Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 35 Markel A las afueras de Tokio 15 días para el solsticio de verano #2
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35 Markel A las afueras de Tokio 15 días para el solsticio de verano #2

—Necesito un condón, Kai.

—Ah… —Echa la cabeza hacia atrás, como si acabara de caer en la cuenta—. ¿Ha vuelto Neal del Skytree?

—Kai… —lo reprende.

Sonríe como un gato y se pone en pie con un suspiro antes de caminar hasta la cómoda y sacar una maldita caja de condones de un cajón.

—Creo que ahora mismo sois las dos personas más optimistas de todo Japón —le dice, mientras le ofrece uno—. Es encantador que pienses que las consecuencias importan.

—Cierra la boca. Claro que importan. Vamos a salvarnos —replica ella, que rechaza la oferta, le quita la caja de las manos y se lleva alguno más ante las cejas arqueadas de Kai.

Tiene las mejillas un poco encendidas cuando se marcha hacia la puerta a pasos acelerados y desde allí se vuelve.

—Buenas noches —me dice, con suavidad.

—Buenas… —No me da tiempo a terminar antes de que cierre la puerta y se largue.

Kai sigue ahí de pie, con esa mirada cansada, la sonrisa divertida en los labios, antes de volver a sentarse frente a mí de forma despreocupada.

La diversión que lo envuelve, sin embargo, no me alcanza.

Sé que es una estupidez, pero no consigo dejar de preguntarme cuántos condones quedarán en esa caja.

—¿Para qué necesitas tú condones? —inquiero.

La diversión no desaparece de sus hermosas facciones cuando enarca las cejas y se pasa la mano por el pelo oscuro. Creo que va a evitar la pregunta, porque tarda demasiado. Sin embargo, después de lo que se me antoja una eternidad, separa los labios y con voz grave murmura:

—¿Quieres que te lo explique o prefieres que te lo enseñe?

La provocación flota entre los dos y yo la siento como una amenaza sobre la piel, dulce, oscura…

tan tentadora que, aunque sepa lo que he de responder, no consigo hacerlo.

Sé que quiere que me largue. Sé que esta distancia, y el silencio, son una consecuencia de lo que ya me advirtió hace días: está cansado de portarse bien.

Puede que hoy yo también.

—Enséñamelo.

La sonrisa despreocupada desaparece de los labios de Kai. Me mira con intensidad unos segundos larguísimos y entonces aparta la mirada.

Y trata de incorporarse.

E intenta marcharse.

Pero yo no le dejo.

Lo agarro por la muñeca y la forma en la que me mira está llena de algo tan oscuro que prácticamente opaca el azul de sus ojos.

—No quieres hacer esto, Markel —pronuncia de forma pausada.

La rabia me embarga: porque cree que tiene razón, porque piensa que sabe mejor que yo lo que necesito. También por haberme mentido, por haberme usado para llegar a Anna, por lo que le hizo a ella y por haber abandonado ahora a su hermano…

—¿Y qué sabrás tú?

—Sé cómo te vas a sentir mañana —replica, con dureza.

—Cállate —le ordeno, y suelto su muñeca para empujarlo ligeramente y hacer que caiga sobre el futón revuelto.

Kai me mira desde debajo de una forma que es difícil de describir, con hambre, rabia, anhelo… y también miedo.

No contemplo esa expresión mucho tiempo porque me inclino sobre él y lo beso con furia.

Sus labios saben como los recordaba y el deseo que nace en ellos se propaga con la misma rapidez por mis venas, encendiendo la sangre a su paso, llenándome de una sensación cálida que hace que me tiemblen un poco las puntas de los dedos cuando deslizo la mano por su nuca.

El beso es agresivo desde el comienzo. No hay lugar a nada dulce cuando Kai entreabre los labios y me deja entrar, y aunque esté debajo, aunque yo haya iniciado esto, toma enseguida el control.

Siento la aspereza de su mano en la mejilla cuando la agarra con cuidado y me da un mordisco en el labio inferior que parece escapar a la razón, porque llega seguido de un gruñido grave de advertencia, como si se reprendiera a sí mismo.

De pronto, siento su rodilla contra mis piernas y al instante una mano en la cadera me hace rodar sobre el futón.

Kai me mira desde arriba: los ojos brillantes, todavía oscuros bajo el deseo, labios gruesos un poco hinchados y los pómulos altos encendidos. El pelo le cae despeinado a ambos lados del rostro.

Creo que va a intentar hacerme recapacitar de nuevo.

Sin embargo, alza lentamente la mano y toma mis gafas con cuidado para dejarlas a un lado.

La mirada que me dedica hace que inspire profundamente, pero nada me prepara para el resto.

Vuelve a besarme y lo hace con tal pasión que siento que me hundo un poco más bajo su cuerpo. Su olor lo inunda todo cuando se aparta con brusquedad y se yergue un poco sobre mí para bajar las manos hasta el borde de mi camiseta y subirla por mi abdomen.

Creo que en el calor del deseo no se acordaba de las cicatrices, porque un solo vistazo lo detiene, y aunque Kai siempre ha sido buen actor yo siento la vacilación. Vuelve a acercarse a mí y finge que el plan siempre había sido besarme el pecho, y yo no lo aguanto.

Lo aparto de encima, me revuelvo un poco y termino de quitarme la camiseta.

Kai me contempla con ligera sorpresa, las cejas un poco arqueadas y el deseo ardiendo en el azul profundo de su mirada.

No hace comentarios; tampoco yo.

Esta vez, cuando se cierne de nuevo sobre mí, no se contiene.

Sí noto que procura no tocarme las cicatrices, porque debe recordar cómo me duelen en los peores días.

En lugar de eso se centra en recorrer con las manos el resto de mi piel y la forma en la que me toca me lleva a un estado insoportable.

¿Cómo es posible que me provoque esto cuando apenas me está ronzando la cintura, un hombro, una clavícula… ?

Deslizo la mano por sus pantalones y Kai se detiene. Aprieta la mandíbula, se muerde los labios y vuelve a arrojarse sobre mí para devorarme por completo.

Siento sus jadeos contra mi boca cuando vuelvo a tocarlo, pero esta vez no se detiene. Se deja llevar por el calor de mis dedos y mueve sus caderas contra mí mientras todo el cuerpo me pide más.

Kai baja la mano hasta la cinturilla de mis pantalones y, sin dejar de besarme, los suelta y me acaricia.

Cuando se separa y veo cómo me mira sé que no tiene buenas intenciones, y aunque cada fibra me pide que le deje seguir, que le suplique que siga, me aparto de él como puedo.

Kai me sigue con una mirada consternada, incapaz de decir nada, hasta que ve a dónde me dirijo.