41 Kai Palacio Imperial 11 días para el solsticio de verano
E cho ha apuñalado a Alexa.
Un instante estira el brazo hacia ella y, al siguiente, cuando lo retira, el mango de una pequeña kogatana sobresale del cuerpo de la chica.
Alexa se lo arranca y solo entonces Kiera reacciona.
—¡No!
Mierda. No tendría que habérselo sacado.
Se le doblan las rodillas y cae al suelo. Kiera echa a correr hacia ellas y la Emperatriz abandona a su amante en el suelo y desaparece.
Yo sigo a Kiera y una parte de mí tira en dirección a Echo. ¿Es prudente dejarla marchar? Ha perdido la puta cabeza. Matarla ahora que está a nuestro alcance quizá solucione problemas futuros…
Pero Kiera se ha arrodillado junto a Alexa. Mueve las manos sobre una herida sangrante y el vestido que ahora está cubierto de sangre, me mira con horror y todo mi cuerpo se niega a abandonarla.
—Alexa, voy a ayudarte, ¿vale? —le dice, con suavidad—. Todo va a ir bien.
La voz le sale demasiado aguda.
—Me ha apuñalado —susurra ella, en el suelo—. Echo me ha… apuñalado.
No parece creérselo. Trago saliva. Tampoco yo me lo creería si no lo hubiera visto con claridad.
—Kai —me llama Kiera—. Ayúdame.
Hay desesperación en su voz. Dudo que pueda ayudarla, pero me agacho igualmente y me agarra una mano para ponérmela sobre el abdomen de Alexa.
La ha apuñalado a la altura de las costillas, en el costado izquierdo.
—Haz presión —ordena y Alexa suelta un quejido que suena muy mal…
Kiera le dobla el vestido, se lo levanta y lo usa para taponar la herida.
Tiene tanta sangre que la ropa interior se le había manchado también.
Mis manos se resbalan bajo las de Kiera, completamente empapadas. He visto muchos apuñalamientos, y este no tiene muy buena pinta.
—Hay mucha sangre, Kiera —le digo, en voz baja.
Ella me dedica una mirada, solo una. Y guardo silencio.
También lo sabe.
—Aguanta un poco, ¿vale? ¿Me escuchas, Alexa? Aguanta un poco —susurra, con ternura, sin dejar de hacer fuerza ella misma—. ¡Ayuda! —vocifera de pronto—. ¡Necesitamos ayuda!
Se me hace un nudo en la garganta.
Cuando hemos conseguido abandonar la sala, ya había estallado el caos. Otros guardias han llegado y han intentado atacar a Ryosuke, pero se han detenido cuando, en la confusión, Tora les ha ordenado parar.
Era él.
Ese era su contacto en Palacio.
La vacilación de los guardias, sin embargo, ha durado hasta que han llegado el resto de hombres que Ryosuke había comprado.
Ahí dentro están demasiado ocupados luchando entre ellos como para preocuparse por la chica que se desangra en el suelo. Ni siquiera sabemos quién va ganando.
—Tengo mucho frío —susurra.
Su rostro pálido es ahora gris, de un tono mortecino que no presagia nada bueno.
—No pasa nada. Es normal. Enseguida entrarás en calor. No te preocupes, Alexa. Todo va a ir bien. —Kiera se gira hacia mí—. Tenemos que llevarla al ala médica. Debemos buscar a Aya.
La primera reacción es decirle que no podemos. Apenas nos queda tiempo.
Pero le veo la cara y no puedo decir en voz alta algo que Kiera sabe de sobra.
—Eh, Alexa —le digo, y la voz me sale más ronca de lo que pretendía—. Voy a llevarte en brazos. ¿Crees que podrás agarrar tú las vendas?
Kiera no espera a que reaccione. Le levanta las manos de dedos temblorosos y los coloca con precisión sobre la herida. Alexa suelta un gemido cuando sus propias manos hacen fuerza.
Le paso un brazo bajo las rodillas y otro por la cintura y me pongo en pie al tiempo que Kiera desenvaina su katana .
Volver ahí dentro, cuando nos queda tan poco tiempo, no es una buena idea, pero no se me ocurre decirlo. No tenemos alternativa, y ahora lo sé.
Por suerte, ninguno de los soldados se fija en nosotros de verdad. Como mucho, nos dedican una mirada, y cuando advierten el cuerpo ensangrentado que llevo entre los brazos no nos conciben como una amenaza y continúan su camino.
No es una batalla abierta.
No vemos a soldados y guardias luchar, pero sí hay discusiones y desconcierto y armas apuntando a pechos.
Kiera mira su comunicador. La siguiente explosión, si no encuentran antes las cargas, ocurrirá en tres minutos.
Se supone que iba a darnos tiempo para escapar.
Kiera se adelanta cuando llegamos a un cruce para comprobar que el paso es seguro y es entonces cuando dejo de sentir la tensión que emanaba del cuerpo de Alexa.
Sus manos caen inertes a los lados.
—No. No. No… ¡Eh… Alexa, despierta!
Kiera vuelve atrás a la carrera para taponar ella misma la herida.
—Mierda… Hemos parado la hemorragia externa, pero creo que también hay sangrado interno… Tenemos que darnos prisa —añade, mirándome a los ojos.
La presión que ejerce es suficientemente dolorosa como para despertar a Alexa, que recobra la conciencia con un alarido, pero está tan débil que es incapaz de volver a taparse la herida y es Kiera quien lo hace mientras avanza a nuestro lado.
Alexa sigue pálida como la luna.
Los segundos se escurren de nuestros dedos.
Cuando llegamos al ala médica, Kiera abre de golpe varias puertas hasta que se detiene frente a un cuarto.
—¡Aya! —grita, y la esperanza desempaña un poco la desesperación de su voz—. Alexa te necesita. Se está desangrando. Se está…
No llega a terminar, porque la antigua jefa médica del Skytree sale del cuarto con una bata blanca, el pelo rubio recogido en un moño deshecho y los ojos negros desorbitados cuando me encuentra con Alexa entre los brazos.
—¡¿Qué ha pasado?! —exclama—. Ven, por aquí —me llama, con un gesto apresurado de la mano.
Nos hace entrar en la sala contigua, donde dejo a Alexa sobre la camilla en el instante en el que la última explosión revienta en los túneles.
El suelo tiembla, y Kiera y yo cubrimos el cuerpo de Alexa hasta que el temblor se desvanece.
Kiera continúa taponando la herida.
—Echo… —murmura Alexa—. La Emperatriz… Ella…
—Ahora pido que la avisen, cielo —le dice Aya, con voz tierna.
Y los ojos de Alexa son incapaces de aguantar más tiempo las lágrimas, que rompe a llorar en sollozos.
—Ha sido ella —le explico yo a la médica—. Echo la ha apuñalado antes de huir.
Aya se detiene. Dura apenas unos segundos, pero se queda inmóvil antes de tomar aire, apretar los labios y ponerse a trabajar.
—Está perdiendo mucha sangre —le dice Kiera—. Le duele mucho, Aya.
—Lo sé. Ponle una vía. Rápido. Kai, tú sigue haciendo presión.
Kiera cumple con diligencia. Se pone guantes, le encuentra la vena y Aya llega para inyectarle algo.
Kiera se acerca al rostro de Alexa, le retira el pelo de la cara y le deja la frente manchada de sangre mientras la médica sigue trabajando.
—Enseguida vas a sentirte mejor —le promete—. No te preocupes, todo va a ir bien. Todo va a…
Alexa gime y se retuerce por el dolor mientras Aya le pone una transfusión.
—Quiero irme a casa… —solloza—. Por favor, quiero irme a casa…
Aprieto los nudillos.
Kiera se pasa las manos por la cara sin pensar lo que hace.
Lo que le han puesto hace efecto enseguida y Alexa se queda blanda, se le cae la cabeza a un lado y se le cierran los ojos.
En ese instante Aya le coloca un dispositivo que emite un pitido largo y estridente y hace que Kiera se ponga en tensión de nuevo.
—No —murmura—. No, no, no…
Se inclina sobre Alexa, le da un masaje en el pecho y un segundo después me empujan para que me aparte.
Empiezan a funcionar a otro ritmo. Aya da órdenes que no comprendo.
Le inyectan algo más, le dan una descarga…
Y yo me quedo contemplando un cuerpo inerte y maleable.
Los miembros laxos, la ropa interior manchada de sangre, igual que el vestido que han cortado y arrojado a un lado.
La herida ha dejado de sangrar, pero todo a nuestro alrededor es rojo.
Kiera sigue trabajando, igual que Aya, pero el pitido continúa siendo intenso e ininterrumpido y yo no puedo apartar la vista de los rizos enmarañados cubiertos de sangre.
Es Aya la que desactiva el sonido.
Kiera da un paso atrás, y después otro.
Se quita los guantes y los tira al suelo.
Nadie dice nada.
Solo se oye el sonido de nuestra respiración hasta que es Aya la que murmura:
—Era un sangrado interno masivo.
—La hoja había alcanzado el bazo, ¿verdad? —pregunta Kiera, con un hilo de voz.
Aya asiente.
—Me temo que sí. No podíamos salvarla.
Se me nubla la vista y tengo que apoyarme en la encimera que tengo detrás. Noto las piernas flojas. ¿Qué mierda me pasa? He visto morir a mucha gente, de formas mucho más terribles… y la mayoría de las veces lo he provocado yo.
—Ha muerto rogando volver a casa —susurra Kiera, que mira el cuerpo, impactada, y sus palabras son como un mazazo para mí.
Siento que me falta el aire. ¿Es que me está dando una puta bajada de tensión?
—¿Qué ha pasado, Kiera? —pregunta la médica—. ¿Qué hacéis vosotros aquí?
Kiera aparta la mirada del cuerpo sin vida de Alexa y, como si despertara de un trance, se vuelve hacia mí.
Me obligo a serenarme.
No hay necesidad de que diga nada cuando se pone en marcha.
Tenemos que irnos.
—¡Kiera! —la llama ella—. ¡Kai! —insiste, cuando ve que la joven no va a detenerse.
—Ryosuke gobierna ahora —le digo yo, con la voz ronca, mientras lucho contra el impacto—.
Está en Palacio. Parece que Tora apoyaba desde el principio el golpe de Estado.
Nos está ayudando… Ryosuke, digo. Hacemos todo lo posible para salvar a la gente y que las bombas no estallen; pero si tienes la oportunidad… súbete a uno de sus barcos.
Me doy la vuelta cuando Kiera pasa a mi lado, camino de la puerta.
—¡Kiera! —la llama, de nuevo—. Lo siento mucho.
La joven se detiene. Se gira un instante y aunque parece que va a responder, no lo hace.
Ambos salimos corriendo.
—Qué puta mierda —mascullo, camino de la salida.
—Aún no me lo puedo creer. No me creo que Echo haya… —No termina. Inspira con fuerza—. Creía que estaba enamorada de ella.
—Eso no puede ser amor —respondo.
Abandonamos enseguida Palacio y tomamos el camino que nos conducirá a los túneles.
Al igual que antes, nadie se molesta en perseguirnos.