Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 33 Neal En algún lugar a las afueras de Tokio 18 días para el solsticio de verano
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33 Neal En algún lugar a las afueras de Tokio 18 días para el solsticio de verano

L legamos a Tokio cuando aún quedan unas horas para el atardecer.

—¿Dónde mierda estabais? —Nos recibe Kai, que entrenaba con un bokken en el jardín.

—Resulta gracioso que creas que eso es de tu incumbencia —respondo yo.

Kiera me fulmina con la mirada.

—Teníamos que resolver algo, pero ya hemos vuelto —contesta ella, procurando quitarle peso al asunto—. ¿Cómo vamos?

—Mal. ¿Tú qué crees? Van a matarnos junto a millones de personas en dieciocho días. Vamos jodidamente mal, Kiera. —Deja el bokken en la pasarela de madera que bordea la casa y nos hace un gesto con la cabeza—. Ryosuke quiere hablar con vosotros.

—¿Con nosotros? —se sorprende ella.

—Con el Skytree o la Agencia Hawk —contesta, y me señala con el mentón—. Con él.

Echamos a andar tras él, que se mueve con paso acelerado.

—¿Anna ya lo ha tanteado? ¿Va a colaborar?

Kai suspira.

—Anna lo ha tanteado —confirma—. Y deberíamos tener esta reunión antes de que Akane regrese de la ciudad.

—¿Por qué? —pregunto yo.

Kai me mira por encima del hombro, sin detenerse. Llegamos a la parte posterior de la casa y se apresura a pasar por una de las entradas.

—Porque no va a dejarnos seguir adelante con el plan.

Atravesamos un par de salas hasta que encuentra a Ryosuke y, entonces, averiguamos por qué cree eso.

—Díselo —le espeta Kai—. Diles cuáles son tus condiciones para pedirle barcos a Andrews.

Ryosuke nos ha ofrecido asiento en una mesa baja en el tatami. Kiera y yo nos hemos sentado frente a él, pero Kai se ha quedado junto al fusuma abierto que da al jardín, con los brazos cruzados frente al pecho y expresión impaciente.

—¿Está dispuesto a colaborar, señor M ō ri?

—Puede llamarme Ryosuke, comandante —responde, con rapidez—. Al fin y al cabo, vamos a conspirar juntos.

Sé que es algo mayor que nosotros, pero sus rasgos son todavía jóvenes. Lleva el pelo corto, peinado con elegancia hacia atrás, y viste un kimono más formal que el haori que lleva Kai, también de colores oscuros y sobrios motivos que imitan olas de plata.

—Ryosuke —interviene entonces Kiera—, ¿está dispuesto a fingir un golpe de Estado para llegar a Andrews?

El príncipe se gira para mirarla. Si le sorprende que una soldado raso se encuentre en la reunión que va a decidir el futuro del Imperio, lo disimula bien.

—Anna Sinden me ha explicado la situación. Si es cierto y creen que Andrews me concederá esos barcos… pueden contar con mi apoyo. No deseo la guerra, nunca lo he hecho, aunque todo el mundo se atreva a señalarme con el dedo y a afirmar que soy un usurpador ambicioso —escupe.

Lo observo detenidamente: la línea severa del mentón, la mirada cansada y ese porte que a pesar de todo es regio.

—Inoue ha hablado de condiciones.

El príncipe asiente con solemnidad.

—En realidad, solo hay una —confirma, sin titubear—. Quiero la cabeza de mi hermana.

Kiera se esfuerza por mantenerse impasible, pero no le sale bien. Se yergue un poco y tras intentar contenerlo deja escapar el aire con fuerza.

—Quiere que le ayudemos a cargarse a la puta Emperatriz de Japón —matiza Kai, por si no había quedado claro.

Las cigarras cantan en el jardín. Es todo cuanto se escucha al quedarnos en silencio.

Ryosuke M ō ri, arrodillado de forma elegante frente a la mesa, no reacciona ante las palabras. Permanece serio y, comprendo, inflexible.

Porque no tiene nada que perder.

Solo tiene una petición. Todo lo demás no le importa.

—¿No habrá guerra si la Emperatriz muere? ¿Ni represalias contra el resto de su gobierno? —pregunto.

Él niega concisa y lentamente con la cabeza.

—Tengo un contacto en Palacio. Alguien muy cercano a la Emperatriz que me encontró en cuanto hui y me ha estado contando todas las atrocidades que comete en nombre del Imperio.

Su gobierno no tendrá inconvenientes en apoyarme —responde—.

No habrá resistencia, ni por parte de los clanes, ni del consejo, ni del propio ejército.

Sin embargo, estoy dispuesto a negociar también por el Imperio si lo que quieren es gobernar Japón.

A mí me da absolutamente igual. No me importa no ascender al trono si eso significa que veré a Echo muerta —declara, destapando todas sus cartas.

Lo miro a los ojos y comprendo que dice la verdad.

No le importa Japón. No le importa el Imperio de su padre.

Imagino que prefiere subir al trono, hacer aquello para lo que le enseñaron que nació como primogénito… pero odia tanto a su hermana que puede sacrificarlo si logra llegar a ella.

—Eso es… —empieza Kiera—. Eso no… No podemos…

—Lo haremos —zanjo yo.

Kiera se gira en redondo sin disimular su espanto.

—No. ¡Ni hablar!

Le dedico una mirada, solo una. Kiera guarda silencio.

Luego, vuelvo a M ō ri.

—No nos interesa el gobierno, solo los recursos de Andrews. Consígalos y le entregaremos a la Emperatriz.

M ō ri asiente, pero no sonríe.

—Primero mataré a mi hermana y después pediré los barcos. No es negociable.

También yo me mantengo inflexible cuando respondo:

—No nos jugaremos el cuello sin estar seguros de que Andrews accederá.

Ryosuke alza un poco el mentón. Me evalúa en silencio unos segundos.

—Llamaré a Andrews, conseguiré los barcos y estableceré una fecha. El día que deje pasar la flota será el día que la Emperatriz muera. Conseguiremos lo que queremos a la vez para asegurarnos de que ninguna de las dos partes se echa atrás.

Le tiendo la mano y M ō ri me la estrecha con firmeza.

Esta vez, Kiera no hace ni dice nada.

—Tenemos un trato.

Asiente, se pone en pie y hace una pequeña reverencia. También yo.

—Tenemos dieciocho días, comandante —declara, ya camino de la puerta—. Le sugiero que piensen bien cómo van a meterme en Palacio para matarla. Si el plan no me convence, no me importará cuántas vidas se perderán: no habrá barcos.

Ryosuke M ō ri abandona la estancia y los tres nos quedamos a solas.

Kai se mantiene junto al marco del fusuma , con una pierna cruzada sobre la otra y los brazos frente al pecho.

—A Akane le va a encantar. Al falso golpe de Estado vamos a sumarle una decapitación imperial.

Kiera me contempla con intensidad.

—¿Qué acaba de pasar? —inquiere, recelosa.

Ha visto mi mirada y ha confiado en mí, pero no lo entiende.

Yo le hago un gesto con la cabeza a Kai, que cierra las puertas y se acerca para escucharme mejor.

—No vamos a darle a la Emperatriz. Nosotros no hacemos eso.

Kai suelta una risa seca.

—Ese puto demente no te entregará la flota si lo traicionamos.

—Entonces traicionaremos a la Emperatriz —sentencio yo.

Kiera frunce el ceño, Kai arquea las cejas.

—¿Estás sufriendo una embolia? ¿O soy yo? ¿No acabas de decir lo contrario?

—Le diremos a Echo que tenemos a Ryosuke.

Así lo meteremos en Palacio; pero no le hablaremos de los barcos.

No queremos que se ponga nerviosa. Cuando lo tengamos dentro le entregaremos a la Emperatriz, pero no dejaremos que la mate.

Le haremos creer que escapa; no podrá culparnos de eso y los barcos ya habrán sido interceptados por el Sktytree.

No podemos engañar a Ryosuke; ahora mismo lo necesitamos…

igual que también necesitamos a quien gobierne Japón.

—Y si queremos los barcos de Andrews… esa no puede ser Echo Akiyama —comprende Kiera.

—Debe ser Ryosuke. Lo pondremos a él en el trono y protegeremos a Echo.

—No vamos a matarla, pero sí a destronarla —murmura Kai—. ¿Os dais cuenta de que es la misma puta locura?

—Nos damos cuenta —confirmo y le dedico una mirada—. Tienes que volver a Palacio y hablar con Alexa Lalanne.

Suelta una risa seca.

—Además quieres que su amante te ayude a urdir la traición… —Sacude la cabeza con diversión y le dedica una mirada a Kiera—. ¿Te pone toda esa arrogancia?

—Si la ama de verdad nos ayudará, porque será la única forma de que Echo conserve la vida —respondo.

—Eso, o decide contárselo todo y matan al mensajero.

—Iré yo —declara Kiera—. Alexa me escuchará. Tú solamente encárgate de llevarme hasta ella.

No puedo decirle que esa idea me parece una mierda; no cuando Kai me mira fijamente, con una ceja negra arqueada y expresión retadora.

—Desde que saqué a Hikari y a los demás habrán mejorado la seguridad —dice, un poco más serio—. No va a ser fácil.

—Pues no tenemos mucho tiempo.

Kai nos mira a los dos alternativamente, hasta que acaba suspirando.

—Mañana iré a ver cómo está el asunto. Resta decir que esto no se lo podemos contar a Akane.

Kiera asiente.

—Le diremos que Ryosuke ha aceptado, pero no le hablaremos de la condición. —Hace una pausa—. ¿Y Aya y Mitsuki? Si va a haber una revuelta en Palacio tal vez deberían estar enteradas para que puedan protegerse.

—Yo no se lo contaría tampoco —apunta Kai—. Cuantas más personas lo sepan más peligroso será. Hablaremos con Ryosuke, que nos asegure que estarán a salvo.

—Estoy de acuerdo —conviene Neal.

Los tres asentimos y nos quedamos en silencio: vamos a cometer alta traición.