Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 24 Kiera Roppongi 27 días para el solsticio de verano #4
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24 Kiera Roppongi 27 días para el solsticio de verano #4

Y a pesar de la muerte y la destrucción, a pesar de la sangre, de los demonios y de la masacre a la que nos enfrentamos, me siento afortunada.

Nadie me había mirado nunca de esa forma.

Cuando llego frente a él aún me contempla y yo me limito a ofrecerle la máscara.

—Comandante.

El oficial con el que habla se queda en silencio, completamente rígido mientras me mira como si fuera una aparición.

Neal tarda en reaccionar, pero acaba asintiendo y alarga la mano para tomar la máscara. No me suelta. Sus dedos se cierran sobre los míos mientras sus ojos me estudian con rapidez en un examen meticuloso.

—Tu abdomen… —empieza, pero yo no dejo que el pánico vaya a más.

—Solo ha sido el traje —contesto.

Tanto el oficial como él bajan los ojos, contemplan la sangre que, sin duda, no es del traje, y Neal vuelve a inspirar con fuerza antes de obligarse a apartar la mirada y tocar un control del comunicador.

—Amanojaku neutralizado —anuncia—. Continuamos con la misión. Segundo relevo de Suzaku, preparaos. Tercero de Byakko, despejaremos el camino hacia la siguiente planta. Quien pueda seguir luchando después de esta ofensiva, que se ponga en pie —sentencia, por el canal abierto.

Luego, apaga la señal y antes de echar a andar me dedica una mirada prudente. Imagino que se está controlando.

—¿Estás bien?

Asiento.

—¿Y tú?

No hace falta que responda. Los dos sabemos que no estará bien hasta que todos sus hombres hayan abandonado la torre.

Continuamos barriendo las plantas, librándolas de anomalías e iluminando los caminos más oscuros mientras Suzaku destruye a los oni que encontramos.

Markel cree que las bombas deberían estar en las plantas inferiores, bajo el suelo, pero antes de ponernos a buscar debemos asegurarnos de que el sitio está limpio.

No vuelve a ser tan difícil hasta que damos con el siguiente Amanojaku y entonces estamos preparados porque sabemos qué esperar. Esta vez, tenemos una estrategia y Neal envía a un grupo muy reducido en una ofensiva que no acaba en una masacre de nuevo.

Sí que perdemos a muchos hombres; lo hacemos en casi todas las incursiones, a manos de oni menores y también de anomalías.

La torre está infestada.

Kai y Akane tenían razón: se ha convertido en su nido.

Al final, Neal acaba coordinando los ataques. Al igual que hizo aquella vez en Ginza, se establece en el vestíbulo de una planta dedicada a las habitaciones de lujo para dirigir desde allí las ofensivas y todo avanza mucho más rápido… aunque incluso así no parece suficiente.

En el último ataque me envía a regañadientes con un grupo compuesto por matademonios de Suzaku y aniquiladores del Byakko entre los que está Travis.

Nos elige porque la influencia que ejerce el Amanojaku sobre nosotros no es tan peligrosa. Incluso así, el demonio no nos lo pone fácil.

Ninguno de los que formamos el pelotón intenta atacar a otro, pero el ambiente se enturbia cuanto más cerca estamos y ninguno vuelve a respirar de verdad hasta que conseguimos matarlo.

Esta vez, solo un soldado muere.

Solo uno.

Me quedo ahí de pie frente al cuerpo inmóvil, atravesado por unas garras que antes deberían haberme matado a mí.

Travis también se queda mirando el cuerpo mientras el equipo que se encarga de los heridos y los cadáveres se lo lleva en una camilla.

—¿Lo conocías?

Levanta la cabeza con rapidez. Parece sorprendido de que me dirija a él.

—No, pero nunca es agradable ver morir a alguien. —Me mira a través del visor y por un momento me parece ver algo parecido a la pena en sus ojos marrones.

Doy un paso hacia él.

—Travis, yo…

Me detengo en el acto, cuando él da un paso atrás. La vulnerabilidad que había creído ver en sus ojos es ahora miedo; miedo de mí.

Un dolor sordo se cuela entre mis costillas, me oprime el pecho y las entrañas y despierta una voz que nunca se va del todo y murmura:

«¿Lo ves? Esto es lo que te mereces».

Aprieto los nudillos y me doy la vuelta, pero perder esa expresión de vista no tiene el efecto que buscaba.

«Eres un monstruo».

«Abominación».

«Experimento de laboratorio».

Cuando me quiero dar cuenta ya no sé en qué sección estoy. Dejo atrás a los soldados que me miran al pasar mientras los bordes de mi realidad se oscurecen y las sombras salen de algún rincón de mi interior para nublarme los sentidos.

«Te tienen miedo».

Noto las piernas flojas, pero me obligo a seguir.

«Te odian».

El corazón me late tan fuerte que me duele respirar.

«Te quieren muerta…».

—Amell. —La voz de Neal, sonora y potente, silencia todas las demás.

Lentamente, las sombras se repliegan. Me llevo la mano al pecho.

¿Un ataque de pánico?

—Amell —vuelvo a oír su voz y solo entonces me doy cuenta de que no me la estaba imaginando. Está hablando a través de una línea privada—. ¿Estás bien?

Su tono neutro no oculta la gravedad que desprende.

—Estoy bien —confirmo.

Una inspiración profunda.

—Vuelve al punto de control. Hemos terminado por hoy.

Acto seguido, da la misma orden por la línea abierta que llega al resto de secciones. Ahora solo hace falta asegurar las zonas conquistadas para establecer un perímetro seguro.

Yo no obedezco enseguida. Me siento aquí mismo, contra una pared, e ignoro las miradas de los soldados curiosos. Me permito quedarme aquí unos minutos, volver a respirar, hasta que la sensación de ahogo desaparece.

No sé cuántos soldados habrán caído para hacerlo, pero creo que prefiero no ser consciente.

Busco a Neal cuando algunos compañeros ya se están movilizando para cargar con los cuerpos.

Los sanitarios se dedican a correr de un lado a otro ofreciendo asistencia a quienes no se pueden mover y varios camilleros suben y bajan las escaleras a todo correr evacuando heridos, porque aún no tenemos luz que haga funcionar los ascensores.

Neal sigue dando órdenes cuando lo encuentro en el vestíbulo de lo que en su día fue una planta residencial, regio y elegante en ese traje ahora manchado de sangre.

A través del visor del casco advierto unas gotitas de sangre seca en la sien, y también sobre el labio superior…

sangre que yo le he provocado de un cabezazo.

Cuando siente que me acerco y alza el rostro veo que tiene el pómulo izquierdo un poco enrojecido y en un rápido examen compruebo que también su traje está rasgado a la altura del antebrazo y sobre la clavícula izquierda.

Neal deja que el oficial con el que hablaba se retire. Yo no espero a que se marche.

—¿Hay rastro de las bombas? —pregunto, a modo de saludo.

Sacude la cabeza.

—No. Todavía no. En el perímetro asegurado no están, pero aún queda mucho que limpiar, y hay zonas oscuras, en los niveles inferiores, que aún debemos iluminar. Todavía es posible que Markel tuviera razón.

Asiento, pensativa, y me fijo mejor en el rostro magullado de mi comandante.

—Deberías dejar que un sanitario te viera.

Sus ojos verdes bajan por mi cuerpo al igual que han hecho antes, con emoción contenida. Una línea recta le aprieta los labios y le contrae el gesto en una mueca demasiado seria, todavía atrapado en el papel de comandante.

—Estoy bien.

—¿Qué falta coordinar? —le digo yo.

—Nada —responde él—. Evacuamos a los heridos y en cuarenta minutos partimos al Skytree antes de que anochezca.

—Entonces, puedes echarme una mano —murmuro.

Neal frunce el ceño.

Debe de pensar que si le pido ayuda es importante.

—¿Qué ocurre?

No le doy explicaciones. Agarro uno de los kits médicos y fuerzo una de las cerraduras de los cuartos. Antes de que esto colapsara, esta planta alquilaba apartamentos de lujo.

Huele a cerrado y a humedad, pero la luz que entra por el gran ventanal al otro lado del inmenso dormitorio es suficiente para mantenernos seguros.

Dejo el botiquín en la cama y abro las ventanas para permitir que la brisa refresque el ambiente. Cuando me giro, Neal se ha llevado las manos al casco y se lo está quitando despacio.

Tiene el pelo rubio revuelto, corto en los laterales y largo en el centro. Se pasa la mano por él y se lo echa hacia atrás, pero varios mechones siguen cayéndole por la frente y algo tira de mi mano antes de que pueda reprimirlo.

Le paso los dedos por el pelo y siento cómo su cuerpo se tensa bajo la caricia.

Neal toma aire de forma brusca y, de pronto, como si un hechizo se quebrara, me envuelve entre sus fuertes brazos.

Me pega a su pecho y siento contra la mejilla los rápidos latidos de su corazón.

El traje del Skytree se le acomoda perfectamente a la piel y noto los surcos de sus músculos a través de la tela, pero a pesar de todo no lo siento lo suficientemente cerca.

Mientras me estrecha, algo dentro de mí suplica por más, anhelando el tacto de su piel cálida contra los dedos y, de pronto, Neal rompe el contacto.

—¿Dónde te han herido? —pregunta, con voz grave—. No sé si yo podré… Sería mejor que llamara a…

—No estoy herida. Tú, en cambio… —Le agarro el mentón con los dedos—. ¿Te he dado muy fuerte?

—No lo suficiente —responde, con arrogancia—. Creo que no te están entrenando bien, Amell. Esos golpes han sido muy flojos.

Arqueo las cejas.

—Hablaré con mi superior. —Suelto a Neal y camino hasta el borde de la cama—. Desnúdate, Neal. Perdón: comandante.

Sus ojos se oscurecen bajo una sonrisa que le tira de la comisura izquierda de la boca, la misma en la que tiene sangre; pero sigue sin relajarse por completo. Casi puedo ver la sombra oscura que se agazapa sobre sus hombros y tira de ellos hacia abajo.

Sin embargo, por alguna razón, obedece. Se lleva las manos a la nuca y suelta el traje para bajárselo hasta la cintura, dejando al descubierto un torso bien trabajado.

Tiene algunos golpes que pronto se tornarán violáceos y de la clavícula izquierda le baja un reguero de sangre por el pectoral y los surcos de los abdominales.

Esa es la que más me preocupa.

—No te muevas —le ordeno.