Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 41 Kai Palacio Imperial 11 días para el solsticio de verano #3
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41 Kai Palacio Imperial 11 días para el solsticio de verano #3

Por encima del sonido del motor, un trueno retumba a lo lejos y en cuanto vuelvo a notar algo extraño en la carretera, freno en seco. Entonces, ya quietos, lo noto en su plenitud:

Es la tierra.

Permanezco inmóvil, sintiendo la ondulación del suelo, ese extraño retumbar que había creído un seísmo… pero que ahora sé que no lo es.

—¿Es un terremoto? —pregunta Kiera.

—Creo que no.

Los dos aguardamos, expectantes, hasta que el temblor desaparece de pronto.

Contengo el aliento y siento los dedos de Kiera en la cintura, tensos. También ella ha dejado de respirar.

Estoy a punto de arrancar, porque no tenemos tiempo para esto, cuando, de pronto, otro trueno retumba de forma ensordecedora.

Mi cuerpo reacciona solo, también el de Kiera, que me abraza más fuerte y una parte de mí comprende, antes de que mis ojos lo encuentren en el horizonte, que no ha sido un trueno, sino un rugido.

Hay algo antiguo y ancestral que me hace girar la cabeza.

Es lo mismo que me implora que corra cuando lo encuentro.

Un nuevo relámpago ilumina la Mori Tower y su luz se refleja en las escamas azules que la rodean.

Eso es lo primero que veo.

Luego, me fijo en las garras, la cresta roja que va de la testa a la punta de la cola, las astas que le brotan de la cabeza como una corona retorcida… y esos ojos dorados que no deberían pertenecer a este mundo.

Un ventanal de cristal se quiebra bajo sus anillos azules y parte de la estructura cede antes de que la criatura siga su camino.

Una serpiente.

Una serpiente gigantesca se ha enroscado en la torre y la constriñe mientras trata de subir, ajena a la destrucción que causa.

La imagen parece salida de una pesadilla: el cielo tormentoso, los rayos que de vez en cuando iluminan la tétrica escena… y recortada contra ese lienzo terrible, la Mori, imponente y majestuosa, pero asfixiada por esa serpiente de tamaño imposible.

—Kai. —La voz de Kiera suena lejos, aunque la tengo justo detrás—. ¿Qué es eso?

Tardo un rato en poder responder.

—¿Tú también lo ves? —contesto, sin voz—. De puta madre; no es cosa de las drogas.

—¿Es un dragón ? —inquiere, apenas en un susurro.

Tiene barbas rojas y bigotes sinuosos, garras que clava allá donde pisa y una hilera de dientes terribles…

Asiento.

—Un dragón, sí. —Inspiro con fuerza—. Tiene que ser un gran yokai.

Oigo cómo contiene el aliento.

—¿Alguna vez habías visto algo parecido?

Es enorme. Es brutalmente monstruoso y se retuerce alrededor de la torre como si fuera su presa.

—No. Nunca. No se dejan ver. —De pronto, siento el frío del ambiente deslizándose por mi espalda y caigo en la cuenta de algo—. ¿En qué área de la torre están las bombas?

Kiera lo medita unos segundos.

—Desde aquí no lo sé —confiesa, y por el tono de voz sé que acaba de darse cuenta también—. Pero si hace que las plantas se derrumben…

—Moriremos todos —termino por ella.

—Tenemos que detenerlo —sentencia, sin tener que meditarlo.

La serpiente…, o el dragón, continúa su avance cuando el cielo brama y rompe a llover de forma violenta e inesperada. La cortina de lluvia es tan densa que emborrona la imagen y la hace aún más dantesca.

Dos ojos dorados destellan a través de la bruma.

—¿Es que no te enseñaron nada en la Agencia Hawk? Contra un gran yokai lo único que se puede hacer es ayudar con los daños.

—Si las bombas explotan, el centro de todo Tokio…

—Lo sé —la detengo, incapaz de pensar en ello.

—Apenas queda luz —murmura, con la voz enronquecida—. La unidad de Seiry ū no podrá hacer nada.

Noto un nuevo temblor bajo los pies y comprendo que es el gran yokai . La lluvia torrencial, los temblores… todo lo está provocando él.

—Y tampoco nosotros podemos —le digo, adivinando lo que piensa.

El dragón es gigantesco, una bestia imposible que continúa encaramada a la torre cuando echa la cabeza hacia atrás y ruge.

Y ese bramido se me clava bajo la piel.

De nuevo, la parte de mí que es más instinto que razón sabe que lo único que nos queda es huir.

—Toda esa gente, los soldados… Están ahí atrapados con el yokai —continúa Kiera.

—Tendremos suerte si las víctimas se limitan a las que están en la torre —respondo yo.

Y Kiera no contesta, porque sabe que tengo razón.

Toma aire con fuerza.

—Kai, tenemos que irnos —me dice entonces, con los ojos clavados en la Mori—. Nos quedamos sin tiempo.

Me paso la mano por la cara. El pelo empapado se me pega al cuello.

Tiene razón. No me hace falta mirar la hora para saber que no nos quedan muchos minutos. Y por si fuera poco la tormenta provoca que la luz sea aún más pobre.

Y la Mori Tower está descartada.

—Rápido —insiste, con tono serio—. ¿Dónde hay luz que nos pueda proteger?

Que me pueda proteger a mí . Echo un vistazo a las aceras y a los callejones estrechos que se forman entre calles, y un escalofrío de advertencia me baja por la columna.

Vuelvo a arrancar la moto.

—Hay un Árbol de Raij ū por aquí cerca —contesto lo único que se me ocurre.

—Bien. Tendrá que servir. ¡Vamos! —exclama.

Dejamos atrás la Mori y el yokai gigantesco que amenaza con aplastarla bajo sus anillos.

Si lo hace, no importará si llegamos o no al Árbol de Raij ū ; las bombas exterminarán a todo el centro.

Markel lo dijo. La Mori Tower no es en absoluto un lugar seguro para almacenarlas. Si el dragón daña la estructura, si la galería donde las han metido se resiente de alguna manera…

Al menos Hikari se salvará.

Y Markel.

Tendrá que ser él quien continúe con el plan de las bombas, y quizá el comandante, si el refugio del Skytree resiste. Markel cree que es uno de los más seguros, así que a lo mejor tienen suerte.

Los relámpagos son cada vez más visibles en un cielo que se oscurece por momentos. Un rugido resuena por encima del sonido del motor y un segundo después tengo la sensación de que perdemos agarre, pero no puedo aflojar la velocidad.

A lo lejos, entre las calles, el monstruo gigantesco que se ha encaramado a la Mori Tower y aquí, a unos metros, el Árbol de Raij ū rodeado de la shimenawa , la cuerda de arroz que delimita el espacio sagrado.

Varias tiras en zigzag, las shide , cuelgan de ella y son azotadas por el fuerte viento a punto de ser arrancadas.

Prácticamente abandonamos la moto.

Pocas veces me la he jugado tanto en la oscuridad.

No queda apenas claridad y la tormenta se ha tragado los últimos rescoldos del día.

Ambos corremos hacia la luz cuando, de pronto, siento un latigazo que me recorre la espalda.

Suelto un alarido.

El dolor es punzante e intenso, como si me hubieran tocado con un hierro al rojo vivo.

Ni siquiera me detengo. Kiera no me deja hacerlo, porque me agarra del hombro y prácticamente me arrastra.

Durante esos malditos centímetros que me separan de la luz, sin embargo, las anomalías encuentran un espacio para agarrarme por la pierna. Tiran y siento como si se me desgarrara la carne, pero consigo llegar a la luz y el dolor más intenso y lacerante cesa de golpe.

Cuando quiero darme cuenta, ambos nos encontramos junto al árbol. La lluvia es tan intensa que duele contra la piel.

Kiera me mira con preocupación.

—¿Te han alcanzado? —inquiere—. Te han alcanzado, ¿verdad? Han sido las anomalías… ¡Déjame ver!

—Estoy bien —replico. El dolor sigue ahí, pero la intensidad extrema se ha disipado—. No voy a desnudarme con este temporal. ¿Quieres que muera de hipotermia?

Me miro la pierna de forma disimulada. Duele más que la espalda, pero estoy seguro de que no hay sangre.

Kiera se deja caer en el suelo, jadeante, mientras echa la cabeza hacia atrás y contempla el árbol que nos ha salvado, las ramas brillantes que se mecen bajo la lluvia torrencial y el viento. Se trata de un cerezo ya sin flor, grande y robusto.

Hay otros a lo largo de la calle, pero ninguno ha sido arañado por Raij ū .

Kiera intenta pegarse a su tronco y procura taparse un poco con las ramas mientras saca algo del bolsillo y le veo ponerse el auricular del comunicador en el oído.

Me ofrece otro y en apenas unos segundos la voz del comandante suena al otro lado de la línea.

—¡Kiera! ¡Hace rato que no recibo noticias vuestras! ¿Lo habéis conseguido? ¿Tenéis a Echo?

Kiera me dedica una mirada antes de cerrar los ojos y tomar aire. Creo que Neal es consciente del silencio.

—¿Vuestra parte ha salido bien? —inquiere.

Incluso si nos pegamos al árbol es imposible resguardarse de la lluvia, que cambia de rumbo bruscamente con las ráfagas de aire.

—Sí —contesta Neal—. Los barcos son nuestros. Tampoco ha aparecido la gente de Mori para reclamarlos, así que imagino que esa parte ha ido bien… ¿Qué ha ocurrido?

—Echo Akiyama ha escapado. No creo que Ryosuke pueda culparnos porque ha huido de nosotros también… —Hace una pausa—. Ha matado a Alexa.

—¿Qué? —exclama—. ¿Ryosuke?

—No —contesta y le veo abrir la boca y volver a cerrarla sin ser capaz de decir nada.

—Ha sido Akiyama —intervengo yo—. Cuando ha descubierto nuestro plan y ha comprendido que Alexa la había traicionado… se ha vuelto loca, la ha apuñalado y ha huido. Hemos llevado a Alexa con Aya. Kiera y ella han intentado estabilizarla, pero… no lo ha conseguido.

Kiera aprieta los labios y baja la cabeza.

—¿Echo ha matado a Alexa? —repite Neal.

—Sí —contesta Kiera, armándose de valor por fin—. Alexa está muerta y es…

No termina, pero no hace falta para que sepa qué va a decir. Se lo veo en la cara: es culpa nuestra.

Si no lo dice, tal vez, se deba a que la idea de involucrar a Lalanne fue de Kellum. No quiere culparlo a él.

—¿Vosotros estáis bien? ¿Qué es lo que se oye?

Nos miramos a través de la cortina de lluvia.

—Estamos bien, pero…

—¿Pero?

—¿Estás en el Skytree? —pregunta Kiera.

—Sí —contesta, impaciente.

—Avisa a todos los soldados que puedas y llévalos al refugio cuanto antes.

—¿Qué estás diciendo, Kiera? ¿Por qué?