Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 24 Kiera Roppongi 27 días para el solsticio de verano #3
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24 Kiera Roppongi 27 días para el solsticio de verano #3

Salgo disparada hacia ese lugar oscuro que me llama mientras una voz que ha vivido en mí desde que tengo uso de razón me advierte y me dice que si sigo adelante acabaré destrozada.

La ignoro.

El Amanojaku me ve correr hacia él o… hacia ella. Y me da la espalda, adentrándose en el territorio peligroso de las sombras.

Las pinturas parecen ahora, sin luz, mucho más siniestras: líneas retorcidas de árboles oscuros, caminos sinuosos en la nieve de una montaña, grullas que alzan el vuelo y se pierden en algún lugar de la noche…

En cuanto pongo el primer pie en la zona más oscura siento un placer inmenso y una voz que me dice: «Un poco más, solo un poco más, un poco más…».

Miro atrás desde la oscuridad, a esos soldados que pelean entre ellos, huyen o gritan o se enfrentan al oni esqueleto, y la idea perversa de dejarlos a oscuras se me pasa por la cabeza.

Qué suerte que no haya un interruptor, porque creo que me costaría mucho no usarlo.

Me adentro en la negrura, cada vez más lejos de la zona segura, y al igual que el día que me colé en el sistema de túneles de Palacio para sacar a Kai, un miedo que han inculcado en mí desde que tengo uso de razón me advierte, pero no ocurre nada.

Dejo de correr cuando pierdo al Amanojaku de vista, oculto en algún lugar entre las columnas y los paisajes.

Un susurro de telas me hace girar y, al hacerlo, siento algo en los tobillos.

Cuando bajo la vista y mis ojos se acostumbran a la oscuridad, descubro un zarcillo negro, hecho de sombras y humo, enroscándose alrededor de mi tobillo.

Durante un segundo dejo de respirar, pero entonces comprendo que no es una amenaza, sino una caricia.

Siento que me mareo.

—¡Kiera! —La voz de Neal, poderosa y desesperada, resuena en la sala. Por encima de los gritos y los golpes, la voz del comandante no se puede ignorar.

Trago saliva y al mirar descubro que va directo al oni hecho de huesos.

Inspiro con fuerza.

—Sé que puedes hacerlo, Neal —susurro en medio de la oscuridad, y doy otro paso adelante, en busca del Amanojaku, que se aleja cada vez más de la luz.

Lo encuentro en el otro extremo de la sala oscura. En un lugar en el que jamás me habría imaginado a mí misma.

El miedo es denso mientras siento a las anomalías a mi alrededor.

Oigo los pulsos de energía y cada pocos pasos, a mis pies, veo los chispazos de colores azules y violáceos.

Camino sin apartar los ojos del suelo, esperando que en cualquier momento las anomalías cambien de idea, se rebelen contra mí, me agarren por los tobillos y me lancen contra una de las paredes acristaladas.

Paso a paso me preparo para el impacto, pero el golpe no llega.

No me hieren.

Se mantienen a mi alrededor y el miedo se deshace en un pozo de dicha por estar a oscuras… El Amanojaku debe estar cada vez más cerca.

Varias pinturas que antaño debieron de estar iluminadas se yerguen hasta el techo.

Ya no solo hay columnas, sino paneles enteros que muestran paisajes hermosos, y a ratos tétricos: una cascada cuyas aguas salpican pan de oro, una puesta de sol recortada contra montañas escarpadas, un gato acechando a un pájaro entre las sombras de un árbol y allí, entre la espesura de la misma pintura, descubro dos ojos negros que me devuelven la mirada.

El primer impulso me lleva la mano a la funda de la pistola, pero la encuentro vacía.

Agarro con fuerza la empuñadura de mi katana consagrada y la desenvaino con decisión.

Estamos cerca, demasiado, y ahora veo en su totalidad al oni: las sedas delicadas del kimono, las flores rojas que hacen juego con esa máscara. Sus ojos parecen humanos cuando me contemplan, pero hay en ellos un brillo depredador que sé que no pertenece al plano mortal.

Voy a obligarme a dar un paso adelante cuando, de pronto, el oni se mueve.

Lo hace deprisa, tanto que apenas lo siento. Desaparece de enfrente y un segundo después lo tengo justo delante.

Ojos enormes, la sonrisa de la máscara de samurái amenazante y las manos, en las que no había reparado, a un palmo de cerrarse en torno a mi garganta con sus garras enormes y retorcidas de tan afiladas.

Y mi último pensamiento, antes de dar un paso desesperado hacia atrás, es que si me atrapa con esas garras habré muerto.

Maldigo, trastabillo, y me obligo a poner distancia con la katana entre las manos antes de comprobar que vuelve a lanzarse contra mí.

Intento alcanzarla, pero la postura es ridícula, la fuerza que hago es pobre y el ataque queda en una mera broma que ni siquiera molesta un poco al oni, que se mueve de nuevo.

De pronto, siento un dolor lacerante en el abdomen.

Mi traje chisporrotea donde lo ha alcanzado. La sangre mana a través de los circuitos y el dolor de la carne abierta es abrasador al principio, pero un solo segundo después dejo de sentirlo y sé que eso no puede ser buena señal.

¿Estarían envenenadas sus garras?

Me lanzo con la katana por delante, encadeno un golpe tras otro y me sorprende ver que me muevo con facilidad a pesar de la herida.

Uno de mis ataques consigue rasgar la seda de su kimono y el oni sisea a través de la máscara espeluznante. Mi alivio, sin embargo, dura poco.

Un segundo lo tengo delante, acorralado entre el paraje oscuro de un bosque pintado y mi katana, y, al siguiente, lo veo moverse por el rabillo del ojo, directo hacia mí.

Contengo el aliento, intento apartarme, y cuando veo sus garras soy consciente de que no me va a dar tiempo.

No me rindo ni cierro los ojos, aunque todo el cuerpo me lo pida. Por eso lo veo: las garras a un centímetro de mi garganta, el dolor estallando un instante y, al siguiente…

Nada.

El dolor se esfuma al tiempo que un pulso de energía azul estalla junto a las manos del oni , cegándome momentáneamente. Se oye un chillido gutural, un chisporroteo que se funde con el grito y, de pronto, huele a quemado.

El demonio da un paso atrás, sin manos.

No me da tiempo a procesarlo, pero la parte de mí que siempre será una soldado reacciona, toma el control, agarra la katana y aprovecha el terror del oni para intentar segarle la cabeza de un tajo.

No lo consigo, y la katana se queda atascada de forma grotesca en su cuello. Le doy una patada al tiempo que tiro del arma y en cuanto logro sacarla, antes de que la criatura pueda reaccionar, se la clavo en el lugar en el que debería ir el corazón.

El cuerpo empieza a volverse ceniza cuando me agacho, corto la cinta que ata su máscara y tiro de ella.

Estoy a punto de caerme.

Bajo la careta, una boca enorme de dientes sangrientos se ha quedado abierta para siempre en una mueca espantosa. Los colmillos son tan terribles como los de la máscara y las mandíbulas parecen tan poderosas como para partir un brazo con un solo chasquido.

El miedo me baja en oleadas por la espalda mientras la veo desaparecer, convertida en ceniza. En medio del silencio, oigo los latidos acelerados de mi corazón y caigo en la cuenta: ya no hay gritos.

La influencia del Amanojaku ha desaparecido con él y los soldados son libres.

Miro a mi alrededor. En la oscuridad penetra suficiente luz como para que pueda ver , y aunque a veces eso es peor, hoy no queda nada en la negrura que me dé miedo.

Una anomalía se arremolina en un cúmulo de pulsos azules y violáceos junto a una de las pinturas y un sentimiento de profunda comprensión me golpea.

Me llevo la mano al abdomen, al lugar en el que el oni me ha alcanzado con sus garras, y descubro la piel ilesa bajo la sangre pegajosa.

Aunque es evidente que he sangrado, no hay ni rastro de la herida.

Luego, me llevo esos dedos al cuello y, de nuevo, encuentro la piel intacta.

Iba a morir. He sentido las garras de la criatura clavándose en mi piel y, después, sus manos han desaparecido en un estallido de color.

Miro fijamente a las anomalías que moran en la oscuridad.

Hay muchas, muchísimas; algunas son unos pulsos suaves, que laten a un ritmo sutil y apenas perceptible, pero otras…

otras se dejan ver mejor: cúmulos de energía oscura que se deslizan por las esquinas, trepan por los paisajes ilustrados y se funden en la oscuridad antes de estallar en intensos colores.

Contengo el aliento y en una fracción de segundo todo me pasa por la cabeza: el avión destrozado de Markel y la cabina que debería haber acabado en un amasijo retorcido de metal; los golpes y las marcas que desaparecieron el día que tuve que cruzar un tramo oscuro en los túneles; mi primera misión en el metro de Tokio y las anomalías que me dejaron marchar cuando me rendí…

Pienso también en Edwards, en el selector de las armas del Skytree, y, por último, me recuerdo a mí misma de pequeña frente a Kohana Harewood diciéndole «sí».

Qué asustada estuve todos esos años bajo su tutela. Qué gran error fue no prestar atención, no exigir más respuestas…

Agarro con fuerza la máscara de samurái al tiempo que regresan las voces que suenan por el comunicador.

Cuando emerjo de la oscuridad, todos me ven.

Primero, alguien me señala. Otro dice algo por el comunicador.

Uno a uno dejan lo que están haciendo para mirarme mientras avanzo.

Del oni esqueleto no quedan más que las cenizas, pero antes de ser derribado ha causado muchas bajas, tanto de la unidad de Suzaku como de la de Byakko. Son masas sanguinolentas en el suelo.

A otros los han atrapado las anomalías que hace unos segundos me han… salvado .

Sigo avanzando, ignoro las voces que se oyen a través del comunicador y las miradas de quienes lo dejan todo para girarse hacia mí, hasta que veo al comandante Neal Kellum dando órdenes y el peso que sentía sobre los hombros se desvanece un poco.

Está vivo. Salvo por un par de golpes feos, se encuentra bien, y eso es todo cuanto necesito para volver a respirar.

Neal detiene todo lo que está haciendo para mirarme como el resto, pero él lo hace de una forma diferente. Esa manera de clavar los ojos en mí se me queda atorada en el alma.