19 Neal A las afueras de Tokio 28 días para el solsticio de verano #3
—¿Te lo has imaginado mucho? —pregunto, aunque no puedo evitar que me asalte una punzada de preocupación. Espero hasta que sonríe y procuro sonar divertido—. ¿Cómo te lo habías imaginado?
—Te creía más… mandón.
—He intentado portarme bien —replico.
Ella se echa a reír y sacude con ligereza la cabeza antes de apoyarme una mano en el pecho. Dejo que me empuje hacia atrás, hasta que acabo tumbado en el futón.
Kiera me mira desde arriba y su pelo me hace cosquillas en el cuello.
—También pensaba que serías mucho más serio, y jamás te habría imaginado diciendo las cosas que has dicho… y mucho menos haciéndolas. —Se muerde el labio inferior—. Es una caja de sorpresas, capitán.
Nada debería ponerme tan rápido de nuevo, pero ese tono insolente va a ser mi ruina y perdición.
Dejo escapar una carcajada y me aparto el pelo de la frente.
—También ha sido una sorpresa para mí —contesto, y aunque ella sonríe no estoy mintiendo, no del todo.
Lo fácil que pierdo el control con ella y lo mucho que me gusta…
todo eso es nuevo para mí. Pero no creo que sea algo físico; no solo, al menos.
Creo que tiene que ver con esa necesidad que ahora me hace seguir buscando su contacto, con el calor que siento a su lado, con el hilo que me nace del pecho y me une irremediablemente a ella.
—¿A dónde has ido? —pregunta y me deposita un casto beso en la frente.
Rodeo su cintura con las manos y tiro de ella para estrecharla entre mis brazos. La calidez que me embarga es una tortura deliciosa.
—Estaba preguntándome si no habría perdido la práctica —murmuro—. Hace mucho que no hacía esto.
Kiera se ríe.
No se lo cree.
—¿Cuánto es «mucho»?
Me encojo de un hombro y ella apoya una mano en mi pecho para incorporarse ligeramente y seguir mirándome.
—Cuando me destinaron a Japón estuve tan hecho polvo que no se me ocurrió meterme en la cama de nadie durante mucho mucho tiempo.
Algo en mi tono de voz, o tal vez en mi expresión, le hace ver que hablo en serio y que no busco provocarla, porque parpadea y murmura:
—Si no quieres no tienes por qué contarme…
No le dejo acabar.
—Cuando lo intenté una noche cualquiera y desperté al día siguiente en una habitación de motel sin recordar el nombre de esa mujer me di cuenta de que aquello no era para mí.
¿Y el amor? ¿A quién podría hacerle algo tan terrible?
Mi vida le pertenecía al ejército y mi muerte también.
No… Me olvidé de todo eso. Y me daba igual.
Kiera parpadea con lentitud y frunce ligeramente el ceño. Debe de estar haciendo cálculos.
—Solo me he acostado con una persona en estos cinco años —digo por ella—. Y ese tipo de sexo… no era para mí.
Se le dilatan un poco las pupilas, tragándose aún más el azul de sus ojos.
—¿Qué ha cambiado? —pregunta, y me doy cuenta de que le tiembla un poco la voz.
—¿De verdad tienes que preguntarme eso?
Se muerde el labio inferior, pero no hay deseo en el gesto, solo una vacilación que me inquieta y me tortura y me da un poco de rabia.
Deslizo la mano por su espalda y su cuello y siento cómo se estremece ante la caricia.
—Así que no te miento cuando te digo que todo esto también es una sorpresa para mí. Yo nunca había sido tan… —añado, y Kiera se ríe cuando no encuentro las palabras.
—¿Indecente? —termina por mí.
—No dejo de pensar en tu cuello —murmuro, y acompaño la confesión de una caricia de mis dedos que le hace cerrar los ojos—. En tu boca… Y las cosas que me imagino haciéndote son tan absurdamente obscenas que no me reconozco.
Kiera me mira con esos ojazos azules.
Su garganta se mueve al tragar saliva.
—¿Y cuál es el problema? —Hace una pausa y baja aún más el tono de voz—. Hazlas. Hazme todas esas cosas.
Vuelve a asaltarme una carcajada. Antes de conocerla habría pensado que ser feliz en una situación así sería imposible, pero ahora mismo no puedo sentirme más afortunado.
Está viva y estamos juntos.
Me inclino adelante y le rozo los labios.
—No te preocupes. Tenemos tiempo —murmuro, aunque sé que no es del todo cierto.
28 días. Quizá sea todo cuanto tengamos.
Se me hace un nudo en la garganta e inspiro con fuerza para librarme de esa opresión que me aparta de la dicha. No. Ahora mismo me niego.
—Debiste dejarme ir a buscar a Kai —responde, resuelta, y un brillo divertido se aloja en sus iris.
La agarro con suavidad del mentón.
—Hablando de eso, no quiero que su nombre vuelva a salir de estos labios mientras estés en mi cama. De hecho, creo que voy a pedirte que solo digas mi nombre.
Se echa a reír.
Y a mí me encanta ese sonido.
—Sí, capitán —se burla.
Y yo la rodeo más fuerte con los brazos. Kiera se acomoda en mi pecho y siento cómo su respiración se vuelve más lenta y profunda y sus músculos se quedan blandos sobre mí.
Así que alargo la mano, tiro de las sábanas revueltas y nos tapo como puedo.
En algún momento, mientras imagino una realidad donde quedarnos dormidos después de hacer el amor lo es todo, también yo caigo rendido.
Me duermo pensando en esa vida donde me levanto a su lado cada mañana con la certeza de que al acostarme estará a mi lado.