39 Kiera Palacio Imperial 11 días para el solsticio de verano
–S omos gilipollas —declara Kai. Frente a nosotros, varios soldados de la Guardia Imperial de Echo se hacen a un lado para formar un pasillo y permitirnos el paso—. De verdad, cuando buscas la definición de «subnormal» en el diccionario sale nuestra foto.
—Calla —le ordeno, en un susurro, aunque también yo estoy nerviosa.
Miro de reojo mi comunicador y compruebo la hora.
En la primera cuenta atrás nos quedan cuarenta y cinco minutos.
Ese es el tiempo que tenemos hasta que empiece el plan de verdad.
En la segunda, una hora y treinta y siete minutos hasta que anochezca.
Debemos sacar a Echo y a Alexa de aquí antes de que eso ocurra.
Me pregunto cuántos de estos guardias estarán con Ryosuke.
Desconozco cómo lo ha hecho; a quién ha recurrido ese hombre que parecía tan solo para poner en marcha un golpe de Estado.
A pesar de lo que dijo, no solo quiere la cabeza de su hermana. Necesita salir vivo de esta y, para eso, debe haber encontrado a gente que también quiera la muerte de Echo.
Eso me inquieta, porque si las cosas se tuercen demasiado y hay muchos ojos puestos en ella, escapar será más difícil, incluso con nuestro plan.
Ryosuke no parece nervioso. En todo caso, su mirada destilaba ansia cuando le hemos tapado la cabeza. Ahora camina con los brazos atados a la espalda mientras Kai lo empuja con una mano en su antebrazo y la otra en la empuñadura de Onimaru.
Seguimos a los guardias que nos guían a través del Palacio y me sorprende comprobar que no evitan las zonas concurridas. Creía que nos harían entrar por alguna clase de puerta trasera: un trámite discreto para que nadie viese que traemos al hermano de la Emperatriz para su ejecución.
Pero parece que a Echo le da igual.
En nuestro camino a la sala de ceremonias, nos cruzamos con habitantes del Palacio. Algunos se detienen y nos contemplan en silencio. Otros salen corriendo y desaparecen, asustados.
De todas formas, no hay mucho movimiento por aquí. Sí hay guardias, y soldados… pero pocos civiles.
Y una parte egoísta de mí desea que haya suficientes de ambos bandos, Akiyama y M ō ri, para que en la contienda no vayan tras nosotros.
Cuando las puertas de la sala de ceremonias se abren, primero veo a Echo.
Se encuentra en el centro, sentada en un trono sencillo donde lo más vistoso es ella: telas y más telas lujosamente decoradas con brocados dorados de motivos que imitan el kiku , el crisantemo del emblema imperial.
Lleva el pelo negro recogido y el rostro, hermoso pero frío, despejado: piel brillante y perfecta, labios de un rojo tan intenso como el de su furisode y ojos maquillados con intensidad en tonos que imitan un atardecer de fuego.
Solo dos soldados entran y se quedan junto a la entrada, donde nos detenemos también. Dentro de la sala hay varios más haciendo guardia.
Kai y yo compartimos una mirada. Son una docena en total.
Ryosuke ha asegurado que todos estarían de su parte, pero un número así es una complicación para nosotros.
Junto a Echo, advierto enseguida la otra figura: el cabello rubio y rizado de Alexa y el vestido verde que presenta un poderoso contraste frente a las ropas imperiales de Echo; más discreto y… suave . Es un verde pálido y delicado, absolutamente inocente en comparación con el rojo intenso de Echo.
Se halla a su lado, pero un par de pasos por detrás, en un plano tan discreto que a pesar de ser solo dos ahí arriba pasa desapercibida.
Procuro no mirarla mucho cuando me acerco, pero me resulta imposible no fijarme en la marca violácea que le cubre el pómulo izquierdo. Sus ojos no tienen mucho mejor aspecto. Parecen profundamente cansados, un poco hundidos y oscuros.
Cuando nuestras miradas se encuentran un rostro serio y triste se transforma en algo más terrible, absolutamente abatido, y la preocupación me embarga. Así que dejo de mirarla.
Quizá Echo no se dé cuenta, o achaque el humor de Alexa a lo terrible de la situación, pero no quiero tentar a la suerte.
—Amell-san, Inoue-san, bienvenidos de nuevo a Palacio —nos dice la Emperatriz—. Me alegra teneros de vuelta.
La acidez de su tono me deja sin palabras y soy incapaz de responder.
—Si hemos venido es porque esta vez esperamos recibir más… hospitalidad —replica Kai, con rapidez.
Ha sido una apuesta; una arriesgada, pero tenía sentido que fuéramos Kai y yo.
Los dos necesitamos un indulto.
—Ya se lo aseguré al comandante: el presente que me traéis compensa de sobra vuestros crímenes —responde Echo, sin tapujos.
Kai emite un resoplido áspero que hace que me gire hacia él.
—¿Y qué crimen cometió Amell? Sé lo que hice yo, pero Kiera no ha llegado a contármelo. ¿Qué equivale a rajarle la garganta a uno de sus súbditos?
Me giro hacia él sin aliento.
—Kai —siseo.
¿Pero de dónde ha salido este resentimiento?
No hace falta que cumpla tan bien su papel.
—Abreviemos —declara la Emperatriz con dureza—. No tengo tiempo para tonterías. ¿Queréis mi perdón? Lo tenéis. Entregadme a mi hermano.
Kai se pasa la lengua por el labio inferior, como si dudara si ha de replicar o no.
Para lo poco que le gustaba este plan, se ha convertido en un actor de película.
Podría darle una patada en el culo ahora mismo.
Rompo ese contacto visual tan extraño tirando de la tela con la que le hemos cubierto la cabeza a Ryosuke, que sacude la cabeza, molesto, y en cuanto ve a Echo escupe al suelo.
—Hermana, qué placer volver a verte —declara, con voz ronca.
Kai le ha partido la cara. No podía presentarse ileso.
Tiene el pómulo hinchado y el labio quebrado por la mitad. Se ha limpiado la sangre en la camisa blanca que lleva bajo el haori y que contrasta con la piel morena.
Echo se pone de pie enseguida y Alexa, a su lado, se revuelve.
Que no se le note tanto, por favor… Si Echo no estuviera tan pendiente de su hermano, tal vez, vería la forma en la que Alexa se encoge, la mirada huidiza hacia los guardias de la puerta…
—Hermano —lo saluda ella, en un tono de voz mucho más frío—. Lamento de verdad todo esto.
Ryosuke, al que seguimos agarrando, enarca las cejas. No tiene que esforzarse por fingir la indignación.
—¿Lamentas haber matado a toda mi familia?
—Tu primo pequeño vive con el apellido de otro clan.
Ryosuke alza el rostro, sorprendido de verdad. La sorpresa, sin embargo, se disipa rápido en otro torrente de ira.
—¿Debo sentirme agradecido? ¿Debe sentirse él afortunado después de que hayas masacrado a todos los suyos?
Echo alza el mentón y aprieta los labios rojos. Lo que sale entonces de su boca me hiela la sangre:
—No voy a disculparme por lo que he hecho. Solo he cumplido con mi deber, y tú lo sabes.
—¡Tu deber era gobernar y proteger a tu gente, no masacrarla! ¡El clan de mi madre también era tu pueblo! ¡No te habían hecho nada!
—Yo no lo veo así —contesta, con una calma que me impacta—. Mi deber, como dices, es gobernar y para poder hacerlo he tenido que tomar decisiones difíciles. En mi lugar, tú habrías hecho lo mismo.
—Yo nunca he matado a un inocente, ni lo haré jamás.
—Y por eso no gobernarás —replica, sin dudar—. El trono exige sacrificios.
Alexa da un paso involuntario hacia atrás, y esta vez Echo se da cuenta.
—¿Eso fueron mi madre, mis tíos, mis primos…? ¿Sacrificios?
—No soy ningún monstruo, Ryosuke. Solo cumplo con mi deber.
—¿Cómo puedes decir eso? ¿Te lo crees siquiera?
De reojo, miro mi comunicador. Ya casi es la hora.
Debemos hacerlo bien, o fracasaremos y, en ese caso, Kai tendrá razón al afirmar que somos gilipollas.
—Siento de veras que el destino nos haya llevado a ser enemigos. En otra vida, me habría gustado conocerte, hermano —le dice, con total impunidad.
Ryosuke sacude la cabeza, sin terminar de creerse lo que oye.
Aprovecho para alzar el rostro hacia Alexa y hacerle un gesto.
Debe proceder ya.
—Estás fatal… Te has podrido. El miedo… te ha corrompido del todo. Eres peor que los oni que se alimentan de la miseria.
Echo da dos pasos adelante y Alexa se queda rígida y sin saber qué hacer.
Mierda.
Yo la miro, insistente, para que sepa que ha de seguirla y solo entonces echa a andar tras ella.
Echo baja los tres escalones de la plataforma del trono, regia y digna.
—Dejaré que elijas la forma de tu muerte —le dice, como si no lo hubiera escuchado—. Puedes tomar veneno o puedes morir por la espada. En ambos casos, procuraré que la muerte sea amable contigo.
—¿Tirarás mi cuerpo junto con los de mi familia? —escupe, un mechón de pelo oscuro se le despega del resto y le cae sobre el rostro magullado.
—Sabes que no puede quedar un cuerpo que honrar. Serás incinerado, como los demás.
Dios mío…
Se me revuelve el estómago. Si Kai está tan impresionado como yo, lo disimula muy bien.
Alexa, sin embargo, baja los escalones casi a trompicones. Se pisa el borde del vestido y está a punto de resbalar antes de llegar junto a Echo, que apenas la mira por encima del hombro un segundo antes de volver a centrarse en Ryosuke.
—¿Y bien? ¿Ponzoña o acero?
Ryosuke le sostiene la mirada y le muestra una sonrisa desquiciada.
Echo entrecierra los ojos, molesta por su insolencia… A pesar de todo, le indigna la actitud de su hermano frente a la derrota.
Un escalofrío me baja por la espalda y entonces advierto que Echo lanza un rápido vistazo a la cadera de Kai, donde se encuentra Onimaru, antes de mover los dedos.
Todas mis alarmas se disparan.
La Emperatriz está a un impulso de mandar nuestro plan de los barcos a tomar por culo.
Creo que ni siquiera necesitaría desarmar a Kai. Es muy capaz de matar a su hermano con los kanzashi que lleva en el peinado.
Finjo nerviosismo y cambio el peso de una pierna a otra antes de moverme un poco hacia atrás y apartar a Ryosuke de su alcance.
—Nosotros ya hemos cumplido nuestra parte del trato —suelto, haciendo que todos me miren. También Alexa, que ya está junto a la Emperatriz, pálida, a punto de desmayarse—. ¿Somos ya libres o no?
Echo me mira como si se hubiera olvidado de nuestra presencia.
Asiente sin que un solo mechón de pelo se mueva de ese recogido perfecto.
—Sois libres —sentencia y alza la mirada por encima de nuestros hombros—. Guardias, una katana —pide.
Pero ninguno se mueve.
—¡Guardias! —insiste, impaciente.
Todo mi cuerpo se tensa.
Y Echo lo comprende enseguida.
Abre mucho los ojos y su expresión se congela en una mueca de entendimiento y horror antes de dar un paso atrás.
También los guardias se mueven: dos se acercan a Rysouke para desatarlo, otros dos echan a andar hacia la Emperatriz y el resto se dirige a cubrir las puertas para asegurarse de que nadie entra o sale.
Echo no consigue llegar muy lejos. Los dos guardias le cortan el camino y yo me abalanzo sobre ella, pero no la alcanzo a la primera y eso me aterra.
Una sola voz y estamos todos jodidos. No sabemos cuántos guardias seguirán de su parte ahí fuera.
La sangre se me hiela en las venas cuando veo cómo se echa hacia atrás y me esquiva, pero Alexa se ha acercado a su espalda, y aunque no logra hacer nada es distracción suficiente para que Echo se desequilibre.
Eso me da un segundo muy valioso para agarrarla del cuello y ponerle una mano en la boca.
Forcejea, intenta liberarse con todas sus fuerzas y consigue darme tal golpe en el estómago que está a punto de conseguirlo.
—¡Alexa! —siseo, procurando no levantar la voz.
Y ella reacciona, se acerca con manos temblorosas, saca una jeringuilla ya cargada y cuando va a ponérsela se le cae.
—¡Mierda, Alexa! —exclama Kai, que recupera la inyección y es él quien se la pone en el cuello ante una mirada de terror.
Hace efecto enseguida.
Su cuerpo se queda blando entre mis brazos y deja de luchar. Solo su rostro permanece combativo, contraído en una mueca de espanto: los labios abiertos sin emitir sonido alguno, las cejas arqueadas con horror y la mirada clavada en Alexa, su Alexa, que corre hacia mí y me la arrebata.
Solo entonces, Ryosuke se suelta, tira las cuerdas al suelo y se yergue frente a Echo mientras Alexa la envuelve en sus brazos.
La sonrisa que le dedica está hecha de victoria, resentimiento y venganza, y es espeluznante.