23 Kai Palacio Imperial 27 días para el solsticio de verano
M e lo he cargado.
Mierda.
No ha sido a propósito, claro, pero… Oh, joder. Kiera se va a cabrear.
Suelto al alto mando del Skytree, que cae al suelo blandamente. Los ojos abiertos de par en par, la sangre manando de una boca entreabierta.
Lo he puesto de pie para amenazarlo, se ha revuelto y… sencillamente se me ha ido de las manos.
Además, el otro no deja de gritar con esa voz que me está taladrando los tímpanos.
Los oficiales han accedido a seguirme sin hacer preguntas y ahora uno de ellos yace en el suelo mientras que el otro, el gritón, intenta echar a correr, pero se tropieza una y otra vez por la impresión.
Nos encontramos en los túneles de Palacio y debo salir ya. Después de la reunión que Akiyama organizó ayer, el Palacio está más revuelto que nunca y me temo que salir no será tan fácil como entrar.
El oficial, un hombre de unos cuarenta años, algo más alto que yo, delgado y con barba, cae de bruces al suelo cuando va a tomar un camino y se da cuenta de que más adelante está oscuro.
Me agacho, lo agarro del hombro y lo giro antes de apuntarlo con Onimaru.
El hombre gimotea.
—¿Vas a decirme tú algo? —inquiero—. No tengo mucho tiempo, ni paciencia.
Me llevo la mano a la sien, que empieza a dolerme de forma bastante agresiva.
Y Akane tiene mi medicación; Kiera la dejó a su cargo antes de marcharse, porque no se fía de un puto yonki.
Me cago en la puta.
—No sé nada —balbucea y sacude con fuerza la cabeza—. ¡Yo no sabía nada! ¡No tenía ni idea!
Le clavo a Onimaru bajo la clavícula y el hombre suelta un aullido de dolor.
Aprieto la mandíbula. Si sigue gritando así puede que lo mate solo para que se calle.
—Todos los altos mandos lo sabíais. —Le hago un gesto con la mano para que abrevie—. No había uno solo que no estuviese enterado, porque no ascendían a nadie que no fuera a seguir el plan. Eso ya lo sabemos, así que ahórratelo.
—Yo no, de verdad que… ¡AH!
Suelta otro alarido cuando le saco la katana para hundírsela bajo la otra clavícula.
¿Lo habrán oído desde Palacio?
—O me dices algo interesante o te quedas aquí a hacer compañía a tu amigo. —Señalo el cadáver que se desangra a mi espalda—. No te mataré; solo te mutilaré un poquito, lo justo para que no puedas moverte. Por aquí abajo hay oni , ¿sabes? Están muy ansiosos desde que estalló la guerra.
El hombre mira atrás con ojos asustados.
—No sé nada de las bombas —balbucea. Un espumarajo de saliva se le queda colgando de la barba—. Solo me dijeron que si colaboraba me salvaría.
—¿Cómo? —insisto, seco—. ¿Cómo te salvarías?
—Nos iban a sacar de Japón unos días antes.
—¿Cuándo?
—Eh…
Le hundo la espada en la misma herida y el tipejo aúlla.
—¡En junio! —grita—. ¡Íbamos a marcharnos en junio! ¡Antes del 21!
—No me estás dando nada que no sepa —le digo, empezando a hartarme—. ¿Desde dónde escaparíais? ¿Cómo ibais a cruzar las Cinco Puertas del Infierno?
Si es cierto que no tiene ni idea de dónde guardan las bombas, entonces necesito sonsacarle cualquier otra información, algo que ayude a Markel con la predicción, u otro hilo que nos diga por dónde seguir.
Se nos agota el tiempo.
—¡No lo sé! —grita, fuera de sí—. ¡Llegado el momento iban a buscarnos y a sacarnos de la isla, pero no nos dijeron cómo!
Suspiro y hago girar a Onimaru en la mano, que se ilumina por la anticipación.
—¡Decían que cuando las bombas estallaran estaríamos ya fuera…!
Me detengo. A una parte de mí le horroriza pensar que pueda seguir dando voces.
Además de la cabeza empieza a dolerme el resto del cuerpo.
—¿Cómo os hablaron de las bombas? —pregunto, con cuidado, para no influir en su respuesta—. ¿Qué os dijeron cuando os contaron lo que pretendían?
—Eh… —vacila. Sus ojos saltan de la katana a los míos—. No lo recuerdo exactamente… Hablaron de una purga, una limpieza, sacrificio necesario…
—Sí, sí… —Lo apremio con un gesto de Onimaru—. ¿Y?
—Dijeron que harían estallar unas bombas de luz, que mucha gente moriría, pero que era imprescindible para liberar al resto del mundo de las anomalías.
—¿Iban a detonar las bombas o iban a lanzarlas? —pregunto, impaciente.
Alexa Lalanne siempre habló de bombardear Japón, pero puede ser que ella lo hubiera interpretado así.
Markel ha revisado de nuevo los documentos y las pruebas que trajo, pero no ha encontrado ninguna pista que nos diga si las bombas se encuentran ya dentro de Japón o no.
—Detonarlas… Creo. No lo sé… Solo mencionaron… Yo no…
Suspiro. Agarro a Onimaru con fuerza y la hundo en un costado del tipo, que vuelve a gritar con una mezcla de pánico y dolor.
Se la saco antes de que se revuelva y se haga más daño él solo. Patalea en el aire, intenta darse la vuelta y se arrastra por el suelo hacia uno de los túneles oscuros.
Yo le piso la rodilla. Me agacho frente a él.
—¿Quién se comunicaba con vosotros? ¿Era Raine Andrews?
—No, no… —Sacude la cabeza, muy pendiente de Onimaru, que emite un brillo azulado y fantasmal—. No conocimos a Andrews. Las personas siempre cambiaban. No nos dieron nombres, creo que para evitar que contactáramos nosotros…
—¿Os reuníais en Tokio?
—No. Siempre por videoconferencia. Eran de fuera, creo —responde.
—Mierda. ¿Quién organizaba esas llamadas? —pregunto, sin mucha esperanza.
El hombre alza el brazo y sigo con la mirada la dirección que señala; el lugar donde se encuentra el cadáver del otro oficial.
Me froto los ojos.
Otro puto callejón sin salida.
—¿Hay alguien más aquí dentro que estuviese ligado a Raine Andrews de alguna forma? —inquiero.
—No… —gimotea—. No que yo sepa…
—¿Entiendes que si no me das algo interesante en los próximos segundos te voy a decapitar?
Se queda blanco.
—¡Te he dicho todo lo que sé! —grita y su voz vuelve a sonar demasiado estridente.
—No es suficiente —lo presiono.
—¡Hijo de puta! —brama, e intenta darme una patada.
Se revuelve, grita y yo levanto la katana para amenazarlo con ella cuando, de pronto, intenta echar a correr.
No sé qué pasa primero.
Si es ese grito de mierda que me taladra la cabeza, el tropiezo del oficial, el mío o… El caso es que le atravieso el estómago con Onimaru.
Hago una mueca mientras le veo llevarse las manos a la herida sangrante.
—Ayúdame —balbucea—. Ayúdame, no puedes, no…
Me inclino sobre él. La verdad es que no pretendía matarlo yo mismo, pero me da bastante igual.
—Vi tu ficha del Skytree —comento, mirando cómo la sangre mana de la herida—. Sé por qué te destinaron a Tokio. Eras un cabrón de mucho cuidado, ¿eh? Me sorprende que no te mandaran directo a la silla eléctrica.
—Tengo dinero y contactos. Si me sacas de aquí con vida puedo…
—¿Sabes algo más de las putas bombas?
El tipo se queda con la boca abierta, el rostro contraído en una mueca de espanto y dolor.
—Me sorprende que todavía intentes negociar por tu vida —le digo, y le doy la espalda—. A juzgar por las cosas que les hiciste a tus víctimas sabes perfectamente que esa herida te va a matar en pocos minutos.
Echo a andar y me alejo cuanto antes de los gritos.
Aunque ya haya visto cómo los guardias peinan esta zona nada me dice que no vayan a volver. Hoy están erráticos.
Cuando me asomo a la salida de los túneles avisto a los soldados que patrullan la zona y calculo si podré salir de aquí sin que ninguno me vea.
La reunión que organizó Echo Akiyama jugó a mi favor anoche, cuando la seguridad estaba concentrada en los Jardines del Este, pero parece que ahora las tornas han cambiado.
Cronometro un par de rondas de los guardias, que son más rápidas de lo que me gustaría, y estoy vigilando la tercera cuando un movimiento con el que no contaba me pone alerta.
Sin embargo, quienes se acercan corriendo a las murallas no son guardias.
Distingo cuatro siluetas, dos de ellas muy bajitas. Y aunque uno de ellos viste ropas de guerrero, pantalones hakama , un kimono ceremonial y piezas de cuero a modo de armadura, los otros son civiles.
No les veo las caras y a pesar de que desde aquí no debería reconocer a nadie, hay una parte de mí que se activa en cuanto ve correr a la mujer, una parte horrible que sabe reconocer esa melenita morena y ondulada, la piel pálida y ese rostro en forma de corazón, de boca pequeña y labios gruesos.
Anna Sinden.
Siento algo. No sé qué es. Pero lo noto en el pecho y la garganta, oprimiéndolos de una forma que no me han apretado antes los remordimientos cuando he torturado a dos hombres.
Y la sensación es una putada.
Los cuatro están corriendo, inequívocamente huyendo de algo, o de alguien. Y están yendo directamente hacia los guardias.
Mierda.
Dejo atrás la boca de los túneles y corro entre los árboles y los bancos hasta que llego junto al gazebo en el que se ocultan.
Anna está de espaldas.
Bien.
Alzo las manos para decirles a los otros que vengo en son de paz, pero entonces reconozco a uno de los hombres… al muchacho de doce años que tiene los ojos grandes y negros, el pelo corto y las facciones todavía aniñadas.
—Hikari. —La voz se me escapa de algún rincón del alma.
Todo ocurre rápido.
Porque Hikari se sobresalta, el desconocido se lleva la mano a la cadera, donde lleva una katana sin vaina, y Anna se da cuenta de que tiene a alguien detrás.
Abre los ojos de par en par al tiempo que hace lo mismo con la boca y, de nuevo, una parte oscura de mí sabe anticipar lo que va a ocurrir. Así que me adelanto ya sin lindezas, la agarro con fuerza y le tapo la boca.
Voy a ir al punto infierno.
—¿Qué demonios estáis haciendo? —les digo, pero miro a mi hermano.
El guerrero se ha llevado la mano a la katana y a su lado reconozco a Riku Hasegawa, el pirata, que también está tenso y me contempla como si estuviera a punto de saltarme encima.
La mano del hombre en su arma es un recordatorio de que esto podría torcerse rápido, y me doy cuenta de que no puedo tentar a la suerte. Lo último que quiero es más violencia para Hikari.
—Si seguís por ahí os van a cazar —le digo al tipo de mirada amenazante.
Y bajo la vista hacia Anna.