Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 27 Neal Roppongi 24 días para el solsticio de verano
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27 Neal Roppongi 24 días para el solsticio de verano

S i antes Kiera era la terrorista fugada del Skytree que inició la guerra, ahora es la soldado capaz de atravesar la oscuridad.

Han pasado tres días desde el primer asalto a la Mori Tower, y me doy cuenta de que cada vez la miran más.

Los rumores vuelan rápido. Los soldados ya se giraban para mirarla durante el camino de vuelta aquel primer día, pero ahora… ahora es más que evidente.

No creo que se trate de miedo; no del todo. Durante todas estas sesiones en las que nos hemos dedicado a limpiar la torre los oficiales se han mostrado muy interesados por saber con quién lucharía la soldado Amell.

Tener a alguien inmune a la oscuridad parece una ventaja y creo que, de alguna forma, los hace sentir menos vulnerables.

Pero yo no he podido alejarme mucho de ella.

He sentido su mirada cuando la he dejado demasiado lejos de la acción. También he notado el reproche cuando me ha ofrecido su ayuda durante una maniobra y yo la he obligado a quedarse cerca de mí.

Puede que sea egoísta, o que esté siendo irracional al desaprovechar un recurso tan valioso.

Me importa una mierda.

Y como soy su comandante y por ahora finge que debe obedecerme… ha acatado mis órdenes.

Me pregunto si realmente cree que debe hacerlo o si solo disimula por el bien de los dos.

Terminamos de limpiar la torre sin encontrar los Tengu que avistaron en Kioto. La unidad de Genbu tampoco halla rastro de Nopperabo. Pero al final del sexto día tenemos ya siete máscaras de Amanojaku que mañana le llevaremos a Akane.

No sé si lo considerará o no una señal, pero vencerlos ha sido duro.

Lo que no hemos encontrado todavía han sido las bombas de Raine Andrews.

Moe Standen chasquea la lengua cuando se lo comunico.

Hoy no me recibe desde su despacho. Está sentado frente a una encimera, junto a un gran ventanal que da al amanecer. Standen luce ya una camisa que no se ha abotonado del todo, y tiene el pelo canoso despeinado.

Se lleva una taza de café a los labios antes de decir:

—Vaya. Es una pena.

Frunzo el ceño, a la espera de las reclamaciones. Lo dejó muy claro: soy el único responsable de la gloria o la destrucción del Skytree.

—Aún seguimos buscando. Esta noche vamos a quedarnos aquí.

Barreremos cada rincón hasta asegurarnos de que no hay rastro de las bombas…

aunque no tenemos muchas esperanzas. —Aguardo, pero Standen se limita a dar otro sorbo al café, como si esperara que le contara algo interesante de verdad en cualquier momento—.

Le agradezco que haya pagado por restablecer la luz de un complejo de estas magnitudes.

De lo contrario, las labores de búsqueda habrían sido mucho más tediosas.

—Claro. Un placer, comandante. —Me dedica una sonrisa de dientes blancos—. Si va a quedarse esta noche en el complejo, le recomiendo que elija alguna de las suites de lujo. Allí la luz es Traída del sol. Mañana se levantará como nuevo.

Lo observo unos segundos, analizando las implicaciones de sus palabras.

—¿Ha pagado luz Traída del sol? —inquiero.

—Solo para las habitaciones más caras de la zona habitable —responde—. Lo mejor para los huéspedes que quieran comprar un poco de lujo. No todos los hoteles importantes cuentan con algo así, ¿sabe?

Lo estudio unos segundos.

—Ha comprado la torre —comprendo.

Moe Standen sonríe con todos los dientes y suelta una carcajada ligera.

—No ha sido fácil. Aunque ese sitio fuera una ruina, algunos de los antiguos dueños se negaban a vender; ¡no querían enriquecerse a costa de la Mori por si eso enfadaba al yokai ! ¿Se lo puede creer? Pero al final eso ha jugado a mi favor. Ha sido prácticamente un regalo.

—Por eso accedió tan rápido.

—Por eso y porque tenían que encontrar las bombas, comandante —contesta, un poco más serio de pronto. Deja la taza de café en la mesa y la hace girar con dedos hábiles sin levantar los ojos hacia mí—. Resulta que las buenas acciones sí se ven recompensadas.

Se me escapa una mueca.

—Parece que sí.

Qué listo es. Un cabronazo oportunista.

No me importa mientras siga de nuestro lado.

—¿Necesita algo más, comandante?

—Sí. Tengo el número de bajas definitivo —le digo, tomando la tablet que sostengo entre las manos—. Ha sido tan alto como esperábamos. Al final han perdido la vida…

—No hace falta que me lo lea, comandante. Ya pago a varios secretarios que lo hacen para mí. Envíe el informe y ya le echaré un vistazo.

Contengo mi respuesta.

Le da absolutamente igual. Qué hijo de puta.

—Entonces, eso es todo —declaro.

—¡Muy bien! —Me regala una sonrisa radiante—. Siga así, comandante. Está haciendo un trabajo excelente.

Moe Standen cuelga la llamada y en cuanto la pantalla se queda en negro reviento la tablet contra ella.

Uno de mis capitanes entra a todo correr y se detiene cuando ve los restos de la tablet en el suelo y la pantalla que chisporrotea colgada de la pared.

No hace preguntas. Tampoco yo le doy explicaciones.

—Cuando acabe de redactar el informe envíelo al centro de mando de la Agencia Hawk —ordeno—. Y descanse esta noche, se lo ha ganado —añado, antes de abandonar la sala.

No encuentro a Kiera en el vestíbulo que hemos convertido en el centro de operaciones; tampoco en ninguna de las habitaciones que usaremos esta noche; pero no es muy difícil que alguien me diga dónde se encuentra. Todos están pendientes de ella.

El ascensor me lleva al último piso. La planta tiene forma esférica y ofrece unas vistas impresionantes al cielo nocturno de Tokio.

En esas mesas vacías se servían cenas con vistas a la ciudad.

El firmamento tormentoso de finales de mayo parece más oscuro de la normal y las luces de toda Tokio se han encendido ya. Los neones se entrelazan con las luces protectoras que iluminan los hogares.

—¿Kiera? —la llamo.

Mis botas resuenan por el lugar vacío cuando echo a andar. Recorro toda la planta, pero no la encuentro, así que tomo las escaleras que llevan a la azotea y al ver la puerta abierta me digo que debía haber imaginado que Kiera no se contentaría con mirar a través de un cristal.

El viento es fresco sin llegar a resultar desagradable y trae consigo el olor de la lluvia. Entre las nubes se atisban los edificios más lejanos, semiocultos por la bruma grisácea, hasta que un relámpago los ilumina. Unos segundos después, un trueno resuena a lo lejos.

No consigo verla al principio. El helipuerto está iluminado, pero solo las luces que bordean la torre son protectoras, como advierte un cartel. Funcionan a modo de Camino de Luz, iluminan el suelo y los barrotes de la pasarela son de un intenso color azul neón cuando me acerco.

Una ráfaga de viento me revuelve el pelo y esta vez, junto con el olor a lluvia, me llegan las primeras gotas. Aun así, echo a andar por la pasarela.

Las vistas son más impresionantes desde aquí. Que la creciente tormenta oculte algunos edificios solo lo hace más espectacular, como si estuviéramos en medio de la nada.

Tardo un rato en fijarme en la silueta.

Al otro lado de la pasarela de seguridad se extiende un entramado intransitable que desciende de forma diagonal, hecho de vigas que se entrelazan, antenas, postes, cuadros eléctricos…

Por eso me cuesta verla.

El corazón se me acelera.

No hay luz al otro lado de la pasarela, solo sombras cada vez más oscuras; pero ahí está ella, sentada al borde del abismo; los pies colgando, el pelo recogido en una coleta que agita el viento…

El miedo me hace agarrar la pasarela y estoy a punto de seguir a mi instinto y saltar cuando Kiera se mueve para acomodarse y todo se detiene.

El tiempo se ralentiza, pero mi corazón sigue desbocado y en un fragmento extraño de lucidez comprendo que Kiera está bien.

Esta vez no hay tentativa posible a la oscuridad, solo una incursión directa, meditada, real… en la noche.

Tengo muy presente nuestra última conversación sobre las anomalías y, no obstante, su imagen al borde de la torre y envuelta por la oscuridad es perturbadora.

Crecí con advertencias de lo que te hace la noche, incluso fuera de Japón, donde quedarse un segundo a oscuras no es sinónimo inminente de muerte.

Desde niños aprendemos que quedarse a oscuras significa tragedia.

Por eso me cuesta respirar al verla lejos de la luz azul. Una parte de mí sigue gritando que está en peligro, que debo sacarla de ahí, que debo traerla de vuelta a la luz…

Pero me digo, una y otra vez hasta que empiezo a creérmelo, que está bien.

En todo caso, la oscuridad debe de estar sanando cualquier herida que haya podido hacerse durante el combate.

Debo cerrar los ojos un segundo para obligarme a quedarme quieto.

Inspiro con fuerza y cuento hasta tres, pero al volver a abrir los ojos no encuentro la calma que buscaba.

Kiera ya no está sola.

Y probablemente tampoco lo estuviera antes.

Pero ahora sí que lo veo.

Es grande. Su imagen recortada contra la tormenta me parece al principio una visión de pesadilla.

Su cuerpo ocupa tres veces el de Kiera. Sentado a su lado con un exquisito kimono negro que, sin embargo, parece raído y viejo, se cierne sobre ella y la rodea lentamente con un brazo desproporcionadamente alargado.

Pero lo peor es el rostro; o eso que tiene en su lugar.

Congelada en una mueca espantosa, de boca ancha y dientes negros, su cara parece pintada; la máscara terrible de un teatro terrorífico y grotesco.

Pero no hay bordes de los que tirar, cuerdas ni cierres que la amarren al rostro real… Esa expresión inmóvil, de ojos redondos y enormes, demasiado saltones, le pertenece.

Y ella no lo ve. Aún no la ha tocado, pero debería haberlo visto ya.

Kiera se mueve ligeramente y echa la cabeza hacia atrás cuando las primeras gotas de lluvia rompen la noche y le caen en la cara… pero no está asustada.

No siente la presencia que tiene al lado.

Sin saber qué hacer, me llevo la mano a la cadera y desenfundo la pistola. Apenas la he alzado cuando la criatura gira de golpe el cuello hacia mí y sus ojos me encuentran.

Tiene la boca permanentemente abierta, la nariz es apenas dos pequeñas ranuras y los ojos son aún más espantosos de frente.