Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 28 Kai Mori Tower, Roppongi 23 días para el solsticio de verano
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28 Kai Mori Tower, Roppongi 23 días para el solsticio de verano

C uando el fusuma de la entrada se abre de madrugada yo estoy despierto, insomne y revuelto tras una pesadilla en la que Hikari muere en mis brazos porque yo soy incapaz de matar por él. No consigo el dinero, ni los viales, y mi hermano abandona este mundo de mierda con un dolor indescriptible.

Me siento febril y dolorido y el instinto que me lleva a agarrar el tant ō guardado bajo la almohada es más lento de lo normal.

Quizá sea mejor, porque así no se lo pongo a Markel debajo de la garganta.

Lentamente, suelto el mango y me incorporo mientras me fijo mejor en su aspecto, el pelo ondulado revuelto, las gafas enredadas en él, la camiseta de manga larga y el chándal.

—Cuando un hombre entra en mi cuarto a estas horas no espero que lo haga vestido.

Markel parpadea, se pone rojo en cuestión de segundos, y cuando creo que va a implosionar por la vergüenza, declara:

—Han encontrado las bombas.

Frunzo el ceño.

—¿De verdad?

Asiente con energía y un rizo se le escapa y cae sobre su frente.

—Kiera acaba de escribir. Sí que estaban allí, Kai. Teníamos razón. ¡Todo este tiempo las bombas han estado aquí dentro! ¡Tengo que ir a verlas! ¡Cuanto antes!

Markel empieza a pasear por la habitación de forma nerviosa.

—Eh… frena un poco —le pido, mientras me pongo en pie y me estiro. No llevo camiseta y a pesar de la agitación que lo mueve no me pasa desapercibida la forma en la que me mira—. ¿Qué hora es?

—Las dos… No. Son las tres… las tres y media de la madrugada.

Suelto un resoplido y me aparto el pelo de la cara, provocando que Markel vuelva a fijarse en mí con ese brillo tan peligroso en los ojos marrones. Traga saliva y yo me quedo atascado en la imagen de su nuez al subir y bajar, en sus labios y en ese lunar sobre la comisura derecha de la boca.

—Vas a tener que dejar de mirarme así —le digo, muy serio.

Ahora mismo no me queda paciencia, ni modales, ni ningún interés por fingir que no noto esas miradas.

Markel abre la boca, sin duda tomado por sorpresa por la exigencia de mis palabras. Me apiado un poco de él, y no espero a que responda.

—No amanecerá hasta dentro de unas horas. ¿Puedes hacer algo desde aquí?

—Eh… No. —Se frota la nuca—. Kiera se ha negado a mandarme fotos.

—¿Y te extraña?

—Tenemos que ir en cuanto amanezca. Sospechamos que Andrews podría esperar al solsticio, pero si están activas, si puede detonarlas en cualquier momento…

cuanto antes llegue a ellas, mejor. Los artificieros del Skytree deben de estar estudiándolas, pero quizá me necesiten…

He estado investigando. Sé cómo crearía yo una bomba parecida y cómo desactivarla, así que, quizá…

Al muy tonto se le ilumina el rostro cuando habla de desactivar bombas de luz, igual que cuando decidió detonar C4 en su Scorpion V.

Me entra la risa y Markel detiene un discurso nervioso del que había desconectado.

—Vete a la cama, Markel. Todavía quedan unas horas y seguro que esa cabecita preciosa rinde mejor cuando ha descansado.

—No creo que pueda dormir así —declara—. ¿Te das cuenta de lo que significa esto? ¡Vamos a salvarnos, Kai! ¡Vamos a salvarlos a todos!

Da un paso apresurado hacia mí y todo mi cuerpo entra en tensión sin que pueda evitarlo. No sé qué lo frena, pero se detiene a un palmo de abrazarme y de pronto la diversión y la dicha abandonan su rostro y se transforman en algo más.

No son remordimientos, porque ya no está pensando en Anna, ni en quién soy, ni en qué le he hecho a otros inocentes.

Inspiro con fuerza y los pulmones se me llenan de algo cálido que enseguida adquiere una textura punzante.

Por alguna razón, ha recibido la noticia por la que lleva días rezando a los kami y lo primero que se le ha ocurrido ha sido venir a verme a mí.

No debe darse cuenta de la familiaridad con la que me habla.

Ni de la emoción que ha sido incapaz de contener.

No debe darse cuenta de que se está adentrando en un territorio del que luego no podrá escapar indemne; no una persona como Markel, tan limpia, tan decente, tan buena.

Así que decido recordarle quién soy.

—¿Necesitas que te ayude con algo? —Espero a que el tono de mis palabras cale lentamente en él, que abre la boca y parpadea sin saber qué decir—. ¿Quieres que te eche una mano para conciliar el sueño?

—Yo no… Solo quería…

—¿Estás seguro? Porque me ha parecido que ahora mismo estabas a punto de abrazarme.

El paso que da atrás me parte un poco.

—Ha sido la emoción… —se excusa, sorprendido.

—Claro… Yo también estoy emocionado. —Me doy la vuelta, me dejo caer en las mantas revueltas del futón y doy un par de golpecitos en ellas antes de dedicarle una sonrisa que me revuelve el estómago—. ¿Por qué no vienes aquí y te enseño lo mucho que esto me emociona?

Frunce el ceño, entre sorprendido y molesto.

—Kai…

—¿Qué? —inquiero, con hosquedad, fingiendo que su resistencia me molesta—. ¿Vas a decirme que has entrado en mi cuarto de madrugada solo para contármelo?

—Sí…

—¿Has entrado también en el cuarto de Riku o en el de Anna?

Se pone rojo.

—He venido primero aquí —reconoce, y ahora sí que veo los remordimientos.

—¿Por qué?

Aprieta la mandíbula.

—La verdad es que no lo sé.

Me paso la lengua por los labios y el corazón se me acelera ante una respuesta que dudo mucho si dar y que me asquea profundamente.

—Te lo digo yo: querías follar conmigo.

No soy así. Él lo sabe. Incluso si siempre he sido directo y descarado, esto es… demasiado . Soy seguro, no arrogante. Provocador, no exigente.

Por eso se yergue como si lo hubieran abofeteado.

—Qué gilipollas —masculla y, por fin, se da la vuelta.

Pues sí. Qué puto gilipollas.

Por la mañana organizan a soldados del Skytree que nos escoltan y se aseguran de que pasemos sin problemas los controles militares que ha impuesto Echo.

La vista de las calles desiertas, las persianas de los locales bajadas y algunos de los cristales reventados es desoladora.

Ocurrió algo similar hace unos años, en uno de los brotes más cruentos de gripe blanca: los hospitales se declararon en alerta negra, saquearon farmacias y supermercados y las calles se vaciaron.

Muchos de los comercios que estaban abiertos hace unos días han echado el cierre. Aunque Tokio esté casi limpio de insurgentes, la tensión ha aumentado; y el miedo también.

Cuando pasamos frente a un Árbol de Raij ū que no brilla sino que arde , siento cómo Markel, que intentaba no tocarme demasiado, clava sus dedos en mi cintura.

Han debido de prenderle fuego… quién sabe por qué.

Kiera nos está esperando en el vestíbulo de la Mori Tower cuando aparco la moto y Markel me suelta como si quemara para correr hacia ella.

Está cansada. Debe de haber pasado la noche en vela con el asunto de las bombas.

Sin embargo, en cuanto le da un abrazo a Markel y me ve acercarme se le ilumina la sonrisa.

No lleva el traje del Skytree que portan otros aquí. Se ha puesto unos pantalones cargo y una camiseta de tirantes negra bajo la cazadora de cuero.

—Hola —me saluda, con voz cantarina—. Me alegra verte. Veros —añade, apresuradamente, mientras se gira hacia Markel.

—¿Dónde están? —pregunta él.

Kiera asiente, nos hace un gesto para que la sigamos hasta el ascensor más cercano e ignora las miradas de quienes se vuelven al verla pasar.

Es impresionante que hayan limpiado la torre en apenas cuatro días.

—Estaban ocultas, en una planta que no figuraba en los planos.

Como con el Ninja-dera… —murmura, pensativa—.

Raine Andrews se tomó muchas molestias para que no diéramos con ellas.

Hemos sido discretos, pero muchos equipos han participado en esto, y sabiendo los contactos que tiene esa mujer…

creo que lo más prudente es neutralizar las bombas cuanto antes.

Si tenemos algún infiltrado, si alguien se va de la lengua en el sitio equivocado…

—Pum —sugiero yo.

Kiera mueve la cabeza con gravedad.

—Los artificieros no lo tienen nada claro. No saben qué hacer —explica, mientras el ascensor desciende—. Sé que no será tan fácil como cortar un cable y ya, pero… Cuanto antes las desactives mejor —le dice a Markel.

—Esa es la idea —asiente, mientras cambia el peso de una pierna a otra de forma nerviosa.

Las puertas se abren y Kiera nos conduce a través de un pasillo largo que pasa por delante de las puertas enormes de un salón que debió de ser alguna clase de sala de conferencias.

Aquí también hay soldados que van de un lado a otro, pero no todos parecen parte de la Agencia Hawk.

Me fijo en que muchos llevan monos de trabajo.

Todos ellos están adecentando el lugar, moviendo trastos y escombros e incluso limpiando cristales.

—¿Qué hacen? —pregunta Markel.

—Poner a punto la Mori Tower —explica—, la última inversión de Moe Standen.

Arqueo las cejas.

—Qué oportuno.

—¿Verdad? Va a salvar a Japón y además se va a enriquecer… a no ser que las leyendas sean ciertas y que un puto yokai destruya este sitio antes de que desactivemos las bombas.

Está ansiosa, igual que Markel, que se revuelve el pelo una y otra vez.

Me doy cuenta de que las miradas nos persiguen de nuevo, la persiguen a ella. Pero solo la observan los soldados.

Voy a preguntar cuando Kiera, sin detener su andar apresurado, se gira hacia atrás y me dedica un vistazo rápido.

—¿Tú cómo estás?

—Estoy increíble. ¿No lo ves?

Markel resopla, haciéndome arquear las cejas. Kiera se gira hacia él.

—¿Qué le pasa? —pregunta, como si yo no estuviera.

Pongo los ojos en blanco, pero algo cálido se desliza junto con el tono preocupado de sus palabras.

—No estoy seguro. —Me dedica un vistazo también. Creo que es la primera vez que me mira a los ojos desde anoche. Aparta rápido los suyos.

—¿Qué sientes? —insiste Kiera, mientras toma unas escaleras que parecen pensadas para el personal de la torre, discretas, apartadas y sin lujos—. ¿Tienes síntomas? ¿Te duele el brazo?

—Nada. Pocos. No.