Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 34 Echo Palacio Imperial 17 días para el solsticio de verano
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34 Echo Palacio Imperial 17 días para el solsticio de verano

–L os insurgentes capturados por el clan Atagi deben ser ejecutados.

Mi voz resuena como un eco lejano en una cueva oscura.

Cualquier cosa vale si es por el Imperio… y el Imperio soy yo, me repito.

El clan Atagi encuentra problemas para abastecer a sus soldados y sofocar por completo las revueltas… y los insurgentes, mercenarios, desertores y seguidores de Andrews no hacen más que aprovechar las tensiones para provocar motines.

Así que es la única solución.

—Sin un juicio, podría considerarse… —empieza uno de los miembros del consejo.

—Estamos en guerra y durante las batallas no se celebran juicios —replica Tora, a mi lado—. La Emperatriz ya ha decidido.

El hombre asiente.

Ya pocos se atreven a replicar.

Y todo funciona mucho mejor, más rápido y eficiente.

Ya no siento que todos intenten favorecer a sus clanes.

—¿Qué debemos hacer con los comerciantes de Kioto? —pregunta alguien más—. La heredera del clan Kiyowara aún no ha obtenido los resultados que esperaba.

Miro a Tora.

No me preocupa que interpreten el gesto como debilidad. Sé que nadie me ve débil ahora mismo.

Es él quien responde, con rotundidad:

—La misma solución para los comerciantes. Kiyowara ya les ha advertido en numerosas ocasiones sobre lo que ocurriría si no acataban las órdenes de la Emperatriz. Son ellos quienes han sellado su destino. En época de guerra quien no colabore será considerado traidor y ejecutado en el acto.

Luego, me mira esperando confirmación.

Yo asiento con rotundidad.

Y los consejeros lo aceptan y se retiran a ponerlo en marcha.

Las reuniones se alargan hoy más de la cuenta. El comandante Kellum ha encontrado más bombas y si los cálculos del pequeño genio son ciertos, todo el Imperio corre peligro.

El consejo debe elaborar un plan de actuación rápido para salvar al mayor número de personas posible en caso de que no consigan desactivar las bombas.

Hoy hablamos de las listas . ¿Quiénes caben en los refugios y cómo los elegimos?

Fuera ya ha anochecido en el momento en que por fin me retiro a mis aposentos y me siento tan drenada que apenas soy consciente de que Tora me ha acompañado hasta que me agarra de la mano.

Sus ojos oscuros se clavan en los míos y se ablandan cuando desliza el pulgar por mis nudillos.

—¿Estás bien?

—Estoy cansada —respondo.

Cansada de tanta muerte y violencia, cansada de las decisiones complicadas, de los rostros de terror… pero, sobre todo, cansada de tener que ser el Imperio porque siendo yo misma perdería la cabeza.

Entonces tira un poco de mí y aunque vacilo me dejo arrastrar. Un segundo después me envuelve entre sus brazos y me rodea con una dulzura que no encaja bien en esta situación.

—Lo has hecho bien —me dice, y permito que la seguridad que emana de él me envuelva—. Los grandes líderes deben tomar decisiones difíciles. Es lo que el Imperio necesita.

Le apoyo los dedos en el pecho y durante un segundo dejo que la duda repte por mis venas.

—¿Eso crees?

—Lo sé —contesta, tajante, y me doy cuenta de que si puedo dejar lugar a la duda es solo porque confío en que él la desterrará—.

Eres fuerte, valiente, y estás dispuesta a cargar con un peso que ahora mismo nadie más sería capaz de llevar.

—Me aparta un poco de él y me mira largo y tendido a los ojos—. No dejas de impresionarme, Echo.

De pronto, parece más serio y solemne y quizás algo nervioso.

Y lo comprendo.

Si ahora hiciera un movimiento, él lo aceptaría. De hecho, mientras me mira, parece esperarlo.

Sin embargo, es él quien rompe el contacto cuando alza ligeramente la vista y su mirada se enfría.

Me giro, sobresaltada, y descubro la figura de Alexa junto al fusuma que lleva al dormitorio.

Luce un sencillo vestido blanco sobre el que su piel, usualmente pálida, parece algo más dorada. El tatuaje del kiku resalta en la cara interna de su muñeca izquierda.

—Tenemos que hablar —me saluda, tajante.

Noto que a Tora no le gusta la forma en la que se dirige a mí, pero no dice nada. Lentamente, me suelta y me dedica un vistazo interrogante, esperando que le dé mi confirmación.

Asiento, y solo entonces se marcha para dejarnos a solas.

Voy directamente hasta la botella de sake que descansa sobre el aparador, me bebo un vasito de un trago y me sirvo el siguiente antes de volverme hacia ella.

—Me han contado lo que has decidido. Lo que habéis decidido los dos.

—Hoy hemos tomado muchas decisiones; es lo que se hace en medio de una guerra. Tendrás que especificar.

Sus ojos verdes se oscurecen con algo que no me gusta.

—Las ejecuciones sin juicio —murmura, sin molestarse en ocultar el tono.

Se lleva la mano al pecho, como si estuviera físicamente herida y esto fuera solo contra ella.

Qué ingenua. Qué egoísta.

—No te metas donde no te llaman, querida Alexa —respondo, y doy otro trago de sake—. No entiendes cómo se ha de dirigir un Imperio.

—Pero Satake sí lo sabe, ¿no? Te está manipulando, Echo. Desde que te aconsejó no hablar con el clan M ō ri todo ha ido de mal en peor. Ya no se oculta para proponerte barbaridades.

Barbaridades.

La palabra se me clava en el pecho, y me da rabia que tenga poder para herirme con una sola mirada, que ahora está cargada de decepción y algo que se parece al miedo.

—¿Y qué habrías hecho tú? ¿Cómo habrías alimentado al ejército de Hokkaido? ¿Cómo habrías distribuido de forma equitativa los recursos de Kioto? Cuéntamelo, Alexa. Dime cómo lo arreglo y daré marcha atrás.

Alexa aprieta los labios en una línea delgada. Se yergue, sacude la cabeza y yo sonrío.

—Estaré encantada de escucharte a ti cuando se te ocurran soluciones.

Frunce el ceño y la pena la invade.

—Tú no eres así. Debes alejarte de Tora. Parecía una persona razonable, pero al fin y al cabo se ha criado como heredero de un clan, en medio de intrigas políticas y… —Se detiene y se muerde el labio inferior.

Es como tú , quiere decir.

Doy otro trago de sake. Cada vez me cuesta más mirarla.

—Tampoco yo te tomaba por una persona celosa. Creía que estabas dispuesta a aceptar tu papel. Creo que se te ha olvidado a dónde perteneces.

Alexa se yergue como si la hubiera abofeteado. Yo también lo siento así, pero no me retracto.

—Esto no tiene nada que ver con nosotras. No. No se me ha olvidado a dónde pertenezco, ni qué hago aquí. Por encima de todo, intento salvar a la gente, incluso a quienes Tora quiere muertos.

Se me escapa una risa áspera.

—Tora no quiere ver morir a nadie. Es por eso que mantiene una postura dura, igual que yo; para evitar el mayor número de bajas posible.

—¡Quiere muerto a tu hermano! —responde, con voz áspera.

—También yo. Ryosuke es un peligro para mí.

—¡Porque mataste a toda su familia! —exclama—. ¡Y si no hubiera huido lo habrías matado a él también! Sin una provocación, sin nada más que haber sido mencionado en un mensaje torpe y provocativo de Raine Andrews…

Un viento gélido y cortante se desliza entre sus palabras.

Ella quiere salvar a la gente. Eso es lo que cree que hace aquí.

Y lo entiendo de golpe.

Durante un instante el mundo calla. Las cigarras se quedan en silencio. El volcán deja de rugir.

Alexa traga saliva y advierto en sus ojos el momento exacto en el que comprende que lo sé.

—¿Qué has hecho? —pregunto, despacio.

La brisa se levanta en ese bosque que intento mantener en calma, donde el bambú resiste al viento y los temblores. Un sonido finísimo, estridente y tenso llega con ese suspiro fantasma de aire, como si alguien estuviera segando el bambú.

Alexa aprieta los labios y alza un poco la barbilla, pero no responde.

La rabia me empuja un paso adelante. La agarro del mentón.

—¿Qué has hecho? —vuelvo a preguntar, muy lentamente.

—He tomado la decisión que me permitirá dormir por las noches. ¿Puedes tú decir lo mismo?

Todo vuelve de golpe. Los sonidos que habían desaparecido irrumpen en ese bosque silencioso. Oigo las cigarras del jardín, la respiración acelerada de Alexa y el eco de mi corazón.

—¿Dónde está? —siseo, arrastrando los sonidos.

—No lo sé —contesta y la creo. A pesar de todo, sé que dice la verdad—. Solo lo oculté la noche que mataste a toda su familia.

—¿Te das cuenta de lo que has provocado? —inquiero, sintiendo cómo la ponzoña se diluye en mis venas—. No eres consciente de las implicaciones, ¿verdad? ¿Es que no sabes cuál será ahora el objetivo de Ryosuke?

Me mira directamente a los ojos, a un palmo de distancia, y en ellos comprendo algo que me destroza: no me ama.

Y quizá nunca lo haya hecho.

Alexa se suelta de un manotazo. Da un paso atrás.

—¿Y qué debía hacer? ¿Quedarse quieto mientras lo masacrabas junto al resto de su familia?

Algo me constriñe el pecho, y las entrañas. Aprieta tan fuerte que no me deja respirar.

Si Alexa me amara, haría cualquier cosa por mí, incluso dejar morir a un hombre. Lo sé porque yo habría hecho mucho más por ella.

Quiero preguntarle si lo que siente por mí no es suficiente como para transgredir su moral.

Quiero que me diga si estaría dispuesta a perderme por mantenerse justa.

Pero la respuesta me da tanto miedo que no soy capaz.

—Ilusa —siseo—. ¡Ryosuke querrá venganza! ¡Ahora tiene un motivo, nada que perder y el apoyo de Raine Andrews!

Me cuesta respirar.

Cada bocanada duele como si el aire llevara cristales.

—¡Ahora! ¡Pero antes no! ¡Antes todavía podía arreglarse! ¡Todavía podíais salvaros los dos!

Antes de Alexa, me habría contentado con la devoción de Mai o el respeto de Tatsuki Hokke, pero ella me ha hecho creer que merezco amor… solo para dejarme claro que no el suyo.

—Dime que te arrepientes —le ordeno, rota.

Dime que me amas.

Alexa se tensa y durante un instante veo el miedo en sus ojos, el terror advirtiéndole de lo que ha desencadenado. Es solo un segundo, porque el verde de su mirada se llena de un tono de arrogancia que no reconozco.

—No.

Siento el ardor en la palma de la mano antes de tomar la decisión.

Le cruzo la cara y todo ocurre en un segundo. La culpa me arranca una punzada de dolor. Pero también siento rabia, e ira… Y, sobre todo, me siento traicionada.

El dolor que eso me provoca es un animal escurridizo, herido y peligroso, que se retuerce en mis costillas, araña desde dentro mi caja torácica y aúlla.

—Me has traicionado. Has traicionado a tu Emperatriz.

Alexa me mira con los ojos abiertos de par en par. Se lleva los dedos a la mejilla que empieza a ponérsele roja y me contempla con horror. Como si esto fuera lo más grave de todo.

Ella ha liberado a mi mayor enemigo.

Ha dejado ir a una persona que no solo amenaza mi vida, sino la existencia de todo por cuanto he luchado desde que tengo uso de razón.

Y me mira así…

—Largo —mascullo.

Tarda unos segundos en reaccionar, los mismos en los que las lágrimas me asaltan.

Las contengo. No derramo ni una sola frente a ella.

Tampoco Alexa, que a pesar de tener la mirada brillante y los ojos enrojecidos, se muerde los labios y me da la espalda.

Me quedo sola, igual que estaba antes de que llegara, aquel día que bebí el veneno de Akane. Entonces solo creía que había una salida…

Estaba equivocada. El único camino es luchar, luchar siempre, sea cual fuere el coste.

Me seco las lágrimas que corren silenciosas por mi rostro, y cuando me retiro a mis aposentos y veo mi reflejo, me detengo un instante.

Qué parecida me veo a esa niña que lloraba aquellas noches en las que la arrastraban fuera de la cama para enseñarle que nunca podía bajar la guardia.

Y lo odio.

Lo odio profundamente.

Me seco con cuidado las lágrimas, fijándome en el maquillaje. Me retoco la sombra de los ojos, el corrector que cubre las ojeras, los polvos que matifican las zonas que las lágrimas han dejado brillantes…

Y vuelvo a pintarme los labios.

Pero incluso habiendo cambiado el rostro que me devuelve la mirada, los ojos siguen siendo iguales, y su imagen sigue doliendo.

Me alejo del espejo, salgo del cuarto y cruzo la sala de estar sin tener muy claro lo que hago, pero en el momento en que atravieso la puerta que lleva a los aposentos de Tora y entro sin llamar comprendo enseguida que no quiero seguir sola.

No me lo merezco.

No soy tonta. Cuando pregunta qué ocurre y me lanzo a sus brazos para robarle un beso, sé que no siente por mí lo que esperaría de un gran amor.

Sin embargo, no me importa. Ahora me basta, igual que en su día me bastaba con Mai, con Tatsuki, con Yaku o con todos los demás…

Al recobrarse de la sorpresa, me rodea la cintura con las manos y me devuelve un beso cuya pasión alivia un poco el dolor lacerante entre las costillas.

—¿Estás bien? —pregunta.

Yo asiento, tomo su rostro entre las manos y le doy un beso largo y lento que ahoga la verdad.

Luego, Tora me desnuda.

Lo hace sin volver a preguntar, con movimientos certeros y bien acompasados y yo me dejo guiar por esas manos seguras que me quitan la ropa sin asomo de vacilación.

Él me comprende. Él sabe qué sacrificios requiere haber nacido así.

Cuando acordamos esta relación me aseguró que no le interesaba físicamente y ahora, cuando se arrodilla frente a mi cuerpo desnudo y me agarra las caderas, sé que era mentira.

Y yo me aferro a eso, al deseo que no es amor, a la devoción que no es cariño, al hambre que no es ternura.

De momento, hoy me sirven. Las caricias y los besos y el placer son suficiente para hacerme sentir menos miserable.

Esta noche me acuesto con Tora y, al acabar, cuando me sonríe y pregunta con cuidado qué ha ocurrido, me doy cuenta de que no va a ser la última vez.