22 Echo Palacio Imperial 28 días para el solsticio de verano #2
Antes de marcharse, el rebelde Markel Sagastizabal les aseguró a mis asesores que para un bombardeo aéreo primero deberían encontrar la forma de deshabilitar las Cinco Puertas del Infierno, y eso solo puede hacerse desde dentro.
«No estar preparada significa morir ».
Así que yo me preparo para todo.
Cuando el mundo entero abandonó a Japón en la oscuridad, mi abuelo tomó la decisión de no incitar a la guerra, asegurar que sus súbditos cumplieran con el asedio e impedir que su pueblo se rebelara porque en ese momento creyó que la sumisión sería una vía más segura para garantizar la supervivencia.
Ahora Raine Andrews la ha puesto en peligro y cada vez hay menos motivos para agachar la cabeza.
Los daimy ō lo saben y algunos ya se relamen ante el olor de la sangre.
La gente ya ha empezado a mirar al cielo, en busca de los últimos rayos de luz, cuando el portavoz llega al último clan.
—Al clan M ō ri de Kioto se le encomienda la protección de Minami Torishima, la «Isla de los Pájaros del Sur».
Todo el clan, así como la totalidad de sus guerreros, deberán abandonar sus residencias y trasladarse inmediatamente a la isla.
—Esta vez, el murmullo es intenso y el portavoz ha de alzar el tono para acabar.
Incluso así, es difícil oírlo por encima del sonido de las voces—.
Heredero del clan M ō ri, un paso al frente. ¿Cumplirá su deber con honor?
Todo el clan está agitado. Se revuelven con nerviosismo y en ellos no hay nada de la discreción con la que de cuando en cuando algún asistente desconcertado ha roto el silencio para comentar mi decisión.
Tienen motivos para estar nerviosos.
La Isla de los Pájaros del Sur no tiene nada.
Con un área de apenas un kilómetro doscientos, la isla no alberga habitantes.
Si hay luz en ella es porque tenemos una estación de radio y un centro meteorológico que solo se visita dos veces al año.
El silencio, que ahora es roto por los gritos, las exclamaciones e incluso algún llanto, me concede unos segundos para fijarme en los miembros del clan.
Una mujer mayor ha perdido el sentido, y otras dos jóvenes tratan de abanicarla para que vuelva en sí.
Un hombre ha agarrado a otro del brazo mientras le grita algo al oído y este se lleva la mano a la cabeza, con la mirada perdida, mientras niega una y otra vez.
Algunos claman, otros lloran. Hay quien se ha tirado al suelo.
Un niño que no tendrá más de ocho o nueve años mira a su alrededor con los labios temblorosos sin saber qué hacer. Su imagen me inquieta, pero ya he tomado mi decisión y dejo de mirarlo para volver a levantar un muro de piedra a mi alrededor antes de centrarme en el hombre que da un paso al frente.
Ryosuke no se contenta con llegar al centro.
El sol a punto de partir recorta su figura justo frente a mí, a un paso de las escaleras que llevan al trono.
No va armado. No lo he permitido.
Se planta delante, regio, con los puños cerrados a ambos lados del cuerpo y los ojos negros desafiantes antes de declarar:
—¡El clan M ō ri se niega a aceptar semejante ultraje y exige que su majestad reconsidere la petición!
Los jardines se quedan en silencio de nuevo.
Las cigarras enmudecen.
Todos vuelven su mirada hacia nosotros.
Y yo me fijo bien en mi hermano, en ese hombre que no se convirtió en Emperador porque su clan era más poderoso que el mío… Ese clan que Raine Andrews quiere colocar ahora en el poder.
Me pongo en pie lentamente para permitir que Suzaku, el ave fénix de mi traje, sea visible para todos, y camino hacia la entrada muy consciente de cada segundo que les hago perder frente a la creciente oscuridad.
Luego, abro la boca y soy tajante:
—No.
Siento el temblor bajo mis pies, pero yo no temo a la erupción de ninguna montaña.
Noto el movimiento nervioso, el horror en los rostros de quienes comprenden lo que acabo de hacer.
Mi hermano no me aparta la mirada cuando vuelvo a preguntar, con dureza:
—¿Acepta o no el clan M ō ri su honor?
Aprieta la mandíbula. También él responde de forma brusca y sonora:
—¡No!
—Tal afrenta no será tomada como un desacato, como en el caso de los clanes que no se han presentado hoy. El clan M ō ri le debe más respeto y lealtad a este Imperio que ningún otro. Incumplir mis órdenes en estado de crisis será considerado traición.
—¡Ese destino es un castigo por un crimen que aún no hemos cometido! ¡No lo aceptaremos, no lo dejaremos todo para vivir apartados del mundo!
La elección de palabras no me pasa desapercibida. Siento la amenaza en la piel.
—¿No? —pregunto, con voz suave—. ¿Esa es su respuesta como heredero del clan?
Ryosuke entrecierra los ojos negros, frunce el ceño y sostiene mi mirada. Esta vez lo medita. A su favor he de decir que cuando guarda silencio no lo hace por él.
Sin embargo, conozco esa mirada, no en vano por nuestras venas corre la misma sangre, y sé lo que va a responder.
—Esa es mi respuesta.
Inspiro con fuerza. Una ráfaga de viento inesperada agita su kimono oscuro y se desliza después por las telas rojas de mi traje. Durante unos segundos ese color lo inunda todo, como una lluvia de pétalos carmesís.
—¡El clan M ō ri de Kioto será ejecutado hoy mismo por alta traición! —declaro—. ¡Guardias! ¡Apresadlos!
Se oye un grito, el primero de todos.
Luego, los guardias se mueven y cuando el resto de voces se alzan el sonido queda eclipsado por el ruido de las botas y el entrechocar de las armas.
—¡Quien interfiera estará firmando la condena a muerte de todo su clan! ¡La guerra exige sacrificios y quien no esté dispuesto a aceptarlos no tiene cabida en este Imperio!
Algunos asistentes intentan huir al principio, pero una parte de los soldados les impide el paso y todos comprenden que han de quedarse como testigos.
Y Ryosuke sigue mirándome, me taladra con esos ojos despiadados hasta que un grito más agudo resuena por encima del resto y vuelve la cabeza con horror hacia el lugar que ocupaba su clan.
La primera muerte tiene lugar.
Una mujer cae de rodillas al suelo. Tiene el kimono rosa empapado en sangre, con una línea diagonal que le abre el pecho de arriba abajo. Su rostro queda blanco al instante, sus ojos vacíos, y apenas es capaz de resistir de rodillas antes de desplomarse por completo sobre la hierba.
Otro hombre grita, los guardias intentan tomarlo por la fuerza para arrastrarlo frente al resto, pero se resiste y dos katanas lo atraviesan allí mismo.
De pronto, Ryosuke rompe el silencio con un bramido desgarrador. Se lanza hacia ellos, pero otros guardias le salen al paso, intentan apresarlo y obligarlo a arrodillarse para ejecutarlo en el suelo.
No lo consiguen.
Ryosuke es un gran guerrero y yo era consciente de ello, pero algo más aparte del entrenamiento y la disciplina lo mueve hoy, porque esa ira es antinatural cuando se zafa de un guardia y después de otro, roba una katana, desgarra las tripas del primero, atraviesa el pecho del segundo y degüella a un tercero.
Mis soldados se lanzan hacia él y Ryosuke se deshace de ellos convertido en un torbellino de seda gris y cuero negro, donde el halcón de su kamon brilla con los últimos rescoldos del sol.
Sube un escalón. Mata a un guardia.
Alcanza al siguiente.
Un soldado consigue inmovilizarlo un instante, lo suficiente para que otros dos suban al templo saltando la pasarela.
Jamás he visto a nadie derrotar y librarse de tantos contrincantes a la vez, pero Ryosuke ya no parece humano. Al menos, la rabia que lo embarga no lo es y, de nuevo, consigue librarse de los guardias que me defendían y sube el último escalón que lo separa de mí.
Desenfundo el tant ō que llevo amarrado al muslo.
Y en medio de los gritos de socorro, los aullidos de dolor y el terror que inspiran los sonidos cortantes de las armas al cercenar la carne, mi hermano logra abrirse paso hasta mí, se lanza con la katana robada en alto y yo interpongo el filo de mi arma entre los dos; pero el ataque es más poderoso de lo que imaginaba y me obliga a retroceder, perdiendo apoyo.
Ryosuke aprovecha la debilidad, vuelve a atacar y esta vez su ira hace que mi tant ō salga despedido a un lado. Grita, furioso, y caigo al suelo intentando alejarme de él. Solo entonces siento el gélido aliento de un Shinigami acechando. La muerte espera, ansiosa.
Curiosamente, no tengo miedo. Solo oigo una voz rabiosa gritándome que he de sobrevivir, que necesito mantenerme con vida cueste lo que cueste.
Ryosuke se abalanza sobre mí, yo me echo hacia atrás y cuando creo que estoy perdida otro guardia lo intercepta.
El grito que suelta es de pura frustración. Alguien me agarra del codo y estoy a punto de defenderme, pero reconozco enseguida el uniforme de la Guardia Imperial. Intentan sacarme de aquí, pero no les dejo. Quiero ver esto.
Debo verlo.
Acorralan a Ryosuke, que ha de saltar del templo para huir.
Corre en dirección contraria mientras los guerreros lo persiguen y la gente se hace a un lado, asustada, cuando rompe la primera hilera.
Echa a correr por los jardines.
Me acerco a la pasarela para observarlo.
No llegará muy lejos.
Los gritos a mis pies han cesado. Se oye el sonido de un cuerpo al desplomarse y me giro para contemplar el resultado: la sangre, el silencio y los cuerpos diseminados sobre el césped.
Algunos han sido heridos en el mismo lugar en el que se encontraban; otros han intentado huir y han sido alcanzados igualmente.
Ahora los asistentes se apiñan lo más lejos posible del templo, a una distancia considerable de ese montón de cuerpos.
El silencio denso y pastoso que precede a la noche se ve interrumpido por el llanto de un niño.
Mis ojos lo encuentran frente a mí, acompañado por dos guardias que lo agarran de los hombros.
Está desconsolado. Llora sin tregua, incapaz de dejar de mirar los cadáveres de su familia.
Mis hombres esperan instrucciones y yo me doy cuenta de que he de intervenir.
Vuelvo a alzar la voz:
—¿Cuántos años tienes?
Suena extraña en medio de este silencio.
—Ocho… —balbucea, sin dejar de llorar.