40 Echo Palacio Imperial 11 días para el solsticio de verano
E l dolor es atroz.
En un segundo he dejado de sentirlo todo: el peso invisible sobre mis hombros, la tensión del cuerpo, la rigidez del cuello… El pecho, sin embargo, se me llena de lava.
Es candente y no deja un espacio sin devorar cuando Alexa me mira a los ojos y la lava se asienta en mi caja torácica.
Lo peor de todo es que me mira como si esto le doliera a ella.
A ella, que ha esperado pacientemente a traicionarme.
A ella, que ha sido quien empuñaba la droga.
A ella, que me sostiene entre sus brazos sin que yo pueda hacer absolutamente nada.
Le tiemblan los labios.
Y a mí me entran ganas de gritar, de maldecir, de jurar por los kami que me vengaré… pero no lo hago.
Ryosuke M ō ri da instrucciones a los guardias que tenía comprados y algunos abandonan la estancia antes de acercarse a mí.
Me siento estúpida.
Tonta. Tonta. Tonta…
He dejado que alguien aquí dentro conspirara con mi hermano sin ser siquiera consciente. Y he permitido que un comandante resentido me mintiera a la cara… porque quería matar a mi hermano.
Me arde el pecho. Me duele tantísimo que creo que va a estallar.
Me he quedado sin fuerzas, desmadejada en los brazos de Alexa, que me sostiene con un amor que me enferma.
Sin embargo, no he dejado de sentir las extremidades y desde que he caído al suelo y he visto a mi hermano alzarse frente a mí, lucho para tirar de ese hilo finísimo que aún me conecta con mi cuerpo.
No sé con qué me han drogado… pero sé que voy a luchar.
—Llevarás el Imperio a la destrucción —escupo.
La voz me sale débil, como si estuviera afónica, y odio que me hayan quitado incluso esto.
—El Imperio ya agoniza, Echo. Tú has dejado que ocurra. Si queda algo que salvar seré yo quien lo rescate.
Kiera Amell y Kai Inoue esperan tras él. Ambos observan la escena con una gravedad que me indigna.
—No vais a salir vivos de aquí. Lo sabéis, ¿verdad? Los guerreros que aún me son fieles acabarán con vosotros. Habéis elegido la venganza sobre la vida —murmuro, apenas sin voz.
Cada palabra duele en la garganta y el pecho y me doy cuenta de que no seré capaz de gritar para pedir auxilio.
Kiera se muerde el labio inferior y me entran ganas de aullar.
Al menos habría esperado un poco de entereza por parte de mis asesinos.
Ryosuke llama mi atención con una risa. Se pasa la mano por el pelo y se lo peina hacia atrás con los dedos.
—Te equivocas. Todos te han traicionado. Incluso ella —señala con el mentón a la mujer que me sostiene sobre su regazo y siento cómo las manos de Alexa se tensan en torno a mi cintura.
Bien. Eso significa que mi cuerpo lucha contra el veneno.
Intento moverme y el esfuerzo me arranca un grito de la garganta.
—No te muevas —murmura Alexa, con voz temblorosa—. No te muevas, Echo. Pasará rápido. Todo va a ir bien.
Eso provoca la risa de Ryosuke, que suelta una carcajada brutal. Muevo como puedo la cabeza. Necesito mirar a Alexa a la cara. Necesito que me mire a los ojos cuando me diga por qué me ha traicionado.
—Entraste en Japón por mí —mascullo, con la voz llena de cristales afilados.
Tiene los ojos enrojecidos, los labios un poco hinchados.
—Entré en Japón por el Imperio —replica, en un hilo de voz tan fino que me pregunto si los demás habrán podido escucharla—. Y esto es lo mejor para él. Es la única forma —añade, y se le quiebra la voz.
—Ya lo has oído —declara Ryosuke, que da un paso adelante.
Se inclina hacia mí y todo mi cuerpo se rebela ante la idea de que me toque, pero aún no consigo que mis piernas respondan más allá de un espasmo patético que hace que Alexa me abrace más fuerte.
En cuanto Ryosuke alarga el brazo, ella me pega a su pecho, como si quisiera protegerme.
La sangre me arde con ira.
¿Cómo puede seguir siendo tan ingenua? Ha firmado mi sentencia de muerte y, aun así, sufre por mí.
No tiene lo que hay que tener para este mundo.
Tampoco mi hermano, al que solo lo mueve la venganza.
Yo nunca me he dejado llevar por la ira, ni siquiera cuando acabé con todo el clan Kanmu. Entonces lo tuve claro: eran ellos o yo, y siempre voy a elegir sobrevivir, así me lo enseñó mi madre.
—¡No! —exclama Alexa, procurando apartarme de mi hermano, que frunce el ceño ante el gesto y me arranca con violencia el kanzashi que me recogía el cabello.
Se gira hacia Kiera y Kai, que contemplan la escena en silencio.
—Ella no debería presenciar esto —murmura, señalando a Alexa—. Ya lo ves, hermana. Yo no soy como tú. No masacraré a tu familia ni a tus seres queridos, porque nunca he buscado tu sufrimiento.
Cierra el puño alrededor del kanzashi y Kiera da un extraño paso adelante, como si se preparara para algo, pero mi hermano se mantiene inmóvil frente a mí y la soldado se detiene, en tensión.
—Tampoco yo he buscado el tuyo, Ryosuke, pero no me molestaré en explicárselo a alguien que está tan ciego.
La carcajada que suelta es amarga.
—Qué arrogancia —me espeta—. Lo único que lamento de tu muerte es que no te dará tiempo a comprender la gravedad de tus crímenes.
Todo ocurre deprisa.
Se acerca un paso, Alexa me aprieta más fuerte contra su pecho y veo cómo Kiera y Kai se adelantan también, pero ninguno llega a hacer nada, porque entonces uno de los fusuma que da a la estancia contigua se abre y todas las miradas caen sobre el recién llegado.
—Tora —murmuro y por primera vez dejo que mi voz suene vulnerable.
Me he salvado. Ya está. Tora alertará a mis guardias. Solo tengo que evitar que Ryosuke sea impulsivo. Tal vez, ahora, pueda negociar. Si me mata morirá. Si me deja vivir puedo prometerle que le perdonaré la vida.
—Tora —murmuro—. Ayúdame.
Empiezo a sentir las piernas, pero solo las muevo lo justo para comprobar que me responden. No quiero perder esta baza si he de intentar huir.
—Tora —insisto—. ¡Busca ayuda! ¡Llama al capitán de la guardia!
Tora contempla la escena con un espanto que no le deja actuar: las pupilas dilatadas, los ojos abiertos de par en par, una mano en el pecho.
—¿Qué está ocurriendo?
—¡Tora! ¡Haz algo! —insisto, mientras el terror me araña las piernas.
Y Tora reacciona por fin… porque echa a andar, deja atrás la puerta, se acerca a Kiera y a Kai, que lo observan con desconfianza, y luego a Ryosuke.
Veo la sonrisa y esa mirada cómplice y siento que todo mi mundo se viene abajo, otra vez.
Este es su apoyo en Palacio.
Este es su seguro para salir con vida.
—Tora. No… —susurro, sin comprender—. Pero… Tú… ¿Por qué?
Le di todo. Le prometí mi Imperio, mi poder, incluso mi cuerpo ha sido suyo algunas noches.
Esta vez no lo entiendo.
No puedo hacerlo.
Tora me mira desde arriba y la frialdad de sus ojos me resulta ajena.
—Mataste a mi madre.
—¿Qué? No. Tu madre abandonó el clan Kanmu. Cuando ocurrió formaba parte del clan Satake… Tú lo confirmaste. Tu madre está viva. Tú…
—Mi madre murió asesinada y yo mentí —contesta, sin dudar—.
Ya no poseía el apellido de su familia, pero eso no les importó a quienes habías pagado para cometer la masacre.
Esa noche estaba con mis abuelos. Su madre se moría.
Estaba muy enferma… —Aprieta los labios con rabia—.
Había ido a despedirse. Yo me quedé con mi padre.
Iba a viajar a Kioto por la mañana, pero no pude hacerlo porque para entonces ya estaban todos muertos.
La bilis me sube a la garganta.
No. No es posible.
Me informé. Tomiko Murase lo investigó. Si su madre estuviera muerta, lo habría sabido.
—¿Cómo?
—Mi padre volvió a casarse. Mi madrastra sí que vive.
Trago saliva.
Un error tan banal… No lo comprobamos. Lo habría hecho en otras circunstancias, pero… he sido arrogante, y ahora voy a morir por ello.
«Te lo mereces», susurra una voz.
La conozco. Conozco el tono y la cadencia. Conozco la crueldad.
Mi madre. Es la voz de mi madre.
Ella no me preparó para esto.
Me arden los ojos por la rabia.
He sido tan estúpida…
—Tora, tú también no… —murmura Alexa junto a mi oído.
Siento algo húmedo resbalando por mi cuello y comprendo que está llorando.
Este la mira con incredulidad.
¿Qué demonios le pasa a Alexa? ¿Es que ha perdido la cabeza? ¿Por qué llora por una traición que ella también está cometiendo? ¿Es que ella no sabía lo de Tora?
No entiendo nada.
Tampoco él parece hacerlo.
—Eres demasiado para ella —susurra Tora, con gravedad—. Si hubieras sido cualquier otra persona, te habría matado para castigarla. Pero eres decente. Eres buena . Tú no mereces lo que te ha hecho. Y ella no merece tus lágrimas. Déjala. Morirá igual que ha decidido vivir: sola.
—¡No!
Sus brazos me rodean y esta vez, cuando me clava los dedos, lo noto más fuerte.
Pruebo a mover la rodilla, el tobillo… No sé si seré capaz de sostener mi peso para ponerme en pie, pero sí que puedo sostener el peso de un puñal.
Lentamente, me llevo la mano a las telas del obi que me rodea la cintura.
—¡Vete! —ladra, sin comprender la actitud de Alexa—. No se merece morir acompañada y tú no tienes por qué cargar con eso.
—No. —Siento cómo sacude la cabeza con violencia—. No voy a irme. Kiera… —suplica.
Los demás no se giran para mirarla, pero yo sí la veo. Sí advierto el debate interno, la mirada furtiva hacia el asesino de demonios y, un segundo después, la forma sutil en la que este mira la hora.
En ese instante mis dedos alcanzan el mango de la kogatana , el pequeño filo que llevo oculto en el cinturón, y aguardo.
—Aparta, Lalanne-san —insiste Tora—. Echo selló su propio destino hace mucho tiempo.
—No lo entiendo —susurra Alexa, que sacude la cabeza con energía—. Has sido tú quien le ha aconsejado todas esas cosas terribles.
Es… cierto. Tora ha apoyado cada decisión que ella ha cuestionado. Cada vez que he cruzado la línea por el Imperio, él estaba ahí para asegurarme que hacía lo correcto.
Alexa parece muy confusa, pero yo lo entiendo.
La venganza es un acelerante que arde fácil.