36 Kai A las afueras de Tokio 15 días para el solsticio de verano #2
Le doy una patada a las botas que descansan en una esquina y salen despedidas contra el fusuma . Miro a mi alrededor, buscando algo más que poder golpear, pero no encuentro nada. Me dejo caer en el futón, pero las mantas todavía huelen a él, y eso me cabrea aún más.
Así que me pongo de pie, deslizo el panel de la puerta y dejo que el aire fresco de la noche me dé en la cara.
Siento algo pesado en el centro de mi pecho, una roca encajada entre las costillas, dolorosa y extenuante, que hace que los hombros me pesen y me duela cada vez que tomo aire.
Cuando abro los ojos, aún con ese dolor sordo anclado a mi caja torácica, descubro que no estoy del todo solo.
Kiera está sentada en el jardín, junto al arce japonés.
Y está a oscuras.
Hay que joderse.
Los dos nos miramos largo y tendido hasta que es ella la que pregunta:
—¿Vienes tú o voy yo?
Se me escapa una sonrisa.
A pesar de todo, me hace sonreír.
Se pone en pie sin esperar una respuesta y hace algo que creía que nunca iba a ver: camina en la oscuridad.
Al principio creo que no hay ni rastro de las anomalías, pero luego descubro las sombras que se arremolinan alrededor de sus tobillos emitiendo suaves destellos de colores azules y morados, chispazos que se pierden en la noche, y un escalofrío me baja por la espalda.
—Creía que estarías con el Comandante Buenazo.
Me dedica una sonrisa y se deja caer junto a mí en la pasarela del porche.
—Y he estado. —Se encoge de un hombro y arquea una ceja, coqueta—. Neal se ha acostado ya, pero yo necesitaba dar un paseo.
La luz recorre la pasarela de madera y llega un poco más allá, haciendo que los márgenes no sean del todo peligrosos. Es allí donde se sienta. Deja una pierna colgando y dobla la otra rodilla para recogérsela contra el pecho.
—¿Qué te ha pasado?
Yo la imito, pero me siento ligeramente más apartado de la oscuridad.
—¿Por qué crees que me ha pasado algo?
Enarca una ceja elegante.
—¿Te has mirado en un espejo?
Sonrío de lado, pero esta vez me cuesta más hacerlo. Me paso la mano por el pelo para apartármelo de la cara y busco algo que decir, pero todo arde en la garganta.
—Me he tirado a Markel.
Kiera se gira hacia mí con las cejas enarcadas.
—Oh… vale…
No lo entiende.
—Y luego me ha mandado a la mierda.
—¿Has sido un idiota? —pregunta, con prudencia.
—No especialmente —contesto, pero el humor no me llega a los labios—. Soy un asesino de mierda. Por eso no quiere saber nada de mí.
—Bueno, de mierda … no. Eres bastante bueno. Tú lo dijiste: si el encargo hubiera sido matarme a mí ahora estaría muerta.
Se me escapa una carcajada un poco áspera, pero la risa se quiebra hacia el final de forma brusca e inesperada. Me llevo la mano al pecho, a ese lugar que pesa tanto y que duele, duele muchísimo.
—Hacía mucho tiempo que no sentía esto —le confieso, en voz baja.
Los dedos me tiemblan un poco. Se me llenan los ojos de lágrimas y me paso el brazo por ellos rápidamente.
La vergüenza me embarga y estoy a punto de esgrimir una excusa torpe y largarme cuando, de pronto, Kiera se arroja sobre mí.
Parpadeo, confundido, mientras rodea mi cuello con los brazos y deja una mano cálida apoyada en mi espalda.
Un puto abrazo.
Me está dando un puto abrazo.
Me da un par de palmaditas por las que estoy a punto de protestar cuando comprendo que, en realidad, me gustan.
—Es el precio por sentir todo lo demás —me dice, muy bajito, y por alguna razón las lágrimas que me habían llenado los ojos se desbordan.
—¿Y cuándo empezaré a sentir algo que no sea esta mierda?
—Acaba pasando —asegura, todavía rodeándome en un abrazo de oso—. Te lo prometo.
Kiera me rodea con fuerza. Siento su aliento contra el cuello y el calor de sus manos envolviéndome, y no puedo evitarlo: la agarro por los hombros, la obligo a apartarse un poco y pregunto:
—¿Esto es de verdad?
—¿A qué te refieres?
Aprieto la mandíbula, pero procuro sostenerle la mirada.
—Cuando empezamos esto me pusiste una katana bajo la garganta y me dijiste que era un medio para un fin.
Kiera me mira de hito en hito. Ya no me molesto en secarme las lágrimas. Por todos los oni … cómo debo estar haciendo el ridículo.
—Bueno, entonces lo decía en serio, pero las cosas han cambiado un poco desde entonces, ¿no crees?
La suelto.
—¿No me odias por lo que le hice a Anna?
Espero que vacile, que evite el tema o dé mil rodeos; pero Kiera continúa mirándome a los ojos cuando abre la boca y contesta sin vacilar:
—No. —Esboza una sonrisa que sabe a disculpa—. Tal vez debería, pero… No. No te odio porque yo habría hecho lo mismo que tú.
El dolor da paso al desconcierto.
—¿Qué?
Kiera se muerde el labio inferior.
—En tu situación… creo que yo habría tomado el mismo camino.
Recuerdo la forma en la que me miró Markel cuando lo descubrió todo por las putas serpientes de mi cuello.
—¿Incluso conociendo las consecuencias?
Asiente lentamente.
—¿Qué otra alternativa me quedaría? ¿Dejar morir a la persona que más quiero? —Sacude la cabeza—. Creo que no, que no podría… Aunque supiera que está mal… Preferiría vivir con la culpa que sin alguien a quien amo.
Hay algo que se me afloja en el pecho. Sigo notando esa roca dura, pero ahora es más ligera.
Se me vuelven a llenar los ojos de lágrimas.
Debo de estar demente.
—Gracias —murmuro.
Kiera me dedica una sonrisa templada.
—¿Por ser una persona terrible? De nada. —Se gira hacia la oscuridad del jardín. El canto de las cigarras es una melodía suave en la noche—. He estado sola toda mi vida. No quiero volver a sentirme así.
La confesión flota entre los dos.
Debió de estar muy aislada cuando Kohana la tuvo en sus garras. Y después, si se ha pasado la vida huyendo… imagino que mantener cerca a las personas no fue fácil.
Alzo una mano y la apoyo en su hombro. Kiera me mira, me dedica una sonrisa cálida y se acerca más para dejarse caer un poco contra mí. Apoya la cabeza en el hueco de mi cuello y suelta un suspiro pesaroso.
Me aclaro la garganta.
—Siento haberte disparado el otro día.
Se le escapa una carcajada que me sobresalta. Ríe tan alto que temo que despierte a todos, pero acaba guardando silencio y vuelve a apoyarse en mí.
—Y yo siento haberte llevado al borde del suicidio.
También yo tengo que reírme.
—Estamos en paz —respondo y durante un segundo el silencio es menos denso que hace solo unos minutos—. Mañana tenemos que intentar hablar con Alexa. Nos estamos quedando sin tiempo.
Escucho cómo se llena los pulmones de aire y luego me da la razón con un mudo asentimiento.
Mañana empezará todo.