Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 27 Neal Roppongi 24 días para el solsticio de verano #3
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27 Neal Roppongi 24 días para el solsticio de verano #3

—No solo huía de ella —responde y abre los ojos azules—. Creo que también estaba corriendo hacia algo, aunque me diera mucho miedo admitirlo.

Los dos nos quedamos en silencio mientras siento el tacto cálido de su piel en contraste con la bolsa de frío.

—Si me lo permite, comandante, ha sido usted muy tonto —suelta, cambiando de tema, y bajo el tono divertido siento un matiz agridulce—. Estúpido, incluso.

—El Shinigami estaba a tu lado y te rodeaba con un brazo.

—Yo no he visto nada.

—Pero estaba ahí —replico. Ya le he hablado de las monedas que ha dejado en mi mano y luego han desaparecido, pero no se lo he contado todo—. Al principio creía que te estaba amenazando, por eso he echado a correr hacia ti.

Kiera mueve ligeramente la compresa fría y aprovecha para desviar la mirada.

—No habrías dado ni dos pasos antes de que las anomalías te destrozaran —susurra. La voz le sale un poco ronca.

—¿Y qué? —contesto, sin tener que pensarlo.

Kiera se yergue un poco ante la dureza de mi tono y cierra los ojos unos segundos antes de volver a abrirlos.

—Que tu muerte no habría servido de nada. Si hubieras tenido alguna posibilidad, tal vez, lo entendería; pero tú sabes bien, comandante Neal Kellum, que una vida, tu vida , vale más que un sacrificio evitable.

—No estaba pensando como un soldado, Kiera —contesto.

Nuestros ojos se encuentran y ella me sostiene la mirada con gesto grave.

—Parecías asustado.

—También tú. —Estaba aterrada, tanto como yo cuando creía que el Shinigami podría hacerle daño.

Deslizo una mano por su mejilla y ella se inclina ante el roce—.

A veces arriesgas lo único que me mantiene cuerdo.

Tienes el poder de destrozarme y una tendencia heroica a sacrificarte que odio por encima de todo.

Vivo aterrorizado por volver a perderte.

Entonces aparta la compresa fría, la deja a un lado y se sube a horcajadas sobre mí.

Me toma el rostro entre las manos.

—Procuraré que no vuelva a pasar.

—Procurarlo no basta —respondo, tajante—. No hay lugar a la imperfección en mi ejército.

Kiera suelta una risa cantarina y yo no lo resisto más. La detengo con un beso y la risa se convierte en un quejido que se desliza a lo largo de mi columna.

Le paso las manos por la cintura y clavo allí mis dedos cuando Kiera me devuelve el beso y mi cuerpo arde por más.

Me rodea el cuello con los brazos, se pega más a mí y se mueve sobre mi regazo mientras hunde los dedos en mi pelo y tira ligeramente de él para obligarme a detener un beso cada vez más profundo.

—¿Qué ocurre? —pregunto. La voz me sale ronca.

—Que a mí también me asusta perderte, y que te quiero.

Lo siento como un disparo, un golpe directo al pecho que me deja sin aliento.

La agarro con suavidad del mentón y el honesto nerviosismo que se traduce de esa mirada profunda me desarma del todo.

—Te quiero —respondo—. Te quiero más de lo que he querido nunca a nadie. Te quiero tanto que no hay nada que no estaría dispuesto a hacer por ti.

Se inclina adelante y pega su frente a la mía al tiempo que cierra los ojos y compartimos un instante en el que se detiene el mundo.

Solo siento su respiración contra mi cuerpo y ese aroma a vainilla que ahora lo envuelve todo.

Durante unos segundos no se mueve, hasta que desliza la mano por mi mentón, se inclina sobre mí y siembra un camino de besos largos por mi cuello mientras yo me limito a rodear su cintura con las manos e intento portarme bien, pero no resisto demasiado y por mucho que me guste sentir su boca en mi piel necesito besarla.

La agarro de la nuca y cuando estoy a punto de robarle un beso, tres golpes rápidos en la puerta me detienen.

—Comandante Kellum. —Una voz urgente me llama desde el otro lado de la puerta. Kiera echa la cabeza hacia atrás, contrariada—. Comandante —insisten, dando dos golpes más.

—¡¿Qué?! —me hago oír.

—Hay… novedades. Un pelotón cree que ha encontrado algo.

Tanto Kiera como yo nos tensamos, ahora por motivos muy diferentes.

—¿Cree?

—Los ingenieros y los artificieros han ido a comprobarlo con las indicaciones de Markel Sagastizabal. Aún no han podido acceder por completo a la zona, pero en diez o quince minutos podrían tener algo.

Si me ha molestado es que es bastante probable.

—Envíame las coordenadas al comunicador —le ordeno—. Enseguida me reúno con vosotros.

—Sí, comandante.

Los dos esperamos hasta que oímos los pasos alejándose al otro lado de la puerta. Entonces, Kiera sonríe.

—Odio que no hayan esperado a confirmarlo para avisarte —confiesa, y ensancha aún más su sonrisa—. Pero… ¿es posible que lo hayamos conseguido? ¿Es posible que vayamos a salvar a Japón?

Asiento y me entran ganas de volver a besarla cuando me mira así, con la emoción contenida, el miedo aún haciendo su gesto vacilante…

Me acerco a ella y murmuro contra sus labios:

—Quizá debamos esperar diez minutos más sin hacernos ilusiones.

Kiera suelta una carcajada.

—Imposible.

También yo me río, pero por otro motivo.

—Se me ocurre una forma de hacer que dejes de pensar —le digo, deslizando los labios por su mentón y acariciando luego el lóbulo de su oreja—. Agárrate fuerte.

Apenas le doy tiempo a obedecer. La levanto obligándola a rodearme la cadera con las piernas y echo a andar hacia la cómoda frente a la cama.

Agarro su cinturón y lo desato con rapidez antes de tomar el botón y la cremallera y, entonces…

—Sigo sin tener condón —me dice, de forma atropellada—. Y, de todas formas, creía que estabas en contra de hacer esto sin tiempo.

Me entra la risa. Le agarro la mandíbula con suavidad y le obligo a levantar el rostro para mirarme fijamente.

Sé que eso le gusta.

—No voy a follarte. Sigo manteniendo mi promesa y mi determinación de hacerlo con tiempo.

Esos ojos tan azules y tan bonitos se le llenan de malas intenciones.

—Diez minutos —me recuerda, alzando las cejas, y yo suelto una carcajada porque la conozco lo suficiente como para saber que acepta el reto.

—Es encantador que creas que vas a aguantarme diez minutos.

Dejo de reír, la suelto y me detengo a mirarla.

Todo mi cuerpo arde ante su imagen, aunque todavía está demasiado vestida.

—Levanta el culo.

Kiera arquea las cejas ante la orden, pero obedece, y en cuanto lo hace le quito los pantalones y le bajo después la ropa interior por las piernas, en una caricia muy consciente y lenta, a pesar de la urgencia.

Sin mediar palabra, se inclina adelante y cuando sus manos regresan de nuevo a mi bragueta, la detengo por las muñecas y me trago una protesta en un beso ávido y profundo.

—Estate quieta y separa las piernas —le pido, contra los labios, y le apoyo las manos en las rodillas cuando se limita a mirarme de forma desafiante—. Es una orden, soldado.

Kiera emite un quejido torturado que me encanta y cuando cumple mis exigencias, le rodeo el muslo con la mano, se lo levanto y hago que apoye el pie en la cómoda antes de apartarme y observarla.

Se me seca la garganta.

—No te muevas.

Reacciona como si mis palabras fueran una caricia. Suelta un suspiro, echa la cabeza hacia atrás y yo no le doy tiempo de procesarlo antes de arrodillarme frente a ella, ponerme sus piernas en los hombros e inclinarme para devorarla.

Me la como enterita, beso a beso, mientras aprendo de la forma en la que me enreda las manos en el pelo, tira de mí, maldice y suplica…

Me encanta ese sonido saliendo de su boca, los gemidos ahogados, los jadeos de una respiración cada vez más acelerada…

Intenta mover las caderas, se retuerce como si esto fuera una tortura, y yo la anclo a la superficie de la cómoda con las manos y trato de darle lo quiere.

No hay provocaciones, caricias que prueben límites y jueguen con el precipicio. Esta vez, le doy todo lo que quiere sin condiciones.

Con una rodilla en el suelo, me rindo a ella como un caballero y cuando llega al orgasmo, me clava los dedos en los hombros y deja escapar un gemido que podría volverme loco.

Me trago su placer con lametones más rápidos e intensos, más lentos y suaves después…

hasta que el temblor se vuelve réplica y poco a poco recobra la respiración.

Me pongo en pie y procuro no jactarme ante esa expresión dichosa, de mejillas sonrojadas y mirada incrédula.

Se mira la hora en el comunicador.

Y se me escapa una sonrisa.

—No te queda bien ser presumido, Kellum —canturrea, con los ojos brillantes.

—¿Entonces por qué me miras de esa forma?

La perversión tira de la comisura izquierda de su boca, apoya las manos en la cómoda, salta, y cuando se acerca a mí interpongo un paso muy necesario entre los dos.

—No.

Empiezo a vestirme.

—¿Cómo que no ? —pregunta, confundida.

—No vas a tocarme.

—Creo que también puedo ser rápida —sugiere. Una nota de molestia se le aloja entre los ojos, en ese ceño combativo, y a mí me produce un placer oscuro saber que esto la mosquea tanto.

—Pero yo no —replico y termino de recoger mis cosas. Aunque me gusta ver cómo me mira, lo digo en serio. No me fío de mí mismo, no cuando se trata de Kiera—. Vístete. Te envío la localización enseguida.

—¡Neal! —protesta.

Y una parte de mí le concede la razón vívidamente, pero soy fuerte. Le doy la espalda, agarro el picaporte y añado:

—Tiene dos minutos, soldado. No llegue tarde.

Oigo una maldición y, luego, cierro la puerta.