Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 26 Echo Palacio Imperial24 días para el solsticio de verano
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26 Echo Palacio Imperial24 días para el solsticio de verano

N o hay señales de Ryosuke.

Nadie se explica cómo pudo escapar de Palacio, y durante estos días se le ha buscado como si aún estuviera dentro, pero el capitán de la Guardia Imperial me ha asegurado que ya no se encuentra aquí.

Es un misterio.

Un misterio que puede costarme el trono, porque ahora mi hermano está solo, ha sido desposeído de sus tierras y sus bienes y eso lo convierte en un peligro. Si ya no tiene nada que perder puede arriesgarlo todo.

Las revueltas han sido prácticamente sofocadas en todo Tokio, pero la guerra continúa en el resto del Imperio: Hokkaido es la zona más conflictiva, pero cuento con que los daimy ō se encarguen pronto y se restablezca el orden.

Mientras tanto, he endurecido las medidas para salvaguardar la paz: he doblado los controles en carreteras, he prohibido las reuniones de más de cinco personas, he establecido un toque de queda, se han ofrecido recompensas por todos los miembros fugados del Skytree y de la Metropolitana y he creado una sección militar con competencia para actuar sobre la ciudadanía y sustituir así a la policía corrupta.

A medida que impongo normas nuevas, veo las expresiones y las miradas, y al final un día uno de los consejeros murmura para sí mismo, con un asentimiento mudo y solemne:

—Así cuida de su Imperio.

Y esas cinco palabras remueven la tierra bajo mis pies, que empiezo a sentir inestable y poco segura, porque traen el eco de otras pronunciadas hace unos años, cuando yo acababa de cumplir los veintidós y había enterrado a mi segunda hija.

«Ahora cada súbdito del Imperio será como un hijo».

Ni siquiera recuerdo el rostro de aquel hombre.

¿O fue una mujer? No recuerdo si fue uno de los médicos que me trataron o si formaba parte del consejo.

Solo recuerdo las palabras y la angustia que trajeron consigo.

Creo que en realidad buscaban ser amables, pero yo lo sentí como una burla y un castigo.

Hoy busco a Alexa.

La he evitado todos estos días, pero al final mi cuerpo claudica.

Incluso si no la veo, Tomiko me suele contar lo que hace: paseos solitarios por los jardines, horas contemplativas al sol, pequeñas charlas con algunos de los miembros de la corte que no duran más de unos minutos… Está sola.

Anna, Hikari y Riku abandonaron el Palacio el día del ultimátum a los clanes y desde entonces parece no tener a nadie.

La encuentro en sus aposentos, sentada de espaldas a la puerta y con el fusuma que da a la calle abierto de par en par.

Las cigarras del jardín cantan alto, tanto que no parece advertir mi presencia hasta que llego a su lado.

El pelo se le aclara al sol y esos rizos indómitos se vuelven de oro líquido bajo los rayos de luz.

Tomo asiento a su lado y se sobresalta, y una voz retorcida en mi interior me advierte de que reconocerme es precisamente lo que hace que se tense.

—¿Disfrutas del sol?

—Echo —murmura. Sus ojos se pasean por mi rostro y debe de detectar algo que le hace tragar saliva y apartar la mirada—. No tengo mucho más que hacer.

—El Palacio ofrece muchas comodidades. Tomiko dice que apenas sales de tu cuarto. Tal vez deberías probar a darte un baño, visitar la clínica de bienestar para que te den un masaje, pedir que uno de los profesores te enseñe el arte de la escritura japonesa tradicional…

—No he venido a hacer manualidades —replica, con cierta dureza—.

Markel sigue trabajando en el asunto de las bombas, Neal ha conseguido reunir las fuerzas del Skytree y comandarlas y, por lo que sé, Anna, Riku, Kiera e incluso Kai Inoue están colaborando.

Y yo estoy aquí, tomando el sol, preguntándome qué se sentirá cuando te alcance la onda expansiva de una bomba.

¿Se sentirá calor? ¿Dará tiempo a procesar el dolor?

Debería pedirle que se fuera.

Sería lo más noble.

Ella sabe que este no es su lugar, nunca lo ha sido, aunque se haya esforzado mucho por demostrarnos a las dos lo contrario.

—¿Qué es lo que deseas, Alexa? —pregunto, con prudencia.

Ella me devuelve una mirada intensa.

—Deseo lo mismo que siempre: ser útil para el Imperio… Servirte. —Guarda silencio un segundo. Cuando vuelve a hablar, baja mucho el tono de voz—. Pero tengo la sensación de que ya no puedo ayudarte.

No, no puedes , pienso.

Alexa es una idealista, y siempre le estaré agradecida por haberse jugado la vida para advertirme, pero su trabajo terminó en el momento en que me contó la verdad sobre Raine Andrews. Todo lo demás ha sido un idilio.

Ya no permitiré que entre en ese espacio donde no hay lugar para el amor ni el cariño.

Lo que me gusta de ella es lo mismo que desaparecería si la obligara a quedarse conmigo, si la encerrara en una jaula de oro y la mantuviera a mi lado como he hecho antes con otros.

La triste verdad es que si se queda dejaré de amarla.

Y ella sería terriblemente infeliz.

Debería darle la razón y ofrecerle una salida.

Sin embargo, una parte de mí que vive arrodillada a los pies del Imperio me dice «no es justo» y «tú también mereces amor… aunque se acabe pudriendo».

Y de mi boca no sale sino una mentira de rostro inmundo:

—Te necesito, Alexa.

Sus ojos se ensanchan y se llenan de esperanza, y yo sé exactamente lo que debo decir para que se quede.

—¿De verdad?

Le digo que sí con la cabeza.

—Sin ti estoy perdida.

Inspira con fuerza y el pecho se le hincha con suavidad al tomar aire. Esboza una sonrisa vacilante y temerosa y yo le devuelvo otra que me muestre vulnerable.

—Quiero ayudarte —me confiesa, conmocionada, y se lleva la mano al corazón—. Quiero entenderte, pero hay cosas, hay decisiones que has tomado… que son demasiado… Si me escucharas, si tú también intentaras entender…

No le dejo acabar, porque nada de lo que diga servirá de nada. Ese dolor que escapa de sus ojos es inútil. Por eso me inclino adelante y la beso.

Alexa deja escapar un gemido que yo ahogo con mis labios.

Hay resistencia, una muy sutil, cuando me apoya las manos en los hombros y murmura mi nombre y yo le prometo «luego», aunque las dos sabemos que es mentira.

Esta noche, cuando llaman a mis aposentos, pienso que se trata de ella de nuevo y me preparo para decirles a los guardias, igual que he hecho antes, que no puedo reunirme con Lalanne-san en estos momentos.

No me siento bien ignorándola después de acostarme con ella, pero Alexa quiere algo que no puedo darle: quiere mi redención.

No entiende que no hay nada que redimir.

Tal vez sea posible en su mundo, uno en el que existen el mal y el bien; pero no en el mío, donde la vida de todos los seres de este Imperio depende de mí.

No puedo tomar decisiones como una persona o perdería la cabeza.

Algunas nociones son inabarcables desde un espíritu mundano.

Pero Alexa es tan ingenua como para pensar que la ética importa aquí.

El guardia, sin embargo, niega con la cabeza cuando le pregunto si se trata de Alexa y me explica que es Tora.

Lo dejo pasar.

—¿Por qué usas la puerta principal? —pregunto, a modo de saludo. Sus aposentos dan a los míos por el interior; un arreglo de lo más provechoso para disimular frente a aquellos que creen que nos estamos acostando.

—No quería invadir tu espacio —responde, con esa sonrisa cortés tan propia de mi esposo—. Me han contado que has tenido un día largo.

—Así es. —Le hago un gesto y señalo el sofá frente al mío para que tome asiento—. La próxima vez llama a la puerta que conecta los aposentos. No nos conviene que te vean pedir permiso para entrar a tu cuarto.

Tora sonríe, pero asiente para sus adentros y pasa por delante de mí con una mano tras la espalda.

—¿Qué llevas ahí?

Dejo a un lado la tablet y con ella las imágenes de los puntos más conflictivos de Japón, los informes de los diferentes clanes, el número de bajas, el reporte de las pérdidas materiales…

Tora se ha sentado sin enseñar la mano. Lleva unos pantalones hakama tradicionales, negros y sobrios, pero un haori exquisito y bordado en oro por cuyas amplias mangas asoman sus brazos morenos.

Echa un vistazo a la tablet que queda a un lado, con la pantalla encendida y congelada en un correo del líder del clan Atagi de Hokkaido, que me pregunta qué ha de hacer con los soldados capturados de Raine Andrews, todos mercenarios.

—Antes de venir se me ha ocurrido traer esto… pero ahora que estoy aquí me siento muy tonto —murmura—. ¿He leído el apellido Atagi en la pantalla?

Enarco las cejas.

—Es de mala educación leer algo que no está dirigido a ti.

—Lo sé —contesta, con serenidad—. Lo siento. No he podido evitarlo. Sé lo de los insurgentes capturados. Son muchos.

—Y consumen recursos que el clan Atagi apenas tiene para sus propios guerreros. —Suspiro y me froto el puente de la nariz—. La heredera del clan Kiyowara en Kioto también ha escrito. ¿Te has enterado de eso?

—No —contesta, y creo que habla con sinceridad—. De eso no.

—Encuentran resistencia para la redistribución de recursos. La gente no está contenta. Algunas asociaciones, en su mayoría compuestas por pequeños comerciantes, se lo están poniendo difícil. No acatan sus órdenes.

Su mirada oscura, que es templada normalmente, adquiere un brillo más frío.

—Incumplir la voluntad del clan Kiyowara es incumplir la tuya. La heredera debería dejárselo claro.

—¿Qué sugieres?

Tora aparta la mirada, la pierde en los sh ō ji bellamente decorados, las pinturas de cerezos florecientes y pétalos que son arrastrados por un viento fantasma.

—Que les recuerde las consecuencias de traicionar al Imperio y les dé tiempo para recular —propone, con cierta prudencia—. Pero no mucho. Nosotros tampoco lo tenemos.

Tora ha sido instruido en mi mismo mundo. Por eso es capaz de sentarse ahí con esa sonrisa afable y seguir escondiendo algo tras la espalda como un niño mientras me recomienda imponer mi voluntad.

—Siento si soy muy directo… —murmura, suavizando el tono de voz.

Creo que malinterpreta la larga mirada que le dedico, así que suspiro, cruzo una pierna sobre la otra y niego con la cabeza.

—Eres mi aliado, el mejor que tengo. Debes ser sincero.

Tora se yergue un poco y alza el mentón. Es delgado y tiene un porte que sabe lucir con elegancia.

—Será un honor.

Me dedica una sonrisa, una que parece de verdad, y yo vuelvo a mirar el brazo que tiene tras la espalda.

—Voy a empezar a pensar que se trata de algo malo.

Él se ríe y me muestra una pequeña bandeja sobre la que hay…

—Sufure ch ī zu k ē ki —susurro, y le dedico una mirada interrogante.

Son pasteles, o más bien suflés, de queso. Pequeños y esponjosos, y con una consistencia que parece desafiar toda norma culinaria, pues se tambalean en la bandeja como si estuvieran hechos de gelatina.

—Esta tarde los sirvieron en una reunión, y pensé en pasar por las cocinas para traerte algunos. —Echa una mirada a la botella que hay sobre la mesa y se inclina adelante para depositar ahí la bandeja—. Pero mucho me temo que no combinan muy bien con el sake.

Parece avergonzado.

Y yo creo que es encantador.

También yo me inclino y tomo entre los dedos uno de los suflés. Son más pequeños que los tradicionales, apenas un bocadito que se deshace en mi boca en cuanto lo pruebo.

—Tal vez con umeshu encajen mejor —sugiero.

Tora me contempla fijamente, como si no entendiera… o lo hubiera hecho y quisiera comprobar que no se equivoca. Vacilante, sonríe y se pone de pie.

—Iré a buscar unas botellas.

También yo le dedico una sonrisa.