25 Kai Roppongi 27 días para el solsticio de verano #2
—Así que es verdad que no llevas el resto encima. —Me acerco a él hasta que estamos a un palmo de distancia. Markel se mantiene firme esta vez—. ¿Crees que aguantarás toda la noche sin confesarme dónde están?
Me devuelve la mirada. En su defensa, he de decir que no flaquea, aunque puedo sentir su respiración acelerada. Inspira con fuerza y sus ojos bajan un segundo por mi rostro.
¿Me acaba de mirar los labios?
Doy un paso muy necesario hacia atrás y dejo escapar una carcajada ligera.
Le quito la pastilla de los dedos.
—Relájate. Solo bromeo. No necesito más metadona.
Me la trago y vuelvo atrás, a dejar los ibuprofenos de Kiera en su sitio.
Me doy cuenta de que Markel no se mueve de donde está.
—¿Te duele?
Me giro hacia él.
Lleva una camiseta blanca de manga larga que se ajusta a su cuerpo y unos pantalones de chándal que caen sobre sus caderas acaparando mi mirada.
No necesito que me explique a qué se refiere.
—Cuando se acerca la hora de la siguiente dosis, sí —respondo, sin tapujos.
Markel suspira.
—¿Hikari sabe que lo estás dejando?
—Hikari no sabe que me metía. —Arqueo una ceja—. ¿O sí?
Casi puedo ver el nudo que se le hace en la garganta.
—Se lo conté. Cuando se enteró de lo de Anna creí que a lo mejor…
—A lo mejor le resultaba más fácil entender que era una persona de mierda si iba drogado por ahí —termino por él, para ponérselo fácil—. Descuida, hiciste bien. ¿Cómo está? ¿Has hablado hoy con él? ¿Se trajo los viales que le llevé?
—Sí, sí. Los ha traído.
—¿Le sientan bien? No todos le hacen el mismo efecto.
—Dijeron que eran buenos. Aya estaba tratando de analizarlos para intentar reproducirlos. Ella se ha quedado con Mitsuki. Los recursos de la Emperatriz son valiosos y ellas no se sienten en peligro. Así que es posible que pueda conseguirnos más viales.
—Eso es bueno —dejo escapar, y cierro los ojos.
Siento como si se aflojara una cadena que llevaba al cuello. Casi escucho el tintineo al caer.
Puede que nunca vaya a curarse, puede que no deje de estar en peligro, pero, al menos, esos viales lo mantendrán con vida mientras encontramos algo mejor.
—Deberías hablar con él —me dice, con tono duro.
—¿Y decirle qué? —replico—. ¿Que había estado engañándolo todo este tiempo? ¿Que su hermano es un asesino? ¿Un yonki?
Las palabras me queman en el paladar.
—Que su hermano lo quiere más que a sí mismo y que estaba tan desesperado por salvarlo que hizo cosas terribles porque no supo ver otra manera… porque se equivocó.
Se me abre un agujero en el pecho y el primer instinto es llevarme allí la mano; no porque sienta dolor o vacío, sino porque un viejo reflejo me empuja a buscar en mi cazadora de cuero el remedio a ese malestar que durante los últimos años nunca había dejado que fuera a más.
Cualquier retazo de dolor, cualquier remordimiento o preocupación, el amai doku lo atenuaba hasta convertirlo en un rumor suave y fácil de manejar.
Pero el bolsillo está vacío. Kiera tiró todo mi amai doku y la metadona, aunque se deshaga del dolor físico, no hace nada por llenar este agujero negro, sin fondo, que me atraviesa de lado a lado.
Cuando me doy cuenta Markel tiene los ojos fijos en mi mano crispada sobre el pecho, y me obligo a bajarla.
—¿Eso es lo que piensas?
—Es lo que me digo para dormir por las noches —contesta, serio.
Lo observo de hito en hito. ¿Por qué tendría problemas él para conciliar el sueño, si nunca le dejé participar en nada?
—También te traicioné a ti, Markel —susurro, con suavidad—. Si te culpas por no habérmelo impedido, tú no…
—No es eso —me interrumpe, con rotundidad.
El silencio se hace entre los dos. El sonido de las cigarras entra por la puerta abierta que da al patio y la brisa fresca del final de la tarde me acaricia el cuello y trae consigo el olor de Markel.
Frunzo el ceño.
—No te sigo.
Markel se yergue un poco, repentinamente tenso.
—No importa.
Hay dureza en sus palabras, y también en sus ojos, en esa mirada que normalmente alberga tanta ternura. No parece una persona dispuesta a perdonarme, a pesar de sus palabras.
La culpa en su expresión me hace pensar que realmente hay algo que tiene que ver conmigo que no le deja dormir por las noches.
Y una parte perversa de mí lo entiende enseguida.
El brillo que hay en sus iris marrones adquiere un matiz diferente bajo la luz de la tarde, la forma en la que su cuerpo se tensa junto al mío, la manera en la que traga saliva, el modo en el que sus ojos buscan mis labios…
A pesar de todo me desea.
Y eso lo tortura.
El mismo agujero se hace grande en mi pecho. Si se siente miserable es por mí; porque alberga sentimientos por un monstruo.
A mi antiguo yo no le habría importado. Habría acallado esa molesta punzada en el pecho con más amai doku .
Su dolor me habría parecido curioso, quizá me habría divertido.
Habría tirado de ese hilo de culpa enredado en deseo para ver hasta dónde estaría dispuesto a llegar y lo habría metido en mi cama sin ningún tipo de remordimiento.
Pero ya no hay amai doku que mitigue el dolor y amortigüe el resto de sensaciones.
Ahora estoy solo frente al vacío y llevo tanto tiempo sin enfrentarme a él que ya no sé cómo hacerlo.
—Gracias por guardar la metadona —me obligo a decir y la voz me sale tan temblorosa que debo bajar el tono—. No te preocupes, no voy a buscar el resto.
Doy media vuelta.
—¿A dónde vas?
—A dormir —respondo.
—Ni siquiera ha anochecido —murmura—. ¿No quieres cenar? Los demás ya han cenado, pero puedo preparar algo para nosotros dos.
Inspiro profundamente, pero eso no parece disipar el dolor. En todo caso lo extiende: por mis huesos y mi sangre, por el resto de mi cuerpo.
—No, gracias.
Me obligo a avanzar.
—Kiera dijo que no debías saltarte comidas —replica, con rapidez. Escucho su voz más cerca.
Incluso a pesar de todo, se preocupa por mí.
Qué fácil sería darse la vuelta, tirar de ese hilo, ver a dónde me lleva… Una parte de mí quiere volver atrás, dejar que me cuide y que vuelva a decir, incluso si es con culpa en la mirada, que todo lo que hice fue por mi hermano y que las formas fueron una simple equivocación.
Pero otra parte de mí más sensata y triste que hacía mucho que no escuchaba se niega a moverse, ancla las piernas al suelo y me dice: «No te lo mereces».
Así que le hago caso, me trago el nudo que tengo en la garganta y respondo:
—Ya he cenado. Buenas noches, Markel.