25 Kai Roppongi 27 días para el solsticio de verano
R yosuke es el único superviviente del clan M ō ri.
Nos lo cuenta frente a una taza de té que no toca.
Tiene exactamente el aspecto de alguien que ha visto morir a toda su familia. Aunque normalmente debe ser un hombre apuesto con esos rasgos simétricos y hermosos, hoy tiene el rostro desencajado, surcos negros alrededor de los ojos y las mejillas sin color a pesar de que su piel es bastante morena.
Akane estaba a punto de marcharse a su clínica cuando nos ha visto aparecer y ha vuelto a asegurar, cuando Ryosuke la ha reconocido, que ella no sirve a la Emperatriz, sino al Imperio.
Él está tan desesperado y solo como para aceptarlo sin más preguntas.
—Nos ha puesto en una situación imposible —explica—. Quería provocar esto. De no haberlo hecho anoche, habría encontrado la manera durante los próximos días, o semanas… Me quiere fuera del tablero de juego, igual que hizo hace años con el clan Kanmu.
Anna sacude la cabeza.
Se ha sentado tan alejada de mí como ha podido. Creo que Markel le ha explicado la situación conmigo, pero hay que reconocerle la valentía para compartir la mesa con alguien que le ha hecho tanto daño.
—Entiendo que eras un peligro para su gobierno —dice Anna—. ¿Pero qué ocurre con los otros clanes? ¿Es que no van a decir nada? ¿Aceptarán sin más la masacre?
Ryosuke toma la taza humeante de té y la observa entre sus manos.
—De haberme matado también a mí lo habrían aceptado sin más, sí. Sin embargo, como estoy vivo…
No termina la frase. Quizá no tenga fuerzas para verbalizar ciertas cosas, o a lo mejor no se fía del todo de nosotros.
Tampoco yo lo haría.
—Ahora Ryosuke es más poderoso que nunca —termino yo por él—. Incluso sin tierras ni recursos, su figura podría servir para encabezar una rebelión contra Akiyama y la Emperatriz lo sabe.
Ryosuke me mira, pero no detiene sus ojos oscuros en mí.
Los pasea por toda la sala. Se fija en la reacción de Anna, que sigue tan espantada como para que no suponga un peligro; en la expresión temerosa de Markel, los ojos sinceros e impresionados del pirata, en el gesto huidizo de mi hermano, en la expresión grave de la Bruja…
Sabe que darle refugio es una condena para cada uno de nosotros, y está calibrando si representamos una amenaza.
Neal y Kiera siguen combatiendo contra los oni con el Skytree, así que aún no lo saben.
—¿Y Alexa? ¿Se ha quedado con ella a pesar de todo? —inquiere Markel.
Aún dormía cuando hemos llegado. Lleva un pantalón de chándal y una sudadera y tiene el pelo revuelto. Debe de haber pasado la noche en vela trabajando en su algoritmo.
Riku sacude la cabeza.
—Sacar a Ryosuke de allí ha sido idea suya. Lo ha estado ocultando de los guardias toda la noche. Iba a marcharse con nosotros, pero Echo ha llegado y… —Sacude la cabeza con pesar—. Se ha quedado atrapada.
Markel inspira con fuerza.
—Mi hermana ha estado a punto de vernos dos veces —explica Ryosuke—. No conocía a esa mujer, pero Alexa se ha quedado con ella para permitir que nosotros escapáramos.
Markel se gira hacia Akane.
—¿No puedes hacer nada? A ti te escucha.
—Es evidente que no. De lo contrario, no habría masacrado a su clan.
—Hace un gesto hacia Ryosuke, un asentimiento mudo de respeto—.
Yo no sabía lo que pretendía y está claro que ya no me consulta ese tipo de decisiones.
Siento su pérdida, M ō ri-sama. No puedo imaginar por lo que está pasando, pero nada de lo que yo le diga ahora a Echo Akiyama compensará esas vidas que ha arrebatado.
—Lo sé —declara, con una entereza admirable. ¿Cómo es capaz sin amai doku, sin ningún tipo de parche?—. Sé que todos habéis colaborado con ella en el pasado, pero mucho me temo que Echo Akiyama ha emprendido un camino sin retorno.
—Descuida —le digo yo—. La Emperatriz ya había tomado decisiones que nos han hecho apartarnos de Palacio.
—Pero si le pides que deje marchar a Alexa, tal vez te escuche —insiste Markel, mirando a Akane—. No podemos dejarla sola con ella.
—Mucho me temo que pedírselo no haría más que empeorar la situación —dice Akane, con las cejas oscuras fruncidas en un gesto doloroso—. Eso la haría sospechar, y si se entera de que Alexa ha tenido algo que ver con la huida de su hermano…
Akane sacude la cabeza y Anna asiente, porque opina igual.
—Tiene que salir de ahí sin que se dé cuenta. Intentaré ayudarla, pero… va a ser difícil —dice la Bruja.
—Después de lo de anoche no va a dejar que nadie más escape. Lo de hoy ya me parecía bastante imposible —añade Ryosuke, y me echa un vistazo—. Gracias, por cierto.
Le devuelvo un asentimiento sutil y, entonces, una vocecilla nos interrumpe.
—Tienes que salvarla. —Hikari apoya las manos sobre la mesa mientras me mira fijamente. Se me había olvidado que estaba aquí—. Tienes que ir a por ella y traerla, como has hecho con nosotros.
No tengo que pensarlo.
—Vale.
—¡No! —interviene Akane, con rotundidad—. Claro que no vas a hacer algo así de peligroso. Si te atrapa ahora no tendrá ninguna razón para mantenerte con vida. Atará cabos y te matará por traición. El riesgo no merece la pena.
—¿No merece la pena salvar a Alexa? —inquiere mi hermano—. ¡Ella se ha jugado la vida por nosotros!
—Iré —insisto yo—. Puedo hacerlo, Akane.
—Sí, dejad que vaya —opina Riku, que sigue mirándome con gravedad. Le veo abrir la boca y volver a cerrarla cuando echa un vistazo a mi hermano, e imagino que se está conteniendo para no añadir algo hiriente.
—No. —Otra voz inesperada interviene. Me giro hacia Markel, aunque no me mira a mí—.
Es muy peligroso, Hikari. Akane tiene razón.
Si intentan escapar ahora y los atrapan los matarán a los dos, a tu hermano y a Alexa.
Si la Emperatriz aún confía en ella, tal vez sea bueno que no se haya quedado completamente sola, que Alexa pueda frenarla para que no…
—¿Para que no cometa una atrocidad? —pregunta Ryosuke con voz raspada—. Mi primo tenía solo ocho años. ¿Qué más puede hacer? ¿Qué otros crímenes debe cometer?
Anna levanta la mano y la apoya sobre la de Ryosuke, que al principio reacciona apartándola con violencia, hasta que se da cuenta de que ha sido la chica, y vuelve a dejarla en su sitio. Anna le ofrece una sonrisa cálida y le rodea los dedos en un apretón silencioso.
No solo ha muerto su primo pequeño.
Que yo sepa, la concubina del emperador Hisaaki seguía con vida hasta anoche, así que Ryosuke ha perdido también a su madre, y ha debido de ver morir a sus tíos, a sus primos, quizá a sus abuelos…
En el silencio denso que se extiende después, solo Anna se atreve a hablar.
—La mejor baza de Alexa es que encuentre la forma de escapar mientras Echo aún confía en ella.
Hikari me mira y sé que si ahora vuelve a pedírmelo me levantaré y nadie podrá detenerme, porque me marcharé a Palacio hoy mismo.
Pero mi hermano acaba bajando la mirada y no se atreve a decir nada más.
El resto del día lo paso entrenando: iagiri , desenvainar, cortar y envainar en un solo movimiento; kesa-giri , corte diagonal descendente; kirikaeshi , una serie de movimientos encadenados… Repito varias series hasta que me arden los músculos y no soy capaz de sostener el bokken .
También esto me lo enseñó Arashiro. A veces me presentaba por allí todo preocupación, ira y dolor porque se acababan los medicamentos para Hikari y no sabía cómo pagaría los siguientes, le daba una mala contestación o me rebelaba contra él y Arashiro me entrenaba hasta que reventaba y no quedaba espacio para nada más.
Luego me preguntaba qué me ocurría.
No siempre conseguía hacerme hablar, pero el entrenamiento ayudaba. La disciplina, el control sobre el dolor, el vacío que llenaba la mente mientras tanto…
Tras su muerte todo eso ya no fue suficiente y el espacio que dejó lo llené con amai doku.
Hoy entreno hasta que vuelvo a sentir esa paz que ahora vuelve a ayudar un poco.
Procuro no dejarme ver, y evitar a Anna y a Hikari. Tampoco me cruzo con Riku, que tiene tan pocas ganas de verme como yo a él.
Las horas pasan, pero Akane sigue sin aparecer.
Supongo que la clínica le estará dando mucho trabajo estos días.
A mí personalmente me da igual, pero necesito mi metadona. Así que estoy revolviendo las cosas que Kiera dejó en su cuarto antes de partir al Skytree cuando Markel se asoma por la puerta abierta que da al patio.
Tiene los mechones castaños revueltos. Seguro que ha pasado horas delante del ordenador, despeinándoselo sin darse cuenta. Todavía lleva, un poco caídas sobre el puente de la nariz, las gafas que le hacen esos ojazos marrones aún más grandes.
—Si buscas a Akane no volverá hasta mañana. El señor Hirano la necesitaba.
Dejo la bolsa de Kiera en el suelo. Solo he encontrado instrumental médico y unos putos ibuprofenos.
Me cago en la puta.
—Me las ha dado a mí —suelta.
Me pongo en pie y lo observo con cuidado. Para ser un tipo tan grande, parece medio encogido detrás del fusuma.
—¿ Qué es lo que te ha dado?
Markel duda.
—¿Te ha dado las pastillas? —inquiero y ladeo la cabeza. Él asiente—. Así que tú tienes que racionarme la metadona hasta mañana.
—No tengo que racionar nada —replica, con rapidez—. Solo tienes que tomarte una hasta que vuelva.
Me fijo mejor en la mirada huidiza, el ligero temblor de sus labios, rígidos en una línea recta.
Está asustado y yo… Ah… yo estoy irritado, dolorido y no me siento para nada benevolente.
—Pero Akane no se ha llevado todas las pastillas —replico—. Así que debe habértelas dejado a ti. O a lo mejor solo te ha dicho dónde las ha escondido.
Doy un paso adelante y Markel se yergue, pero a mí no me engaña y esa expresión es tan deliciosa…
—Solo tengo una pastilla —responde, intentando parecer firme.
Doy otro paso hacia él y se echa hacia atrás por inercia. Se frena enseguida, pero ya es tarde. Yo veo la duda.
—¿Me la vas a dar?
Traga saliva, se mete la mano en el bolsillo y me tiende la metadona.
Lo miro a los ojos.