20 Kiera A las afueras de Tokio 27 días para el solsticio de verano
E l olor de Neal lo envuelve todo.
Me doy cuenta de dónde estoy por ese aroma que emana de su piel cálida.
En algún momento ha debido de taparnos, porque ambos nos encontramos bajo las sábanas del futón, Neal a mi espalda y yo bajo un brazo enorme que me rodea por completo y me mantiene anclada a su pecho.
Me parece bien. No me movería por nada del mundo.
Duerme profundamente. Lo siento en su respiración y en el suave aliento que me acaricia la nuca.
Me acomodo entre sus brazos y el movimiento me hace comprobar que no todas las partes de él están dormidas.
Vaya.
Intento darme la vuelta y cuando él se da cuenta me estrecha más fuerte contra su pecho y se despereza sin soltarme.
Me mira desde arriba con ojos somnolientos.
—Buenos días —me saluda, con voz grave.
—Hola.
Sus labios se curvan en una media sonrisa que me provoca sin remedio.
Mierda.
No debería estar pensando en esto solo unas horas después.
Me aparto y estoy a punto de ponerme en pie para vestirme cuando Neal consigue agarrarme de la muñeca y tira de mí de vuelta a su lado.
—¿A dónde vas?
—A ponerme algo de ropa —respondo, y baja los ojos de forma descarada hacia mis tetas—. Y a buscar a los demás. Tenemos que hablar.
Neal se pasa la mano libre por el pelo rubio revuelto.
Cuánto deseo volver a enredar los dedos ahí.
Ladea la cabeza y me dedica una larga mirada.
Se lo está pensando y yo no me siento con fuerza de voluntad suficiente para frenar nada de lo que intente, pero es cierto que debemos reunirnos todos, así que me pongo en pie con rapidez y lo esquivo cuando está a punto de volver a atraparme con una sonrisa malintencionada.
Me pongo los pantalones y la camiseta y le lanzo su ropa antes de ir hacia los fusuma.
—Voy a darme una ducha —me despido—. Nos vemos en un rato.
Y me escabullo antes de que pueda detenerme.
Apenas una hora después Akane nos reúne a todos en la casa de té.
Es un lugar bastante grande, con salas divididas por sh ō ji de papel traslúcido.
Algunos de los paneles tienen bellas pinturas de bosques y Árboles de Raij ū que le confieren una estética especial al lugar, aunque el resto es muy sobrio y apenas hay una mesa amplia en la que Akane ya ha servido el té.
Ella la preside, arrodillada con mucho decoro y ese porte que denota que ha trabajado toda la vida en Palacio como la sacerdotisa de la Emperatriz. Lleva un kimono azul oscuro de mangas largas y anchas y delicados bordados dorados a juego con el intenso maquillaje que resalta sobre la piel oscura.
Junto a ella, apenas un par de pasos por detrás, su zorro Mikan lo observa todo como si no fuera más que un perro de compañía.
Markel se sienta a su lado. Se arrodilla al principio, pero tarda un segundo en decidir que no aguantará y acaba sentado con las piernas cruzadas.
Neal no duda, se acomoda de forma casual, pero siempre con esa apariencia militar, los hombros cuadrados, las manos listas sobre el regazo y una mirada táctica que recorre la habitación de lado a lado antes de detenerse sobre el resto.
—Antiguamente aquí solo se celebraba la ceremonia del té —explica Akane, que preside la mesa—. Supongo que podemos disfrutar del lugar para un desayuno. En unos minutos estará listo.
En ese instante, Kai entra por la puerta.
—Toma asiento, Kai, por favor —le dice la Bruja, señalando los lugares vacíos entre Markel y yo.
Kai opta por sentarse a mi lado, presidiendo el extremo contrario a Akane.
Markel lo mira un segundo con el ceño ligeramente fruncido y los labios apretados en una línea de preocupación antes de apartar los ojos.
Yo no me molesto en ocultar mi inquietud y no me amedrento cuando él se percata, levanta una ceja y me reta para que aparte la mirada. No lo hago.
—¿Cómo has dormido? —le pregunto.
Tiene los párpados enrojecidos, unas oscuras ojeras que le rodean los ojos claros y almendrados, ahora un poco hundidos, y ese rostro de huesos afilados parece aún más duro que antes.
—Maravillosamente —responde y mira directamente a Akane—. ¿Qué hacemos aquí? ¿Vamos a decidir ya cómo salvamos al mundo?
—Pues tienes un aspecto de mierda —le digo—. ¿Qué sientes? ¿Qué te duele?
Kai tuerce el gesto, pero no responde.
—Sí, quizá debamos decidir si estamos o no listos para salvar al mundo —dice Neal, con ese tono inimitable de capitán—. Sí que tienes un aspecto de mierda, Inoue. A lo mejor deberías dar un paso atrás y dejarle esto a la gente decente.
—¡Neal! —protesto.
Kai sonríe.
Mierda.
Esto no me va a gustar.
—¿Y quién es esa gente decente, Kellum? —replica—. ¿Hablas de los dos terroristas o de la Bruja? Espera. ¿Cómo te llamaban a ti? ¿También «terrorista»? ¿«Desertor»? ¿O era «traidor de mierda»?
—Cállate —le ordeno a Kai, procurando no sonar muy dura. Prefiero quitarle peso al asunto—. Todos somos traidores o terroristas o asesinos… No vamos a discutir por eso. No otra vez. Kai hizo un trato conmigo y va a cumplirlo.
—Qué suerte la mía —responde Kai, con una sonrisa que no le llega a los ojos—. Qué diferente habría sido mi último viaje si no hubiéramos hecho ese puto trato, ¿eh?
Me tenso.
Habría muerto. Si no lo hubiera salvado, Kai se habría ido al otro barrio feliz y colocado.
Los demás se giran para observarlo y yo siento una punzada de remordimiento.
—Sabes que no te salvé por el trato, ¿no?
Kai aprieta los labios. Si se esfuerza por ocultar su dolor, no le sale bien. Una mueca de decepción se mezcla con una sonrisa demasiado dura y al final esboza una expresión que hace que me encoja un poco.
—¿Creéis que podríamos hablar ya de cuál es la situación?
—interviene la Bruja, templando los ánimos con un tranquilo tono neutro—.
Lo cierto es que a ojos del Imperio los cinco somos ahora traidores, porque vamos a trabajar al margen de las órdenes de la Emperatriz.
Por mi parte, yo estoy en paz con esa decisión.
Seguiré acudiendo a Palacio cuando Echo me llame y si en algún momento tengo que responder por mi desobediencia…
sabré que he estado haciendo lo correcto.
—Kai y yo ya no podíamos hacer nada en Palacio —comento—. Pero ¿qué hay de vosotros? ¿No hacéis más bien en Palacio con los recursos de la Emperatriz?
—Yo no comparto la visión de liderazgo de Echo Akiyama —responde Neal, sin dudar.
Puede que sea verdad, aunque yo soy consciente de todo lo que oculta esa afirmación.
—La Emperatriz está centrada en otros asuntos —afirma Akane, con calma—.
La guerra civil es tan importante como frenar a Andrews, y necesitamos que alguien siga controlando la situación, así que…
está bien que Echo Akiyama se encargue de gobernar.
Además, sé interpretar las señales divinas cuando las veo.
Tardo un rato en comprenderlo, en ubicar esa mirada, los ojos oscuros clavados en los míos y esa sonrisa templada que recuerda a la de su zorro.
¿Por eso le resulta tan fácil darnos asilo? ¿Por eso está tan cómoda arriesgándose?
—Lo que me pasa no es una señal divina —replico, y siento cómo la garganta se me cierra con cada palabra—. Que esté viva no es cosa de los dioses, Akane, aunque me gustaría verlo así.
El silencio se vuelve oscuro, y el aire que respiro, amargo.
—Y si no es intervención divina, ¿de qué se trata? —pregunta, con suavidad—. ¿Cómo es posible que estuvieras al borde de la muerte, paralizada y sin esperanza, y ahora estés ahí sentada, tomando té con nosotros?
El pulso se me acelera cuando intento responder y todo el cuerpo me pide que dé una evasiva, que aparte el tema, que salga corriendo.
Pero no lo hago.
Dedico una rápida mirada a Neal, que asiente en mi dirección para infundirme valor, y yo intento aferrarme a él.
—Tengo muy presente la forma en la que me miró Travis Lavois antes de que Echo me encerrara —empiezo, vacilante—. No os voy a pedir que no me miréis así, porque sé que esto debe asustaros un poco, pero sí os voy a pedir que si tengo que hablar… me escuchéis hasta el final.
—Te escuchamos, Amell-san —contesta Akane sin dudar—. Adelante.
Hace un gesto con la mano y yo estoy a punto de abrir la boca, sin saber muy bien qué decir, cuando Kai interviene.
—¿Te ha convencido de contárnoslo con un solo polvo?
Me giro hacia él, que tiene esa expresión oscura y un poco triste, sin el brillo de diversión que caracteriza sus bromas. Esto es diferente.
—Si no cierras la boca vamos a tener problemas —gruñe Neal.
—Ah, ¿sí? ¿Qué problemas, Kellum?
—Basta —siseo—. Pero ¿qué te pasa?
Sé que hasta ahora no le importaba todo esto. Kai no tiene pelos en la lengua; si le hubiera inquietado lo suficiente me lo habría preguntado antes. Así que lo único que pretende ahora es tocarnos los cojones. Tocárselos a Neal, concretamente.
—Kai, por favor, contente —le pide Akane, con una paciencia envidiable—. Kiera, adelante. ¿Cómo es posible que estés viva?
Inspiro con fuerza y miro de reojo a Kai. Debe de estar muy mal.
—En realidad, eso no lo sé —confieso. Todos aguardan en silencio. También Mikan, que me contempla desde una esquina con sus ojillos pequeños y despiertos mientras agita la cola—. No tengo respuestas, pero puedo contaros lo que sé… desde el principio.
Durante unos segundos nadie dice nada.
—Claro, sí… —responde Markel. Su rostro es el más transparente de todos y, aun así, me sorprende no encontrar miedo en él—. Yo quiero saberlo.
Me armo de valor y me centro en mis propias manos cuando empiezo a hablar.
—Cuando era pequeña me contagié de la gripe blanca.
Mis padres murieron porque la enfermedad estaba ya muy avanzada cuando nos ingresaron; pero Kohana Harewood, una científica militar, me pidió mi consentimiento para probar algo nuevo y yo estaba tan asustada que dije que sí.
—Cierro los ojos y me cuesta un rato volver a abrirlos—.
Me salvó la vida, pero creo que no buscaba curar la gripe blanca.
Lo que quiera que me hiciera entonces… debe ser lo mismo que me curó la médula, la fractura craneal, el balazo…
Me entran arcadas.