Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 24 Kiera Roppongi 27 días para el solsticio de verano
43%

24 Kiera Roppongi 27 días para el solsticio de verano

L as anomalías nos esperan.

Puedo sentirlas acechando, aguardando el momento en el que alguno de nosotros cometa un error y se acerque demasiado.

Un pie en la oscuridad, un brazo que se acerca demasiado a las sombras…

y sufrirá un tirón. Lo arrastrarán hasta uno de los rincones oscuros a los que no llega la luz y el capitán de su unidad dará la orden de abandonarlo a su suerte…

porque somos conscientes de que hoy morirá gente.

La Mori Tower es impresionante.

Alberga decenas de plantas que en su día fueron oficinas, grandes comercios, apartamentos residenciales de lujo o incluso galerías de arte.

El abandono y la oscuridad la hacen aún más impactante.

Atravesamos un vestíbulo en el que la luz del día que entra por los ventanales es suficiente para mantener el lugar seguro. Al subir un solo piso, esa seguridad desaparece en la penumbra.

Esta sección comprende en realidad cinco pisos comunicados a través de unas escaleras que no resistieron al ataque del gran yokai .

Debieron de colapsar y ahora el primer tramo cae sobre una de las salidas.

El tercer piso es acristalado, pero la luz que llega abajo es peligrosamente pobre.

Varios puentes y pasarelas cruzan de un extremo a otro a diferentes niveles.

Algunos de ellos cayeron y obstaculizan el camino, creando recovecos y sombras y esquinas intransitables.

Un primer pelotón de Suzaku se abre paso escoltado por algunos miembros de Byakko. Llevan las katanas desenfundadas, listos para enfrentarse a los oni que deben morar en la torre.

Entre los aniquiladores de anomalías, Travis dirige un pelotón que marcha en retaguardia. Me ha visto, pero no hemos cruzado palabra.

—Atentos —advierte una voz a través de los comunicadores.

A mi lado, el comandante Neal Kellum lo observa todo desde una de las pasarelas que se mantienen en pie, escoltado por un equipo formado por matademonios, aniquiladores y… yo.

Dos segundos después, se oye un grito que resuena en la planta vacía, un eco que repite un chillido atronador antes de que suene una ristra de disparos.

Los matademonios no deben alcanzarlo, porque los equipos situados en los puentes superiores comienzan a disparar también hasta que, de pronto, el grito se repite y una voz avisa de que el oni ha sido reducido.

—¿Es un heraldo? —pregunta Neal.

—No. Solo es un oni menor. Uno feo de narices —contesta un sargento.

Neal da la orden de que acaben con él y debemos continuar.

El despliegue es tal que no encontramos problemas para seguir avanzando, pero solo en este ataque salen heridos diez soldados.

Si podemos continuar es solamente porque contamos con tantos efectivos que diez bajas son irrelevantes .

La misión avanza, aunque los soldados que permanecen en los pelotones de los heridos lo hacen un poco menos enteros, salpicados de sangre, furiosos o asustados.

En la planta en la que nos encontramos grandes columnas de diferentes anchuras ascienden al techo cubiertas por murales de paisajes japoneses.

Las luces, ahora fundidas, siguen las pinturas hasta arriba.

También aquellas que han sido colocadas estratégicamente en el suelo y en el techo debieron iluminarse para crear una atmósfera única.

En este momento, sin embargo, no hay luz alguna y las ventanas tintadas de los laterales hacen que el camino hasta el otro lado sea aterrador.

—Debemos romper las ventanas —anuncia Neal por el comunicador—. Primer pelotón de Byakko, izquierda. Segundo pelotón, derecha. Sargento Lavois, avanzaré con su pelotón a medida que se despeje el camino. Suzaku, atentos.

Los dos primeros pelotones avanzan a la vez. Arrojan bengalas luminosas, se colocan en posición y disparan hacia los cristales. Cuando no hay ángulo, deben atravesar la luz brillante a toda velocidad para hacerlo con las manos.

Hay un momento, cuando el resplandor de las bengalas nos alcanza y hiere los ojos, en el que miro a Neal y el tiempo parece ralentizarse.

Esos ojos verdes concentrados, el ceño fruncido y el gesto grave, los labios muy rectos en una línea seria y las manos sobre el subfusil justo un instante antes de gritar una orden que yo no escucho, girarse hacia mí y mirarme.

El tiempo vuelve a su ser.

—Adelante, soldado —insiste, cuando comprende que no lo he oído.

Me observa como si estuviera preparándose para una insubordinación, pero yo no pienso desobedecer.

Apunto con el subfusil a las sombras peor iluminadas, doy un paso adelante y, entonces, se oye un golpe; un golpe sordo, atroz, que suena como un saco de cristales rompiéndose contra una pared.

No. Cristales no. Son huesos .

Un soldado que avanzaba por el flanco ha salido despedido contra una de las columnas decoradas con lienzos y ahora yace a sus pies en una postura imposible. Tiene la pierna derecha girada hacia atrás, el cuello retorcido y un trozo de columna quebrada le atraviesa el traje, que aún chisporrotea.

La imagen es tan cruda que me provoca arcadas, pero el miedo las hace desaparecer enseguida cuando una sombra emerge de la oscuridad acompañada por un tintineo sutil y lento.

Primero veo la calavera: los huesos afilados, la dentadura apretada, las cuencas de los ojos vacías.

Luego, reparo en el traje, en el delicado bordado de la seda y la elegancia del kimono.

El esqueleto, que es alto y robusto, luce un atuendo suntuoso, lleva el pelo recogido como a veces lo luce Kai, en un moño alto, y a la cadera lleva una katana sobre la que descansan sus huesudos dedos.

Por todos los kami y los putos yokais …

—¿Qué es eso? —se me escapa, sin voz, mientras la criatura avanza hacia el cadáver y lo mira desde arriba, como si aún esperara a que su adversario se levantara—. ¿Es uno de los heraldos?

—Capitana Harris. —La voz de Neal suena grave a través del comunicador—. ¿Es un heraldo?

La capitana de Suzaku, que lo ve desde la retaguardia, responde enseguida.

—No. No lo es. Es un oni , pero… aquí hay algo raro. Lo noto.

No puedo resistirme y echo un vistazo por encima del hombro, buscando el rostro de la mujer.

Apenas veo un fragmento de expresión, los ojos muy abiertos y el rostro pálido, sin llegar a responder.

No veo nada más porque he de girarme de nuevo hacia el oni que se agacha ante el cadáver en un espectáculo difícil de creer, toca con la punta del dedo la columna que ha atravesado la carne y el traje del soldado y, un instante después, la rodea y tira con fuerza al tiempo que clava un pie en su espalda.

La columna se separa de la carne con un sonido que vivirá para siempre en mis peores pesadillas y el oni , esa visión extraña de esqueleto andante, agita con fuerza el cuerpo rompiendo huesos y tejido.

Me quedo sin aire que respirar.

—¡Fuego! —ordena Neal.

Y a pesar del terror, todos obedecemos.

Una lluvia de balas cae sobre el oni . Algunas le rasgan el traje, pero lo atraviesan sin alcanzarlo; otras estallan contra sus huesos haciendo que un sonido hueco reverbere por toda la sala… pero la realidad es que nada lo hiere.

—¡Suzaku! —grita la capitana Harris—. ¡Ahora!

Su pelotón se lanza contra la criatura, a la que las balas normales no hieren. Lo hacen con las katanas consagradas por delante y un grito en la garganta.

El oni lo ve venir, se levanta, se gira para esperarlos y cuando el primero llega frente a él… lo barre de un manotazo.

Esta vez, el cuerpo sale despedido hasta el otro lado de la sala y atraviesa el cristal… y cae al vacío.

Ni siquiera grita.

Tengo la impresión de que el primer golpe lo ha matado en el acto.

—¡Byakko! —brama entonces Neal, haciéndose oír por encima de los gritos—. ¡Continuad iluminando el camino!

Se habían detenido. Todos se habían quedado quietos ante el oni que ahora se defiende de unos ataques que parecen demasiado pobres para él.

Es más grande que cualquiera de ellos y le saca dos cabezas al más alto. El esqueleto no tiene expresión y, sin embargo, parece disfrutar mientras revienta los cuerpos y destruye a quienes intentan acercársele.

Los aniquiladores obedecen. Siguen arrojando bengalas luminosas, avanzan y rompen los cristales; pero todos se detienen de cuando en cuando a mirar a la criatura que continúa destrozando a sus compañeros.

Un grito que me hiela la sangre en las venas hace que todos nos giremos para ver cómo el demonio saca un puño ensangrentado de la mandíbula de un hombre que ahora parece una marioneta macabra.

Siento como un miedo violento y visceral intenta paralizarme las piernas.

Uno de los aniquiladores da un paso atrás. Otro se recuesta en una esquina para vomitarlo todo.

No estamos avanzando; no podemos con esa cosa ahí.

Aferro con fuerza el fusil y apenas he dado un paso adelante cuando Neal apoya la mano poderosa contra el cañón de mi arma y me obliga a bajarla.

—Ni un paso más, soldado —me advierte, con la voz helada—. Cada uno tenemos nuestro papel y el tuyo es esperar a que iluminen el camino.

Se me retuerce el estómago.

—No lo van a conseguir —musito.

Neal frunce el ceño. Sabe que tengo razón, y por la forma en la que sostiene su arma también él quiere ir a ayudar.

—¡Lavois, adelante! ¡Ya! —brama a través del comunicador y cambia de canal—. ¡Richings, avance hasta nuestra planta para ofrecer apoyo a Harris!

La escena es sangrienta. Los aniquiladores no avanzan por los flancos porque el oni ha empezado a prestarles atención y cuando alguno está demasiado cerca acaba con él.

Los gritos son paralizantes, la sangre hace que quienes se acercan corriendo resbalen.

Un soldado nervioso se pasa de largo y un pulso violáceo, que se funde en negro, se enrosca alrededor de su pierna y tira de él hacia la oscuridad, que lo devora por completo y lo mantiene chillando mucho más tiempo que el oni.

Las anomalías aguardan el festín y yo me siento… extraña.

No puedo apartar la mirada de ellas, de esa oscuridad que me parece más densa que nunca, como el mar.