22 Echo Palacio Imperial 28 días para el solsticio de verano #3
Apenas puede frotarse las lágrimas de los ojos, porque los guardias no permiten que mueva los brazos.
—¿De qué rama de la familia era el apellido M ō ri?
El niño estalla en un llanto desagradable, que me taladra los tímpanos y me hace sentir incómoda . Ojalá se callara.
—¡Responde! —insisto.
—De mi… de mi… madre.
—¿Cuál era el clan de nacimiento de tu padre?
El niño no responde y yo me impaciento. Dedico una rápida mirada a los guardias, pero no llego a ordenar nada.
—¡Nagao! ¡El clan de su padre era Nagao! —grita una mujer entre el público. Una anciana se abre paso entre el resto, una mujer que lleva recogido el pelo completamente cano y un kimono negro, sobrio y elegante—. Soy tía de su padre, del clan Nagao de Kioto.
Intenta acercarse al niño. Nadie se lo impide, pero los soldados la vigilan de cerca, pendientes de mis órdenes.
Miro al niño.
—Desde ahora perteneces al clan Nagao —declaro—. Si alguna vez pronuncias el nombre del clan de tu madre serás ejecutado también por traición.
Asiento en dirección a los soldados, que sueltan al niño; pero este no reacciona. Se queda inmóvil salvo por el llanto descontrolado que le mueve los hombros y el cuerpecito.
Es la anciana la que se apresura a llegar a su lado, tomarlo de la mano y envolverlo entre sus brazos como puede para sacarlo de mi vista.
Miro arriba, al firmamento cada vez más oscuro.
—¡El día ha llegado a su fin! Mañana retomaremos la reunión. Reflexionad sobre qué papel queréis tener en esta guerra y si sois dignos de defender vuestro Imperio.
Nadie se atreve a moverse. No, al menos, hasta que bajo las escaleras, me abro paso entre los cadáveres y la sangre que riega los jardines imperiales y dejo atrás al niño huérfano y a los asistentes.
—Cuando encontréis a Ryosuke matadlo en el acto —le digo a un guardia que se me acerca—. No lo necesito con vida, pero sí quiero ver su cadáver.
Este asiente, y sale corriendo para dar la orden.
Yo me alejo de los jardines mientras cae la oscuridad.
Un velo rojo aún lo cubre todo.
He pasado la noche en vela esperando que la Guardia Imperial diese con Ryosuke.
No lo ha hecho.
Se ha escabullido como una rata, y ahora que ha amanecido es más probable que escape de nosotros de forma permanente.
Los guardias han registrado cada rincón iluminado de Palacio; pues mi hermano no podía haber huido muy lejos. Pero se ha escondido bien… o alguien lo ha hecho por él.
El rocío humedece los Jardines del Este. Con las primeras horas del sol de mayo, los guardias arrastran los cadáveres del clan M ō ri para subirlos a un camión y destruir los cuerpos.
No puede quedar nada de ellos, ni siquiera puede haber tumbas: quienes querrán convertirlos en mártires no deben encontrar un lugar en el que honrarlos. Es necesario que desaparezcan. Igual que es necesario que Ryosuke muera.
De lo contrario, la muerte de este clan no habrá servido de nada.
Aprieto los puños y doy media vuelta camino de Palacio escoltada por guerreros que ahora me siguen muy de cerca. Cuando llego a mi destino, sin embargo, les pido que aguarden en la puerta.
No llamo antes de entrar, y quizás eso sea lo que provoque el grito ahogado, los ruidos apresurados y, al fin, cuando me topo con ella en el dormitorio, ese rostro desencajado y pálido.
En cuanto la miro a los ojos, sé que Alexa se ha enterado ya de lo ocurrido anoche.
Era consciente, cuando tomé la decisión, de que algo así no podría ocultárselo, pero tenía la esperanza de poder hablarlo con ella antes de que escuchara los rumores.
La fuga de Ryosuke y la búsqueda intensiva de mis guardias me han arrebatado esa posibilidad.
Así que no sé bien cómo abordar el tema.
—Alexa —pronuncio su nombre con suavidad—. Es temprano para que estés despierta.
Echa un rápido vistazo a las puertas que dan al jardín, que quedan entreabiertas, y luego vuelve a mirarme.
—Tus guardias no me han dejado dormir mucho —responde, con voz aguda.
También yo miro las puertas. La brisa que entra por ellas arrastra los bajos del kimono que aún no he cambiado. Al fijarme, descubro una mancha carmesí que pasaba desapercibida entre los tonos rojizos de los dibujos.
No sé si Alexa la ha visto, pero cuando la miro sus ojos parecen aún más grandes, sus pupilas se han dilatado y ese rostro ahora pálido ha recibido el beso inconfundible del miedo.
La odio un poco porque sé que me teme a mí.
—¿Alguien te ha contado qué ha ocurrido?
Doy un paso hacia ella, para probarla.
Alexa no retrocede.
—¿Te refieres a cómo has conseguido que todos los clanes te obedezcan? —Hace una pausa, traga saliva—. ¿O hablas de la masacre?
La palabra se me clava entre las costillas.
No me gusta la forma en la que me mira, como si tuviera que armarse de valor, como si temiera mi ira, como si creyera… que soy peligrosa para ella.
—Esta noche he hecho sacrificios —reconozco, con prudencia—. Y he odiado cada segundo, pero la Historia me ha enseñado que a veces algunos inocentes han de perder la vida para salvar la de otros.
Sus labios se contraen un segundo, solo uno, antes de convertirse en una línea recta.
Está aterrada, pero a pesar de eso es capaz de guardar las apariencias. Y yo odio esa valentía que no debería necesitar; no conmigo.
—Un daño colateral —musita—. ¿Eso es lo que ha ocurrido con esa mujer de setenta y siete años? ¿O con ese muchacho que tenía mi edad? ¿Qué hay del niño que se ha quedado sin padres, sin hermanos, sin familia…?
—Ese niño ha sobrevivido —replico—. Y en realidad sé que no debería haberlo dejado marchar, pero lo he hecho porque no quería matarlo, no quería matar a ninguno.
En cuanto a los demás… no puedes ser tan ingenua como para subestimarlos por su edad.
Yo tenía solo doce años cuando ascendí al trono.
Cualquiera de las personas que han perdido la vida esta noche podría haberme arrebatado el poder, haber desatado la guerra, o haber llevado Japón a la oscuridad…
—¿Te sientes más cómoda usando eufemismos para no reconocer que los has matado? —masculla, entre dientes.
Se oye un crujido de madera que me hace girar la cabeza; así de tensa estoy, pero Alexa no me permite perder la concentración.
—¡Mírame! —exige—. Has tomado una decisión, ¿no? Ahora has de afrontarla. No seas cobarde.
Aprieto los nudillos.
—¿Crees que no soy consciente de lo que he hecho? ¿Crees que ha sido fácil? Lo he meditado mucho, lo he meditado cada segundo de los últimos días, pero Raine Andrews no me ha dejado otra opción.
Doy un paso adelante y Alexa se yergue como si mi cercanía fuera una amenaza.
—Siempre hay otra opción —musita, con la voz estrangulada—. Siempre.
Se le llenan los ojos de lágrimas y a mí me embarga la ira.
No me escucha. No quiere hacerlo.
En su universo todo es blanco o negro, no hay lugar para los grises. No entiende que para que yo viviera, para que viviera mi Imperio, esas personas debían morir.
Y ahora está al borde del llanto, aterrada por mí.
No es justo. No debería ser tratada con miedo. No debería ver esos ojos asustados, ni esos dedos temblorosos.
No. No me lo merezco.
—Márchate —le pido, armándome de valor—. Si no te gusta mi forma de gobernar puedes abandonar el Palacio.
Alexa aprieta los puños. Toma aire como si hubiera recibido un golpe y comprendo que se lo está pensando y que quizá la idea no le disguste del todo.
Fuera las cigarras han dejado de cantar y aunque el viento ya no agita los bajos manchados de sangre de mi kimono sí mueve un furin cuya campanilla llena el silencio hasta que un nuevo crujido de madera me hace girar el rostro inevitablemente hacia el exterior.
He dado un paso hacia allí casi sin pensar cuando, de pronto, Alexa se interpone en mi camino y me toma el rostro entre las manos antes de ponerse de puntillas y robarme un beso que sabe a la sal de sus lágrimas, al miedo de sus entrañas y a un dolor que al principio me parece horrible y luego… luego hago mío.
Le paso las manos por la cintura y dejo que tome cuanto quiere de este beso envenenado. Sus dedos me aprietan las mejillas, me mantienen presa contra su boca como si yo fuera a querer terminarlo.
No quiero.
No deseo otra cosa que besarla, fingir que es solo deseo lo que mueve sus caderas cuando se aprietan contra las mías, y que no hay rabia ni resentimiento en ninguno de sus gestos.
Que ese quejido que escapa de su garganta no está lleno de pena, que la sal de sus labios no procede de su dolor y que la desesperación con la que sus manos bajan hasta mi cintura y se abren paso a través de la tela no la provoca la incomunicación.
Tomo el control cuando no es capaz de soltarme el kimono y soy yo quien lo desata antes de quitarle los pantalones cortos y meterle las manos bajo la camiseta para explorar su piel desnuda.
La arrastro a la cama de sábanas revueltas y Alexa se sienta a horcajadas sobre mí mientras mueve las caderas hasta que nuestros cuerpos encajan. Aún me besa cuando deslizo los dedos bajo su ropa interior y la acaricio entre las piernas.
Tiene las mejillas húmedas cuando gime y echa la cabeza hacia atrás, pero eso no me detiene; tampoco a ella, que me empuja con suavidad y me obliga a tumbarme mientras me recorre el cuello con la lengua y continúa bajando, acompañando el camino que trazan sus labios con caricias que hacen más fácil dejar de pensar: en la guerra, en las muertes que he provocado, en los sacrificios que he tenido que hacer y en los ojos de Alexa mirándome con terror.
Cuando llega al orgasmo no le permito detenerse; no estoy preparada para enfrentarme al silencio que vendrá después.
La beso de nuevo, la agarro del pelo, me pongo sus piernas en los hombros y la devoro hasta que vuelvo a llevarla al límite, una y otra vez, caminando de puntillas sobre la cuerda floja; todo con tal de posponer la realidad un minuto más, una caricia, un beso…