36 Kai A las afueras de Tokio 15 días para el solsticio de verano
V a a volverme completamente loco.
Markel se ha levantado, pero en lugar de marcharse como debería haber hecho, ha tomado un condón de la cómoda y ha vuelto a sentarse frente a mí.
Ahora le sostengo una mirada castaña que parece demasiado dulce para lo que me está haciendo.
—Todavía estamos a tiempo de dejarlo aquí —le aseguro, pero no me lo creo ni yo.
Markel sacude lentamente la cabeza y un par de rizos despeinados caen sobre su frente.
—No empieces con lo mismo —me espeta, con un tono que pretende ser hosco.
Me paso la mano por la nuca, buscando las palabras adecuadas… pero la vista de su torso me distrae: los hombros anchos, ese pecho naturalmente fuerte, el abdomen duro, pero no demasiado marcado…
Lo agarro del hombro, lo empujo hacia atrás con un poco de brusquedad y Markel se deja caer sobre el futón.
Me inclino sobre él con una mano a cada lado de la cabeza.
—Primero vas a prometerme que mañana no te sentirás como una mierda.
Es instantáneo. La expresión blanda vuelve a endurecerse. Apoya los codos en el futón e intenta incorporarse, pero yo no se lo permito. Le doy un nuevo empujón que lo devuelve al suelo y le apoyo una mano en el pecho para impedir que se levante cuando me fulmina con la mirada.
—No pienso prometerte eso. ¡Claro que me sentiré fatal! Me has mentido, me has utilizado y has hecho cosas terribles… Mañana me sentiré como una basura —dice, entre dientes—, pero será peor si no hago nada. Así de intenso es lo que siento.
Noto cada palabra como una puñalada.
La voz le sale grave, pero serena y lo más terrible de todo es que sé que no lo dice para herirme. Lo cree de verdad.
—Markel…
—¡No! —Me aparta la mano que he apoyado sobre su pecho de un golpe y se incorpora ligeramente cuando me agarra por la nuca y tira de mí hacia él—. Quiero hacer esto. Deseo hacerlo a pesar de las consecuencias. A pesar de lo que pienso de ti.
He de desviar la mirada, pero él no me permite hacerlo.
Me agarra la cara. Me obliga a mirarlo.
—Dijiste que te gustaba acostarte conmigo, ¿no? —inquiere, muy pegado a mis labios—. Hay cosas que no se pueden fingir.
Trago saliva.
Qué fácil sería ahora meterse amai doku , dejarse llevar por el placer y la oportunidad…
Le haría de todo.
No volvería a preguntar.
No le dejaría salir de este cuarto hasta que suplicara.
—¿Fingiste también el deseo?
No es una pregunta real, no en este punto, con mis caderas apretadas contra las suyas.
—No —gruño.
—¿Todavía quieres follar conmigo?
Por todos los oni …
Me aprieto un poco más fuerte contra él.
—Sí. —Mi voz es apenas un sonido ronco.
Ahora es él quien traga saliva.
No responde. No con palabras. Levanta un brazo y me muestra el condón.
—¿Y quién lo va a utilizar? —pregunto, en un murmullo.
Markel enarca las cejas, abre ligeramente los ojos, entrecerrados por una mezcla extraña de ira y deseo.
—Creía que te gustaba…
—Te dejaría hacer lo que quisieras, Markel —respondo, con rapidez—. Si es contigo no me importa.
La confesión le hace apretar los labios. Me muero por besarlo, recorrer a besos esa boca y ese lunar.
Algo le brilla en los ojos.
Sacude la cabeza.
—Póntelo —me pide, con rapidez—. Póntelo tú.
Siento la garganta seca. Lo tomo con los dedos, pero antes de seguir me pregunto cómo pedirle esto.
Decido quitar la tirita con rapidez.
—Antes necesito la metadona —le digo, con la voz tensa—. No te lo pediría, pero… empiezo a notar que me falta.
Markel traga saliva.
—¿Te duele?
Me pienso muy bien cómo responder a eso sin cortarle el rollo del todo.
—Es que quiero estar concentrado en lo importante. —Intento sonreír.
Markel asiente, aunque su gesto parece todavía demasiado grave. Se saca la pastilla del bolsillo, me la tiende y yo me la trago para que este tema desaparezca cuanto antes del tablero de juego.
Si fuera amai doku esto sería facilísimo.
Me preocupa cómo volver a iniciarlo y mientras lo miro me digo que tal vez sea mejor así. Mejor parar ahora y que esto quede en un calentón tonto por el que mañana me odiará un poco más.
Sin embargo, de pronto, siento los dedos de Markel en la nuca y me atrae hacia él para besarme lento y profundo.
Antes de que me dé cuenta, volvemos a comernos a besos.
Le quito los pantalones con cuidado y me levanto para tomar un par de condones más ante su atenta mirada.
—No tengo lubricante —le explico, mientras rasgo los envoltorios—. Voy a usar este.
Markel asiente, con los ojos clavados en mis manos mientras le agarro la polla con una y deslizo la otra hacia su abertura.
Suelta un quejido que suena placentero y echa la cabeza hacia atrás mientras mueve las caderas en mi dirección.
Me relajo un poco y una tensión que hacía mucho que no sentía al hacer esto se disipa ligeramente, aunque el corazón todavía me late con fuerza.
Así que me inclino sobre él y sigo tocándolo mientras lo preparo con los dedos y se retuerce bajo mi cuerpo.
Al introducir otro más deja escapar una palabrota y a mí me encanta esa expresión torturada, la boca entreabierta jadeante, el pecho agitado bajo una respiración pesada, cada vez más acuciante.
—Kai, por favor… —suplica.
Su voz desata algo perverso que me hace querer empujarlo al límite. Continúo provocándolo, rozándolo con cuidado y parando justo cuando suplica por más… hasta que yo mismo pierdo un poco la cabeza y me obligo a frenar. Tomo el condón, le pongo un cojín debajo del culo y se la meto.
Markel gira el rostro y ahoga un gemido contra las mantas.
—¿Bien? —pregunto, dentro de él.
El corazón se me va a salir del pecho.
Se fuerza a mirarme y a asentir. Tiene los ojos marrones vidriosos, los labios enrojecidos, igual que sus mejillas, y parece a punto de perder la razón.
La sangre me arde.
La saco y vuelvo a meterla con una suavidad que va contra todo aquello que me pide el cuerpo. Se la agarro todavía moviéndome con lentitud, y cuando se estremece bajo una sacudida provocadora y suelta un gemido, yo me desato por completo.
Le doy más fuerte y Markel suelta un quejido de placer.
Nos movemos con furia y anhelo y procuro olvidar que mañana se detestará por esto, pero es imposible no pensarlo.
La sola idea me cabrea y me obliga a hacerlo más fuerte, a tomar lo que necesito sin piedad, a llevarlo al límite y a parar una y otra vez hasta que me doy cuenta de que tengo las manos en sus caderas.
Aparto los dedos del costado izquierdo y todavía jadeante pregunto:
—¿Estás bien?
—No —contesta, y durante un segundo terrible me sube la bilis a la garganta, pero la cara de Markel, sudoroso y despeinado, casi sin aliento y con los ojos iluminados por el placer, no me deja preocuparme mucho—. Quiero correrme y no me estás dejando.
Se me escapa una carcajada queda.
—Perdona —le digo, mientras siento que se disipa un poco el miedo—. Ahora le pongo remedio.
Me inclino sobre él para besarlo y vuelvo a arrodillarme para seguir follándomelo, ahora sin contenerme. Le hago sufrir un poco, solo un poco, antes de rodearla con los dedos y tocarlo como sé que le gusta.
Se abandona al orgasmo con una violencia feroz. Su voz y su imagen, totalmente rendido a mí, son el detonante que me faltaba y acabo dentro de él con dos sacudidas rápidas y brutales que me acercan peligrosamente a la locura.
Se la saco y me derrumbo sobre él, que está húmedo por el sudor y aún no ha recuperado la respiración. Y en ese espacio onírico, en el que todo da vueltas, su calor me ancla a la realidad, a ese brazo que de pronto siento rodeando mi espalda.
Podría cerrar los ojos y dormir aquí.
Podría si ese brazo protector en mi espalda no se hubiera convertido de pronto en una mano que me da palmaditas para que me levante.
Me incorporo como puedo, sintiéndome un poco blando y torpe.
—Lo siento, lo siento… —balbuceo—. ¿Te he hecho daño?
—No —contesta. La voz repentinamente ronca—. Tranquilo. Es que… debería irme.
No me mira a la cara cuando sale de debajo de mí, se limpia y recupera a la carrera sus cosas, los pantalones que se pone de forma apresurada, la camiseta que se viste del revés…
No lo soporto.
También yo me pongo los pantalones y antes de que recoja las zapatillas que ha dejado en una esquina lo agarro de la muñeca y Markel se vuelve hacia mí como si lo hubiera tocado con un hierro candente.
—¿Por qué tanta prisa, Markel? —Las preguntas de verdad, las que duele pronunciar, me arden en la garganta.
Mira de reojo la cama revuelta.
Y bajo mucho el tono de voz antes de seguir.
—Quédate —murmuro, con un nudo en la garganta—. No te marches. Túmbate conmigo. Vamos a hablarlo.
No sé qué debería decirle; pero sí sé que no debería dejarlo marchar así.
Markel aprieta la mandíbula y veo la duda en la forma en la que me contempla, con los ojos un poco hundidos, las cejas curvadas en una mueca de dolor…
Cierra los ojos. Sacude la cabeza. Y se libera de mi mano.
—Vamos a dejar las cosas claras, Kai —sentencia, con dureza—. No te he perdonado. Esto ha sido algo que nos apetecía a los dos y nada más. Solo sexo.
Aprieto los nudillos.
—Tampoco yo me he perdonado por todo lo que he hecho, y no espero que tú lo hagas.
—¿Entonces qué pretendes? —inquiere—. ¿Para qué me pides que me quede? ¿Por qué me abrazas? Ya no tienes que interpretar ningún papel.
Me paso la mano por la cara.
—Nunca he interpretado un papel contigo —replico, pero los remordimientos me advierten de que eso no es del todo cierto—. Tal vez, al principio, sí que me aproveché de…
—¡No! ¡No quiero oírlo! Y tampoco quiero discutir. Quedan solo quince días para el solsticio y aún tenemos que colaborar juntos para salvar a Japón. Sé que esto ha sido idea mía, pero te pido por favor que mantengas la distancia.
Doy un paso atrás.
Inspiro con fuerza.
No respondo. No hace falta. Markel se da la vuelta y cierra la puerta después de salir. Y yo me quedo aquí solo, todavía un poco mareado, y débil, muy débil.
Qué puta mierda sentir esto.
Qué puta mierda sentirlo todo.
—¡Mierda!