Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 32 Kiera En algún lugar de Kamakura 19 días para el solsticio de verano
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32 Kiera En algún lugar de Kamakura 19 días para el solsticio de verano

N eal desliza la mano entre mis piernas y cuando siente el deseo que arde allí emite un quejido ronco que me acaricia la columna. No puedo evitar moverme contra su mano y él me dedica una sonrisa antes de mirarme a los ojos, morderse el labio inferior e introducir un dedo en mi interior.

Echo la cabeza hacia atrás y me apresa la espalda para impedir que me resbale de su regazo.

También yo lo busco, con avidez, mientras vuelvo a besarlo. Se la agarro como sé que le gusta, suave y un poco más fuerte después, y me esfuerzo por no perder demasiado la cabeza cuando hunde un segundo dedo en mi interior y todo mi cuerpo reza por más.

Neal me besa. Me agarra del cuello con suavidad sin dejar de mover los dedos dentro de mí y un instante antes de derretirme entre sus brazos se detiene.

—Fuera —me ordena, con voz ronca—. Ahora.

El deseo empapa su voz cuando se levanta y puedo ver lo que antes he sentido entre los dedos. Me falta un poco el aliento.

Ambos hacemos amago de secarnos, pero no acaba bien. Acabamos enredados, brazos y piernas y mordiscos y algún lametón malintencionado que me deja el pecho sensible y anhelante. Regresamos al dormitorio, me dejo caer sobre el futón y entonces me doy cuenta de que Neal se detiene.

—Ven aquí —lo llamo.

Pero no obedece. Me contempla desde arriba con los pómulos encendidos, la respiración agitada y los músculos de sus pectorales flexionándose cuando inspira con fuerza.

Me da la espalda y no lo entiendo, pero Neal regresa enseguida.

Se arrodilla en la cama sobre mí y entonces veo que tiene algo entre los dedos.

Rasga el envoltorio de un condón con los dientes y a pesar del deseo que enturbia mis emociones y el anhelo en cada fibra de mi cuerpo, una risa de verdad me asalta cuando imagino a Neal Kellum comprando preservativos sin que me diera cuenta.

Ahora me parece absurdo. Después de lo que nos ha contado Markel esta mañana, casi parece innecesario.

Pero supongo que eso es lo que importa ahora. Solo podemos permanecer cuerdos si fingimos que hay futuro más allá de estos diecinueve días.

—¿Te parece bien? —inquiere, dubitativo.

Creo que Neal ha malinterpretado mi gesto.

Me apoyo sobre los codos y me incorporo para ponérselo yo misma.

Echa la cabeza hacia atrás, estirando los músculos poderosos del cuello y suelta un gemido grave que suena como una maldición y que me provoca una oleada de placer sin que me haya tocado siquiera.

Me tumbo y él me sigue. Planta un brazo junto a mi cabeza, siento el delicioso peso de su cuerpo aprisionando el mío y entonces murmura contra mis labios:

—Todavía no.

Casi me atraganto.

—¿Qué? —pregunto, confundida y casi sin voz.

Y Neal vuelve a deslizar la mano entre mis piernas, recorriendo con dedos hábiles el centro de mi gravedad antes de volver a metérmelos.

—No te quiero hacer daño —murmura, con voz ronca y a mí se me escapa un quejido de protesta.

—Neal, por favor… —le imploro, desesperada.

Pero se traga mi protesta en un beso exploratorio, profundo y demasiado lento para el fuego que arde aquí adentro.

Siento su polla contra la cadera y esos dedos que harán que pierda el control penetrándome sin d ejar de acariciarme hasta que el deseo se concentra en un punto brillante y tenso que me lleva al abismo y me corro con su mano.

Jadeante, observo cómo se detiene para mirarme, apartarme un mechón de pelo de la cara y darme un beso en la comisura de la boca que enseguida extiende por mi mandíbula.

—¿Vas a follarme ya? —pregunto, prácticamente al límite.

A Neal se le escapa una risa ronca y, de pronto, me agarra de la cintura, tira de mí y me incorpora hasta que estoy sobre él y noto la dureza de su longitud entre mis piernas.

—Primero vas a follarme tú —murmura, contra mis labios, y me da un suave mordisco—. Enséñame cómo te gusta.

Prácticamente me vuelvo líquida entre sus brazos. Me agarro a sus hombros, lo beso y me acomodo sobre él.

Me quedo sin aire cuando la siento dentro y al volver a deslizarme hacia arriba comprendo que no la he metido del todo.

Por eso quiere que sea yo. Neal Kellum es un buen chico incluso cuando tiene esas malas ideas danzando en los ojos verdes y me observa como si yo fuera un manantial y él llevara días sediento.

Desliza una mano enorme por mi espalda y jadeo contra su cuello cuando me estrecha con fuerza, y una vez que ha entrado entera ya no me detengo.

La presión es deliciosa. El tacto de sus manos en mi espalda me ancla a él y a este lugar en el que no importa nada más allá de este rostro hermoso, este cuerpo anhelante y esa mirada que es solo para mí.

Y entonces, cuando estoy cerca de correrme por segunda vez, Neal me clava los dedos en la piel, me da la vuelta y me tumba de espaldas antes de ponerse sobre mí.

—Mi turno —ronronea, y entonces dejo de pensar.

La realidad pierde su centro de gravedad cuando me la vuelve a meter y comienza a moverse a un ritmo que me roba el aliento y me arrastra por el borde del abismo sin remedio.

Sus embestidas son brutales y, aun así, siento la contención en sus gestos, la tensión que se acumula en sus músculos, en el abdomen flexionado y los hombros anchos… Lo abrazo, tiro de él para sentirlo cerca y le rodeo la cadera con las piernas sintiendo que nada es suficiente.

Neal me hace el amor como es él; intenso y tierno y tan brusco como para que pierda la razón, y entonces, cuando un segundo orgasmo me atraviesa de lado a lado, siento cómo también él se acerca al límite. Me agarra con fuerza y me penetra tan duro que me muerdo los labios para no hacer más ruido.

Un instante después, se derrumba sobre mí y su calor me envuelve.

Neal debió de levantarse en algún momento de la noche, porque la mañana nos sorprende bajo las mantas.

Es muy temprano, apenas ha amanecido cuando despierto.

La luz entra por las ventanas que dan a la costa y la isla que ayer veíamos desde la playa queda oculta en una neblina muy baja que el calor disipará lentamente.

Siento el abrazo de Neal como un peso del que no puedo, ni deseo, escapar. Su poderoso brazo me cubre el pecho y noto su respiración en mi cuello cada vez que toma aire, profundamente dormido.

El olor de Neal lo envuelve todo y durante unos instantes vuelvo a quedarme medio dormida, arropada por su calor y la seguridad que me transmite este cuerpo.

El estómago, sin embargo, me ruge.

Al volver a abrir los ojos compruebo que las marcas del brazo, esas que le hizo una anomalía a punto de destrozarlo, han empezado ya a desaparecer.

Neal masculla algo en sueños cuando deslizo por su brazo los dedos y un segundo después siento cómo inspira con fuerza contra mi hombro.

—Buenos días —murmura y esa voz ronca y grave despierta otro tipo de hambre en mí.

Dios mío…

Debería serenarme un poco.

Me aclaro la voz.

—Hola. ¿Has dormido bien?

Neal se despereza y se estira antes de apartarse de mí.

—De maravilla. ¿Y tú? ¿Te he aplastado mucho? —Sonríe un poco y se le marca un hoyuelo en la mejilla que lo hace parecer más joven y mucho más inocente de lo que es.

Quién lo habría imaginado.

—En absoluto —contesto y me incorporo antes de estirarme también, sin darme cuenta de lo que provoco. Algo dormido despierta en sus ojos y la sangre se me calienta, pero me esfuerzo por ponerme en pie—. Tengo mucha hambre.

No he terminado de levantarme cuando me agarra de la muñeca y tira de mí hacia atrás. Si Neal Kellum no fuera asquerosamente ágil, me habría arrojado al suelo; pero se asegura de rodearme la cintura y amortiguar la caída con el brazo antes de terminar de nuevo sobre mí.

—¿Me acabas de hacer una maldita llave?

Me arde la cara.

—No —responde, con una sonrisa insolente—. Es que yo también tengo hambre.

Se inclina sobre mí, me besa el cuello y desliza la mano por mi cintura respetando una línea que mi cuerpo parece querer que Neal cruce enseguida.

Se me escapa un gemido y mis caderas se mueven sin permiso hacia el contacto de su excitación.

Es todo cuanto necesita.

Neal emite una risa ronca, se lo toma como el permiso que esperaba. Sus dedos vuelan a mi pecho y su boca se afana en la tarea de hacerme perder la cabeza… otra vez.

Además de un desayuno a base de arroz al vapor, salmón a la parrilla, tamagoyaki y sopa miso pedimos parte de lo que debieron servir ayer en la cena: sashimi fresco, tempura ligera y algo de carne.

No le pregunto a Neal cuánto tiempo piensa ignorar al mundo ahí fuera cuando me pide que vuelva a ponerme el bañador y conduce de nuevo hasta la costa.

Es fácil acallar los remordimientos cuando miro a este hombre bueno y decente al borde del colapso, sumergido hasta la cintura en el mar, mirando con preocupación las olas a pesar de que finge estar bien.

No se merece esto.

No lo merece nadie.

Así que nado con él, volvemos a jugar en la orilla y esta vez no nadamos hasta esa cala más oculta. Nos quedamos aquí, viendo pasar el tiempo, hasta que el sol anuncia la llegada del mediodía y entonces sé que debo destrozar la fantasía.

Neal se encuentra tumbado en una toalla en la arena, con los codos flexionados, el rostro echado hacia atrás y el cabello rubio oscurecido por la humedad.

Me gusta cómo le queda peinado hacia atrás, un poco salvaje y revuelto por el mar.

También me gusta la forma en la que el sol le ha tostado enseguida las mejillas.

Me gusta su respiración tranquila, la manera en la que las gotitas de mar resbalan por su piel, un poco erizada por la brisa.

Me gusta cuando parece un hombre normal.

Pero no lo es.

Tampoco yo soy una mujer normal.

—Estas horas han sido un regalo —murmuro. Neal abre los ojos y me mira como si supiera qué voy a decir—. Pero no podemos quedarnos aquí más tiempo.

Aprieta la mandíbula, mira al frente y cierra los ojos con una sonrisa cansada. Cuando vuelve a abrirlos, hay algo en ellos que me resulta familiar, pero no sé interpretarlo al principio.

—Podemos recogerlo todo y volver ahora. Llegaríamos antes del atardecer. Nos daría tiempo de pasar por casa de Akane, descubrir cómo han ido las conversaciones con Ryosuke y poner en marcha las cosas en el Skytree.

Asiento.

—Bien.

Él sacude la cabeza, porque no ha terminado.

—Podemos volver… o podemos quedarnos aquí.

Me mira fijamente a los ojos.

Entonces me doy cuenta. Lo que hay en esos iris verdes es lo mismo que vi durante aquella misión en Kanazawa en la que decidí arrebatarle el último recurso.

Me ofrece una salida a todo este horror.

Creo que el mismo instinto que despertó en él el Amanojaku habla ahora; o tal vez sea diferente. Quizás este deseo de huir esté aún más retorcido por el miedo y el cansancio extremos.

—¿Quedarnos aquí… para siempre? —pregunto, con suavidad.

Neal se pasa la lengua por el labio inferior, pero no hay provocación en el gesto, solo la vacilación de alguien que no sabe cómo continuar.

—Quizá no podamos impedir lo que ocurrirá durante el solsticio de verano, pero podemos elegir cómo vivir hasta entonces.

Tomo aire con fuerza.

—No.

Neal frunce el ceño ante una negativa tan tajante.

—¿Por qué?

—Funcionará durante dos o tres días. Y después querrás volver.

—No. Kiera, yo…

—No —lo corto—. Tendrás que hacerlo. Tendrás que regresar. Tú y yo queremos vivir igual durante el tiempo que nos quede, aunque ahora no te des cuenta.

—¿Y cómo es eso?

—Quiero vivir luchando —respondo, sin dudar—. Y tú también.

Cierra los ojos con fuerza, pero vuelve a abrirlos enseguida y sé que no va a replicar cuando toma mi rostro con una mano grande, de palma áspera, y se inclina para depositar un beso en mis labios.

—Vale —acepta, con cierto derrotismo en la voz.

Me pego más a él y apoyo la frente en la suya.

—Pase lo que pase haremos todo lo posible y lo haremos juntos.

Siento su sonrisa contra mis labios.

—Detesto que seas tan valiente —miente.

Una hora después, estamos de camino a Tokio.