Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 24 Kiera Roppongi 27 días para el solsticio de verano #2
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24 Kiera Roppongi 27 días para el solsticio de verano #2

Me pregunto si adentrarse en ella sería como zambullirse entre las olas.

Y entonces, como un cambio repentino en la brisa, algo ocurre. Lo oigo a través del comunicador: un sargento da una orden y un soldado desobedece.

Se niega a avanzar.

—Cumpla las órdenes, soldado —brama Neal.

Pero el soldado no responde.

Lo identifico enseguida porque, de pronto, uno de los aniquiladores se gira hacia atrás con el arma en alto y le pega un tiro en la cabeza al sargento que aguardaba detrás.

Me quedo lívida.

—Qué demonios… —murmura Neal a través de la línea.

Ese es el primer aviso de que algo terrible se ha torcido.

Antes de que me dé tiempo de procesarlo, otro de los soldados que peleaba contra el oni deja de encararse a él, se da la vuelta y ante la mirada pasmada de una compañera la agarra del pelo, saca su tant ō de la funda y le atraviesa el cráneo por la mandíbula.

De pronto, todo cambia. Ya nadie cumple órdenes y quienes se enfrentan al oni lo hacen solo por instinto, para defenderse. Cada uno se sume entonces en un infierno particular, sádico y despiadado, y quienes no hemos caído todavía bajo ese hechizo apenas tenemos tiempo para reaccionar.

Un soldado salta por la ventana. Otro se arrodilla en medio de un charco de sangre y vísceras y pega su rostro al suelo para lamerlo. Una soldado se ha subido a horcajadas sobre un oficial y le ha pegado un tiro en cada rodilla para inmovilizarlo mientras le pone el cañón del arma bajo la barbilla.

Y lo más perturbador de la escena, la sangre, el caos y la muerte es que a pesar de todo eso yo solo tengo ojos para un lugar concreto: la oscuridad al otro lado.

Tira de mí, me llama como una sirena y el deseo de descubrir qué sentiré cuando esté en ella es tan intenso que ahora además me pregunto cómo sería dejarlos a todos ellos a oscuras.

Si pudiera dejarlos sin luz, si pudiera sumirlo todo en la penumbra…

¿cómo gritarían al ser destrozados por las anomalías?

—Es el Amanojaku —musito, forzándome a mirar a Neal.

Él ya me estaba mirando a mí. Tiene las pupilas dilatadas, los ojos fijos en los míos, un rostro contraído en una mueca grave.

—Neal —susurro—. Es uno de los heraldos. Tiene que estar aquí, porque está provocando a todo el mundo para que siga sus impulsos más perversos.

Inspira con fuerza sin apartar los ojos y una punzada de inquietud me atraviesa.

—¿Neal?

—Vámonos.

—¿Qué?

—Vámonos —repite, con más furia, y baja su arma para agarrarme por la muñeca—. Vámonos ahora mismo.

Se me disparan las alarmas.

—¡No podemos irnos! ¡Tenemos que limpiar la torre!

Neal sacude la cabeza y el gesto parece tan mecánico e instintivo, que creo que entiendo lo que ocurre.

—No me importa. Tienes que salir de aquí.

Clavo las botas en el suelo, aunque sé que si tira con fuerza de verdad no podré resistirme.

—¡No! Neal, tus hombres, tus compañías… ¡Tienes que salvarlos! —Bajo la voz—. Tenemos que encontrar las bombas.

Se detiene unos segundos y se aparta el visor del casco para mirarme directamente. Su rostro se contrae de tal forma que creo que lo he recuperado; pero entonces aparta la mirada y siento otro tirón en el brazo.

—Me dan igual mis hombres. No me importan las bombas. Voy a sacarte de aquí.

Con el corazón a mil por hora, me zafo de un tirón, agarro con fuerza mi subfusil y lo apunto con él.

La imagen de Neal al otro lado de la trayectoria de una bala me quema en el pecho, pero no la aparto.

—Es el Amanojaku —le digo—. Está controlándote, ¡igual que los controla a todos!

Un soldado grita porque su compañero le está sacando los ojos en el suelo.

Otros corren.

Las anomalías han atrapado a un incauto que se ha acercado demasiado y su traje chisporrotea hecho un amasijo de carne quemada y tejido.

—¡Que nadie se acerque a esta planta! —grito por el comunicador—. ¡El Amanojaku está afectando a todo el mundo! ¡Que nadie se acerque!

Neal me contempla con gravedad, pero no le importa que le esté apuntando.

Quiere sacarme de aquí. Lo quiere a toda costa, con tanta fuerza como la que me empuja a mí a caminar hacia la oscuridad y, tal vez, arrastrar a alguien conmigo por el camino.

Sacudo la cabeza, pero la idea se queda atascada en algún lugar del cráneo.

El Amanojaku es capaz de provocar a los humanos para que cumplan sus deseos más perversos y sigan sus impulsos más oscuros… y acaba de toparse con un ejército compuesto por la peor calaña de la humanidad: asesinos, violadores, monstruos…

Pero el deseo más perverso de Neal Kellum, incluso bajo influencia demoníaca, es huir conmigo, salvarme… para él es perverso porque implica abandonar a todos los demás a su suerte.

Trago saliva y miro a los lados buscando el rastro de ese otro demonio, pero soy incapaz de encontrar nada, porque un simple vistazo a la oscuridad basta para que vuelva a sentir esa llamada que me arrastra a ella.

Neal me agarra por la muñeca, ignorando por completo el subfusil.

—Nos vamos de aquí —sentencia, con voz grave, y hace presión.

—¡No! No podemos marcharnos, Neal —insisto. Otro grito me perfora los tímpanos. Alguien descarga una ristra de disparos contra los cristales—. Tienes que plantarle cara.

Soy muy consciente de lo que le estoy pidiendo, porque si tengo tanta fuerza para enfrentarme al influjo del oni es porque una parte de mí no quiere dejar este lugar oscuro.

Doy un paso hacia atrás y Neal hace amago de seguirme, pero se contiene. Cierra los ojos, ladea la cabeza, contrariado, y la sacude ligeramente mientras libra una batalla interna.

A nuestro alrededor todo se va a la mierda.

Una voz a través del comunicador pide órdenes y Neal responde a la llamada.

Esa es mi señal.

Dejo el subfusil colgado de mi hombro y le doy la espalda.

Tengo que encontrar al Amonojaku y debo hacerlo antes de que afecte a todo el mundo y acabemos matándonos unos a otros.

Doy un paso hacia el flanco derecho, hacia el lugar abierto que queda entre el oni que sigue destrozando a todo el que se le acerca demasiado y los soldados que han dado rienda suelta a sus impulsos más sangrientos.

Antes de alejarme demasiado de la pasarela, sin embargo, noto una mano grande sobre el hombro y, un segundo después, una llave rápida me desarma.

Reacciono por instinto, intento interponer mis manos entre los dos, pero mi agresor no me ataca . Solo busca desarmarme.

Neal arroja mi subfusil al suelo y antes de que pueda decir nada vuelve a lanzarse contra mí. Me pilla tan desprevenida que apenas me muevo cuando me gira, me pone de espaldas a él y me inmoviliza los brazos mientras con la otra mano desenfunda mi pistola.

También la arroja al suelo.

—¡Neal!

—No te resistas. Es inútil —me dice al oído—. Soy más fuerte que tú.

Intento revolverme, pero aprieta con más fuerza. Apresada contra su pecho, apenas puedo moverme. Siento los latidos de su corazón contra mi espalda y la tensión que emana de su cuerpo.

—Neal… —jadeo—. El oni . Tenemos que encontrar al heraldo y…

—No me importa el jodido heraldo, Kiera. Si tengo que incapacitarte lo haré —me advierte, bajando el tono de voz—. Sabes que puedo hacerlo.

La impotencia me hace soltar un grito de frustración.

Siento la mano de Neal contra mi cintura y la caricia que en cualquier otro momento me habría encantado me advierte ahora de que pronto no habrá marcha atrás: Neal me sacará a rastras de aquí y quién sabe cuánto tardará en desaparecer el influjo del Amanojaku.

Es en ese instante, en mitad del forcejeo, cuando veo un destello rojo en la oscuridad.

Se trata de una mujer de cabellera negra y brillante a la que solo se le ven los ojos, pues una máscara samurái le cubre la mitad inferior del rostro: una máscara menpo del color de la sangre. Los dientes son enormes en una boca semiabierta que deja entrever dos colmillos curvados hacia arriba.

Aparece vestida con un hermoso kimono blanco de patrones que imitan flores rojas. No hay nada en su figura delicada, en su estrecha cintura ni en sus ojos grandes y almendrados que parezca sobrenatural y, sin embargo, yo estoy convencida de que me encuentro devolviéndole la mirada al Amanojaku.

—Neal… —protesto, cuando sus fuertes manos tiran de mí hacia atrás.

Me doy cuenta de que es ahora o nunca y permito que me domine el instinto: dejo de resistirme y, entonces, cuando noto que queda un poco de espacio echo la cabeza hacia atrás y le golpeo la nariz.

Llevo casco y él se ha retirado el visor que lo protegería, así que mido mis fuerzas, pero aun así es suficiente para que Neal se aparte.

Me suelta al instante con una maldición, pero no me lo pone fácil.

Deja de agarrarse la nariz y al apartar las manos veo dos regueros carmesís que caen sobre su labio.

Se arroja hacia mí y me lanza un derechazo que esquivo por los pelos.

Mierda.

Sí que está dispuesto a noquearme.

Si me alcanza con uno de esos golpes estoy bien jodida.

Me agacho cuando vuelve a intentar darme, pero Neal es más rápido y un segundo intento cruza tan rápido el aire que no lo veo. Me muevo justo a tiempo de evitar un impacto directo que, sin embargo, también de refilón duele de narices.

Siento un dolor agudo en el pómulo, pero no me paralizo.

Permito que la rabia y esa llamada oscura tiren de mí y lo ataco.

Neal me frena sin dificultad y en cuanto tiene una mano en mi antebrazo le doy un codazo en el suyo, aprovecho para propinarle un suave golpe en la rótula, uno que solo lo desestabilice.

Lo arrojo al suelo y lo inmovilizo entre mis piernas.

—Kiera… basta —gruñe, agarrándome por los muslos. Yo tiro un poco más de su brazo, impidiendo que se mueva.

Si no lo noqueo, estaremos en tablas hasta que se me agote la fuerza… y entonces Neal volverá a atraparme.

Un destello rojo me llama desde la oscuridad y, esta vez, cedo al impulso.

Suelto a Neal, me pongo de pie antes de que tenga tiempo de reaccionar y corro.