29 KieraEn algún lugar a las afueras de Tokio 19 días para el solsticio de verano #2
Me baja la mirada por el cuerpo de forma lenta y meditada y me tenso mientras espero ver en ella el miedo que vi en Aya o en Mitsuki o en Travis… pero no ocurre.
Riku Hasegawa, el pirata, se acerca también un poco vacilante. Se pasa una mano por el pelo, cuyas puntas rubias le caen ya sobre la frente porque le ha crecido bastante, y se lo echa hacia atrás.
—Ey, ¿qué pasa?
Me tiende la mano para darme un apretón. Yo se la devuelvo, un poco descolocada, pero en lugar de ofrecerme un saludo formal, la toma entre las dos manos y la oprime con afecto.
—Hola, Riku.
—Esto… qué bien que… puedas andar.
Se me escapa una risa estrangulada. Trago saliva.
—Sí, es un alivio.
Riku da un paso atrás y me observa con cierto nerviosismo. Es demasiado transparente como para que no note que se muere por preguntar, pero al menos no parece asustado.
—Echo no nos permitió bajar a verte —me explica—. A Alexa y a mí nos encerró aquel día, aunque luego nos dejó salir.
—Sí, sí… —interviene Kai, impaciente—. Sabemos la historia y a todos nos encantan los reencuentros. ¿Podéis ir al grano?
Riku lo fulmina con la mirada. Va a decir algo, pero cambia de idea. Se gira hacia mí y vuelve a ablandar la expresión.
—Siento que te dejáramos sola, y siento que tuvieras que recurrir a medidas tan… desesperadas.
Un vistazo a Kai, que enarca una ceja elegante, me basta para saber a qué medida desesperada se refiere.
Miro a Anna, que continúa frente a mí con una sonrisa genuina en los labios, y estoy a punto de guardar silencio, pero la conciencia no me lo permite.
—En realidad, estoy viva gracias a Kai —confieso.
Anna tuerce un poco el gesto, aunque se esfuerza por ocultarlo tras una sonrisa que no es igual de natural. Riku no. Riku inspira con fuerza y aprieta los labios sin molestarse en disimular lo mucho que lo desaprueba.
Soy muy consciente de lo que le hizo Kai a Anna y también soy consciente de que Riku espera la misma lealtad que muestra él hacia su amiga, pero… no puedo fingir que lo odio, que no le debo nada.
—¿Y si volvemos al tema de las bombas? —sugiere Kai, de brazos cruzados.
No está haciendo muchos esfuerzos por ser amable.
Conmigo, a solas, no es tan idiota.
Riku regresa a su sitio, junto a Markel, igual que Anna, que opta por el asiento más alejado a Kai. Yo me acomodo a su lado.
Akane nos mira a todos antes de hablar.
—Tengo entendido que la misión no ha resultado como esperábamos; no del todo.
—No podemos detener a Andrews —murmura Markel.
Profundas ojeras le rodean los ojos castaños, que están enrojecidos.
En estos días en los que se ha quedado en la Mori no lo he visto volver a su cuarto asignado para dormir ni una sola vez.
Creo que Kai ha conseguido obligarlo algún día, pero el resto…
lo ha pasado encerrado en la sala con las bombas—. Soy incapaz de desactivarlas.
—Moe Standen ha contratado a más ingenieros, artificieros, expertos… Los ha traído de todos los lugares de Japón y nos ha puesto en contacto con gente de fuera. Todos coinciden en que no se pueden parar —añade Neal.
Anna suelta un resoplido.
—¿Cómo no van a poder desactivarlas? Es ridículo. Tiene que haber algo… —murmura.
—Nada. No hay nada. —Markel se pasa una mano por el pelo y aprieta la mandíbula—. Lo único positivo es que sabemos que Andrews tampoco puede activarlas antes de tiempo desde fuera. Están programadas para que estallen justo la noche del solsticio.
—¿Y sellarlas de alguna forma? —pregunto, con una esperanza muy pobre—. Podemos convertir la Mori Tower en una tumba: blindarlas para minimizar los daños, marcar un perímetro y evacuar a la gente.
Markel sacude la cabeza con energía y recoge una tablet de su regazo.
—No. Eso es imposible. —Nos muestra una imagen de toda la isla.
Tokio está señalizado con un azul eléctrico igual que otros lugares a lo largo de todo Japón—.
Tuve mis sospechas desde que vi las bombas el primer día, pero no había querido deciros nada por si me equivocaba.
No quería que cundiera el pánico… Pero ya da igual.
Los ingenieros del Skytree lo han confirmado hoy.
—¿Qué? —inquiero yo—. ¿Qué han confirmado?
Markel traga saliva.
—En cuanto las estudié un poco supe que esas bombas no serían suficiente para destruir toda la isla, pero son potentes: muy potentes.
A 14 kilómetros, la destrucción será total y absoluta: no quedará nada ni nadie.
A 28 kilómetros, los edificios que no colapsen quedarán inutilizados y sin luz, así que todo el mundo morirá igualmente.
A 100kilómetros los civiles que no acaben bajo los escombros, atrapados por los incendios o a oscuras…
tendrán una pequeña posibilidad. Cuanto más lejos, más probabilidades habrá de sobrevivir, pero, al final, los daños alcanzarán un perímetro de 600 kilómetros cuadrados en los que se producirán cortes de luz, fuego, derrumbes y oscuridad.
Me cuesta respirar.
Anna se lleva la mano al pecho.
Neal inspira con fuerza.
—¿Eso es…? —empiezo.
—Prácticamente toda la parte urbana —responde él, y traga saliva.
—¡Entonces hay que evacuar ya a la gente! ¡Si no se puede detener tenemos que alejarlos del radio de acción! ¿Cuántos son? ¿Cuántas personas viven en el centro?
Es Akane la que habla:
—Diez millones.
El corazón se me acelera y se me para de nuevo y el peso de esa cifra cae en mí de forma demoledora.
—Tenemos diecinueve días. Podemos hacerlo. Con la colaboración de la Emperatriz, si organizamos la evacuación, si la Agencia Hawk ayuda y…
—No lo entendéis —me interrumpe Markel—. No hay evacuación posible. —Agarra con fuerza la tablet y nos la muestra para que todos la veamos bien—. Este punto señala las bombas de la Mori Tower y este… es su alcance.
Al presionar en la imagen un filtro azulado se extiende sobre los 600kilómetros de los que nos ha hablado.
Entonces, advierto algo más.
—¿Qué son los otros puntos?
El miedo adquiere un sabor terroso en el paladar.
—Las localizaciones de las otras bombas —suelta, casi sin aliento.
Hay tres. Tres puntos azules más:
Kioto.
Ishikawa.
Fukuoka.
Markel los presiona de uno en uno y esa película azul se extiende.
No le digo que lo intentaremos igualmente, que procuraremos salvar el mayor número de vidas. Ahora tengo presente lo que ha dicho.
—¿Por qué dices que no hay evacuación posible, Markel? —me atrevo a preguntar.
Él traga saliva y toca algo en la pantalla.
Varios puntos violáceos se iluminan llenando el resto de prefecturas.
—Hace cuatro días, cuando encontramos las bombas de la Mori, el algoritmo ya había señalado otras localizaciones posibles.
Cuando terminé de estudiar las bombas, cuando comprendí su alcance real…
Le di cinco localizaciones a la Agencia Hawk.
Hoy han encontrado bombas en tres de ellas.
—Hace una pausa, pero nadie se atreve a decir nada.
Creo que no podemos—. Los puntos morados son el resto de sitios que ha señalado el algoritmo.
Se me nubla la vista y he de apoyarme en la mesa.
A mi alrededor, los demás estallan. Akane murmura algo que suena a una plegaria. Anna y Kai hablan a la vez e impiden que Markel responda y Neal se ha inclinado para arrebatarle la tablet de los dedos.
No sé si es lo que buscaba, pero se detiene cuando la imagen en la pantalla empieza a cambiar y los puntos morados se expanden igual que han hecho antes los azules.
Los huecos en blanco son apenas milimétricos. En algunas zonas, las ondas se mezclan unas con otras y prefecturas enteras aparecen cubiertas de color.
—Cabe esperar que algunos de los lugares no tengan bombas, pero, incluso así…
—Millones de personas morirán —termino por él.
Escucho un zumbido sordo en los oídos.
—Tengo que advertir a la Emperatriz —declara Akane. A pesar de que su rostro parece tan descompuesto como el de los demás, la fortaleza con la que habla es admirable—. Debemos salvar a los que podamos.
—¿Es que no has escuchado? —replica Kai, con hosquedad—. Ni siquiera sabemos si habrá lugares seguros.
—El Imperio cuenta con refugios —contesta ella—. No es mucho, pero…
—No es nada —la interrumpe Markel, con pesar—. Solo serán capaces de albergar a unos pocos miles de personas.
—Es una crisis y la Emperatriz debe saberlo —replica la Bruja—. Tenemos que avisarle.
A Kai no le gusta. Tampoco a Markel.
Ya no se fían de la Emperatriz… creo que ninguno lo hacemos ya.
Se ponen a gritar. Akane sacude la cabeza y Kai alza la voz con impaciencia. Anna permanece en silencio, pálida y con gesto grave. Y en medio de las voces y la tensión, Neal Kellum sigue contemplando algo en el mapa de nuestra destrucción.
Cuando alza el rostro, tiene la misma mirada que la del capitán de cuyo mando me advirtieron al llegar al Skytree: el más duro de todo Japón, el más disciplinado, el más implacable.
—No avisemos a la Emperatriz —sentencia, con voz templada—, sino a Ryosuke M ō ri.
Todos guardan silencio.
—¿A Ryosuke? —inquiere Akane, precavida—. ¿Por qué?
—Porque Andrews quiere colaborar con él para derrocar a Echo. Está dispuesta a poner todos los recursos que tiene en Japón a su alcance.
—Cuidado, comandante. Está hablando de cometer traición —le advierte la Bruja en un siseo.
—¿Para qué queremos los recursos de Andrews? —pregunta Riku.
Neal apoya la tablet en la mesa y la gira para que podamos ver bien el mapa. Las zonas azules y moradas se extienden como agua emponzoñada.
—Las Cinco Puertas del Infierno no son solo redes de pulsos, ¿verdad, Markel? Necesitan un soporte físico desde el que funcionar.
Este asiente.
—Bases navales, principalmente. Los Rebeldes estudiamos la posibilidad de romper el bloqueo por mar, pero nos dimos cuenta enseguida de que era imposible. Al final, los piratas como Riku pasaron simplemente a interceptar mercancía.
Neal asiente y pone un dedo sobre la pantalla.