41 Kai Palacio Imperial 11 días para el solsticio de verano #2
Atravesamos el hangar en el que estuvo guardado el Scorpion V, y nos ocultamos hasta que uno de los guardias, que hace su ronda más nervioso de lo habitual, abandona la salida para seguir su ruta.
Llevamos un rato avanzando por los túneles, siguiendo los caminos iluminados que nos acercarán a la salida, cuando Kiera se detiene.
Ya había reducido el ritmo. La he oído quejarse un par de veces, arrastrar los pies y suspirar. Ahora, sin embargo, se ha parado del todo y apoya una mano en la pared.
—Ya tomarás aire luego —le digo, apremiante—. No nos conviene estar aquí mientras se hace el cambio de gobierno.
En cuanto alza el rostro hacia mí, sé que no se trata solo de fatiga.
Ahora es diferente.
Tiene la cara manchada de una sangre que no le pertenece y dos surcos de lágrimas arrastran la sangre hacia abajo.
—La hemos matado nosotros —solloza, de pronto.
Aprieto los labios.
Kiera no parece de las que se derrumban en medio de una misión.
—No hemos sido nosotros —le digo, tajante—. Ha sido Echo Akiyama, porque ha perdido la cabeza.
—Nosotros la hemos destronado. Hemos conspirado con Alexa, que estaba enamorada de ella, y nos hemos aprovechado de ese amor para tenderle una trampa a la Emperatriz. La hemos provocado. La hemos llevado a ese extremo…
Niego con la cabeza.
—¡No! —exclamo, consternado—. Sí que la hemos traicionado, pero no le hemos puesto ese puñal en la mano.
Kiera, no tendría por qué haberlo hecho.
¿No te das cuenta? Podría haberse marchado, podría haber huido sin más…
Pero ha elegido matarla… quién sabe por qué.
Está trastornada. No es culpa nuestra. No lo es.
Mientras lo digo siento el regusto amargo de la bilis en el paladar y me doy cuenta de que no me lo creo del todo.
—Si no hubiéramos accedido a la petición de Ryosuke…
—No nos habría dado los barcos —declaro y me aferro a eso—. Fuera como fuere, tenemos que seguir andando o se hará de noche mientras todavía estamos aquí… y ya no podremos salir.
Kiera me mira y veo algo extraño en su mirada.
—No.
Frunzo el ceño.
—¿No? ¿De qué estás hablando? ¡Kiera, vámonos!
—Vete tú —me pide y, de pronto, se apoya en la pared y se deja caer contra ella, hasta el suelo.
Y mientras veo cómo se desmorona me doy cuenta.
No es un derrotismo normal, igual que tampoco lo es el hedor a podredumbre, que me había pasado desapercibido por la humedad y el olor a cerrado.
Me llevo la mano a la empuñadura y desenvaino a Onimaru, que refulge al ser liberado.
—¿Dónde estás, hijo de puta?
Kiera me mira con ojos entornados. Ni siquiera se altera.
Nuestro olor ha debido de atraerlo. Por si estar a solo once días de una masacre fuera poco, acabamos de contemplar cómo la Emperatriz de Japón mataba a una amiga.
Un siseo grave retumba por los túneles y solo ese sonido parece alertar a Kiera.
Debe de haber algo, más instinto que razón, aferrado a los huesos y a la sangre que despierta y la ayuda a espabilar a ella también.
—¿Qué es eso?
—¿Hueles la podredumbre? —le digo—. Como a fango estancado… Es un oni . Uno grande si te ha afectado así de rápido.
Arruga la nariz y hace un amago de apoyarse en la pared para incorporarse, pero no llega a hacerlo.
Una sombra nace de uno de los túneles sin iluminar y se lanza hacia nosotros.
Salto hacia atrás y no veo de qué se trata hasta que Kiera lo tiene encima: el cuerpo sinuoso de una serpiente, los cuernos largos sobre la cabeza, las cuatro patas cortas acabadas en garras pesadas, la joroba, el pelaje blanco y el hocico alargado y abierto como si tuviera la mandíbula desencajada.
Parece un dragón pequeño, uno maldito y enfermo.
Kiera desenvaina su arma, pero es demasiado lenta.
La criatura se inclina adelante y le cierra las fauces en el hombro. Un grito atronador resuena por los túneles y me hiela la sangre en los huesos, haciéndome reaccionar.
Me lanzo hacia el oni, que se da cuenta enseguida, y antes de que pueda alcanzarlo me dedica una mirada de ojos rojos desde abajo, como si me provocara, y arrastra a Kiera con él, que grita.
—¡Kiera!
Corro, pero es demasiado rápido.
Tira de ella mientras patalea e intenta clavar los tobillos en el suelo, sin éxito. Me doy cuenta de que no puede resistirse mejor porque le está desgarrando la carne.
Me lanzo hacia delante y le rozo la punta de la bota, pero no consigo agarrarla.
El oni tira hacia atrás hasta que la mete en uno de los túneles oscuros y un instinto trabajado desde que tengo uso de razón me obliga a parar justo en el borde.
Una voz que nace de ese aprendizaje que llevamos grabado en los huesos me advierte:
«Está muerta».
Luego, comprendo que no es así.
Se trata de Kiera.
El demonio la ha soltado, pero no se ha alejado de ella. Sus ojos rojos son un destello en la oscuridad del túnel y la imagen, su figura agachada tras ella, inquietante y perversa, parece una visión de pesadilla.
La está usando de cebo.
—¡No! —grita Kiera, alzando una mano en el aire cuando me ve junto al borde—. ¡No te acerques! Aún siento cerca su presencia.
Si se diera la vuelta…
—No te gires, pero está muy cerca —murmuro, procurando transmitirle una calma que no siento.
El oni tiene la boca constantemente abierta. La luz de Onimaru se refleja en sus dientes podridos, largos como dedos.
Incluso si la oscuridad cura sus heridas, un movimiento en falso y le arrancará la cabeza de un bocado.
El muy hijo de puta quiere cazar, no alimentarse.
Un movimiento me tensa al tiempo que pone en alerta al demonio, que dirige sus ojos inyectados en sangre hacia Kiera.
—¡No te muevas! —grito. Sus dedos se detienen sobre la empuñadura de la katana—. Si siente que puede perder una presa te matará.
—Me voy a levantar —declara, sin embargo.
—¿Es que estás sorda o quieres provocarme otro puto ataque?
El oni sigue expectante, pendiente de cada gesto y movimiento. Las garras arañando el suelo, la boca abierta preparada y esos ojos depredadores clavados en la espalda de Kiera.
—No me matará. Las anomalías llegarán antes. Ya las siento.
Suelto una palabrota.
—No lo sabes —replico.
—Con el Amanojaku me protegieron. No dejarán que llegue a mí.
—Te estaba mordiendo cuando te ha metido en la oscuridad y no le ha pasado nada —le recuerdo—. No te la juegues.
—¿Y qué hago? —contesta, con rapidez. Flexiona los dedos sobre la katana—. ¿Espero a que se canse?
—Mierda.
Tiene razón. En el fondo la tiene, pero… Joder. No quiero que le haga daño.
—Voy a salir corriendo. Prepárate.
La bilis me sube por la garganta.
—Espera, espera… Déjame pensar algo. Puedo entrar. Si lo hago rápido, si lo distraigo lo suficiente para…
No termino.
Creo que el oni y yo lo sentimos a la vez.
Apoya una mano en el suelo mientras con la otra agarra la katana e intenta ponerse en pie.
Kiera se mueve como un rayo, pero no es suficiente. Nada lo es frente a una criatura así.
Ni siquiera ha terminado de levantarse cuando el demonio reacciona.
Sé que debo quedarme donde estoy.
Sé que la oscuridad sí me matará a mí.
Y, sin embargo, no puedo evitar dar un paso adelante.
El miedo me asfixia y me deja sin aliento mientras contemplo cómo el oni salta sobre Kiera, me abalanzo hacia ellos y, entonces, se escucha un chasquido seco.
La luz relampagueante llega después. Ilumina con un fogonazo violáceo el túnel un segundo, lo justo para ver cómo algo le parte el cuello al demonio por la mitad.
No… No solo lo parte. Se lo arranca.
Las dos mitades caen al suelo en el instante en el que la anomalía retrocede y reacciono volviendo rápidamente atrás, a donde Kiera también está ya a salvo.
Se da la vuelta, jadeante, y contempla el cuerpo del oni, que empieza a deshacerse en cenizas como cuando son purificados por un arma consagrada.
—¿Estás bien? —pregunto, echando un vistazo a la cazadora desgarrada.
Asiente con fervor.
—¿Ibas a entrar? —inquiere.
—No… —miento—. ¿Estás loca? Me habrían destrozado.
Echa un vistazo por encima del hombro.
—Ya…
—¿Se te ha pasado lo de la culpa?
—No —responde, sin mudar su expresión—. Incluso si no empuñábamos la daga que ha matado a Alexa, sigo pensando que nosotros hemos precipitado esto.
Trago saliva. Reformulo la pregunta.
—¿Sigues queriendo dejarte morir?
—No —responde, y toma aire antes de echar a andar—. Eso sí ha sido la influencia de la criatura.
No debemos encontrarnos muy lejos de la salida, pero tenemos que apurar cada segundo para llegar antes de que anochezca.
Para cuando salimos la luz es ya débil.
Corremos los últimos metros hasta el muro que hemos de saltar, y ni siquiera tenemos que preocuparnos de los guardias, porque en el caos del momento han debido de dejar esta zona desprotegida.
Sí hay vigilancia al otro lado; soldados que no se mueven a pesar del golpe de Estado; pero no nos cuesta dejarlos atrás.
Kiera se mira el comunicador mientras corremos de regreso a la moto, aparcada en una calle poco transitada de Chiyoda.
—No vamos a llegar a casa de Akane —anuncia—. ¿Y al Skytree?
He recuperado el tono de soldado, esa mirada seria y decidida que no deja lugar al miedo.
—No lo creo… —jadeo. Me empiezan a arder los pulmones—. Pero, tal vez, a la Mori…
Asiente y aprieta el ritmo, arrancándome una maldición. Cuando alcanzamos la moto se sube detrás de mí, me rodea la cintura con fuerza y arranco sin meditarlo.
Atravesamos las carreteras desiertas de Tokio a toda velocidad.
No hay nadie en las calles, pero no se debe solo a la hora.
La gente está huyendo de la ciudad: escaparates desvalijados, ventanas tapiadas, coches abandonados…
Es difícil quedarse en una ciudad que sabes que va a dejar de existir… incluso si te aseguran que ningún lugar en Japón se salvará.
La Mori ya se advierte a lo lejos, entre el resto de edificios, cuando siento algo extraño mientras conduzco.
Kiera se agarra más fuerte, y sé que no he sido el único.
Sobre la Mori Tower, un relámpago ilumina el cielo tormentoso.
De nuevo, la moto se bambolea como si una fuerte ráfaga de aire hubiera impactado contra el lateral y reduzco la marcha.