20 Kiera A las afueras de Tokio 27 días para el solsticio de verano #2
Intento seguir hablando, pero se me nubla la vista y los bordes se llenan de sombras que parecen a punto de tragarme.
Akane interviene y yo lo agradezco profundamente, porque eso me da unos segundos preciosos para sobreponerme.
—Amell-san —me llama, articulando mi nombre con cuidado, como si temiera asustarme—. Recuerdo que el día que viniste a mí después de que tus heridas desaparecieran milagrosamente comentaste también que no era la primera vez que ocurría algo similar.
Asiento. Tomo aire despacio.
—Durante mi primera misión con el Skytree me quedé aislada en los túneles del metro, sin luz.
Creí que las anomalías me matarían como lo hicieron con Jennie Cortese…
y de hecho me hirieron, pero en algún momento, cuando me di cuenta de que no iban a enviar a nadie a por mí, cuando comprendí que iba a morir…
dejé de luchar y las anomalías se detuvieron también.
—Echo un vistazo a Neal—. No entendí lo que pasó, así que mentí en los informes y me esforcé mucho por olvidarlo.
Neal me contempla largamente.
—Supe que mentías desde el principio —declara, aunque no advierto reproche en su voz.
—Vale, es evidente que las anomalías no te hieren —interviene Kai—. Quedó bastante claro durante nuestra fuga de Palacio. ¿Qué más?
Hace un gesto insolente con la mano, como si lo que les estuviera contando fuera un mero trámite.
Yo inspiro con fuerza.
—Además de eso, también ocurrió algo extraño cuando Linus Edwards intentó matarme. —Me giro lentamente hacia Neal, cuyos ojos verdes se han oscurecido, y extiendo la mano—. ¿Puedes dejarme tu arma?
Neal vacila, pero obedece. Desenfunda una pistola ante el gesto grave de Akane y me la deja en la mano.
Se la muestro al resto.
—Las armas del Skytree tienen un selector.
¿Veis? Es una medida de seguridad que nos permite defendernos de anomalías y personas con la misma arma.
—Les muestro el selector, un dispositivo pequeño sobre el cañón—.
Gracias a esto, se identifica el objetivo y el arma elige la munición por nosotros: balas para personas y luz para anomalías. Aquel día, cuando Linus me disparó…
Vuelvo a quedarme callada. Recuerdo sus manos sobre mi cuello, el agua inundando mi garganta y el terror gélido al comprender que me iba a matar antes de que Neal me salvara.
—La bala no alcanzó a Kiera —termina él por mí—. Pero su cuerpo sí reaccionó como si algo la hubiera herido. Le salieron líneas violáceas bajo la piel.
Oigo un ruido estridente, un pitido sordo que sustituye al silencio.
Me quedo mirando el arma mientras los bordes de mi visión se oscurecen y las sombras amenazan con volver a engullirlo todo.
—¿Qué quiere decir eso? —inquiere Markel, con voz estrangulada.
No me atrevo a mirarle la cara.
—¿Puedes describir mejor esas líneas, Amell-san? —pregunta Akane, sin perder el tiempo.
—No hay mucho más que describir —replica Neal con brusquedad—. Era interno. Desapareció al mismo tiempo que el resto de sus heridas. ¿Qué más da?
—Quiero saber a qué nos enfrentamos —declara la Bruja.
Alzo la vista, pero la última palabra se queda alojada en mi mente y se repite como un eco difuso.
Enfrentamos.
Enfrentamos.
Enfrentamos…
—No nos enfrentamos a nada, Akane —contesta Neal, que se ha puesto tenso a mi lado.
—Quizá no haya sido la mejor expresión —coincide la Bruja—. Me refería a…
—¿El arma detecta que eres una anomalía? —pregunta Markel con un hilo de voz que se me clava en el pecho.
Me esfuerzo por responder:
—Creo que sí, pero…
No llego a terminar.
—¿Cómo funciona el selector? —inquiere y se gira con rapidez hacia Neal, que sigue mirando a la Bruja—. ¿Puedes explicarme cómo funciona el selector?
—Amell-san —me llama Akane—, ¿qué sentiste con el disparo?
Intento respirar profundamente, pero esta vez eso no sirve para disipar las sombras retorcidas que me emborronan la vista.
—Amell-san —insiste.
—Eh… Calor. No lo sé. —Me froto la sien. Me cuesta respirar—. Todo pasó muy rápido.
—¿Cómo se comunica el selector con el cargador? —continúa insistiendo Markel.
—¿Te ha pasado más veces? —insiste Akane, que ignora al resto.
—¿Si me han disparado más veces con luz? No…
—No tiene sentido —exclama Markel, que planta las manos en la mesa donde he dejado el arma—.
Si las armas del Skytree detectaran que eres una anomalía, esa bala no te habría alcanzado en Palacio.
Necesitaría saber exactamente cuál es el mecanismo y cómo interactúa el selector con la munición. Si me dejáis abrirla…
—No vas a desmontar mi puta pistola —lo detiene Neal—. Y te recuerdo que aquella vez el selector no la detectó a ella como objetivo. Me estaban apuntando a mí.
Tiene razón.
De pronto, noto la garganta seca, porque esa explicación encaja demasiado bien y, si es así…
—Entonces, sí es posible que te detecten como a una anomalía, ¿no? —pregunta Markel y me sorprende ver que está encantado.
Esto no le inquieta ni le da miedo. Es más, parece genuinamente interesado; tanto como lo estaba en el Scorpion V y sus explosivos de C4.
Me reiría si no estuviera a punto de desmayarme.
—Amell-san… —La voz pausada de Akane empieza a ponerme de los nervios—. Dinos cómo era la herida.
—Ya te he dicho que no era una herida —contesta Neal, con rapidez. Está cada vez más irritado, tenso mientras se prepara para defenderme.
—Ese selector… —continúa Markel.
Todos hablan, pero ninguno de ellos guarda silencio el tiempo suficiente para dejarme responder.
Y yo intento respirar profundamente, pero nada basta.
—Amell-san… —insiste Akane.
—Es suficiente —ladra Neal.
—¿Crees que podrías…? —lo ignora Markel.
Y entonces, en medio de las voces y las exigencias, el inconfundible sonido de un disparo me taladra los tímpanos y las sombras se esfuman de golpe.
El instinto reacciona y me pongo en pie.
Me llevo la mano a la cadera, pero estoy desarmada, y me encuentro a punto de buscar una alternativa cuando, de pronto, lo siento:
Calor.
Creo que mi cuerpo lo entiende antes que yo.
El calor es intenso y violento en mi hombro, pero se disipa con la misma rapidez con la que alzo el rostro hacia Kai y comprendo lo que ha ocurrido.
Sigue sentado. Él es el único que no se ha movido, con una pierna doblada y la otra estirada, una mano apoyada en el suelo y la otra sosteniendo el arma con la que todavía me apunta… porque el puto Kai Inoue me ha disparado.
—Pues resulta que sí te disparan con luz —canturrea.
No me lo puedo creer.
Ocurre rápido. Siento movimiento a mi lado, un torbellino de furia y rabia cuando Neal se pone en pie, salta la mesa baja y se arroja sobre Kai.
Akane grita algo. Markel se echa hacia atrás y Kai pierde el equilibrio.
Lo último que veo antes de que Neal lo derribe de un derechazo es su sonrisa burlona, una que no me gusta, retorcida y amarga. No parece propia de él.
—¡Para! —grito, reaccionando por fin y agarro a Neal por el hombro en el momento en que le pone la pistola a Kai entre los ojos.
—¿Vas a comprobar si el selector funciona conmigo, Kellum? —lo tienta.
—¡Quieto! —grito—. ¡Basta ya! ¡Los dos! Neal, baja eso. Kai ya sabía que me dispararía luz. Ya lo habíamos probado.
Neal me dedica una mirada. Tiene las pupilas tan dilatadas que apenas soy capaz de ver el verde de sus ojos.
—¿Cómo mierdas lo probasteis? —me espeta.
—Me disparé, ¿vale? Me apunté a una zona que pudiera curar rápido y tiré del gatillo.
—¿Qué zona? —insiste.
Me trago un gruñido.
—El pie. Me disparé en el pie, ¿de acuerdo? Kai ya lo sabía. Solo estaba gastando una broma… de muy mal gusto.
Le dedico una mirada incendiaria hasta que Kai aparta los ojos azules sin decir nada y alza las manos, como pidiendo perdón.
Neal baja la pistola y esta vez se la guarda.
Durante unos segundos solo oigo el latido de mi corazón. Luego, las telas del kimono de Akane rompen el silencio cuando se pone en pie y se las estira.
—Me parece que el desayuno está listo. A todos nos vendrá bien un descanso antes de seguir —comenta, con rotundidad, y sale de la habitación a paso ligero sin pedirme que le enseñe cómo tengo el brazo. Así de alterada la ha dejado el numerito de Kai. Será imbécil—. Kellum-sama, ayúdame, por favor.
Neal sigue contemplando a Kai como si fuera a saltar de nuevo sobre él.
Es incapaz de matarlo, yo lo sé; pero parece listo para darle una paliza.
—Creo que voy a tomar el aire un rato —declara Markel, completamente pálido.
Se levanta y se aleja un poco tambaleante. Ni siquiera se calza las zapatillas antes de salir al jardín.
Tengo la impresión de que va a vomitar.
Me quedo a solas con Kai, que sigue tirado en el suelo con despreocupación. Tiene el ojo izquierdo rojo y una pequeña herida en el párpado. Pronto se le pondrá morado.
Me agacho a su lado y le doy un puñetazo en el hombro.
Kai protesta, sorprendido.
—Ya vale —me quejo, muy bajito, para que nadie me escuche—. Esto debe acabar.
La sonrisa burlona desaparece un poco de ese rostro impostado.
—¿Por qué les has mentido?
—Porque no quiero que piensen que estás como una puta cabra —mascullo, y cuando él fuerza una risa le doy otro golpe—. Para. Para de una vez.
—Si querías frenarme deberías haber dejado que el capitán Kellum lo hiciera —replica, con una amargura que no se molesta por disimular, o a lo mejor es que ya no puede más—. No tenías que protegerme.
Aprieto los puños con rabia.
No. No tenía por qué. La verdad es que no lo he pensado. Tal vez, si me hubiera detenido a analizarlo fríamente no habría reaccionado así.
Me da igual que sospecháramos lo que ocurriría. La teoría del selector era solo eso: una suposición. De no haber tenido razón, ahora estaría tirada en el suelo con un agujero de bala en el hombro, rezando para no desangrarme.
—Sí. Es verdad. No tenía que hacerlo —le suelto—. Pero lo he hecho, así que cierra la puta boca y compórtate. ¿Te duele? Dime la verdad. ¿Te duele tanto?
Kai aprieta la mandíbula y durante un instante la vulnerabilidad quiebra su máscara.
—Puede que el dolor sea peor que ayer.
—Entonces, ajustaremos la dosis. —Apoyo las manos en las rodillas para ponerme en pie y me levanto con un suspiro—. Espera aquí. No hagas ninguna estupidez.
No contesta para restarle peso al asunto o fingir que no le importa, y eso no deja de ser preocupante.
Salgo de aquí, vuelvo a mi cuarto y tomo la medicación, pero antes de regresar Kai ya se ha presentado en mi puerta.
Le dedico una mirada prudente y él se limita a encogerse de hombros.
—Me daba miedo quedarme a solas con tu novio.
Me acerco en dos zancadas y le doy la metadona que Kai se traga sin necesidad de agua.
Me quedo mirándolo.
—¿Tu maestro Arashiro sabe que te metías?
Kai parece sorprendido.
—El maestro Arashiro está muerto. ¿Por qué?
También yo me encojo de hombros y camino hasta la puerta, pero advierto que Kai no se mueve y me limito a apoyarme en el marco frente a él.
—Porque suele ser difícil mantener los vínculos en casos de adicción. Era pura curiosidad.
Él me observa con prudencia.
—Me empecé a meter unos meses después. El maestro Arashiro me habría dado una paliza por insinuar algo parecido, pero su muerte tuvo que ver con eso. No estaba bien. —Lo suelta sin más, también apoyado en el marco del fusuma y sin llegar a mirarme.
Es evidente que ese hombre fue importante para él.
Lo llamó cuando creía que se moría.
Y me gustaría que me contara más.
—¿Cómo era?
—Un hijo de puta muy duro —responde, y sonríe un poco—.
Sus entrenamientos eran demenciales. Si te quejabas te obligaba a entrenar el doble.
Nos enseñaba disciplina a base de correr montaña arriba bajo la lluvia, cargar con piedras por el bosque embarrado y esas mierdas.
Pero también era paciente. Sabía ver lo mejor de cada uno y no dejaba que tiraras la toalla.
—Entonces le habría gustado ver que te estás limpiando.
Kai me mira por fin y arquea una ceja oscura.
—Sí, estaría la mar de orgulloso… —Vuelve a mirar al jardín—. Deberías volver con los demás.
Frunzo el ceño.
—Tú también —le aseguro y no dejo margen a que replique—. Vamos a hablar de cosas importantes. Debes estar presente.
Se piensa si replicar, pero acaba asintiendo.
—Eh —me llama—. ¿Te duele?
Tardo un rato en entender a qué se refiere y sacudo la cabeza, pero vuelvo frente al espejo de mi cuarto y me subo la manga de la camiseta.
Observo las líneas violáceas que nacen de lo que debe ser el centro del disparo, ramificaciones retorcidas que se extienden por todo mi hombro, y empiezo a escuchar un pitido estridente y agudo que anula el silencio.
Me bajo la manga, le doy la espalda a mi reflejo y me obligo a hablar por encima de ese pitido sordo que amenaza con tragarse la realidad.
—Duele un poco al tacto. Nada más. Vámonos.
Salgo de la casa antes de que Kai pueda preguntar nada y mientras avanzamos y yo pienso que el selector no me detecta como humana, una voz espantosa murmura en mi cabeza:
«Ahora es innegable».