21 Neal En algún lugar a las afueras de Tokio28 días para el solsticio de verano #3
—La maniobra no sería para garantizar el mando sobre el Skytree, tampoco para apoyar a las tropas de la Emperatriz Akiyama, ni para enfrentarse a los mercenarios de Raine Andrews.
Moe Standen entrelaza los dedos por encima de la mesa de madera rojiza.
—¿Para qué me está pidiendo permiso entonces, Kellum?
—Quiero hacer una incursión en la Mori Tower para limpiarla de oni.
El dueño de la Agencia Hawk enarca las cejas oscuras y se reclina un poco en su asiento de cuero.
—La Mori Tower no es una prioridad ahora mismo, comandante. El cometido de la unidad de Suzaku, igual que el de las unidades que no se dedican a cazar oni, es brindar apoyo a las fuerzas de la Emperatriz en la calle, no en un complejo inútil. ¿Qué me está pidiendo exactamente?
—Le pido permiso para redirigir los esfuerzos de todo el Skytree a localizar las bombas de Raine Andrews.
Moe Standen separa las manos. Deja las palmas muy extendidas apoyadas a ambos lados.
—¿Las bombas se encuentran en la Mori Tower?
—Eso sospechamos.
Moe Standen ladea la cabeza.
—¿Quiénes? ¿La Emperatriz está al tanto de todo esto?
Aprieto la mandíbula.
—No, señor. Ese es, en realidad, el verdadero motivo de mi llamada: quiero permiso para oponerme a las órdenes de la Emperatriz llegado el caso.
—¡Neal! —exclama Kiera, que da dos pasos adelante hasta llegar a mi lado—. No.
Moe Standen se ha quedado tan quieto que parece que la imagen se haya congelado; solo sus ojos se giran ligeramente hacia la figura de Kiera antes de abrir la boca y preguntar con mucho cuidado:
—¿Y por qué habría de darse el caso?
—Cuando abandoné el Palacio Imperial lo hice porque no comparto su visión de liderazgo.
Sus ojos oscuros se llenan de algo parecido a la diversión.
Ambos me miran, Standen desde la pantalla y Kiera a un paso de distancia, muy tensa y con los puños apretados.
—Podría haber comandado esa misión con la unidad de Suzaku sin pedir permiso y, llegado el caso, podría haber tomado también por su cuenta la decisión de oponerse a la Emperatriz.
El ejército le seguiría, comandante, al menos al principio.
Si luego lo desacreditase, otro gallo cantaría, así que doy por hecho que la situación contra los deseos de la Emperatriz podría ser duradera.
—Podría decirse que sí.
Una carcajada ligera, como de quien acaba de escuchar una broma, resuena en la estancia.
—¿Qué es tan importante como para que mi ejército se enfrente al de la Emperatriz?
Procuro no mirar a Kiera.
—¿Está dispuesto a concederme permiso para actuar por mi cuenta o no?
Solo ha de saber que no tomaría la decisión de oponerme al gobierno de la Emperatriz a la ligera, ni por causas frívolas, ni injustificadas.
Haré todo lo que esté en mi mano para evitar una confrontación y asumiré el coste si al final no puedo evitarlo.
Pero si voy a comandar al ejército del Skytree lo haré de verdad: tomaré las decisiones importantes, las que exige el campo de batalla y no pueden depender de una llamada.
Los ojos de Standen se desvían de forma muy visible a un lado.
Kiera no se mueve bajo el escrutinio, aunque sigue apretando los puños y aún hay preocupación al fondo de sus ojos azules.
—Ya veo… —Se queda pensativo unos segundos largos hasta que alza un poco el mentón sin desviar la mirada de ella—.
Adelante, comandante. El ejército del Skytree es suyo.
Es el máximo encargado de su gestión y también el único responsable de su gloria o su destrucción.
Tome las decisiones que ha de tomar con sabiduría, porque las consecuencias recaerán sobre usted.
La última vez que estuve al frente de una decisión imposible me condenaron a morir en Japón.
Noto los pulmones pesados y el aire demasiado denso, pero bajo la cabeza en señal de conformidad.
—Bien, entonces, si eso es todo, comandante, suerte en su empresa.
—Eso es todo.
Standen alza una mano que queda junto a su pantalla y esboza una sonrisa blanquísima.
—Suerte a usted también, Amell —murmura. Debe haberla visto en las noticias como la piloto que dirigió el Scorpion V de Markel—. Seguiremos en contacto.
La comunicación se corta y antes de que pueda decidir cómo abordar esta conversación, Kiera se me encara.
—¿Qué acaba de pasar?
—Que acabo de aceptar oficialmente el cargo —respondo, sin más, y me encamino a la puerta.
Cuando voy a abrirla Kiera le da un golpe para volver a cerrarla. Arqueo las cejas y ella me mira desde abajo con ferocidad.
—No es la visión de liderazgo de la Emperatriz lo que te preocupa, ¿verdad? —inquiere, segura, pero me doy cuenta de que baja un poco el tono de voz—. Es por mí. Quieres tener carta blanca para incumplir sus órdenes por si decide que ha de encerrarme a toda costa.
Me giro hacia ella, que aún mantiene un brazo en alto.
—Estabas preocupada —contesto, con sencillez—. Ya no tienes por qué. No voy a dejar que nadie te toque.
Apoyo una mano en su antebrazo para obligarle a bajarlo, pero no anticipo el calor que desprende, la suavidad que siento solo en la punta de los dedos y el recuerdo del tacto de su piel en toda la palma de la mano, pidiéndome que prolongue la caricia, que arrastre los dedos por su cuello y luego por su nuca, que recorra el arco de su cintura…
Kiera inspira con fuerza y esa es mi señal para romper el contacto, abrir la puerta y salir.
Ella necesita unos segundos para seguirme.
—No puedes hablar en serio. ¿Vas a enfrentar internamente a uno de los bandos de la guerra?
Un par de soldados se cuadran al vernos y me dedican un saludo militar.
—El Skytree es una fuerza armada independiente, una que está bajo el gobierno de la Emperatriz, sí, pero que tiene poder de decisión, y para que dos fuerzas colaboren ambas tienen que hacer concesiones. Mientras la Emperatriz acepte unas condiciones muy razonables, no habrá ningún problema.
Kiera se queda atrás cuando entro en la sala de mando.
Aunque algunas miradas pasan por encima de mi hombro, preguntándose qué hace ella aquí, nadie dice nada; tampoco les doy tiempo.
Los saludos son breves, las órdenes claras: pongo en marcha a la unidad de Suzaku y también movilizo a una compañía de Byakko, mi antigua compañía.
Cuando salgo, Kiera sigue aguardando con la misma expresión ceñuda. Voy a pasar a su lado, camino del cuarto de equipamiento, cuando me corta el paso.
—¡¿Es que has perdido la cabeza?! —exclama—. No saldrá nada bueno de echarle un pulso a la Emperatriz. ¡Nada!
Uno de los capitanes que abandona la sala de mando nos dedica un vistazo.
Agarro a Kiera del brazo y la meto en el primer cuarto que encuentro sin que deje de protestar.
—¡Eh! ¿Qué te crees que haces?
La estancia está vacía; en ella solo hay unas cuantas mesas con ordenadores frente a los que ahora no hay nadie.
—¿Qué crees que haces tú ? —replico, pero lo hago con serenidad—.
Voy a ser claro y no quiero que te enfades: aquí dentro soy tu comandante y no puedes cuestionarme en público.
Si crees que no puedes respetarlo eres libre de volver con Akane y seguir por tu cuenta.
Si vas a luchar con el Skytree vas a tener que obedecerme.
Kiera se yergue como si no se lo hubiera esperado y parpadea un par de veces.
—¿Va a obedecerme, soldado? —pregunto, con voz grave.
Me preocupa que diga que no. Kiera es buena interpretando faroles y este no podría ser mayor.
No pienso dejar que vaya a matar oni ella sola, ni mucho menos con el perturbado de Kai.
Sin embargo, asiente con solemnidad.
—Sí, comandante —responde.
Vuelvo a erguirme y le concedo un poco de distancia, observando con cuidado su reacción. Sé que a Kiera Amell no se le da bien cumplir órdenes.
—Hasta ahora eras invisible —le explico—. Pero si empezamos a trabajar con el Skytree será cuestión de tiempo que la Emperatriz te encuentre, y si vuelve a pedirle consejo sobre ti a Akane no me fío de que la Bruja no vaya a hablarle de kami e intervenciones divinas de nuevo.
Kiera frunce el ceño.
—¿No crees que sea de fiar?
—Akane cree que sirve a los dioses, y ya ha demostrado que es capaz de engañar a su Emperatriz si para ella la causa lo merece.
Si Echo te encuentra y habla con la Bruja, no descarto que le cuente lo interesante que eres.
—Hago una pausa—. Además, es cierto que no me gustan las decisiones que está tomando Akiyama. Creo que ahora mismo es peligrosa.
Asiente lentamente, aunque no parece muy convencida.
Procuro sonreír un poco y me inclino adelante para depositar un beso en su frente.
Kiera enarca una ceja.
—¿Eso es por arrastrarme hasta aquí o por decirme que si no te obedezco me largue?
—Por todo eso y… por lo que pueda pasar ahí fuera.
Kiera resopla, pero soy capaz de ver la diversión en su mirada.
—Si ya eras insoportable como capitán, no te quiero imaginar ahora.
Me río un poco y la tensión se disipa ligeramente, pero no puedo evitar preguntarme cómo demonios haré esto. Si ya antes me costaba dirigir misiones en las que ella tomaba parte, ahora, después de haber estado a punto de perderla… va a ser una puta tortura.
—Ve al cuarto de equipamiento, voy a hacer otra llamada.
Kiera arquea las cejas.
—¿A quién quieres amenazar ahora?
Le paso un mechón de pelo tras la oreja, sin poder resistirme.
—Voy a llamar a casa. No lo había hecho hasta ahora. Cuando desperté estaba hecho polvo y no quería que me vieran así, y después todo ha ido tan rápido…
—Haces bien —me dice, con una suave sonrisa.
—Te lo preguntaría, pero sé que tú no…
Ella sacude la cabeza.
—No hay nadie fuera —responde, con despreocupación—. Te espero en la sala de equipamiento.
Después, me armo de valor y llamo a mis padres.
La llamada ha sido mucho más difícil que la de Moe Standen.
Mi madre llora al verme y mi padre se emociona un poco también.
Llevaban muchos días sin recibir noticias mías; solo saben lo que cuentan de Japón en los informativos y conociendo la situación del Skytree, el motín, el ataque al Palacio… imaginaban lo peor.
Les pido perdón y les cuento lo que puedo sin entrar en demasiados detalles, siendo consciente de que cualquier cosa que diga podría llegar a oídos de Andrews. No soy tan ingenuo como para esperar que esta línea sea segura.
Mi hermana Sarah, la pequeña, está en casa. Allison, en cambio, no se encuentra allí y mi madre lamenta que no les haya avisado con más tiempo para organizarlo mejor.
Les digo que tengan paciencia, que no se asusten si no vuelvo a llamar en un tiempo, y les digo que los quiero.
Cuando termino, Kiera me está esperando para pedir juntos nuestro equipo.
Exijo dos trajes de la unidad de Byakko, el tigre blanco.
Desconozco si existen trajes de combate sin los emblemas, pues los altos mandos no acostumbraban a acompañarnos a las misiones…
pero incluso así me daría igual. Yo quiero este.
Kiera sale de uno de los vestuarios ya lista, con el traje ajustado sobre su cuerpo, las líneas violáceas que lo recorren brillantes, las botas calzadas y el cinturón táctico todavía vacío.
Verla de nuevo con el uniforme del Skytree remueve algo en mí, algo difícil de discernir. Ni siquiera sé si es bueno o si la emoción que me despierta verla preparada para entrar en combate otra vez es angustia.
Nos equipamos con un casco que rodea el cráneo y lleva una pantalla inteligente sobre el rostro: visión nocturna, térmica, mapas de la ciudad, y el rastro que dejan las anomalías…
Nos ponemos también el comunicador en la muñeca, conectado a los auriculares del casco.
Y además de un subfusil, una pistola de luz de corto alcance y una granada luminosa para las anomalías, tomamos también un tant ō de luz y una katana consagrados.
Cuando terminamos, sobre el mostrador en el que han depositado nuestro equipo, solo queda una cosa: el veneno que, por protocolo, deberíamos llevar bajo el emblema de nuestra unidad.
Kiera me dedica una mirada prudente.
—Yo estoy lista —murmura.
Ya prometimos una vez que lucharíamos hasta el final. También hoy honramos esa promesa cuando los dos abandonamos allí el veneno.
Antes de marcharnos, sin embargo, me detengo a sacar algo del bolsillo.
Sus ojos se abren ligeramente cuando ve de qué se trata y yo me anudo la cinta dorada a la muñeca.
Kiera me sonríe.
—Yo también estoy preparado.
Unos minutos después un destacamento importante compuesto por las unidades de Suzaku y de Byakko nos dirigimos a Roppongi, a la Mori Tower maldita.