Imperio de luz y silencio (Imperio de sombra y tormento 2) 22 Echo Palacio Imperial 28 días para el solsticio de verano
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22 Echo Palacio Imperial 28 días para el solsticio de verano

S e ha acondicionado una zona de los Jardines del Este para dar cabida a la reunión.

Los daimy ō de todo Japón se encuentran aquí.

Algunos clanes intentaron negarse, alegando la imposibilidad de abandonar sus tierras en medio de una crisis semejante, pero mis órdenes han sido tajantes y, salvo dos, todos los herederos están presentes hoy aquí.

No se ha celebrado una cumbre así en décadas. La última que los convocó a todos tuvo lugar con mi coronación, cuando solo tenía doce años.

Y el paso hacia el templo es muy distinto a como lo fue entonces.

Hoy camino sola, igual que aquel día, pero ya no estoy asustada.

He ignorado las recomendaciones del gabinete de imagen y han confeccionado un kimono tal y como yo se lo he pedido: colores rojos y negros, y en las mangas y la parte superior franjas blancas adornadas con motivos dorados que se extienden por toda la tela hasta el centro, donde Suzaku, el ave fénix, alza el vuelo envuelto en llamas.

El fuego, la transformación, el renacimiento.

Mi Imperio renace hoy, por eso lo he escogido. Quienes están pendientes de qué y cómo lo llevo deben de estar pensándolo ya.

No hay cámaras. He prohibido expresamente cualquier dispositivo. Los guardias han cacheado a todos los invitados, sin importar su condición, antes de pasar al recinto.

Todos se han reunido en los jardines acondicionados para el evento formando la pasarela que ahora cruzo mientras unos tambores marcan el ritmo.

Los herederos de los daimy ō asisten en primera fila; los más importantes, ordenados por estatus, poder o riqueza, se encuentran más próximos al templo, cuya entrada ha sido preparada también para acoger la reunión de hoy.

Reconozco todos los rostros de las primeras filas. Aunque hace años que no veo a algunos, desde pequeña parte de mi trabajo ha sido conocer las caras de quienes podrían otorgarme o arrebatarme el poder.

También han acudido mis hermanos, pues muchos de ellos son ahora los herederos de sus clanes.

Descubro a mi hermana Midori, del clan Hokke, que ya ha cumplido dieciséis años.

El resto de su clan la rodea. Un poco por detrás, pero muy cerca, veo a Iemitsu, que tiene dos años menos.

Su madre, Shinobu, una de las concubinas del antiguo Emperador, se yergue tras ella.

A su lado, Tatsuki Hokke, su hermano pequeño y mi antiguo amante.

Más adelante, encuentro al clan Nij ō , a quien pertenece la Emperatriz viuda, esposa oficial de mi padre. Sus hijos habrían gobernado si hubieran sobrevivido, pero todos murieron poco después de nacer.

Por eso estoy aquí ahora.

Allí encuentro también el rostro conocido de Mai, la sobrina de la viuda, que me contempla al pasar con creciente preocupación.

Yaku Kageyama también debe de estar por aquí, aunque no la ubico entre la gente. Igual que ella, otros amantes que han ido y venido se reúnen aquí con el resto de la corte, expectantes; pues nadie sabe muy bien qué esperar de esta cumbre que solo se celebra cuando muere un emperador.

Mi hermana Sayoko, del clan Niwa, se halla muy cerca del templo. Tiene dieciocho años y es tan guapa como la antigua concubina Seijun. Tiene rasgos de muñeca, barbilla estrecha, boca pequeña y unos ojos enormes con los que observa todo como un cervatillo asustado.

También mi consorte se encuentra entre los daimy ō como representante del clan Satake.

Por último, en primera fila, muy cerca de las escaleras que me llevan a la entrada del templo, distingo a mi hermano mayor:

Ryosuke M ō ri, que a sus veintiocho años es la viva imagen de mi padre.

Es alto como lo fue él, mucho más que yo, que también heredé de él una altura mayor que la media de las mujeres japonesas.

Los ojos negros, expresivos, están enmarcados por cejas que incluso un poco despeinadas no le restan atractivo a un rostro simétrico, de piel ligeramente morena.

El pelo, negro y corto, lo lleva peinado con una raya a un lado, y varios mechones se desprenden y le caen sobre la frente.

Viste como un samurái, no como un político ni un gran señor, aunque en las telas del traje se advierte la riqueza del tejido.

Ha combinado el traje tradicional con placas de cuero de una armadura que no se le parece a las antiguas y más toscas.

Del cinturón cuelgan cuatro piezas que protegen sus caderas y apostaría que, aunque no se ven, ha atado cuero a sus piernas bajo el hakama .

La parte superior del kimono es sobria, de un color gris oscuro, pero la armadura que le cubre el pecho y los hombros luce el kamon , o emblema, de su clan: hayabusa , el halcón que abre sus alas hacia arriba, formando un círculo perfecto con ellas.

Otros han venido también con un atuendo más o menos marcial, pero pocos se han atrevido a tanto. Puedo imaginar lo que sus asesores de imagen habrán opinado sobre que Ryosuke se haya presentado así vestido.

Sus ojos negros se cruzan un segundo con los míos mientras subo los escalones de la entrada y camino hasta el trono que han colocado, pero me quedo de pie.

Desde aquí arriba veo la totalidad del jardín; las filas apretadas de las personas más poderosas del Imperio, agrupadas de tal forma que puedo ver claramente dónde acaba un clan y empieza el otro. Mi Guardia Imperial bordea el perímetro en varias secciones, cerrándolo por completo.

Apenas queda una hora para el anochecer; una hora de luz que hace que cada segundo cuente y que hará que a medida que avance el tiempo todos se pongan un poco más nerviosos.

Ese miedo corre por nuestra sangre. Desde que nacemos nos enseñan a ser precavidos con las sombras, a calcular el tiempo, a no dejar nada al azar cuando se trata de la luz.

Los tambores siguen imponiendo un ritmo frenético cuando yo ya me he detenido en lo alto del templo. La intensidad aumenta hasta que rompen y todo queda en silencio.

No se escucha un alma; ni siquiera cantan las cigarras.

La brisa me acaricia el cuello y un escalofrío me baja por la espalda, aunque el ambiente sea cálido.

—La guerra es una realidad —empiezo, proyectando la voz, y les doy unos segundos para que la gravedad de mis palabras cale en ellos—.

Por eso os he convocado. La paz ha terminado y si queremos recuperarla debemos aunar fuerzas frente a la oscuridad.

Durante muchos años esta la han encarnado las anomalías.

Hoy, debemos protegernos de un mal aún más terrible: Raine Andrews, sus bombas de luz, y todo el mundo exterior.

Algunos habéis mostrado vuestras reservas para venir a esta reunión, pero habéis acudido a la llamada de vuestra Emperatriz porque sabéis que la unión es imprescindible en época de guerra.

A vosotros, os doy mi gratitud. Vuestra lealtad no será olvidada.

Bajo la cabeza en señal de respeto. No podría considerarse una reverencia como tal, pero es suficiente para mostrarme humilde, cercana y agradecida, y permito que todos los presentes beban del gesto y se sientan honrados por él.

Luego, me yergo.

—Tampoco será olvidada la desobediencia de los dos clanes que se han negado a acudir a mi llamada. —Hablo alto, rápido—. Los clanes Ō kura e Ishida serán despojados inmediatamente de sus tierras, sus bienes les serán embargados y durante tres generaciones tendrán prohibido empuñar arma alguna.

Un murmullo estalla entre el público. Se miran unos a otros, incrédulos, sin atreverse a alzar demasiado la voz.

—Ese es el precio de no apoyar al Imperio, de no apoyarme a mí.

Si os he reunido es porque la guerra exige sacrificios y a partir de hoy los clanes aunarán sus fuerzas para expulsar a Raine Andrews de cada rincón de la isla.

A todos vosotros se os ha asignado un deber con el que habéis de cumplir para salvaguardar la estabilidad.

Hoy ha llegado el momento de que decidáis si lucharéis por vuestra Emperatriz o si creéis que no estáis a la altura y, por lo tanto, que no merecéis los privilegios de pertenecer a un clan.

Hago un gesto con la mano y la tela roja se ondula en el aire mientras doy paso a un portavoz.

Les doy a todos la espalda, camino hasta mi trono y me dejo caer en él mientras el hombre se aclara la voz y comienza a dictar:

—¡Al clan Atagi de Hokkaido se le encomienda defender su prefectura! ¡Todos sus guerreros se unirán al ejército de la Emperatriz! ¡Heredero del clan Atagi, un paso al frente! ¿Cumplirá su deber con honor?

La confusión se abre paso entre los asistentes, que se miran unos a otros hasta que en medio de la extrañeza un hombre de unos cuarenta años rompe la fila, se planta en medio y me dedica una reverencia profunda.

—¡El clan Atagi cumplirá su deber con honor! —declara, con un grito.

Le devuelvo el saludo, un asentimiento que debe honrarle.

El portavoz no espera a que regrese a su lugar para leer el siguiente nombre. Los tambores vuelven a sonar con su ritmo marcial, marcando un tono apresurado, motivado por la caída del sol.

Impongo una toma de decisión rápida. Eso es lo que deseo. Nadie tiene tiempo de meditar, porque en realidad no hay elección. Cumplirán mis órdenes o serán degradados y despojados de todo su patrimonio y honor.

Todos responden rápido. Algunos lo hacen con cierto entusiasmo y aceptan con verdadero honor su función en esta guerra. A otros no debe de gustarles el rol que les pido, pero han de tolerarlo igual.

—Al clan Kiyowara de Kioto se le encomienda la redistribución de recursos en toda la región de Kansai para prevenir hambrunas y plagas. Heredera del clan Kiyowara, un paso al frente. ¿Cumplirá su deber con honor?

—¡El clan Kiyowara cumplirá su deber con honor! —exclama, con potencia.

Algunos han de poner sus armas a mi servicio, otros han de compartir recursos. A los clanes más poderosos los envío a las cinco bases navales que colindan con las Puertas del Infierno y que han sido siempre las encargadas de salvaguardar su integridad.

Es esta decisión la que más revuelo causa, aunque nadie se atreve a cuestionar nada.