30 Echo Palacio Imperial 19 días para el solsticio de verano
A lexa no me abre la puerta de sus aposentos.
Después de que la ignorara hace unos días, es ella la que se niega a recibirme ahora.
Podría entrar si quisiera; al fin y al cabo, todo el Palacio es mío. Pero no me parece bien.
Y ahora mismo yo no debería estar pensando en esto.
El Imperio se desmorona.
A cada acción de reconstrucción le sigue un derrumbe.
Una revuelta sofocada trae manifestantes, una medida que obliga al pueblo a quedarse seguro en casa llena las cárceles locales de alborotadores.
Los clanes avanzan en sus tareas y las conquistas traen nuevos problemas.
La represión debe ser dura, porque nos jugamos mucho.
Y esta reunión con el consejo parece hoy infinita.
Mi hermano no aparece. Tampoco creen que haya señales de que esté intentando contactar con posibles aliados, aunque imagino que si lo hiciera tendría mucho cuidado. Los clanes son cautos, actúan con total trasparencia y se aseguran de que conozca cada paso.
Están asustados. Temen una caza de brujas que acabe con otra limpieza.
Mejor así. Que todos tengan presente, a cada paso que den, las consecuencias de traicionarme.
Sin embargo, soy muy consciente de que cabe la posibilidad de que alguien en este Palacio lo esté ayudando a mantenerse oculto. Primero lo ayudó a escapar y ahora lo esconde de mí.
—¿Tenemos pistas del paradero de Ryosuke?
Todo el consejo me mira. Permanecen de pie frente a los tronos que ocupamos Tora y yo; el mío en el centro y el suyo, algo más pequeño, a mi derecha.
He debido de interrumpir la perorata de una mujer que proponía medidas para ayudar al clan Kiyowara a redistribuir los recursos en Kioto, donde siguen encontrando resistencia por parte de los comerciantes.
—No. Aún no —responde otro hombre, que adivina que hemos terminado con el tema de Kiyowara. Detesto que todos los días debamos enfrentarnos a los mismos problemas—. Mis soldados lo están buscando, pero algunos piensan que quizá se haya retirado.
—Una derrota en toda regla —apunta un anciano, y varios más asienten en señal de conformidad.
Eso me enfurece.
—Será derrotado cuando descanse bajo tierra en un agujero sin nombre —replico—. No justifiquéis vuestra ineptitud con suposiciones autocomplacientes. No me gusta.
Algunos se yerguen. Todos guardan silencio.
Nadie se atreve a decir nada y eso… eso hace que me arda más la sangre.
¿No deberían ayudarme? En su lugar se reúnen aquí y me cuentan a qué problemas nos enfrentamos, enredándose en las explicaciones que enaltecen las actuaciones de sus clanes, buscando siempre aquello que favorezca sus intereses y dando vueltas y más vueltas sin que nadie ofrezca nunca soluciones reales.
—Si no encuentras a Ryosuke en una semana serás expulsado de este consejo.
El anciano abre los ojos como si lo hubieran pinchado.
—Eso no es… —empieza, ofendido. Lo veo en la forma en la que se le dilatan las fosas nasales, el tembleque inesperado de su cabeza—. En toda la historia de este consejo nunca se ha despedido a un miembro. Es una norma para asegurarse de que el poder no corrompe a un Emperador.
—Pero yo soy Emperatriz —contesto, con una calma que no siento.
Todo esto me cansa y me drena una energía que no debería invertir aquí—.
Y creo que el resto de miembros de este consejo estarán de acuerdo en que cualquiera debe ser útil para permanecer en él.
Si no hallas a Ryosuke no te necesito. Y el Imperio tampoco. Otro clan ocupará tu lugar.
Abre la boca y mira a los lados.
Pero no encuentra el apoyo que busca.
Todos me miran y lo ignoran. Él debe cerrar la boca, guardar silencio y asentir antes de cruzar las manos sobre el regazo.
Seguro que los otros clanes se relamen pensando a cuál de sus parientes podrán colocar en el lugar del anciano.
—¿Alguien va a ofrecerme soluciones o es que todos queréis regodearos en las miserias a las que nos enfrentamos? —los reto.
Pasan unos segundos en los que pienso que nadie se atreverá a responder y me preparo para mi propia ira, que se arremolina como espuma de mar, esperando para estallar.
Pero alguien sí abre la boca.
Una mujer se aparta un poco del resto y, con absoluta serenidad y talante, sugiere:
—Hay algo que su majestad la Emperatriz puede hacer, aunque somos muy conscientes de que no le agrada la idea.
—Habla —le ordeno, con rotundidad.
Todos la miran con curiosidad, y cierto temor, pero la mujer no se encoge.
—Una línea de sucesión fuerte afianza el poder. Su hermano tendría dos rivales más a los que vencer: Tora Satake y el heredero.
El silencio devora la realidad. Abre sus fauces pútridas y se traga esta sala y a estas personas, hasta que me cuesta distinguir entre los rostros que tengo delante y los de los médicos que me dijeron que mi hija había nacido muerta.
«Su corazón dejó de latir hace horas».
«Ha sido una cardiopatía congénita».
«No podríamos haber hecho nada».
El suelo tiembla y cuando veo sus expresiones me doy cuenta de que solo yo lo siento.
Clavo los dedos en el trono y lucho por enfocar ese rostro que se desdibuja en la neblina de los recuerdos antes de armarme de valor y convertir en ira el dolor, pero Tora se me adelanta.
No habla, pero sus movimientos me alertan.
Se pone en pie con decisión y la exquisita tela negra de su haori se mueve con él de forma grácil cuando desciende del trono y camina hacia la mujer.
Es tan silencioso, tan rápido y certero, que tardo un rato en comprender lo que ocurre cuando advierto que la mujer da un paso hacia atrás y se tambalea.
Creo que al resto de la sala le sucede lo mismo. Al principio, no lo entienden.
Al conseguir enfocar la vista descubro que la consejera se lleva las manos a la garganta.
Y la sangre brota de ella.
Se le escurre de entre los dedos mientras boquea, abre la boca e intenta decir algo, pero no lo consigue.
El silencio solo es roto por la voz templada de Tora, que no alza el tono.
—La Emperatriz dictaminó que cualquier comentario sobre su cuerpo sería considerado blasfemia y castigado con la muerte. Así que esto no debe sorprenderla —le dice como quien charla del tiempo a la mujer que se desangra.
El contraste entre la serenidad de Tora y el horror de la mujer enfatiza aún más la tensión y hace que la escena parezca casi absurda, irreal…
Alguien grita. La gente se revuelve a su alrededor, alejándose de la consejera que se desangra en lugar de intentar socorrerla.
Entonces, veo el filo manchado del tant ō que Tora tiene en la mano.
Se lo limpia de forma elegante en el cinturón negro que cubre su hakama y vuelve al trono mientras a su espalda algunos corren hacia la salida, que los guardias cubren. Me miran, esperando órdenes, y una parte de mí que no sucumbe a la parálisis les dice que no con la cabeza.
La mujer deja de luchar, da unos últimos espasmos patéticos sobre un charco de sangre y después se queda completamente rígida. Tora me mira desde el trono de al lado como si se hubiera limitado a repetir una amonestación.
No hay horror en sus ojos, no como el que siento en el pecho, pero me detengo de nuevo en el cadáver y descubro que a pesar de todo su vista no me perturba más de lo que me hiere pensar en los hijos que engendré y perdí porque era lo que debía hacer.
Tora sigue contemplándome con calma y me doy cuenta enseguida de que debo aferrarme a esa seguridad.
No existen el bien ni el mal cuando se trata del Imperio… y el Imperio soy yo.
Soy como una montaña, como el viento o el mar.
Soy un volcán que ruge.
El suelo se estabiliza.
—No hemos terminado —declaro.
Quienes intentaban huir se detienen. Todos alzan de nuevo el rostro hacia mí, pero es solo unos segundos. Se apartan un poco del cadáver y bajan las miradas.
La reunión continúa.