31 Neal En algún lugar de Kamakura 19 días para el solsticio de verano
A ún es temprano cuando le digo a Kiera que se suba al Humvee y arranco el motor.
Pone la radio unos minutos, pero la quita enseguida y se queda en silencio, con la cabeza girada hacia la ventanilla.
La imagen de su perfil me recuerda mucho al primer día que la llevé a nadar; tan seria y taciturna, tan asustada por lo que empezaba a pasarle sin que yo fuera consciente.
Tampoco hoy hace preguntas, no hasta que llevo un rato conduciendo y alguno de los carteles le advierte de que estamos alejándonos de Tokio.
—¿A dónde vamos?
Se me escapa una risa que toma a Kiera por sorpresa.
—Llevas más de media hora montada en el asiento del copiloto. ¿Crees que este es momento de preguntar?
La sonrisa que se desliza por su boca es demasiado débil y una punzada de dolor me atraviesa.
Ojalá pudiera prometerle que todo va a salir bien; pero soy incapaz de mentirle.
—¿Tienes un plan? —pregunta, con prudencia.
Pienso mucho cómo darle esa respuesta.
—¿Para detener a Andrews? Solo lo que he propuesto con todos.
Kiera se gira en redondo, arquea una ceja elegante y sube el pie al asiento.
—¿De qué otro plan podríamos estar hablando? —comprende, con un brillo de interés en la mirada.
—Si te preocupa a dónde te llevo, deberías haber preguntado antes de subirte.
Esta vez, la risa es real.
—Es la segunda vez que me haces esto, Kellum. Voy a empezar a desconfiar de ti.
—Estarías en tu derecho —contesto, y sigo conduciendo.
Solo atravesamos un par de controles a las afueras de Tokio. Luego, los militares desaparecen durante un buen rato, hasta que llegamos a la entrada de Kamakura.
Antes de venir, me he asegurado de que el ambiente sea tranquilo…
todo lo tranquilo que puede ser mientras ahí fuera siguen las revueltas.
Hubo un pequeño motín con la policía local, pero tengo entendido que se sofocó durante las primeras horas, y aunque las medidas de Echo sí hayan llegado, la guerra aquí solo es un rumor de fondo y una leve tensión que ha vaciado un poco las calles.
El peso de la última reunión sigue sobre nuestros hombros el resto del viaje, llenando de ruido el silencio.
Preguntas que no hacemos en voz alta, ideas que mueren antes de nacer, la terrible incertidumbre…
Y sobre todo lo demás no deja de aparecérseme la imagen del Shinigami rodeando a Kiera con un brazo.
Solo cuando aparco y Kiera me dedica una ceja arqueada consigo librarme un poco de esa sensación opresiva en las costillas.
Se ha quedado mirando por la ventana del Humvee el lugar al que la he traído. Sin embargo, no pregunta antes de bajarse y seguirme hacia la tienda.
Cuando me hago a un lado para dejarle pasar, atraviesa el umbral muy pegada a mí, sin una sola palabra y con las pupilas fijas en las mías.
Tiene una sonrisa preciosa. A pesar de todo, la forma en la que se le curvan los labios es casi dulce, pero poco propia de ella.
—Busca un bañador —le digo—. Y gafas de buceo si las necesitas.
La carcajada que la atraviesa es limpia y suena a otra época, a otro mundo, a otra vida más sencilla.
La mujer que atiende en la entrada se sobresalta y ambos nos giramos enseguida para saludar con una breve reverencia.
Echamos a andar hacia el interior y Kiera se gira a medida que avanzamos para observar mejor el lugar. Esta vez, no se trata de una tienda especializada como aquella a la que la llevé. Esta tiene todo lo que podría necesitar alguien que ha venido sin maletas.
—¿No hemos venido un poco lejos a nadar? —inquiere.
—¿Quién te ha dicho que vamos a nadar?
La diversión, al igual que entonces, arde en esos ojos hermosos.
No se lo piensa mucho antes de detenerse frente a los bañadores y agarrar el bikini más incómodo y escandaloso de todos.
Lo levanta hacia mí, provocadora, y aguarda.
Solo imaginarla con él hace que también yo me sienta absolutamente indecente.
—Ese es perfecto —respondo, y me deleito con la forma en la que se le arquean las cejas sin querer, un poco incrédula—. Voy a comprar un par de cosas. Busca lo que necesites.
—¿Y qué necesito? —pregunta, sin dar crédito.
Me encojo de hombros.
—Improvise. Tengo entendido que se le da bien, soldado.
Me reúno con ella a la salida. No ha comprado más que un bikini, aunque no ese con el que pretendía escandalizarme. Yo, en cambio, lleno un par de bolsas de deporte que dejo en el maletero sin permitir que Kiera les eche un ojo antes.
No debemos conducir demasiado hasta que aparco de nuevo el coche y entonces, frente a la vista del mar, la playa desierta y a lo lejos la costa que queda más cerca de la ciudad, el brillo divertido en los ojos de Kiera se ve sustituido por algo diferente.
—Puedes cambiarte en el Humvee, aunque ahí abajo no suele haber nadie y no van a verte —le digo, mientras me deshago del comunicador de la muñeca.
—Neal —murmura mi nombre—. ¿Qué hacemos aquí?
Es una buena pregunta.
Aparto la mirada para centrarla en el horizonte.
La isla al fondo, la costa, la arena y las olas rompiendo contra las rocas…
Intento centrarme en ellas y en su rítmico encuentro con la tierra, pero solo consigo ver a Kiera con los pies colgando de una azotea y al Shinigami envolviéndola en un abrazo funesto mientras todo lo demás, el mundo, la paz y la vida, se desintegra.
—Creo que nos merecemos un par de días de descanso antes de que el mundo se vaya a la mierda.
Tarda tanto en responder que creo que no me ha oído.
—No podemos desaparecer —susurra y me mira como si esperara que en cualquier momento le dijera que solo es una broma.
—No vamos a desaparecer. Mañana volveremos a Tokio, veremos cómo la gente abandona las ciudades sin saber a dónde ir, presenciaremos robos violentos, vandalismo y muerte porque somos tan gilipollas que eso es lo que hacemos cuando el mundo se desmorona.
Traicionaremos a la Emperatriz de Japón y descubriremos si Anna ha convencido a Ryosuke para fingir un golpe de Estado… Pero hoy vamos a nadar en el mar.
Sus ojos se ablandan y sé que he ganado.
La playa está desierta. Es la ventaja de venir a nadar cuando la gente espera un exterminio total o teme la ira de una Emperatriz desquiciada.
Y a pesar de su reticencia, de la preocupación que le ha hecho dejarse el comunicador puesto y de los remordimientos que soy capaz de ver al fondo de sus ojos, Kiera acepta sumergirse en la fantasía.
Me reta a que la siga cuando echa a correr hacia el agua, finge que pierde velocidad para dejar que la alcance y se escabulle de entre mis brazos con una risa que me hace querer volver a atraparla enseguida.
Se zambulle en el mar sin pensar y contemplo cómo se le sonrojan lentamente las mejillas y los labios se le ponen un poco cárdenos.
Descubro a qué sabe el sol en su piel cuando le beso el cuello. Kiera me pasa las manos por los hombros, salta un poco y me rodea las caderas con las piernas para acomodarse de una forma que me hace apretarla más fuerte.
De lejos, en la playa que da a la ciudad, sí advertimos algunas personas que se acercan a la orilla a pasear, pero aquí estamos solos.
Sin embargo, a pesar de la soledad, no nos quedamos.
Las olas le llegan al estómago y a mí a la cintura.
Me acerco tanto a Kiera que siento el calor que desprende su cuerpo como un tirón que me empuja más a ella.
Deslizo los dedos por su pelo mojado y tiro un poco hacia atrás, hasta que me mira a los ojos.
Le quito la goma que lleva a la muñeca y le recojo el cabello cobrizo en una coleta mientras ella no deja de mirarme.
—¿Crees que aguantarás un par de kilómetros?
Entrecierra los ojos y una gota de agua salada se le descuelga de las pestañas. El reto, como siempre, le gusta.
—¿A dónde? —pregunta.
Le hago un gesto con la cabeza.
La formación rocosa contra la que rompen las olas es un risco que se adentra en el mar. Desde aquí, no se ve qué hay al otro lado, pero yo ya lo sé.
No tiene que pensarlo.
Echo a nadar mar adentro, la guío primero al interior, alejándonos suficiente del risco para que las olas no nos empujen contra él y giro después hacia la cala que nace al otro lado.
Aunque el viento es templado, también es fuerte y el mar está tan agitado como para que la travesía me cueste incluso a mí… pero así es mejor.
El ardor en los pulmones, la tensión en los hombros, el ataque continuado de las olas y el rugido del mar en los oídos: todo me aísla. Alejarme en el mar, curiosamente, me ancla a la Tierra.
Solo miro atrás por Kiera, que se esfuerza por seguir el ritmo y no protesta. Y sé que está bien cuando me detengo y en lugar de aprovechar esos valiosos segundos para recobrar el aliento intenta adelantarme con un esprint que la dejará más exhausta, pero también más divertida.
Atravesamos el mar como en un sueño. Peleamos contra las olas hasta que conseguimos adaptarnos a su cadencia y llegamos al otro lado de la orilla extenuados, jadeantes y felices.
Las rocas se extienden aquí en un acantilado que bordea toda la costa, donde a ratos la arena florece a los pies del risco.
Nadie viene aquí porque no se puede bajar desde la costa. Tan solo se abre durante apenas unos minutos una pasarela de piedra muy estrecha que conecta con la playa principal cuando la marea es extremadamente baja.
A nuestra espalda hay roca y cuevas. Tenemos el mar enfrente. Una isla con un faro se atisba en el horizonte lejano y entre las olas del mar, a unos metros, un torii sagrado se yergue sobra una roca que desafía la bravura del océano.
Kiera se queda ahí plantada, con el pelo empapado, los hombros subiendo y bajando al son de una respiración fatigada, las gotas saladas resbalándole por la espalda y las mejillas un poco quemadas.
—Es precioso —jadea, sin aliento.
Y no puedo resistirlo más.
Tengo que acercarme, sentir el tacto de su piel en mis manos.
Le acaricio el cuello, el hombro, la cintura…
Paseo los ojos por el sendero que trazan mis dedos y antes siquiera de que yo mismo recupere el aliento Kiera se gira hacia mí, me desliza los brazos por el cuello y me besa de manera profunda y un poco desesperada.
Acabamos tumbados en la arena, escatimando unos rayos de sol que no son suficiente para desterrar el frío de su piel erizada, aunque no se queja.
Se tumba sobre mi pecho, la abrazo contra mí y le deslizo los dedos por la espalda mientras pienso que a pesar de todo soy afortunado.
Puede que muera en unos días, pero no me siento desdichado, no con ella entre los brazos.
—¿Por qué sonríes? —me pregunta, y tardo un rato en comprender que lo estaba haciendo.
—Al despertar después del accidente, tuve un sueño parecido —le confieso—.
Acababa en pesadilla, pero antes de eso era bueno…
muy bueno: tú y yo en el mar, un día como otro cualquiera, en una vida más sencilla, sin anomalías, ni oni , ni una amenaza inminente.
Nos habíamos conocido en la universidad o tal vez en el trabajo.
Teníamos rutinas sencillas y preocupaciones mundanas. Éramos normales.
Kiera parpadea lentamente y una gota se le resbala de las pestañas. Qué azules son sus ojos junto al mar.
—Qué aburrido —bromea, y su voz me hace cosquillas en el pecho.
Sonrío y de pronto siento sus delicados dedos recorriendo la comisura de mi boca, mi garganta, los bordes de una herida que ya se cura sobre mi clavícula…
Los pasea después por mi pecho y acaba acariciando la cinta dorada que llevo en la muñeca.
Cuando vuelvo a mirarla, una sombra oscura le ensombrece la mirada.
—No te mereces estar aquí —susurra—, pero debo ser una persona horrible, porque me alegra que nos hayamos encontrado.
Deslizo la mano por su mejilla, un poco fría bajo mis dedos.
—Si pudiera volver a elegir, repetiría mis pecados, pronunciaría cada palabra condenatoria y volvería a reconciliarme con la muerte para esperarte cinco años. Esperaría toda la vida, Kiera, si supiera que podría tenerte un instante entre los brazos.
Me apoya una mano en el pecho y se inclina sobre mí al tiempo que cierra los ojos y me besa.
Es suave, pero solo al principio. Los labios le saben a sal y su cuerpo desprende un calor que rivaliza con el del sol.
Dejo que me bese hasta que no lo soporto, enredo una mano en su cabello mojado y le doy la vuelta para tumbarla sobre la arena y hacer mío este beso.
Exploro su boca con la lengua, la devoro en un beso lento y hambriento y ahogo un gemido contra sus labios cuando desliza los dedos por mi abdomen y juega a provocarme antes de que le aprese las muñecas sobre la cabeza.
No sé cómo conseguimos regresar al Humvee.
Aún quedan un par de horas de luz cuando aparco frente al ryokan y subimos a nuestro cuarto, y aunque cada fibra de mi cuerpo brame por ello, no me arrojo sobre ella en cuanto cierro la puerta.
La forma en la que me contempla no deja lugar a dudas. Es deseo lo que se consume al fondo de sus pupilas.
Pero el desarme es lento.
Dejo todo en el suelo.
La sigo al interior mientras se descalza.
Me quito la camisa y ella se desviste con precisión.
Acabamos en el onsen privado de la habitación con la excusa de quitarnos la sal de la piel.
El lugar se encuentra iluminado, pero el vapor que asciende de las aguas termales y la roca y la vegetación que bordean el pequeño estanque le confieren intimidad.
Es ella la que rompe este extraño estatismo y la línea que hemos trazado en la playa para atravesarla ahora.
Nada suavemente hasta donde estoy, se sube a horcajadas sobre mí y me besa mientras se acomoda en mi regazo.
Se le escapa un quejido cuando siente lo mucho que me afecta su cercanía y se mueve contra mi cuerpo de forma deliciosa.
Le clavo los dedos en el culo y apreso sus caderas contra las mías provocándole un ruidito que me enciende de forma peligrosa.
Le aparto el pelo a un lado, le beso el cuello con voracidad y estoy a punto de perder el control cuando me la agarra con suavidad y la mueve en una pasada lenta y perezosa que me lleva al límite.
Cuando me dedica una mirada vaporosa, de ojos entrecerrados, sé que estoy perdido.