24 Kiera Roppongi 27 días para el solsticio de verano #5
Tomo un par de toallas del baño y me apresuro a limpiar la sangre antes de desinfectar la herida. Neal se mantiene de pie, quieto y obediente mientras procedo con cuidado, hasta que le pido que se siente.
Me acomodo frente a él y al igual que hice en esa posada de Kanazawa el día que corrimos huyendo de la oscuridad, le doy puntos en la herida sin que apenas tuerza la expresión.
Me doy cuenta de que me mira fijamente y yo procuro concentrarme en la herida.
—¿Ha sido el oni con pinta de esqueleto? —pregunto.
—Sí —contesta. Su voz suena grave. Su aliento, muy cerca de mis labios. De pronto, siento algo cálido en el abdomen y me estremezco—. Esto te lo ha hecho el Amanojaku, ¿verdad?
Se me seca la garganta, pero no por la pregunta.
Sus dedos sobre mi piel y el calor que emana de la suya me distraen.
Debería estremecerme por el recuerdo del heraldo y el sonido eléctrico de las anomalías. Se me debería entrecortar la respiración por la certeza de que la oscuridad me ha salvado la vida… una vez más.
Y, sin embargo, me cuesta respirar porque Neal Kellum me está rozando.
Estoy perdida.
—No tengo nada.
Neal desliza las yemas de los dedos a través de la tela rasgada y prolonga la caricia por lo que debería ser una herida muy fea. Siento sus dedos en las costillas, bajo el pecho, erizando cada milímetro de piel, que reacciona inevitablemente ante su caricia.
—Ya lo veo —observa, pero en realidad no la está mirando. Me mira a mí, directamente a los ojos—. ¿Has terminado, soldado?
Su voz sale con un deje provocativo cuando ve que me he detenido, pero esa expresión seria no muda ni un poquito.
—No —respondo, y sigo curándole la herida.
Neal baja la mano y yo recupero parte de la estabilidad, aunque no mucha.
Espero la inevitable pregunta, la misma para la que ni yo tengo una respuesta.
¿Por qué se me curan las heridas en la oscuridad?
¿Por qué no me ha matado el Amanojaku?
No llega. Neal mantiene la boca cerrada y los ojos fijos en mí hasta que termino de coserlo y tapo la herida con una gasa.
Me mira a los ojos durante todo el tiempo que le curo los golpes de la cara y soy plenamente consciente mientras trabajo, pero no digo ni hago nada.
Cuando termino y alzo los dedos para rozar con suavidad los bordes de la herida ya limpia de su pómulo, Neal me agarra de pronto por la muñeca.
Esta vez, no tengo más remedio que devolverle la mirada.
—Ya he terminado —declaro.
Neal no me suelta. En lugar de eso alza la otra mano y me agarra con suavidad del mentón. El contraste entre la fuerza que sé que hay en esos dedos largos y la delicadeza con la que mueve ligeramente mi rostro es demoledor.
Me observa con cautela, pendiente de cada mínimo detalle.
—Siento haberte atacado antes —susurra, muy concentrado, y comprendo que estaba buscando unos golpes que ya deben haber desaparecido.
—No pasa nada. Yo quería mataros a todos dejándoos a oscuras.
Sus ojos vuelan a los míos de nuevo y una chispa de diversión y sorpresa se aloja en ellos mientras arquea las cejas rubias.
—Se ve que mis deseos oscuros son más perversos que los tuyos. Quién lo iba a decir.
Neal no se ríe. En lugar de eso abre la boca y con voz templada y absolutamente serena, susurra:
—Desnúdate, por favor.
Su voz baja como una caricia por mi espalda.
—¿Qué? —inquiero, casi sin aire.
—Sé que crees que no estás herida, pero me gustaría comprobarlo.
Lo dice tan calmado…
Voy a replicar, a responderle que no hace falta, que no hay tiempo… y todos los buenos argumentos mueren cuando se inclina sobre mí y noto sus diestros dedos en mi nuca, manipulando el cierre del traje.
Neal baja la cremallera despacio, tan cerca de mí por la postura que siento que si me inclinase un poco podría descansar la cabeza en su pecho desnudo. Sería tan agradable… Y tan mala idea.
Cuando se aparta me pone las manos sobre los hombros y las desliza con un cuidado absoluto por mis brazos, revelando piel desnuda salvo por el sujetador.
Neal guarda silencio y yo ya no soy capaz de protestar.
Su mirada se queda atascada en el lugar ensangrentado de mi abdomen, también en la sangre del cuello. Aquí y allá hace comprobaciones y encuentra rastros de los que yo tampoco había sido consciente hasta que sus dedos se detienen sobre un golpe en las costillas.
Desliza los dedos por ellas y yo me estremezco.
—¿Por qué este no se ha curado?
Me lo he hecho durante el último combate, cuando un ataque del tercer Amanojaku me ha hecho saltar y he caído contra un mostrador de mármol.
Trago saliva.
—Creo que es porque después del golpe no he vuelto a quedarme a oscuras.
Siento, en cuanto lo digo, que el suelo bajo mis pies se tambalea un poco. Es un temblor ligero, apenas una advertencia que desestabiliza la realidad pero no la destruye por completo. Me quedo aquí, sin creerme del todo mis propias palabras, incapaz de asimilarlas.
Es una locura.
Es imposible.
Y, sin embargo…
—No me he resistido —reconoce, de pronto, interrumpiendo unos pensamientos cuyo rumbo comenzaba a ser oscuro—. Al sentir el influjo del Amanojaku tú te has dado cuenta enseguida de lo que era. Yo no. Al entenderlo me ha dado igual. Solo quería sacarte de ahí.
—Es un deseo oscuro muy noble. —Vuelvo a sonreír.
—Y muy presente —añade, todavía serio. Sus dedos se quedan en el límite de la piel sana.
Su pulgar traza una caricia sobre el golpe apenas sin rozarlo—.
Confío en tu fuerza y sé que estás preparada.
Soy muy consciente de que no puedo encerrarte para mantenerte a salvo, pero recordarte inmóvil entre mis brazos me enferma de una manera que me asusta.
Neal aprieta la mandíbula y el dolor y la rabia que hay en sus palabras me empapan.
—Yo también me siento así —confieso—. Todo el tiempo. Hasta que te vi de pie en la Metropolitana pensaba que… No sabía si… —Se me quiebra un poco la voz y he de bajar tanto el tono que temo que no me escuche—. Creía que no volvería a verte jamás.
El pecho se le hincha al tomar aire de forma brusca.
—Y, sin embargo, huiste de mí —me reprocha, con deje grave—. Te escapaste, dos veces.
—Neal…
Sacude la cabeza.
—Qué cobarde, Amell —replica, endureciendo aún más el gesto.
Eso me duele.
—Si estuvieras en mi lugar…
—No sé lo que haría —contesta, con rotundidad, y se inclina adelante, hasta que veo el aro dorado que bordea sus pupilas, ese destello de luz en el bosque—, pero no te alejaría de mi lado.
—¿Por qué pareces enfadado de nuevo? Creía que estaba olvidado.
—No estará olvidado hasta que me prometas que no volverás a hacerme algo así.
—¿Cómo es posible que quieras seguir a mi lado sin saber qué soy?
Neal frunce el ceño, su expresión se endurece tanto que ahora sí parece cabreado.
Sus dedos trazan a la inversa el camino que antes me ha desnudado, pero no apagan el fuego, lo avivan.
¿Cómo es que sus manos me encienden más al ponerme la ropa que la caricia de cualquier otra persona al quitármela?
—Sé quién eres, Kiera Amell. Pero, sobre todo, sé quién soy yo cuando estoy contigo. Te dije que el resto me importa una mierda.
Se me llenan los ojos de lágrimas y soy incapaz de responder.
Pienso en la oscuridad que me ha envuelto hoy, me aferro a ella y sigo la estela oscura de ese miedo:
Kohana preguntándome si quería vivir.
El último aliento de mis padres a mi lado.
El dolor en el alma, el fuego en los pulmones y el miedo, siempre el miedo.
Yo diciendo sí .
Me adentro en esa habitación de paredes blancas y todo se llena de gritos.
Lo siento como plantarme frente a una presa y retirar el dique. El agua no solo me ahoga, me arrastra, me hunde… y sé que he de salir de ahí. Pero me obligo a quedarme.
Unas garras afiladas me constriñen la garganta y hacen que la voz me salga aguda.
—Ayer… no os conté todo.
—¿Qué ocurre, Amell? —pregunta, con cautela.
El miedo, un miedo profundo, me hace bajar mucho la voz.
—Yo… cuando le dije «sí» a Kohana Harewood ya imaginaba que no estaba bien.
—Trago saliva, me armo de valor—. Cuando mi familia y yo enfermamos de gripe blanca, los síntomas fueron suaves al principio y evolucionaron de forma tan agresiva después que cuando nos ingresaron el virus ya había avanzado hasta una fase irreversible.
Mi padre ya estaba muy mal cuando Kohana le habló a mi madre de un tratamiento experimental.
Las condiciones le horrorizaron tanto como para no firmar el consentimiento, a pesar de que los médicos le aseguraron que si no lo hacía los tres moriríamos.
Kohana esperó a que intubaran a mi madre y después me ofreció el tratamiento a mí… Y yo dije que sí.
Tarda un rato en entenderlo.
—Claro que dijiste que sí. Solo eras una niña.
—Pero sabía que mi madre no estaba de acuerdo. Mi madre me habría dejado morir con tal de evitar… —Me quedo sin voz.
Los recuerdos de ese cuarto blanco vuelven a mí a la vez, junto con el dolor y el pánico… hasta que siento algo en la mano.
Son los dedos de Neal.
En su muñeca todavía lleva el lazo dorado; un recordatorio de que para sobrevivir debemos ser valientes.
—¿Qué más? —me anima, con esa voz de comandante que ahora me hace sonreír.
La sonrisa manda de vuelta a la jaula los terrores oscuros que se han abierto paso a dentelladas desde mi pecho.
—Mis padres murieron, yo me salvé y entonces empezaron los experimentos que yo había consentido.
—¿Experimentos? ¿Con una niña?
Asiento.
—Era la primera persona que se recuperaba después de un estadio tan avanzado de gripe blanca.
Eso era lo que interesaba al departamento de Kohana, y al ejército.
Durante meses me estudiaron e intentaron replicarlo en cualquier otro paciente, sin éxito.
La epidemia de gripe blanca remitió, dejó de ser un peligro tan acuciante, y ante la falta de resultados el ejército dejó de subvencionar a Kohana…
pero a ella le dio igual. Nunca me lo dijo, pero yo sospechaba que mientras otros buscaban una cura para la gripe blanca ella estaba experimentando con algo más .
—Las anomalías —murmura.
—Kohana Harewood era una oficial al frente, por aquel entonces, de un departamento de Defensa Biológica independiente.
—Mierda —masculla, y la gravedad de su gesto, curiosamente, me tranquiliza.
Me gusta que no intente disipar la gravedad de lo que le estoy contando.
—He olvidado casi todo y lo que recuerdo es muy vago.
Cuando intento concentrarme… todo es borroso; apenas fragmentos de imágenes, sensaciones, dolor…
No sabía que me curaba estando a oscuras.
Te lo juro, Neal. No lo sabía hasta que estrellé el Scorpion V, salí de la nave y vi cómo había quedado mientras que yo salía ilesa…
Kohana me dejó a oscuras muchas veces. Ahora que sé esto imagino que ella buscaba el mismo resultado, pero…
en aquellas ocasiones las anomalías me hirieron.
De la mayoría de las veces tan solo recuerdo despertar después en una cama de hospital llena de tubos y conectada a monitores.
Neal aprieta la mandíbula.
—Nunca he deseado tanto la muerte de otro ser humano, pero a Kohana Harewood podría matarla con mis propias manos —masculla, con la voz enronquecida—. Hacerle eso a una niña que además estaba sola…
Inspira con fuerza y al advertir la forma en la que está cerrando el puño apoyo allí una mano.
—Te lo cuento porque estoy empezando a atar cabos y por mucho miedo que me dé pronunciar todo esto en voz alta… creo que fuera cual fuere su intención, Kohana lo consiguió… Aunque ella no debió de demostrarlo nunca; de lo contrario, no me habría permitido escapar.
Cuando quiero darme cuenta, le estoy apretando mucho la mano. Él me la rodea de vuelta, se lleva mis nudillos a los labios y deposita allí un beso suave que termina de romperme.
Se me saltan las lágrimas, pero ya no puedo parar. No ahora, cuando estoy tan cerca.
—Creo que la oscuridad no solo me cura… sino que me protege —murmuro—. Creo que las anomalías cuidan de mí.
Es una locura. Es absolutamente demencial… Pero Neal asiente.
—Eso parece. —De pronto, esboza una sonrisa que parece real—. Bienvenidas sean.
Me restriego las lágrimas con la manga del traje.
—¿No te preocupa que las anomalías parezcan… reconocerme ?
—No.
Vuelven a arderme los ojos.
—¿No te doy miedo?
—No —responde, más tajante, y casi ofendido.
Contengo el aliento.
—¿Puedo besarte ya?
No contesta. No hace falta.
Me agarra por la nuca, tira de mí y me da un beso largo y profundo que me arranca un quejido.
Neal Kellum besa como si estuviera hambriento.
Me recorre la boca con la lengua en un avance implacable, meticuloso y brutal que me deshace hilo a hilo hasta que me siento completamente vulnerable.
Enredo los dedos en su pelo y tiro de él cuando siento que es demasiado, pero en lugar de detenerse se desplaza hacia mi cuello, baja con dedos hábiles el borde de mi traje, que se ilumina ante la presión de su contacto, y me besa la garganta con verdadera devoción hasta que él mismo deja escapar un gemido grave y masculino y se aparta de golpe.
—Aquí no —murmura, con voz ronca—. Así no. Todavía no.
—Tenemos tiempo —le digo, con la garganta seca.
Neal se muerde el labio inferior y durante un instante veo el impulso que tira de sus manos, que se clavan un poco en mi cintura. Lo imagino tumbándome sobre el colchón, agarrándome por las muñecas, cerniéndose sobre mí…
Se pone de pie y da un paso atrás.
—No para las cosas que quiero hacerte —contesta, y me vuelvo lava líquida—. Gracias por contármelo —añade, más serio de nuevo, y se arriesga a acercarse, inclinarse un poco sobre mí y depositar un casto beso sobre mis labios.
—Gracias por quedarte —susurro, sin voz.
—Siempre.
Me encuentra la mano y la rodea con una ternura que no corresponde en absoluto con unas manos que sé que son tan letales en la batalla.
—¿Vienes a mi cuarto después?
Le prometo que sí.
Y entonces tiene que ponerse el casco, salir e interpretar de nuevo el papel de comandante.