37 Kiera Mori Tower de Tokio 14 días para el solsticio de verano #2
—Ahora quizá sí —le contesta Markel. Luego se queda callado y nos mira a todos—. No sé cómo desactivarlas, pero sí puedo decidir dónde detonarlas.
Le tiembla la voz.
No mira a nadie. Tiene los ojos fijos en la pantalla hasta que vuelve a pasar los dedos por ella con gesto grave.
La imagen de Japón se abre y una simulación comienza cada vez que Markel presiona un botón: una estela que nace de cada uno de los puntos brillantes.
Todos observamos en silencio cómo esas líneas nacen de Japón y se pierden en el mar.
Me quedo sin aliento.
Miro a Markel, que continúa en silencio.
—¿De verdad podemos enviarlas al mar? —pregunta Riku, esperanzado.
—Podemos, si las adapto para integrarlas en un sistema de misiles —confirma y traga saliva—. Pero ahora mismo, tal y como están las cosas, sería imposible.
Mueve los dedos, introduce nuevos parámetros y la simulación muestra Japón desde el aire y, sobre la isla, una cúpula azul que lo cubre todo.
—Las Cinco Puertas del Infierno —murmuro.
Markel asiente de forma lenta e inicia la siguiente parte de la simulación: cientos de puntitos azules despegan desde la isla, ascienden dejando tras de sí una estela y…
Anna ahoga una exclamación.
Kai suelta una palabrota.
Neal y yo permanecemos en silencio.
—Las misiles no atravesarán las Cinco Puertas del Infierno. Reventarán en el cielo de Japón y todos moriremos bajo una cúpula de fuego.
En la imagen, es exactamente eso lo que ocurre. Las bombas estallan al llegar a la cúpula y el fuego se arremolina en llamaradas que lo devoran todo.
—¿Qué se te ha ocurrido, Markel? —pregunta Neal, impaciente, porque está claro que ese no puede ser el plan Z.
Él se muerde el labio inferior. No se atreve a devolverle a nadie la mirada mientras vuelve a la pantalla anterior, a la que muestra unas estelas que llegan al mar.
—Podemos volar por los aires las bases navales que sustentan las Cinco Puertas del Infierno.
Desde fuera, son intocables. Si la entrada permanece sellada desde este lado, nadie puede manipularlas; pero desde dentro…
Si destruimos al menos dos, las demás caerán también.
La infraestructura fallará y las Puertas desaparecerán. Los misiles se perderán en el mar.
—¿Contamos con recursos para hacer eso? —inquiere Kai.
Markel asiente.
—Ahora sí. Lo más complicado va a ser adaptar las bombas al sistema de misiles y preparar plataformas de lanzamiento en tan poco tiempo…
Pero tenemos todos los recursos del Imperio, incluso los ilegales con los contrabandistas y los mercenarios.
—Se frota la nuca de manera nerviosa—. La Mori Tower no es ni de lejos un lugar seguro para almacenar las bombas, no estamos a suficiente profundidad, pero…
no las voy a mover, todavía. Nos concentraremos en acondicionar las galerías del subsuelo y prepararé allí la plataforma de lanzamiento.
No involucrará la torre. Ya estoy trazando planes para el resto de las bombas y coordinándome con el ejército.
En algunos lugares podremos aprovechar recursos, en otros tendremos que montar plataformas móviles o…
—¿Te hemos dicho ya lo mucho que te queremos? —pregunta Riku, que parece más ligero.
Anna deja escapar un suspiro de alivio, también Kai se apoya en la mesa de mármol y echa hacia atrás la cabeza.
Markel no se mueve.
Yo no digo nada. Lo siento como un eco lejano, una voz susurrante que en tono grave me advierte.
También Neal se ha dado cuenta.
—Markel. —La voz le sale roca—. Si las Cinco Puertas del Infierno desaparecen la noche del solsticio… no solo enviaremos fuera las bombas.
Algo oscuro y sinuoso se me desliza por la espalda, baja vértebra a vértebra acariciando mi columna y soy yo quien, con voz queda, murmura:
—Las anomalías escaparán.
Las implicaciones se vuelven de hormigón en mi estómago.
El mundo no está preparado. Incluso con los sistemas de seguridad de luz, que muchos países no tienen estandarizados, habrá miles de muertes en una sola noche.
Kai es el primero que rompe el silencio.
—¿Desde cuándo sabes esto?
—Desde ayer por la mañana —contesta.
Kai entreabre los labios, pero no dice nada.
—Nosotros no podemos tomar esa decisión —susurra Anna y la voz le sale más desentonada que otras veces.
—¿Y quién puede? —inquiere Markel—. ¿Lo consultamos con Akiyama o con M ō ri? ¿Cuál de los dos debería decidirlo? ¿La Emperatriz que gobierna ahora o al que vamos a poner en el trono porque nos conviene?
—¿Tenemos que seguir adelante con el plan de apartarla? —murmuro yo.
—Hagamos lo que hagamos muchas de las bombas estallarán en Japón.
Cabe esperar que haya más de las que hemos encontrado y no sabemos dónde, así que todavía necesitamos los barcos para la evacuación —contesta Markel—.
Como solo tenemos que destruir dos puertas, llevaremos a la gente junto a las otras.
De nuevo, el silencio tiene un regusto amargo.
Neal apoya las palmas de las manos en el mármol y se inclina un poco adelante con la mandíbula tensa.
—Tal vez no tengamos que llegar a esto —murmura, sin mirar a nadie en concreto, y todos aguardamos mientras contenemos el aliento—. ¿Por qué has elegido el mar para enviar allí las bombas?
—Porque es el lugar en el que causarán menos daños. Medioambientalmente sí van a ser destructivas; cuando Alexa se entere va a entrar en cólera… Y con unas bombas así, desconocidas, no sabemos el impacto real que tendrán a la larga, pero… —Markel se frota la nuca—. El mar es la zona menos crítica.
—Entonces, en lugar de evitar las zonas más críticas, dirijámoslas a ellas.
—Se acerca a la pantalla con decisión y abre el mapa hasta que muestra el mundo entero—.
Aquí, aquí y aquí —señala—. Depósitos nucleares, motores económicos, almacenes armamentísticos, puntos militares estratégicos, ciudades de gran densidad poblacional… Apuntemos a donde más duela.
Me quedo blanca.
También los demás.
—¿Te preocupa que la muerte por anomalías sea demasiado lenta, Kellum? —lo reta Kai—. Estás proponiendo una masacre a escala mundial.
—¿Puedes hacerlo o no? —insiste él, mirando a Markel.
—Sí. —Frunce el ceño—. En teoría sí, pero…
—Entonces fijaremos los objetivos y dejaremos que Raine Andrews decida si permite que los misiles los alcancen.
Tardo un rato en digerirlo, perdida en la imagen de cientos de bombas destruyendo el mundo.
—Un farol —susurra Markel, sin voz.
—Un farol —repite Neal—. Lo haremos como si fuera a ocurrir de verdad. Apuntaremos a las coordenadas, dejaremos que todo el mundo piense que estamos dispuestos a ello, y dejaremos la decisión en manos de Andrews. Si quiere salvar al mundo tendrá que parar todo esto.
Kai suelta una carcajada que suena un poco estridente.
—Mierda, Kellum. —Se acerca a él, le pasa un brazo por los hombros y le da unas palmadas tan fuertes que lo mueve. Creo que nunca he visto a esos dos tan juntos—. Es una locura, pero podría funcionar, ¿no? Andrews tendrá que ceder y si no lo hace la Cumbre la obligará.
—Tendrá que decirnos cómo pararlas —murmuro yo, con el pulso acelerado.
Markel asiente y suelta aire con fuerza. De pronto, se le escapa un quejido y advierto que un par de lagrimillas le resbalan por las mejillas.
Haber tenido la idea de soltar a las anomalías debía de estar torturándolo muchísimo.
Anna, que está a su lado, le rodea la cintura y le acaricia el brazo.
—Podemos evitarlo —susurra, con la voz entrecortada—. Podemos hacer que pare todo esto.
El alivio empaña cada uno de sus gestos, los antebrazos que apoya en el mármol, la cabeza que deja caer adelante, las lágrimas que siguen resbalando por sus mejillas. También Riku le acaricia la espalda para calmarlo.
—Antes de que lo hagamos —intervengo yo—, tenemos que barajar la posibilidad de que Andrews no ceda al farol.
Todos me miran.
—Es verdad —conviene el pirata, que no ha dejado de acariciar la espalda de Markel—. Esa mujer está tan loca como para seguir adelante.
—Lo dejaré todo preparado para que pueda cambiar las coordenadas de forma remota y en el menor tiempo posible —murmura Markel—. Esperaremos hasta el final, hasta que no quede tiempo y, luego…
—Luego liberaremos a las anomalías —continúa Neal por él—, enviaremos los misiles al mar y las bombas que no hayamos localizado explotarán en Japón.
—Tenemos que preparar los barcos de Ryosuke y evacuar a la gente igualmente, por si acaso —opina Kai.
Yo sé que no está pensando en la gente . Piensa en Hikari.
—Y si todo falla… Si llegara el momento y tuviéramos que decidir entre condenar a Japón o destruir el mundo… —continúo yo, con un hilo de voz muy fino.
—No ocurrirá —me interrumpe Markel—. Lo calcularé bien. Apuraré al máximo para que Andrews no adivine que se trata de un farol, pero recularé a tiempo.
—Aunque hagamos todo bien, en un plan así todo puede salir mal —apunta Neal.
Yo asiento.
—Por eso quiero asegurarme de que sabemos lo que hacemos —continúo yo—. Si las cosas se tuercen, entre permitir que mueran millones o miles de millones, elegiremos salvar al mundo. ¿Estamos todos de acuerdo?
Uno a uno, todos asienten.
Kai suelta una palabrota.
—En caso de que todo se vaya a la mierda tendremos que morir aquí dentro. —Chasquea la lengua con teatralidad—. ¿Podemos dirigir uno de los misiles hacia la casa de esa zorra?
—Sí, hagamos eso —declara Riku.
Es la primera vez que no se esfuerza por fingir que Kai no existe y yo me río un poco, pero eso no consigue disipar del todo la tensión que se ha asentado en mi estómago.
Neal vuelve a llamar nuestra atención:
—Hay que hacerlo ya, y hay que dejar que todo el mundo se entere.