35 Markel A las afueras de Tokio 15 días para el solsticio de verano
O curre un día cualquiera.
Nace como el zumbido de una cigarra, un runrún molesto tras la oreja al que al principio no le presto atención; pero día a día ese molesto sonido se hace más poderoso: mientras trabajo, mientras como, incluso mientras duermo.
Intento no pensar en él y me ocupo coordinando a los equipos cuando encuentran más bombas.
Ya hay decenas de localizaciones confirmadas y avanzamos deprisa gracias a que todos los recursos del Imperio están a nuestra disposición; también los de los contrabandistas.
Echo no hace ascos a ningún aliado que pueda ser de ayuda, y cuando su gobierno empezó a buscar entre mercenarios y trabajadores de dudosa reputación…
parece que Akram aceptó la propuesta de Anna.
También él está involucrado, igual que sus colaboradores.
Una vez más, sin embargo, no ha prestado su ayuda hasta que el dinero de la Emperatriz ha estado sobre la mesa.
Así que yo me concentro en las labores de búsqueda y en organizar los recursos, y procuro no pensar hasta que… un día me concentro en ese zumbido tras la oreja.
Y lo que descubro me deja asqueado conmigo mismo.
Pero es peor cuando al día siguiente llego a la Mori Tower y pongo a prueba la idea… porque descubro que sé cómo hacerlo.
El dolor que a veces me acompaña se disuelve en esa idea, que eclipsa todo lo demás, porque ya no me deja pensar en otra cosa.
He de contárselo al equipo con el que trabajo, pero solo a los más imprescindibles.
Me miran horrorizados primero, con la curiosidad desapegada de los genios después… hasta que el horror se transforma en esperanza y también ellos me confirman que sí somos capaces de hacerlo.
El dilema ahora es si queremos o no.
Le pido a Neal que me lleve de vuelta a la casa de Akane cuando regresa también.
El sol apenas resiste al aparcar el Humvee en la entrada, pero Kiera y Kai siguen entrenando en el jardín.
Fue ella la que nos puso al día a Anna y a mí sobre el plan de Neal. También Ryosuke está al tanto de lo que pretenden hacer, pero no ha movido pieza. No lo hará hasta que tengamos la confirmación de que pueden meterlo en Palacio.
Neal ha empezado a coordinar el asalto a los barcos con el Skytree y los piratas de Riku y pasa los días fuera.
Y Kai y Kiera esperan una oportunidad para entrar y hablar con Alexa, de la que depende todo el plan.
Pasan todo el día juntos, incluso cuando terminan de merodear por el Palacio y deben volver.
Entrenan con el bokken , practican movimientos que Kai le enseña a ella y también discuten sobre armas de fuego cuando Kiera intenta enseñarle algo a él, aunque siempre acaban practicando desarmados o con armas blancas.
Me quedo a observarlos en el porche que bordea la casa. El cielo es ya naranja cuando detienen el entrenamiento de forma abrupta y regresan corriendo a la casa, como si no se hubieran percatado de las sombras que acechan en las esquinas.
Kiera me dedica un saludo antes de perderse en el interior. Kai se limita a mirarme sin decir nada.
Conozco su rutina. Sé que ahora cada uno se dará un baño y también sé que después Kai llamará con los nudillos al marco de mi puerta y esperará a que le dé su pastilla.
Akane va y viene. Su consulta la necesita más que nunca con el caos que reina en la ciudad, los hospitales en alerta negra, las farmacias desabastecidas, los centros médicos saqueados… Y como algunas noches Kiera no regresa del Skytree, sigo siendo yo quien controla la metadona de Kai.
Esta vez, no obstante, no espero a que Kai venga. Sé que si lo hace se quedará junto a la puerta, extenderá la mano para recibir su dosis y se irá sin cruzar media palabra conmigo.
Y hoy no puedo soportar eso.
Me cuelo en su cuarto sin preguntar.
No tiene demasiadas cosas: un futón revuelto en el suelo, una cómoda sobre la que descansa Onimaru, su cazadora de cuero colgada de una silla y las botas en la entrada.
Camino hasta el futón, aliso un poco las ropas y me dejo caer allí hasta que Kai entra por la puerta vistiendo solo unos hakama oscuros que caen sobre sus caderas de forma despreocupada.
No lleva camiseta y la tinta de sus tatuajes brilla bajo la humedad que ha dejado el baño en él.
El dragón nadando entre azucenas, las olas y las flores de ciruelo; en el pecho, el tigre entre peonías y el kanji para la palabra «Hikari» sobre el corazón.
A cada lado del cuello, las serpientes que lo delataron.
Ahora, en uno de los tatuajes de su brazo habrá para siempre una cicatriz que baja por el interior desde la articulación del codo hasta la muñeca.
—¿Cuándo te los hiciste? —pregunto.
Kai enarca una ceja. No sé si es por la pregunta o por el lugar en el que me encuentra.
—Los tatuajes —aclaro—. Hace cinco años no tenías tantos.
—Fui haciéndomelos poco a poco. No tenía mucha pasta, así que casi todos son regalos.
—¿Quién regala un tatuaje?
—Clientes satisfechos —responde, con rapidez, y se queda mirándome, todavía con una mano en la puerta y a la espera de que me ponga en pie para marcharme.
No lo hago.
Suspira de forma visible y cierra el panel a su espalda. Camina hasta que llega a mi lado y se deja caer también en el futón. Apoya los codos en él, se echa hacia atrás y estira una pierna mientras dobla la otra rodilla.
—Entiendo qué simbolizan los demás, pero… ¿qué quieren decir las serpientes?
—¿Lo entiendes? —repite, escéptico.
Asiento.
—El tigre es una de las cuatro bestias sagradas. Es protección. Lo llevas en el torso, junto al nombre de tu hermano… Creo que está claro.
Kai me observa largamente. Durante un segundo creo que se va a reír y que me va a pedir que me marche, pero en lugar de eso asiente lentamente.
—¿Qué más?
—El dragón es parecido. También es una de las cuatro bestias, pero yo la entiendo más relacionada con la fuerza y el coraje.
Una sonrisa levísima tira de las comisuras de sus labios.
—¿Y las olas?
Me encojo de hombros.
—La aceptación, la resiliencia… algo así.
—Algo así —confirma.
—Creo que la máscara mengu de la espalda te la hiciste simplemente porque da mal rollo y te gustó. Las flores también tienen muchas interpretaciones, pero… no sé por qué te harías unas serpientes.
Kai se lleva la mano al cuello de forma despreocupada, casi como si no lo hubiera pensado. Aún hay algunas gotitas sobre su piel morena y el pelo le cae húmedo sobre los hombros.
—Porque acababa de matar a un hombre inocente. Al primero de todos.
Me quedo quieto, mirando, esperando la sonrisa fácil, el comentario mordaz que le reste peso de forma cruel. No llega.
—¿Por qué? —me atrevo a preguntar.
—Porque el pago era mayor y eso le concedía más tiempo a Hikari —responde, con tranquilidad—.
Estaba acostumbrado a investigar a mis objetivos porque descubrir las maldades que habían hecho hacía que resultara más fácil quitarlos de en medio: asesinos, violadores…
era sencillo. Aquella vez, cuando me ofrecieron la misión, me di cuenta de que no había nada; ni un pequeño hurto, ni una pelea, ni una mancha…
Se trataba de un pobre tipejo que se había enganchado a alguna mierda que distribuía Nomura, al que le debía mucha pasta. Quería dar ejemplo con él.
—Y te ordenaron matarlo —termino, para animarlo a que siga.
Asiente con la cabeza.
—Necesitaba el dinero. También me hacían falta los medicamentos de Hikari, pero no era solo eso: pronto nos cortarían la luz.
Llegué a pensar en ello como una solución —cuenta, como si nada—.
Una muerte fácil, sencilla… Con un poco de suerte ni siquiera nos habríamos enterado.
Nos habríamos dormido antes del atardecer…
y no habríamos vuelto a despertar. Durante un tiempo me pareció una salida más amable, pero no podía hacerle eso a Hikari, después de todo lo que había luchado se merecía más.
Me duele el pecho.
—Y mataste a ese hombre.
—Primero me metí un montón de amai doku y luego lo torturé, porque su muerte no era suficiente para Nomura. Le hice cosas horribles, cosas que ningún ser vivo merece. —Sus ojos azules se pierden en algún lugar tras mi espalda, pero vuelven enseguida a mí—. Después me tatué las serpientes.
Creo que no necesito que me lo explique; ya no. Sin embargo, aun así, murmuro:
—Son algo malo.
Se encoge de un hombro.
—Son lo que soy —responde, con rapidez—. Violencia, crueldad, engaño… Es bastante poético que Anna me descubriera por ellas, ¿no?
Se me hace un nudo en la garganta al escuchar su nombre e intento desterrarlo con rapidez.
—En algunas leyendas son símbolo de renovación.
Kai se ríe. Suelta una carcajada que suena áspera pero real y me mira con los ojos entornados, apoyado sobre un solo brazo, semitumbado en el futón.
—Si pensar eso te ayuda a mirarme a la cara… —sugiere.
Abro la boca, pero no llego a responder, porque unos pasos que se acercan por la pasarela iluminada del pasillo me detienen.
Kiera abre el fusuma de golpe, sin haber llamado antes. Va a dar un paso dentro cuando se encuentra conmigo y se queda quieta, las cejas arqueadas y los ojos saltando de uno al otro.
—¿Querías algo, preciosa? —ronronea Kai.
Parece cansado, pero no físicamente. Es como si se aburriera y simplemente esperara a que pasara la vida.
—No… Sí. Digo… sí —responde ella. Sus ojos se posan en mí unos segundos antes de atreverse a hablar—. Necesito pedirte… lo que robaste de la farmacia.
—¿Las drogas que tiraste por el retrete? —pregunta Kai, inalterable.
Kiera ladea la cabeza en un gesto de fastidio.
—No. Las drogas, no. Lo otro —contesta, un poco molesta.
Kai encoge un hombro con indolencia y hace un gesto con la mano libre, como para que se dé prisa.
—Tendrás que refrescarme la memoria. Quizá te sorprenda, pero esos días iba muy metido y a veces tengo lagunas.
Kiera me dedica una mirada nada disimulada antes de volver a mirarlo a él con intención. Yo mismo me doy cuenta de que no quiere decirlo frente a mí, así que no creo que a él le pase desapercibido, pero finge que sí.
Kiera suelta un resoplido.