cementerio de Aoyama 11 días para el solsticio de verano #2

—La metadona ayuda. No creo que sea grave —responde él.

Se la queda mirando por el espejo retrovisor, tenso y en silencio. Creo que va a decir algo, pero no se atreve. O tal vez le pase como a mí y no encuentre qué decir.

Soy más consciente de los destrozos en el cementerio ahora que podemos detenernos a mirar , pero no son las tumbas derruidas ni los torii caídos lo que nos hace contener el aliento.

Antes de enfilar el camino al Skytree, desando nuestros pasos y aminoro la marcha cuando regresamos frente al edificio que el yokai ha atravesado.

Se me cae el alma a los pies.

Ya no hay luces en todo el edificio.

Los pisos inferiores han colapsado. La estructura no ha debido de aguantar y aunque la zona superior parece bastante intacta la luz se ha ido.

Oigo un jadeo en la parte trasera del Humvee y por el espejo retrovisor veo el rostro desencajado de Kiera.

—Diez millones —suelta Kai.

Me giro para mirarlo, pero no explica nada.

—Diez millones —insiste.

—¿Qué? —La voz le sale aguda a Kiera.

—Si las bombas hubiesen explotado, habrían muerto diez millones. Entre ellos tu comandante y yo… ¿Y qué quieres que te diga? A mí me gusta bastante estar vivo.

Kiera lo comprende entonces. Traga saliva y vuelve a mirar por la ventana. Los focos del Humvee alumbran un edificio a oscuras, caído sobre los escombros.

—Es imposible, ¿no? —se atreve a preguntar, sin apartar los ojos de los escombros—. Nadie puede sobrevivir tanto tiempo… ¿Verdad?

—No se ve una sola luz —confirma Kai, con voz queda.

—Mañana enviaré un equipo para recuperar los cuerpos —declaro, y eso parece romperla del todo.

No hay llanto. Es una rotura silenciosa. Sí que llora, las lágrimas le resbalan por las mejillas antes de que consiga limpiarse la cara, pero no emite sollozo alguno.

El resto del viaje lo hacemos en un silencio extraño. El corazón aún me late a una velocidad desacompasada mientras intento poner todas las piezas en su lugar.

Cuando detengo el motor y Kiera baja sin decir nada, le hago un gesto a Kai.

—Gracias. Por pensar en las luces y por… pararme —le digo. Él me mira un poco sorprendido, pero le quita importancia con un gesto de la mano—. Y siento lo de…

Le señalo la cara.

Arquea las cejas.

—Ah… No pasa nada. —Se encoge de un hombro—. En realidad, ha sido un golpe bastante flojo, comandante.

Me dedica una sonrisa y yo no puedo más que devolvérsela, pero no deja que le diga nada más.

Me da la espalda para girarse hacia Kiera, que ha rodeado el vehículo para ayudarlo a salir.

También ella está sonriendo a pesar de todo.

Le pasa un brazo bajo los hombros con cuidado y le echa una mano mientras me mira con prudencia.

«Luego», intento transmitirle con una mirada.

Hay un par de cosas que me gustaría decirle, pero no aquí.

Para cuando los soldados salen del refugio, no sé cómo comunicar lo que ha ocurrido. Barajo la posibilidad de mentir, pero soy consciente de que no podría sostener esa narrativa mucho tiempo.

Así que hablo con mis capitanes, soy parco en las explicaciones y ellos entienden enseguida que no pueden hacer demasiadas preguntas.

Un gran yokai.

Un lanzamisiles.

Una soldado imprudente.

Confirmo que los barcos de Andrews siguen en nuestro poder antes de regresar a la habitación y para entonces Kiera ya ha terminado de atender a Kai.

—¿Cómo está?

—Dolorido, pero se recuperará —contesta Kiera, sin volverse.

Se ha puesto una camiseta limpia. Lleva un chándal mío que le queda grande y está descalza sobre el suelo de madera, mirando por la ventana.

Desde aquí se alcanza a ver la Mori Tower, donde casi todas las luces parecen encendidas.

—Se han quedado a oscuras en algunas secciones —declara, con la vista fija en la torre, y alza la mano para señalar por la ventana—. Ahí… y ahí. No son plantas enteras, así que creo que es una buena señal.

Alzo la mano y la apoyo sobre la suya. Kiera se vuelve a mirarme.

—Me has mentido —susurro, procurando no alzar la voz.

Se pasa la lengua por el labio inferior.

—Y tú a mí.

Aprieto la mandíbula y ella inspira con fuerza. Deslizo el pulgar por la palma de su mano y da un paso tentativo hacia mí.

—¿No estás enfadado?

—¿Y tú?

Una chispa de diversión se aloja en sus ojos azules y veo cómo se esfuerza por desterrar parte de los horrores que hemos vivido esta noche.

—Yo sí —responde, con rotundidad, y da otro paso adelante—. Si sabías que te estaba mintiendo, ¿por qué no dijiste nada?

—¿Para que intentaras detenerme con otra mentira?

La miro desde arriba sin ceder un solo centímetro, a un palmo de distancia.

—No debiste subir a un Humvee en plena noche.

Arqueo las cejas.

—¿De verdad quieres que hablemos de cosas que no deberíamos haber hecho esta noche?

Kiera sacude la cabeza. Creía que me provocaría más; pero entonces salva la distancia que nos separa, desliza la mano por mi pecho y un segundo después ladea la cabeza para besarme.

Es superficial, un beso sostenido y meditado que me sorprendo transformando en algo diferente cuando soy quien entreabre los labios y le pide permiso para entrar.

Recorro su boca con la lengua y cuando Kiera deja escapar un gemido, este se me clava en algún lugar del pecho y me obliga a agarrarla más fuerte. Enredo los dedos en su pelo y arrastro la goma de pelo para deshacer su coleta sin dejar de besarla.

Ella se aparta, me dedica una mirada interrogante y yo aprovecho ese instante para inclinarme y recorrerle el cuello con los labios.

Dios… qué bien sabe.

Kiera murmura algo que suena como una palabrota y eso me empuja a darle un lametón más lento y deliberado a lo largo de la garganta.

Entonces, me apoya las manos en los hombros, se aparta y cuando estoy a punto de volver a alcanzarla alza una mano y me pide que me detenga.

La observo de hito en hito.

—¿Quieres que pare?

Kiera suelta una risa cantarina, sacude la cabeza y apoya la mano en mi pecho para obligarme a caminar hacia atrás hasta que mi espalda choca contra la pared.

Me sujeta la mano, la sube lentamente por su cuello y yo dejo que me guíe, obediente, hasta que me hace volver a cerrarla sobre su pelo cobrizo y, sin que me dé tiempo a procesar lo que hace, se arrodilla frente a mí y me dedica una mirada que está a punto de volverme loco.

—Sujétame el pelo —me pide.

En cuanto siento sus dedos sobre el pantalón, tanteando con el cinturón, ya estoy listo.

Kiera me la saca y la agarra con una sonrisa de sorpresa que me hincha el ego.

Le dedica una caricia lenta y suave y yo echo la cabeza hacia atrás y cierro los ojos un segundo antes de darme cuenta de que necesito ver esto.

Mueve la mano sin dejar de mirarme y a mí se me calienta la sangre mientras me pregunto hasta dónde llegará antes de que yo pierda la cabeza.

Un segundo después, la agarra por la base y se la mete entera en la boca.

La mirada que me dedica vivirá para siempre en mis fantasías más indecentes.

—Kiera, joder… —le suplico.

La agarro del pelo, más para contenerme que para obedecer su orden, y solo dejo de mirar cuando la sensación de su lengua en mi piel es demasiado.

Me envuelve con la boca, lame y desliza los labios por mi polla mientras me esfuerzo por portarme bien y apenas soy capaz de contener un movimiento de caderas que escapa a mi control.

—Perdón —me disculpo, sin aliento.

Kiera se la saca y me da un respiro. Se desliza los dedos por los labios hinchados y todo el cuerpo me arde ante la idea de devorarla igual que lo está haciendo ella conmigo.

La agarro más fuerte del pelo y cuando estoy a punto de obligarla a levantarse y llevarla conmigo a la cama, interpreta el gesto al revés y vuelve a metérsela en la boca.

—Mierda, Kiera. Vas a tener que parar… —musito, entre dientes.

Por toda respuesta, me da un lametón desde la base hasta la punta y ya no aguanto más.