Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 28 Kai Mori Tower, Roppongi 23 días para el solsticio de verano #2
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28 Kai Mori Tower, Roppongi 23 días para el solsticio de verano #2

Acabamos en un cuarto que parece un trastero, abarrotado hasta los topes de estanterías que hacen que tengamos que ponernos de lado para pasar.

Desde allí llegamos hasta unas segundas escaleras que conducen a un pasillo algo más amplio.

A los lados tan solo hay armarios de cuadros eléctricos y contadores.

Un soldado muy concentrado en su tablet recibe el codazo de un compañero y ambos se giran al vernos pasar.

—¿Eres famosa o qué? ¿Es por la propaganda de Andrews? —pregunto, sin poder contenerme más.

—Se ha extendido el rumor de que las anomalías no me hieren —responde, con tranquilidad.

Markel la mira en silencio.

—No te hieren… ¿Nunca?

—Nunca, a no ser que yo las hiera a ellas —responde, echándome un vistazo por encima del hombro. Por fin, se detiene frente a una puerta oculta en la pared, apenas unas rendijas invisibles. Kiera apoya la palma y la empuja, hasta que algún tipo de mecanismo cede—. Hemos llegado.

El interior es inmenso, mucho más grande de lo que cabría esperar después de los pasillos estrechos y los cuartuchos abarrotados.

Una luz azul ilumina una sala espaciosa que tiene como diez metros de altura. A ras del suelo, conectadas con metros interminables de cable, las que deben ser las bombas de luz emiten un destello azulado.

Son cápsulas del tamaño de una persona, todas ellas ovaladas y con la forma de un puñetero huevo gigantesco.

—Joder —murmuro.

Me quedo quieto, incapaz de abarcarlo todo en un solo vistazo: decenas de bombas, el extraño resplandor que lo ilumina todo y los hombres del Skytree agachados entre los racimos de explosivos, tomando notas o discutiendo.

Markel no se detiene. Echa a andar hacia la primera bomba inmediatamente.

—¿Es seguro? —pregunto.

—¿Caminar entre bombas que podrían barrer un país entero y que podrían ser detonadas en cualquier momento? Me parece que no.

Neal Kellum emerge de alguno de esos callejones que se forman entre las hileras de explosivos. Lo hace acompañado de un tipo que enseguida le presenta a Markel. Algún ingeniero.

Me dedica un vistazo, pero no se molesta en saludarme.

—El pequeño genio aún no había desarrollado por completo el algoritmo y, aun así, descubrió esto él solo cuando la idea todavía estaba en pañales —murmuro, admirado.

Me doy cuenta de que Kiera me observa detenidamente y no soporto el escrutinio, así que cambio de tema—.

Akane nos dijo que tenía razón sobre los oni … ¿Con qué os habéis encontrado?

Me hace un gesto con la cabeza.

—¿Damos una vuelta? Imagino que Markel necesitará tiempo.

Sigo a Kiera de nuevo, que se mueve rápida y certera entre los pasillos, ignorando las miradas.

Al final, entra en una sala que han llenado del equipamiento del Skytree. No tiene que pelear mucho para que le dejen tomar lo que quiere, alegando que lo ha pedido el comandante.

—¿Han ascendido a tu novio? —la provoco.

—Moe Standen lo tiene en alta estima —responde, iniciando de nuevo su rápido caminar.

De pronto, al doblar una esquina, estamos a punto de chocar con alguien que viene de frente.

—¡Perdón! —exclama Kiera.

Se trata de un soldado de tez clara y pecas en las mejillas que va a esbozar una disculpa cuando le ve la cara a Amell y se detiene.

Algo se tuerce en su expresión y da la vuelta por donde ha venido.

Kiera resopla y me hace un gesto para que continúe andando.

—¿Otro fan?

—Era mi sargento —responde, un poco apagada—. No le hizo mucha gracia eso de que me recuperara de un balazo mortal.

Me giro para verlo marchar por el mismo lugar por el que había llegado, solo para evitar a Amell.

—Parece un idiota.

Ella sacude la cabeza sin dejar de andar.

—En realidad, es buen tipo. Era mi amigo. —Aprieta los labios—. Por eso duele.

No dice nada más. Yo tampoco pregunto.

Me conduce hasta una sala abierta en esa misma planta.

Las mesas abandonadas, las sillas tiradas y la barra me dan una pista de que este lugar pudo ser un restaurante.

Kiera me hace un gesto para que la imite, y arrastra una de las sillas que mejor pinta tienen hasta los grandes ventanales que dan a la ciudad.

Se deja la bolsa que ha tomado en el regazo y al abrirla comprendo qué pretende.

—A ver esos puntos.

Pongo los ojos en blanco, pero una emoción que no tiene que ver con el hastío se desliza con sutilidad por mis venas cuando Kiera me agarra del brazo sin esperar a que se lo tienda y me sube la manga de la cazadora.

—Están bien. La herida está cerrada.

—Entonces te los voy a quitar —declara—. Seguro que te molestan.

Me deshago de la cazadora mientras ella se pone unos guantes y prepara el instrumental y yo no espero más.

—¿Y bien? ¿Habéis visto a alguno de los heraldos de Akane?

Kiera se inclina un poco adelante para ver mejor.

—Sí, a varios —responde—. Nos hemos cargado a siete Amanojaku.

—Mierda. ¿Suzaku estuvo a la altura?

Kiera inspira mientras empieza a deshacerse de los puntos.

—Son buenos… pero no lo suficiente. No para los Amanojaku. Los oni normales son una cosa, pero cada vez que nos enfrentamos a un heraldo hubo muchísimas bajas.

—¿Su influencia es tan fuerte?

Yo nunca he visto a uno de cerca. He conocido a matademonios que se han enfrentando a ellos.

Normalmente las cacerías son lentas y tediosas y seguirle la pista a uno es difícil, porque saben bien cómo cubrir sus huellas.

Son depredadores que cazan con suma paciencia, se deleitan en acechar a sus víctimas y en corromper sus almas lentamente.

El cambio es tan sutil y gradual que para cuando el entorno del humano se da cuenta ya es demasiado tarde y su alma se ha perdido del todo.

—A cada uno le afectó de una manera distinta, pero… sí. Es bastante difícil concentrarse en atacarlo cuando todo tu cuerpo tira de ti en otra dirección. Los soldados se mataban unos a otros —añade, bajando un poco el tono de voz—. No te haces una idea de cómo fue.

—Un ejército de asesinos, violadores, psicópatas… Creo que puedo imaginarlo. —Me quedo mirando esa expresión concentrada—. ¿Qué te hizo desear a ti?

Kiera detiene un segundo sus manos, levanta el rostro y me echa una mirada que me hace pensar que no va a responder. Sin embargo, confiesa:

—Primero quise adentrarme en la oscuridad. Luego… Luego, quise dejarlos a todos a oscuras.

Se me escapa una carcajada y ella tuerce un poco el gesto, pero sé ver la diversión oscura que baila bajo las comisuras de sus labios cuando vuelve a concentrarse.

—Qué jodidamente retorcida. —La observo mientras toma unas gasas que empapa en desinfectante—. Me muero por saberlo… ¿Qué impulso perverso tuvo el Comandante Buenazo con el Amanojaku?

Kiera sonríe un poco. Los primeros rayos de luz de la mañana le hieren el lateral del rostro y ha de girarse un poco para protegerse la vista.

—Quería desertar… para ponerme a salvo.

Me entra la risa.

Esta vez, también ella se ríe, pero un poso de tristeza se aloja en sus ojos.

—No es fácil estar a la altura de los estándares morales de Neal Kellum —musita.

—No creo que a él le importen mucho tus estándares morales —respondo, y lo digo en serio—. Creo que ese hombre traicionaría los suyos por ti.

—¿No debería ser al revés? —murmura, mirándome de nuevo directamente—. ¿No debería él hacerme mejor a mí?

—Tal vez funcione en ambos sentidos. Tal vez él te haga un poco mejor y tú lo hagas un poco peor a él.

Kiera no responde durante unos segundos. Aún tiene sujeto mi brazo, pero ya ha terminado.

—No sé si eso me gusta.

—¿Puedes evitarlo?

Me devuelve el brazo con suavidad, ahora sin puntos, solo con las marcas rojizas de una herida que ya empieza a cicatrizar. La piel quema un poco.

—Quizá sí que pueda —responde.

—¿Y quieres? —Enarco las cejas, adivinando en qué piensa.

—No —contesta, con un suspiro, y se echa hacia atrás en su silla, volviendo el rostro hacia arriba—. Soy una egoísta de mierda por no apartarme de él, ¿verdad?

Tomo la cazadora y vuelvo a ponérmela.

—Probablemente —respondo, con humor, y consigo arrancarle una sonrisa—. Estabas dispuesta a morir para salvarnos a todos. ¿Tan terrible sería hacer de mala influencia para una persona que parece asquerosamente incorruptible?

Esta vez, Kiera no me sostiene la mirada. La clava en algún lugar de Tokio, en las azoteas de los rascacielos, las calles que empiezan a despertar o esos límites de la ciudad que se pierden en el horizonte.

—No solo vimos Amanojaku.

Me giro hacia ella, expectante.

—¿Os encontrasteis con otro heraldo?

—Un Shinigami —responde, con voz queda.

—Me cago en la puta. ¿No podías empezar por ahí?

Me dedica una sonrisa cansada.

—Lo mejor para el final. —Toma aire y suspira—. A Neal se le apareció. Le dio una visión… y una advertencia.

—¿Tú no lo viste?

Sacude la cabeza. Tiene la coleta un poco despeinada y varios mechones castaños le caen sobre la frente.

—Creo que la advertencia era sobre mí. Neal lo vivió como si me estuviera amenazando… No lo sé. Supongo que cuando nos reunamos con Akane lo explicará todo.

Suelto una maldición.

—Así que la Bruja tenía razón y también estamos amenazados por grandes yokai … De puta madre. —Ambos nos quedamos en silencio, contemplando la ciudad—. Si las bombas que pueden matarnos a todos estaban aquí… No me parece descabellado que un Shinigami nos haga una advertencia.

—Espero que Markel las desactive antes de que esto se sepa. Si no, estamos jodidos.

Fuera, algunos vehículos ya circulan por las calles. Los Caminos de Luz se han apagado y la gente que aún no se esconde transita por las calles protegida por el sol, camino del trabajo.

—Al menos desde aquí no nos enteraríamos.

A Kiera se le escapa una carcajada. Gira un poco más su silla, completamente vuelta hacia la ciudad, y estira los brazos por encima de la cabeza para acomodarse y soltarse después la coleta.

—¿Sabes? Nosotros también hemos tenido visitas inesperadas —confieso, y disfruto de la forma en la que arquea las cejas.

Ni Kiera ni Neal conocen el resultado de mi incursión al Palacio Imperial. No podíamos arriesgarnos a que alguien interceptara la conversación.

—¿Heraldos?

—Peor: un príncipe.

Kiera se yergue, sin comprender.

—¿Quién?

—Ryosuke M ō ri, el hermano de la Emperatriz, es ahora nuestro invitado… o quizá sea más bien un refugiado.

Frunce el ceño.

—¿Qué hace el hermano de la Emperatriz con nosotros? Sería estupendo que Echo nos encontrara con él ahora. Seguro que le parecería divertidísimo —masculla, con cierta preocupación—. ¿Akane ha perdido la cabeza?

Me paso la mano por el pelo.

—Oh, cierto… Tampoco os habéis enterado de eso. Las noticias sobre masacres no salen en la prensa tradicional, ¿eh?

—¿De qué hablas?

—En un alarde de cordura nuestra queridísima Emperatriz ha masacrado al clan de la concubina de su padre y ha matado a todos, ancianos y niños incluidos, para evitar un golpe de Estado.

Ryosuke intentaba escapar con Riku, Anna, y mi hermano cuando entré en Palacio para interrogar a los líderes del Skytree.

Así que ahora todos están en casa de Akane.

Se queda lívida.

—No… No puede haber hecho eso.

—No es la primera vez —respondo—. Ya exterminó antes a un clan entero cuando las cosas se pusieron feas. Después del anuncio de Andrews sobre su apoyo al posible gobierno de Ryosuke se ha visto acorralada de nuevo y ha decidido repetir la jugada… aunque esta vez se le ha escapado uno.

—¿Y es prudente darle asilo? ¿Crees que de verdad está colaborando con Andrews?

—Si no lo estaba haciendo, ahora tiene motivos de sobra, y en ese caso tal vez nos convenga tenerlo cerca.

—Un hilo del que tirar hacia Andrews. Puede que tengas razón. —Hace una pausa—. ¿Has dicho que Riku, Anna y tu hermano también están con Akane?

Asiento.

—¿Cómo se encuentran?

—Hikari está… —Se me hace un nudo en la garganta que me impide hablar y eso me enfurece—. Asustado.

Podría decirle que no ha venido a buscarme y que yo no he tenido valor para hablar con él. Ni una explicación, ni una disculpa… Pero soltar todo eso cuando pronunciar un par de palabras ya es difícil parece demasiado ambicioso.

—¿Y Anna? —pregunta, prudente—. ¿Está…? ¿Se encuentra completamente…?

Ese nudo baja de la garganta a mi pecho, por la tráquea y luego hacia los pulmones y la opresión se hace insoportable.

—No corté tanto como para dejar secuelas —me obligo a decir.

Las palabras me salen con la misma facilidad con la que las memoricé, cuando iba puesto de amai doku y la perspectiva de cargar con la culpa de algo tan atroz no pesaba tanto. Sin embargo, ahora queman como ácido al salir por la garganta.

Kiera tuerce el gesto, pero el impacto que mis palabras le provocan solo dura un instante.

Luego, asiente, como si no fuera gran cosa, como si no estuviera charlando con el asesino que le rajó la garganta a su amiga.

—¿Y sabes si Anna…? —No termina de hablar—. Imagino que no habréis hablado, pero… ¿Ha mencionado algo sobre mí, algo de…?

—¿Su postura sobre tu encarcelamiento? —inquiero—. Ni puta idea, Kiera. Le rajé el cuello. Ni me mira. Y yo procuro que no tenga que hacerlo.

—Ya, claro… —Se frota los ojos y está a punto de decir algo más cuando alza la mano y lee algo que parpadea en la pantalla de su comunicador—. Es Neal. Tenemos que volver.

Neal nos espera junto a la puerta, con los fuertes brazos cruzados ante el pecho y una expresión que no augura nada bueno… aunque este tipo siempre parece muy serio.

La luz azul que nace de las paredes y el suelo se entremezcla con el resplandor que emiten las propias bombas.

Salvo Markel, ya no queda nadie más en esa sala, y él está sentado en el suelo.

—¿Dónde está todo el mundo? —murmura Kiera—. ¿Ya está? ¿Puede desarmarlas?

—No he echado al resto por eso —contesta, con tono grave, y aprieta la mandíbula.

La tensión cala lentamente en nosotros, que avanzamos sin preguntar.

Markel se gira cuando nos escucha llegar, todavía sentado. Tiene los ojos rojos, y el gesto contraído en una mueca desconsolada.

—Markel… —Kiera no llega a terminar.

—Vamos a morir —susurra—. No hay nada que hacer. Vamos a morir todos.