Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 27 Neal Roppongi 24 días para el solsticio de verano #2
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27 Neal Roppongi 24 días para el solsticio de verano #2

Detiene el lento avance del brazo con el que pretendía rodearla y lo hace para señalarme.

Me quedo quieto, incapaz de reaccionar, hasta que ese dedo huesudo me apunta al pecho y, entonces, todo se queda a oscuras.

Clic.

Siento el cambio en los pulmones, en la siguiente bocanada de aire, que quema.

Y todo vuelve a llenarse de luz… pero no de la luz de la Mori Tower: es luz de día, clara y brillante. Y yo sigo aquí arriba, aferrado a la misma barandilla, mirando en la misma dirección… pero el horizonte ha cambiado.

No sé a dónde estoy mirando.

Aunque no parece Japón.

La vista se llena de rascacielos y calles apretadas y las nubes de la tormenta se ven sustituidas por humo; un humo denso que sube de los edificios en llamas: decenas de casas, rascacielos, alguna fábrica… todas ellas envueltas en fuego abrasador.

Se oyen sirenas, una alarma general que resuena en las calles y se hace eco de los gritos.

Pero lo peor no es el fuego, sino el vacío.

Junto a los edificios en llamas advierto un vacío inmenso, negro, donde no hay más que escombros y ceniza, tierra yerma y estéril y los restos irreconocibles de una ciudad.

Noto cada latido del corazón como un puñetazo en el pecho. Y entre bocanada y bocanada, al aspirar el humo y el fuego comprendo que si no he encontrado a Tokio en la imagen es porque queda tan poco de ella que resulta irreconocible.

Y allí, en el borde de la azotea, esa criatura de rostro imposible me sigue apuntando con un dedo huesudo, el brazo desproporcionado muy estirado y esa sonrisa estática y terrible tirando de las comisuras de su boca enorme cuando baja el brazo y gira lentamente el rostro hacia… Kiera.

Ajena a cuanto ocurre, se ha recogido una rodilla contra el pecho y apoya allí el rostro mientras balancea la pierna que le cuelga del borde.

No ve el fuego, ni el caos. Y por supuesto tampoco ve a la criatura que se le ha sentado al lado.

El miedo me atenaza los músculos y sé que debo hacer algo.

Ni siquiera lo pienso cuando agarro la barandilla, me impulso y salto al otro lado.

Pero no soy capaz de dar un paso más.

Un segundo la criatura está junto a Kiera y al instante siguiente su rostro deforme se encuentra a un palmo del mío mostrándome esa sonrisa espantosa de dientes afilados.

Un terror antiguo y visceral me trepa por la columna cuando lo veo encorvado frente a mí, tan grande, extraño y amenazante de una forma inherente. Es una parte primitiva la que me dice que debo tenerle miedo, que he de huir.

Pero la criatura no me ataca. Levanta un brazo alargado que cruje como si fuera la rama de un árbol y señala el horizonte, el humo que sale de los incendios, el fuego y las cenizas… Luego, baja un poco esa mano y veo que señala a Kiera.

Dejo de respirar cuando el ser me agarra y siento el frío extremo que emana de sus dedos, huesos apenas cubiertos por una capa de piel seca y cetrina, y descubro que está depositando algo en ella.

Dos monedas.

Las dos redondas: una plana y lisa, salpicada con sangre; la otra limpia, con un agujero cuadrado en el centro.

Levanto los ojos hacia él con temor, pero la criatura se limita a señalar a Kiera y me da la espalda.

—¡Espera! —Doy un paso adelante y estiro el brazo—. ¡¿Qué quieres decir?!

Un dolor sordo me lo recorre como un relámpago. Es como una quemadura, penetrante e intenso.

Intento dar otro paso adelante cuando, de pronto, me quedo a oscuras.

Clic.

La criatura desaparece y se lleva la luz, las imágenes del caos y el humo y yo regreso a la azotea de la Mori Tower… y a la noche, las luces de neón de los letreros, la luz protectora en las ventanas y la ciudad en silencio allí abajo, donde nadie puede salir a oscuras.

Y si no he dado un paso hacia una muerte segura es por Kiera, que me abraza con fuerza contra la barandilla iluminada que he debido de saltar.

Lentamente, regreso a mi cuerpo y a la realidad.

No hay ni rastro de ese ser y Kiera ha abandonado el borde oscuro de la azotea para venir hasta mí sin que me diera cuenta.

Tardo un rato en entenderlo y en ubicar ese dolor sordo.

Giro la cabeza y descubro una sombra negra enroscada alrededor de mi brazo, aferrada como una serpiente desde mi muñeca hasta mi hombro y parte del pectoral.

Un chispazo de luz violácea estalla en varios puntos diferentes y el dolor recorre mis nervios como un latigazo que me hace estremecer.

—Neal. —La voz de Kiera, que suena absolutamente aterrada, me hace volver a abrir los ojos—. Neal, da un paso atrás, por favor.

Creo que nunca la había escuchado así, con un hilo de voz tan fino y frágil.

Tiene su cuerpo pegado al mío y cada músculo en tensión mientras con una mano se agarra a la barandilla que tengo detrás para frenarme y con la otra me acuna el rostro.

—Neal. —La voz le sale temblorosa.

Hace más presión y, esta vez, puedo reaccionar.

Dejo que me lleve hacia atrás y contemplo, como si estuviera en un trance, cómo ese zarcillo de oscuridad que me agarra del brazo retrocede ante la luz protectora y revela la cinta dorada de mi muñeca.

Siento cómo la presión desaparece a medida que se desenrosca y el dolor más fuerte se disipa a favor de uno suave.

La anomalía se pierde en la oscuridad.

Kiera queda iluminada por completo por la luz azul de la pasarela. Pegada a mi cuerpo, noto su respiración agitada contra mi pecho y la fuerza que aún ejerce contra mí. Tiene las pupilas dilatadas y los labios temblorosos entreabiertos.

Sus dedos me cubren la mejilla y me doy cuenta de que debía de intentar que la mirara.

—Pasa al otro lado, por favor —murmura, con un cuidado que me preocupa.

Mierda.

Está muy asustada.

Obedezco sin moverme demasiado. Tampoco ella me permite hacerlo. No ha visto a la criatura, ni la visión de destrucción. Solo ha observado cómo saltaba al otro lado y echaba a andar hacia la oscuridad.

Cuando regreso a la seguridad de la luz, Kiera me concede espacio, pero dura apenas un segundo, porque se lanza de nuevo hacia mí y sus manos vuelan a la mía.

—¡Tu brazo! ¿Te duele? —Lo levanta con tacto. Aún tiene la respiración agitada—. ¡¿Te das cuenta de lo que podría haber pasado?! ¡¿Eres consciente de que has estado a un segundo de acabar destrozado?!

Me mira a los ojos sin soltarme la mano y se muerde el labio inferior, pero yo no respondo.

—¡Iba a arrancarte el brazo, Neal! Y luego el resto de tu cuerpo habría corrido la misma suerte. ¡¿En qué pensabas?!

Consigo apartar los ojos de los suyos.

Pensaba en salvarte.

La imagen de los edificios en llamas es solo un eco sobre la oscuridad, pero yo aún la siento presente.

El recuerdo de la sonrisa llena de dientes de la criatura me pone los pelos de punta y regresa a mí con una certeza indiscutible.

Vuelvo a mirar a Kiera, que me contempla como si no pudiera entender nada.

—Un Shinigami ha venido a decirme algo.

El corazón aún me late con fuerza cuando volvemos dentro de la Mori Tower.

Kiera ha desaparecido en busca de un botiquín en cuanto hemos bajado las escaleras. También estaba alterada, pero yo no puedo ofrecerle respuestas más allá de lo que esa criatura me ha enseñado.

Lo único que tengo claro es que se trataba de un Shinigami, un dios de la muerte.

Lo sé en lo más profundo de mi alma.

Cuando me desvisto en el baño de mi habitación descubro las marcas violáceas que han dejado las anomalías en mi piel. Una línea dispersa se enrosca alrededor de mi brazo, desde mi muñeca hasta el hombro y después hacia el pecho. Parece una quemadura interna, como si un rayo me hubiera atravesado.

De pronto, escucho un chasquido e inmediatamente después la puerta al abrirse. Kiera lleva los pantalones cargo negros y la camiseta blanca. Una coleta recoge su cabello castaño despejando un rostro de rasgos dulces, ojos almendrados y labios generosos.

—Creía que había cerrado la puerta.

Kiera enarca una ceja castaña.

—¿Seguro? Lo habrás comprobado mal —ronronea.

La mirada juguetona, sin embargo, flaquea cuando observa mi brazo.

Tras un suspiro que no me pasa inadvertido, alza la mano y me muestra un botiquín.

—Vamos a ver eso —declara, y no duda en apoyarme una mano en el pectoral ileso y empujarme hacia atrás, para guiarme al dormitorio.

Las ventanas sin cortinas ofrecen una vista parecida a la que había desde la azotea. La ciudad duerme en esta imagen tan distinta a la que me ha mostrado el Shinigami.

—A la cama —ordena.

Sus palabras consiguen lo contrario a lo que desean, porque me quedo quieto. Ese tono que emplea me enciende de una forma que no debería ser normal.

Kiera debe darse cuenta de cómo suena, porque carraspea y repite:

—Siéntate en el borde, por favor.

Me sorprende tanto que no aproveche la oportunidad para torturarme, que obedezco y permito que ella se acerque y me observe desde arriba. Me palpa la herida, me pregunta si me duele y recorre los bordes difusos con las yemas de los dedos.

—La piel no está dañada. Es interno, pero no parece grave. Lo trataremos como un moretón muy molesto y vigilaremos si disminuye poco a poco. —Saca unas bolsas pequeñas del botiquín y toma una entre las manos—. Son compresas frías instantáneas.

Estrecha una entre los dedos y al instante, cuando la coloca sobre mi pecho, noto el frío.

—¿Echas de menos la medicina? —se me ocurre de pronto.

No medito la pregunta, ni pienso demasiado si escucharlo la herirá de alguna forma.

Hay tanto que no sé de ella, tanto que quiero conocer…

—Sí —responde, para mi sorpresa.

Creía que Kiera, con esa arrogancia y ese magnetismo de labia fácil, daría mil rodeos para no admitir algo que pudiera mostrarla vulnerable.

—Me habría gustado terminar, pero en ese momento me pareció más fácil huir.

—Tuviste que sufrir mucho con Kohana Harewood.

Le aparto un mechón castaño de la cara y lo recojo tras la oreja, pero no me detengo ahí. No puedo evitarlo y hundo los dedos en su pelo, los deslizo por él mientras cierra los ojos y sigue la caricia y acabo quitándole la goma con la que se lo ata.