37 Kiera Mori Tower de Tokio 14 días para el solsticio de verano
A lexa dice sí.
Neal acierta: Lalanne sabe que llegados a este punto la única oportunidad para que Echo se salve es que abandone el cargo.
Tardamos todo un día para entrar y salir sin ser vistos. Me sorprende la paciencia que tiene Kai. Yo habría sido mucho más imprudente… y supongo que ahora estaría en una celda.
Vamos camino de las afueras con la moto de Kai cuando me llega un mensaje a través del comunicador que he mantenido desactivado todo este tiempo.
Le doy un golpecito a Kai para que se detenga y le aviso para que cambie de rumbo hacia la Mori Tower, donde al parecer Markel nos espera.
Para cuando llegamos ya casi ha anochecido, así que tendremos que pasar la noche aquí.
Neal aguarda junto al perímetro de seguridad para escoltarnos, pues la vigilancia es cada vez más estricta y a pesar de tener carta blanca no siempre nos dejan pasar a la primera.
Sin embargo, le entra un mensaje y debe dejarnos a mitad de camino antes de asegurarnos que se reunirá en la sala de las bombas en cuanto pueda.
Al parecer, han tenido problemas con un oni que, o bien no matamos al principio o se ha colado ahora.
Así que Kai y yo continuamos avanzando hasta que un soldado sentado en el pasillo me llama la atención.
Travis se sujeta el brazo izquierdo contra el pecho. Tiene los dedos manchados de sangre, igual que el traje, y aunque no parece grave, me doy cuenta enseguida de que está herido.
—Travis. —Sé que no me quiere ni ver, pero no puedo evitarlo—. ¿Qué ha ocurrido?
A su alrededor hay más soldados que esperan, todos ellos, advierto, con alguna que otra herida.
—Un oni —responde, parco. Aún soy capaz de ver algo extraño en la forma en la que me mira—. Solo es un corte, pero la enfermería está saturada.
Echo un vistazo a la puerta que hay al fondo del pasillo y doy un paso hacia él, vacilante.
—¿Puedo?
Travis extiende el brazo. A través del traje, veo una herida sangrante larga y abierta que va a necesitar puntos.
—Puedo curártela, si quieres.
Travis aparta la mirada y durante unos segundos creo que va a decir que no. Sin embargo, por alguna razón, asiente.
Kai tiene la educación de no decir que nos están esperando y me sigue pacientemente cuando tomo un botiquín y un set de sutura y me siento frente a Travis en una pequeña habitación abarrotada de trastos en la que solo se ve una ventana a través del montón de cajas.
Kai se las arregla para ir hasta allí y cruzarse de brazos mientras contempla la ciudad.
Procuro desinfectar y coser la herida sin tocarlo demasiado. Sé que está nervioso y aún recuerdo la forma en la que dio un paso atrás la última vez que intenté acercarme, o aquella otra en la que cambió de rumbo para no tener que interactuar conmigo.
Supongo que esto es un gran avance, pero no me atrevo a decirle nada de nada.
—Kai, puedes ir a ver a Markel y esperarme allí —le ofrezco, cuando apenas voy por la mitad.
—Prefiero quedarme aquí, gracias —replica, sin apartarse de la ventana.
De nuevo, el silencio se impone y solo se me escucha a mí trabajar.
—Me he enterado de lo que ha hecho la Emperatriz —dice de pronto Travis y la mención me descoloca tanto que tardo un rato en entender a qué se refiere—. Parece que ha perdido la cabeza.
No me pasa desapercibida la forma en la que Kai, a su espalda, se gira y enarca las cejas.
Frunzo el ceño.
—Está sometida a mucha presión… y ahora es peligrosa —coincido, sin entender a qué viene esto.
Travis me sigue mirando a los ojos mientras coso.
—Siento haber dejado que te encerrara.
Me detengo.
Así que era eso.
Tomo aire y también yo lo miro. El pelo le ha crecido un poco las últimas semanas y ahora el color cobrizo parece más intenso.
—No pasa nada —le aseguro, incapaz de decir nada más.
Y Kai bufa, haciendo que Travis se gire, un poco sobresaltado. Ambos lo miramos, pero no añade nada.
—Te vi morir, Kiera.
—No. Viste cómo casi moría, pero Neal me salvó —lo contradigo.
Travis vuelve a poner esa expresión perdida, un poco incómoda.
—¿Cómo? ¿Cómo sobrevive alguien humano a algo así?
Humano.
Miro la herida que aún debo terminar de coser y agradezco poder concentrarme en algo.
—La historia corta es que experimentaron conmigo cuando era pequeña y ahora la oscuridad me sana —le digo, del tirón.
No cuesta tanto decirlo como antes. Ya no siento que la realidad se tambalea, ni noto unos dedos oscuros cerrándose alrededor de mi garganta.
En cuanto lo escucha, Travis sacude la cabeza, como si negarlo fuera a cambiar la realidad.
—Eso no tiene sentido. No puede ser… ¿Por qué no dijiste nada? Tuviste muchas oportunidades en el Skytree. Podrías habérmelo…
—Sí, claro —interviene Kai, con ese tonito canalla y despreocupado—. Se ve que habrías sido muy comprensivo.
—Kai —lo reprendo. Él se encoge de hombros y vuelve a mirar por la ventana. Yo me centro en Travis de nuevo, que continúa con esa expresión un poco espantada—. Siento no habértelo dicho, pero yo tampoco sabía qué contar. Perdona, Travis. No quería asustarte.
Él no responde.
Termino de dar los puntos y limpio un poco los bordes de la herida.
—Tendrás que llevarlo tapado al principio y hacerte la cura una o dos veces al día, depende de cómo avance —le digo.
—Gracias.
Travis se pone en pie.
¿Esto es todo? Se me hace un nudo en la garganta, pero me niego a que me impida hablar.
—Travis —lo detengo, cuando va a rodear la mesa—. Fuiste mi primer amigo de verdad y creo que tú sentías lo mismo. No quiero perder eso.
El joven me sostiene la mirada.
—Tampoco yo quería. Cuando me enteré de lo que te había hecho Linus, y después cuando te dispararon en Palacio… Me hice a la idea de que iba a perderte y eso me partió el alma.
—Pero no me has perdido —apunto, con un ápice de esperanza.
Travis aprieta los labios y al ver cómo sus ojos se humedecen un poco sé, sin necesidad de que diga nada, que no está de acuerdo.
—Te contaré todo lo que sé sobre mi situación si eso te ayuda a…
—No. —Me interrumpe—. No quiero saberlo. No es normal poder pasearse como si nada por la oscuridad. No es natural sobrevivir a algo así. No puedo confiar en ti. No puedo. Lo siento.
—Travis… —Alzo la mano, pero él se tensa y la bajo enseguida. Trago saliva.
—Quizá con el tiempo… —dice, mirando a un lado—. Ahora no quiero hablar de eso. No puedo pensar que eres… No. No puedo.
No replico. Esta vez no.
El dolor es sólido y real, pero esta vez los márgenes de mi visión no se emborronan, no siento el corazón a punto de reventar contra mi pecho.
Puedo tolerarlo; puedo aceptar que he perdido a un amigo porque yo no he hecho nada malo. Ahora lo sé.
Ahí fuera ocurre lo mismo con las amistades todos los días. Las personas cambian, los vínculos se enfrían y quien era bueno para ti en una etapa de tu vida se convierte en un fantasma. A veces no es culpa de nadie.
—Está bien —cedo, procurando sonar entera—. Estaré aquí cuando quieras hablar.
Me doy la vuelta y abandono la sala.
Oigo cómo Kai me sigue y espero fuera, pero no aparece por la puerta enseguida.
—Eres idiota —le oigo de pronto y estoy a punto de regresar dentro para reprenderlo cuando continúa—: ¿Tendría que estar muerta y no lo está? ¡Qué trágico! ¡Qué difícil de digerir! Pobrecito, que no ha tenido que despedirse… Eres tonto —termina, con sequedad y entonces aparece por la puerta.
Los dos nos miramos.
Kai me contempla fijamente. Con los hombros rectos y el mentón ligeramente alzado, me reta a que le diga algo. Yo solo le sonrío.
Y su gesto se ablanda.
—Vamos, Amell —me dice, al pasar a mi lado—. Seguro que tu comandante ya ha terminado y debe de estar nervioso buscándote.
Corro a su lado y no le doy las gracias, porque creo que no lo aceptaría, pero sí lo agarro del brazo y me apoyo levemente en él.
Kai no me aparta y eso es suficiente.
Markel se encuentra en la sala de las bombas…
esa espantosa estancia llena de cabezas con forma ovalada y luz azul fantasmagórica.
Todo el equipo que trabaja intentando desactivarlas asegura que desde fuera Raine Andrews no puede adelantar la explosión…
pero estar tan cerca de ellas me da muy mal rollo.
Ahora, junto a las bombas, hay ordenadores y dispositivos que no reconozco conectados por cable.
Avanzamos a través del pasillo mientras procuro no rozar nada hasta que llegamos al centro, a un mostrador de mármol en el que Markel se ha establecido.
Junto a él, Anna y Riku también nos esperan.
—¿Hay buenas noticias? —le pregunto a Neal.
Este sacude la cabeza.
—Markel no ha querido decir nada. Ahora veremos.
—No ha avisado a Akane —observa Kai—. No son buenas noticias.
Contengo el aliento hasta que llegamos a ellos y rodeamos el bloque de mármol negro.
—¿Has descubierto algo nuevo, Markel? Alexa ha dicho que sí, pero nos vendría bien un plan B que no pasara por derrocar a la Emperatriz de Japón.
—En realidad, tal vez sea un plan Z —replica, con los labios tensos en una línea—. A lo mejor ni se puede considerar un plan.
La esperanza se prende en mi interior al escucharlo.
Todo este tiempo hemos seguido avanzando deseando un milagro, pero sabiendo que era muy probable no llegar a verlo.
—¿De verdad has encontrado la forma de desactivarlas? —pregunta Kai.
Markel le dedica una mirada que aparta enseguida y puedo ver cómo Kai crispa un poco los labios.
—Seguimos sin encontrar la forma de desactivarlas —explica, y enciende la pantalla que tiene delante.
Con dedos ágiles introduce datos que no llego a ver y, de pronto, nos muestra el terrible mapa de puntos azules y violáceos de Japón—.
Hemos encontrado más bombas. El ejército de la Emperatriz y el de la Agencia Hawk trabajan sin descanso para localizar todos los almacenes, pero es improbable que las localicemos todas.
—¿Es necesario seguir invirtiendo recursos en buscarlas si no podemos desactivarlas? —pregunta Anna, que además de la voz usa las manos para hablar.