Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 40 Echo Palacio Imperial 11 días para el solsticio de verano #2
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40 Echo Palacio Imperial 11 días para el solsticio de verano #2

—Toda mi vida me he preparado para este momento. —Me señala con el mentón—. ¿Qué son unas cuantas muertes cuando puedes cumplir el papel de tu vida? He hecho cosas terribles para llegar hasta donde estoy. ¿Crees que habría desperdiciado la oportunidad?

Miro a Ryosuke, tan ciego que no se ha dado cuenta…

—No solo han sido unas cuantas muertes anónimas, ¿verdad? —interrumpo yo.

Tora me dedica una sonrisa afilada.

Fue él quien me animó a matar al clan M ō ri por entero. ¿Contaba con que Ryosuke sobreviviera? ¿Fue una afortunada coincidencia que ha sabido aprovechar para destruirme por completo?

Creo que nunca lo sabré.

—¿Vais a hacerlo aquí? —pregunta Kiera, de pronto—. ¿Un ajusticiamiento público no sería una mejor forma de afianzar tu nuevo gobierno?

Ryosuke se adelanta sin esperar a que Alexa me suelte.

—No haré un espectáculo de su muerte. Yo no soy como ella —declara.

Clava una rodilla en el suelo mientras empuña mi propio kanzashi, me agarra del borde del kimono y tira de mí hacia él.

—¡No! —grita Alexa, con la voz estrangulada por el espanto—. ¡Espera! ¡Espera! ¡Necesito tiempo! ¡Necesito…!

Aferro mi kogatana con más fuerza, lista para defenderme. Puede que me mate, pero me lo llevaré conmigo. Mi Imperio no tendrá que sufrir el gobierno de un hombre débil.

—Quiero que sepas que esto podría haberse evitado —me dice, a un palmo de distancia—. Quiero que sepas que yo no deseaba tu trono, que mi familia no tendría por qué haber muerto y que el mundo te recordará como la tirana que perdió la cabeza.

Ryosuke levanta el kanzashi . Yo muevo mi mano.

Y en el instante en que Alexa grita, algo ocurre.

No siento la puñalada de mi hermano. Tampoco llego a atravesarlo a él con mi filo.

Un rugido quiebra el silencio. El suelo bajo nuestros pies se tambalea de forma tan feroz que arroja a Ryosuke a un lado, Tora se tropieza y sale despedido hacia atrás. Y pierdo de vista a los traidores.

Pero Alexa me ha agarrado con más fuerza, y la sacudida no me aparta de ella.

En medio del caos y el temblor que no cesa, sus manos me aferran con fuerza, tiran de mí y me levantan.

Prácticamente soy arrastrada. No veo a dónde me lleva.

Todo da vueltas mientras la bilis me sube a la garganta, el corazón me martillea con fuerza contra las costillas sabiendo que estos podrían haber sido sus últimos latidos y el cuerpo apenas me responde.

Atravesamos una puerta que cierra inmediatamente y le veo manipular algo junto a la cerradura.

Un candado. Está poniendo un maldito candado para que no nos sigan.

Un segundo temblor impide que me ponga en pie y antes de reaccionar Alexa llega trastabillando a mi lado, tropieza y vuelve a agarrarme antes de tirar de mí.

Me saca al jardín, pero no a uno cualquiera. Los fusuma se cierran tras nosotras y reconozco el lugar como una de las rutas de evacuación.

No le dejo avanzar. Clavo los pies en el suelo con la poca fuerza que me queda y Alexa debe parar.

Se gira y me mira con terror, los ojos verdes húmedos y enrojecidos por el llanto.

Está guapa incluso cuando llora. Las lágrimas le sientan bien.

—Si mi muerte iba a conmocionarte tanto, Lalanne-san, no debiste conspirar contra mí —susurro.

Aún me cuesta hablar.

Se yergue de golpe.

—Echo… ¡No! Yo jamás te haría daño. —Da un paso hacia mí y me agarra del antebrazo para obligarme a avanzar, pero yo me niego—. Vamos. Vámonos de aquí. Te lo explicaré todo cuanto estemos lejos y a salvo.

—No pienso irme contigo —escupo—. Eres débil. Tan débil que no eres consecuente con tus decisiones. Si al menos lo hubieras sobrellevado con entereza podría haberte respetado, pero no eres más que una cobarde y una traidora.

—¡No! ¡No lo soy! Sí que te he traicionado, pero no como piensas…

—Se lleva la mano al pecho y crispa los delicados dedos sobre la tela verde de su vestido—.

Ryosuke pidió tu cabeza a cambio de entregar los barcos de Andrews para evacuar a tu gente…

Neal y los demás hicieron cálculos, buscaron alternativas y…

esta era la única forma de salvar al mayor número de personas.

Duele.

A pesar de que el fuego de la rabia parecía devorarlo todo, no ha consumido la pena; este sentimiento de derrota y traición que siento en los huesos.

—Y tú siempre has tenido un objetivo, ¿verdad?

Se le llenan los ojos de lágrimas.

—Jamás te haría daño. Jamás —replica.

Me enfurece que mienta, que sea capaz de mirarme con tanto dolor y esgrimir excusas y promesas vacías con descaro.

Siento las piernas flojas y aún me falta el aliento. Estoy débil, pero al menos permanezco en pie.

—Has sido tú quien debía envenenarme. —Cada palabra se me clava en la garganta al salir—. ¿Desde hace cuánto lo planeabas?

—Echo… Por favor. Ven conmigo. —Alarga la mano hacia mí, pero no se mueve; porque sabe que no le dejaré tocarme.

—¡Responde!

—Desde hace solo unos días, cuando Kiera me contó que esta era la única forma de salvarnos… ¡de salvarte!

—¡Cállate! —vocifero.

—¡Pero es la verdad! El plan era fingir que te entregábamos a Ryosuke. Los temblores los han provocado ellos. ¡Era la distracción para que te sacara de ahí! Por eso tenemos que marcharnos. Tenemos que irnos, Echo…

Me tiende la mano y los dedos le tiemblan un poco.

Me quedo contemplándola y entonces lo entiendo. Lo veo con claridad: dice la verdad. No me quería muerta, pero sí lejos del trono.

Tora y ella me han traicionado; cada uno a su manera.

Con dolor, descubro que la traición que más me duele es la de Alexa.

Su imagen se desdobla. Durante unos segundos veo a dos Alexas, ambas tristes, sollozantes y frágiles; absolutamente frágiles.

—Has conspirado para destronarme —mascullo.

Alexa abre la boca. La veo hacerlo dos veces, en esas dos imágenes desdobladas que oscilan frente a mí como en un sueño macabro.

No responde. Porque no es capaz de esgrimir más mentiras.

—Quieres arrebatarme el trono.

Aprieta la mandíbula.

—Has perdido el control —confiesa entonces, con un hilo de voz aguda.

—Primero ayudaste a huir a Ryosuke aun sabiendo que estarías firmando mi sentencia de muerte. —El viento me agita el pelo que ha escapado de su recogido—. Y ahora le has abierto las puertas de mi casa.

—Era la única forma de salvarte.

—¡No quieres salvarme! ¡Quieres arrebatarme el poder!

—¡Sí! ¡Porque ya no distingues el bien del mal! —estalla, da dos zancadas hacia mí y me agarra de las manos con fuerza—. ¡La mujer por la que sacrifiqué mi libertad no era así! ¡Esa mujer era valiente y compasiva, y protegía las vidas de sus súbditos!

—¡Esa mujer te la has inventado! ¿Cómo puedes afirmar que me conoces mejor de lo que yo lo hago?

Alexa me mira con intensidad. Dos lagrimones resbalan de sus ojos verdes, tiernos e ingenuos. Demasiado ingenuos.

—Te he traicionado porque era la única forma de salvarte. Vámonos. Vámonos de aquí. Escaparemos juntas. No tendrás que ser Echo Akiyama nunca más. Nos esconderemos un tiempo, pero tu hermano dejará de buscar al final y seremos felices juntas. Podemos tener una vida normal.

Una serpiente se retuerce en mi pecho, emponzoñándolo todo.

¿Cómo se atreve a decidir por mí?

Después de todo lo que he soportado. Después de las humillaciones, el dolor, las pérdidas… Tiene la arrogancia de decidir por mí, de quitarme todo aquello por lo que he peleado hasta la extenuación y de afirmar que es por mi bien.

El suelo vuelve a temblar. Aunque esta vez es más suave, toda la cabeza me da vueltas y el seísmo empeora la situación, emborronando los márgenes de la realidad.

—Me lo has arrebatado todo.

Y entonces Alexa hace lo peor que podría hacer: levanta el mentón, deja de llorar y asegura con soberbia:

—Algún día me lo agradecerás.

La serpiente ruge y comprendo que es un dragón. Su fuego estalla y la ira lo llena todo.

—No, te prometo que no.

Aferro mi filo y, esta vez, cuando Alexa intenta agarrarme, yo soy más rápida.

Le atravieso el costado con él.

Todo queda en silencio.

Las cigarras callan.

El viento enmudece.

Mi propio corazón deja de latir para no perturbar la quietud.

Alexa abre la boca, pero de sus labios no sale un solo sonido.

Suelto la kogatana , que queda alojada hasta el fondo en su cuerpo y un acto reflejo le hace llevarse allí las manos y arrancarse el filo… que era lo único que contenía la hemorragia.

Un mar de sangre le brota de la herida abierta. Le baña las manos y le empapa el vestido verde.

De pronto, los sonidos regresan y por encima de todo lo demás la escucho intentando tomar aliento. Balbucea, sin llegar a emitir palabra alguna.

Se le doblan las rodillas y cae al suelo.

La vista se me nubla.

Apenas soy capaz ya de enfocar su rostro…

Y entonces lo decido: he de escapar.