Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 41 Kai Palacio Imperial 11 días para el solsticio de verano #4
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41 Kai Palacio Imperial 11 días para el solsticio de verano #4

La lluvia continúa cayendo con insistencia en un aguacero que Neal debe de escuchar incluso desde el otro lado de la línea. Entre las calles, las ventanas iluminadas de la Mori Tower son un faro en la neblina y el cuerpo serpenteante del dragón lo envuelve en una imagen espantosa.

—Hay un gran yokai en la Mori Tower.

Neal guarda silencio tanto tiempo que pienso que no la ha escuchado.

—¿Cómo sabéis que es un gran yokai ? —pregunta entonces.

A mí se me escapa una carcajada.

—Si quieres perder tiempo con eso, puedes darte un paseo al mirador, comandante —le digo—. Asómate y dime si el dragón que ves encaramado a la torre es un puto yokai o un oni menor.

Suelta una maldición.

Al otro lado, se oye movimiento.

El comandante se ha puesto en marcha.

—¿Cuántas posibilidades hay de que destruya la torre? —En su tono oigo al soldado, diligente y servicial, que no deja un solo resquicio al miedo.

El gran yokai continúa moviéndose de forma lenta, pero no parece tener un rumbo fijo.

—Si su objetivo fuera destruir la torre… creo que lo habría hecho ya —responde Kiera—. El problema son los daños colaterales. Si afecta a la estructura y la torre se viene abajo o si se acerca demasiado a las bombas… Neal, el Skytree estaba en el radio de acción de las bombas. Ve al refugio, ya.

—¿Dónde estáis vosotros?

Una pausa.

—En casa de Akane. —Kiera me dedica una mirada cómplice—. Está lloviendo mucho. Creemos que es el yokai . Ha provocado temblores y, ahora, un temporal.

Se oye un suspiro y, acto seguido, Neal se pone a dar órdenes mientras moviliza a los soldados.

Los dos aguardamos con un ojo puesto en el dragón.

—Kai, ¿qué se hace frente a un gran yokai ? —pregunta Neal unos minutos después.

—Huir —respondo, y casi me entra la risa—. O, en su defecto, esconderse.

—La sección de Seiry ū está preparada para intervenir después de las catástrofes —coincide el comandante—. Pero quizás un equipo, en un convoy preparado… ¿Podríamos ahuyentar a la bestia?

Los dos miramos al dragón.

A Kiera se le cae el alma a los pies.

—No creo que ni nos vea —respondo yo.

—Entonces, ¿solo podemos esperar?

—Y poneros a salvo —añade Kiera—. Ve al refugio, Neal.

—Estoy en ello —contesta, con diligencia. Una pausa, y suaviza un poco el tono—. Me alegra que estés lejos.

Es el momento de colgar. Me quito el auricular y se lo devuelvo a Kiera para darle intimidad. Sin embargo, no comparte muchas más palabras con Neal, que debe evacuar a los soldados cuanto antes.

Cuando la llamada se corta, Kiera se apoya contra el tronco del árbol sagrado y echa la cabeza hacia atrás. La lluvia le resbala por la cara. Está tan empapada que ya no hay ni rastro de la sangre con la que se había manchado.

—Se va a cabrear cuando te vea aparecer por ahí —le digo.

—¿Qué?

Señalo la moto abandonada bajo la lluvia a un par de metros. Un trueno retumba muy cerca de aquí.

—Toma la moto y lárgate. Sé que no irás a casa de Akane, no mientras Neal esté atrapado en el Skytree. Así que vete ya y discute con tu comandante sobre por qué le has mentido.

—Le he mentido porque es capaz de conducir un Humvee hasta aquí… Lo cual sería bastante estúpido y peligroso. —Hace una pausa y sacude la cabeza—. No voy a dejarte aquí, Kai.

—A ti las anomalías no te harán daño —le digo, muy seguro—. Puedes irte. No hay necesidad de que nos congelemos el culo los dos.

—No hace tanto frío —replica.

Debe parpadear con fuerza para verme a través del agua que cae sin tregua. El viento nos azota con furia y le echa hacia atrás la coleta empapada.

Decido ser claro.

—Si el puto yokai revienta las bombas no tendrá ningún sentido que nos frían a los dos.

Kiera aprieta los labios.

—No te voy a dejar aquí.

Suelto una carcajada, sin creerme lo terca que es.

—Pues es una pena para ti, porque yo sí te abandonaría.

Arquea una ceja elegante.

—No. Qué va —contesta, muy segura, y me dedica una sonrisa a la que he empezado a acostumbrarme y que por alguna razón me hace sonreír también—. Antes te he visto, ¿sabes? Ibas a adentrarte en la oscuridad por mí.

Bufo y aparto con rapidez la mirada cuando siento calor en las mejillas.

Yo, sonrojado… qué humillación más tonta.

—Tú deliras.

Kiera deja escapar una risa que, para mi fastidio, me hace sonrojar aún más; pero no insiste.

El tiempo es un bien preciado ahora mismo y lo siguiente es comunicarse con Markel.

Creo que duda si contarle o no la parte de Alexa, pero acaba cediendo cuando se da cuenta de que no puede omitirlo sin mentir.

Markel no es tan estoico como el comandante.

—No… No puede… No puede ser verdad —dice, con la voz rota.

—Lo siento —murmura Kiera, y en su voz todavía trastabilla la culpa—. No hemos podido hacer nada.

—Pero Echo… Ella no… ¿Cómo iba la Emperatriz a matarla si la amaba?

—Echo Akiyama está enferma —escupe Kiera, con cierta rabia—. Ha perdido del todo la cabeza.

—Y nosotros hemos involucrado a Alexa en todo esto —susurra Markel, tan bajito que su voz apenas se oye.

Kiera no responde, porque también ella lucha contra la culpa. Sin embargo, no puede alargar la conversación mucho más y le promete que se lo contará todo cuando lleguemos.

Antes de colgar, Kiera me dedica una mirada interrogante, pero sacudo la cabeza.

No tengo nada que decirle, y no creo que él desee escuchar nada mío.

Sin embargo, Markel interviene.

—Kiera, vosotros… los dos… ¿estáis bien?

Con la tormenta cuesta oír la voz al otro lado de la línea.

—Yo estoy bien, pero a Kai lo ha atrapado antes una anomalía. No tiene pinta de estar muriéndose, pero no me deja ver la herida.

—¿Pinta de estar muriéndose? —repite—. ¿Cómo ha sido? ¿Dónde le ha dado?

Kiera me dedica una sonrisa templada y guarda silencio.

—Estoy bien, Markel —le digo, con un suspiro. Es la primera vez en toda la conversación que hablo y él se queda callado, como si no hubiera esperado escucharme.

—¿Por qué no dejas que Kiera vea la herida?

—Porque aquí no puede curarme, y vea lo que vea no va a poder hacer nada. Prefiero vivir con la incertidumbre.

Una inspiración profunda.

—¿Estáis a salvo?

Echo un vistazo a la Mori Tower.

—Sí.

—Markel, escucha —dice Kiera de nuevo—. Si algo pasara, tienes que seguir adelante con el plan de Neal.

Prepara las bombas para que impacten en los puntos más críticos del planeta.

Puedes pedirle ayuda a Ryosuke para las comunicaciones con el exterior, pero la prensa ya te conoce y opino que si es un terrorista el que lanza la amenaza… surtirá bien el efecto.

—Dios mío… —murmura, sobrepasado—. Cuidaos, por favor. Los dos —recalca, y corta la comunicación.

No sé cuánto tiempo pasamos bajo la lluvia, resistiendo el vendaval y los temblores que aún me ponen los pelos de punta.

De pronto, el viento nos azota con tanta fuerza que nos mueve un poco. Las ramas del cerezo crujen y el tronco protesta, pero la luz Traída del sol sigue brillando con fuerza.

Miro la tierra y las raíces y me pregunto cuánto resistirá.

—¡Amanece hacia las cuatro y media de la mañana! —exclama, para hacerse oír por encima de la tormenta—. Tendremos que resistir ocho horas más.

El gran yokai se mueve; tal vez por eso se haya levantado el viento. Un estruendo retumba a lo lejos y advierto que está estrangulando la estructura con sus anillos, provocando que una parte de la fachada se desprenda.

—Ver esto sin poder hacer nada es una puta mierda —masculla, con una nota de terror.

—Yo no puedo hacer nada —matizo—. Tú puedes ponerte a salvo para ayudar a Markel si las cosas se ponen feas.

Kiera me dedica una mirada. Qué grandes y qué azules tiene los ojos.

—Van a reventar, ¿verdad?

Joder. Espero que no. Sin embargo, si quiero que se largue, tal vez tenga que ser un poco más catastrofista.

—Si vuelve a mover la cola como ha hecho antes y los escombros caen sobre las bombas… Sí, es posible.

Kiera se pone en pie. El viento es tan fuerte que debe apoyarse en el cerezo. Alza el rostro hacia la Mori. El gran yokai se mueve despacio, pero se mueve.

Me echa un vistazo lleno de culpa mientras se quita el comunicador y me tiende los auriculares.

—Aguanta ahí, ¿vale?

Por fin.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Lárgate ya! ¡Y ten cuidado con la moto! ¡Voy a mirar si le has hecho cualquier rasguño!

Kiera sale corriendo, toma la moto, la arranca, da media vuelta y le veo enfilar la carretera de vuelta a la avenida principal. Es una sombra en la oscuridad cuando toma el camino de regreso al Skytree y yo respiro un poco más aliviado, solo un poco, porque el puto yokai sigue moviéndose.

Lo bueno es que si las bombas estallan no creo que me dé tiempo a enterarme.

Saco la metadona del bolsillo y me la trago con la esperanza de que disipe un poco también el dolor lacerante de la espalda y la pierna.

Las ramas del cerezo se siguen moviendo con violencia y, al hacerlo, la luz se desplaza y las sombras se acercan peligrosamente a mis pies.

Sinceramente prefiero una explosión de luz que una anomalía.

No quiero sentir lo que ya noto en las zonas heridas por todo el cuerpo.

Los minutos son lentos mientras sigo contemplando la Mori Tower, como si vigilar a la criatura sirviera de algo. A estas alturas, Kiera ya debería llevar un rato en el refugio. Me gustaría preguntarle si ha llegado bien; pero solo teníamos un comunicador.

Me acomodo, cruzo los brazos bajo el pecho para guardar calor y me resigno.

Va a ser una noche larga.

Un segundo después, no obstante, vuelvo a erguirme.

Un ruido resuena en el silencio de la tormenta. Primero pienso que es un trueno, pero es demasiado sostenido en el tiempo y suena cada vez más fuerte.

Además, yo conozco ese sonido…

Es mi moto.

Por la avenida principal, una sombra cruza la carretera a toda velocidad.

—Será imbécil —mascullo y me pongo en pie por inercia.

A Kiera le han podido los remordimientos.

No obstante, esta vez no gira por la calle. Atraviesa la avenida y se pierde entre los edificios. ¿Es que se ha desorientado?

Sigo aguzando el oído para tratar de captar si da la vuelta, pero no lo hace y en algún momento dejo de escucharla.

¿Qué demonios pretende?

Vuelvo a sentarme, resignado. Quién sabe qué se le está pasando por la cabeza a esa chica. Apenas me he dejado caer en el suelo cuando, de pronto, un estallido me hiela la sangre en las venas y cada célula de mi cuerpo me hace girarme hacia el yokai.

Pero la torre sigue en pie.

El dragón continúa encaramado a la torre.

Y el estallido se transforma en algo diferente, como un siseo, cuando veo una estela dorada que atraviesa la tormenta… e impacta contra él.

Una explosión ilumina sus escamas.

El yokai está a punto de resbalar y la forma en la que se agarra hace que se revienten un par de ventanas y varios trozos de fachada se desprendan. Alza la cabeza hacia el cielo y ruge, furioso, con una ira que no desprendía antes.

Es tan potente que incluso desde aquí es ensordecedor. El viento se agita, la lluvia arrecia con fuerza y, entonces, una segunda estela cruza la oscuridad… pero se pierde.

Tal vez por el viento repentino.

No ha pasado ni un minuto cuando un tercer misil vuela hacia la bestia y, esta vez, la alcanza.

El yokai brama, la tormenta se encrudece y yo me tengo que agarrar al Árbol de Raij ū mientras contemplo cómo la criatura sacude la cabeza y busca algo con ansiedad.ç

—Me cago en la puta.

El ruido de un motor, apenas intuido por encima de la tormenta, me hace apartar la vista del yokai , que se revuelve sobre la torre, arrojando escombros al suelo.

De la avenida principal surge entonces un Humvee del Skytree iluminado por todas partes.

Las luces son tan potentes que alumbra varios metros la carretera en todas direcciones.

Un segundo después, el vehículo gira hacia el árbol, pero no puedo ver quién conduce porque los faros me ciegan. Entrecierro los ojos y contemplo cómo una figura desciende del asiento del conductor con un subfusil entre las manos.

Y lo reconozco.

Neal Kellum avanza a través de la luz con el traje y el equipo de Byakko, armado hasta los dientes: una pistola en la funda, tres granadas luminosas, el tant ō consagrado y varias bengalas colgando del cinturón.

—¡¿Dónde está?! —grita, para hacerse oír por encima de la tormenta.

El viento es ahora brutal, tan fuerte que la lluvia hiere el rostro y las manos.

Señalo la Mori Tower y el yokai rugiente.

—¡Sospecho que tiene algo que ver con los misiles que han disparado ahora mismo!

Se le cae la mandíbula al suelo.

—¡¿Y tú le has dejado?!

—¡Creía que iba al Skytree! —me defiendo.

—¡Y está claro que lo ha hecho, pero ha vuelto con un lanzamisiles! ¡Vamos, sube!

Neal se da la vuelta con celeridad, pero se detiene cuando ve que no lo sigo. Una rápida mirada le sirve para localizar mi pierna, volver a por mí y pasarme un brazo por la cintura. Me agarra con fuerza y cojeo hasta el asiento del copiloto.

—¿Cómo sabías dónde estábamos? —pregunto.

—Le pedí a Markel que rastreara el comunicador en cuanto Kiera colgó.

Se ha quitado el casco y lo ha arrojado al asiento de atrás mientras conduce en la oscuridad. A pesar de las potentes luces me cuesta desterrar esa sensación pegada a los huesos, y al alma, que me dice que deberíamos escondernos ahora mismo.

—No te creíste que estábamos en casa de Akane, ¿eh?

—Ni por un segundo —responde.

De pronto, una nueva estela cruza el firmamento hacia el rascacielos. No es eso, sin embargo, lo que provoca que Neal detenga el vehículo.

El gran yokai se mueve, pero esta vez no se limita a revolverse. Ruge y los cristales del Humvee retumban.

Parados en medio de una calle oscura y desierta, contemplamos la figura de la Mori Tower entre los edificios y vemos cómo el dragón clava sus ojos dorados en un punto fijo y, entonces, salta al suelo.